Presentación de Antonio Varo Baena

ANTONIO VARO BAENA PRESENTACIÓN Casa de Cultura de Vitoria-Gasteiz 7 de noviembre de 2008


Arratzalde on. Buenas tardes.

Después de esta completa semblanza que Ángela Mallén ha realizado sobre el poeta y su obra, por mi parte, trataré en primer lugar de contarles cómo accedí a la poesía de Antonio y cuáles fueron mis primeras impresiones. Más tarde diré algunas consideraciones generales y, finalmente, me detendré en uno de sus poemarios: La luz de los días.

Para no extenderme demasiado y, sobre todo, para no restar tiempo a Antonio y a sus versos, leeré lo que escribí en su día, a sabiendas de que de haberlo escrito hoy sería algo distinto.

CÓMO LLEGÓ A MÍ LA POESÍA DE ANTONIO.- PRIMERAS IMPRESIONES.

Un día del mes de julio, Ángela me comentó que en noviembre vendría a Vitoria el poeta cordobés Antonio Varo Baena. Inmediatamente después me preguntó si querría acompañarla en la presentación. Yo le dije que estaría encantada de conocer a Antonio, pero que no había leído nada de él.

He de reconocer que ambas posibilidades, conocerle y leerle, me resultaron muy estimulantes, ya que descubrir a un nuevo poeta y descubrir nuevos versos es algo que me apasiona.

Días más tarde, Antonio me envió algunos de sus libros: 7 en total:

Poemas para Andrómina (1987) Camino (1993) El pálido orco (1994) Cartas a Emma – prosa en poemas (1997) Hipatia (2003) Algo huele a podrido en Dinamarca (2005) Y La luz de los días (2005)

Los títulos llamaron inmediatamente mi atención por su sonoridad, una sonoridad que no radica sólo en la fonética: Andrómina, Orco, Hipatia, Dinamarca…, sino también en su inteligente carga de intertextualidad, en esos ecos a los que inmediatamente remitían. Así, en “Poemas apara Andrómina”, por ejemplo, Andrómina, además de ser el nombre de la Asociación Cultural a la que pertenece Antonio, me remitió al mito de Andrómeda, y también a esa voz “indrómina”, utilizada en mi tierra para designar el “enredo”; una voz que la Real Academia define como “engaño, embuste” y que me trasladó en el acto a unos versos que escribí en mis comienzos para hablar de la poesía como “simulacro de vida / atrapado en un papel”.

Un simulacro al que remiten los libros de Antonio, no sólo Poemas para Andrómina, sino también títulos más recientes como La Luz de los días donde habla de “aire de engaño/ cuerpo aluvión de mentiras o de un otoño de apariencias….”

Por su parte, Algo huele a podrido en Dinamarca me catapultó directamente al Hamlet de Shakespeare, concretamente al acto I, al diálogo de Marcelo, cuando dice (según la traducción consultada) “Algo está podrido en el estado de Dinamarca”.

Sólo dos ejemplos son suficientes para intuir, incluso antes de leer los libros, cuáles son los caminos (Camino es el título de otro de sus poemario) recorridos por Antonio.

Pues los títulos son en sí mismos una declaración de intenciones.

Tras el deslumbramiento de los títulos, advertí que entre Poemas para Andrómina, que data de 1987, y La luz de los días, publicado en 2005, habían trascurrido casi 20 años. Esto me permitió seguir el itinerario poético de Antonio: ver evolucionar su relación con el lenguaje, sus juegos, algunas de sus claves, sus temas…, el caminar de una poesía que ha ido madurando con el tiempo sin dejar de ser fiel a sus principios.

Es una lástima que una presentación no proporcione tiempo suficiente para detenerse en cada tramo de la andadura de este poeta. O obstante abriré un pequeño paréntesis para decir sólo dos cosas:

CONSIDERACIONES GENERALES: A MODO DE EJEMPLO

(Primero: que la poesía de Antonio es una poesía para leer varias veces. Sólo así, volviendo a ella de vez en cuando, podemos ir encajando todas las piezas para ver más allá de la impresión de cierto desamparo que produce la primera lectura de algunos de sus libros; un cierto desasosiego en el sentido en que utiliza el término la poeta Itziar Mínguez: “algo necesario para organizar el caos”. -Segundo: que hay algo en la poesía de Antonio (más explícito en Algo huele a podrido en Dinamarca) que parece, sólo parece, querer restar gravedad a aquello que dicen sus versos: esa carga de profundidad que trasmite una visión ácida de la vida. En Algo huele a podrido en Dinamarca ese algo son los títulos que parten siempre de un referente, en ocasiones ligera e intencionadamente modificado, a fin de reflexionar sobre el otro lado de la vida, de las cosas:

Frases de películas (Siempre nos quedará París), títulos de canciones (Je t´aime moi non plus de Serge Gainsbourg, o Wisch yo were heer de Pink Floid), títulos de libros (Don Quijote se la mancha), ecos de Mayo del 68 (La imaginación al joder), del Nuevo Testamento (Levántate y anda), entre otras. Todo: cine, literatura, música, Historia, etc. constituye un buen material para escribir, o mejor dicho, y el matiz es importante, desde donde escribir, y para trasladarnos, desde el desenfado de los títulos, al otro lado del espejo: allí donde los árboles aparecen a menudo sin hojas, los pájaros huyen o no tienen alas, y donde las manos, las sombras, la memoria… y el amor (la última oportunidad del amor de sus Cartas a Emma) también encuentran su espacio. Ese lado del espejo donde normalmente residen las imágenes menos placenteras de la existencia: las que se adhieren al azogue, aunque éste sea simbólico.


LA LUZ DE LOS DÍAS

Tras este breve paréntesis, he de decir que de todos los libros de Antonio La luz de los días es, sin lugar a dudas, el libro con el que más tiempo he pasado y al que he regresado cada vez que terminaba de leer cualquier otro.

No me pregunten por qué. No sé si tengo una respuesta lógica para ello:

- Tal vez fuera por la luz, “esa luz que inunda los perfiles”, pues en aquellos días me acompañaba el poemario Luz en ruinas de la poeta Itziar Mínguez Arnáiz.

- O tal vez por los días: “lo que queda del día”.

- Puede que por la brevedad de los poemas que, a modo de haikú o de aforismo, ocupan el centro de la página;

- Tal vez por el divagar de las horas, de las estaciones, que se funden, se con-funden a lo largo de los versos, igual que “el frío del invierno / se cuela en las rendijas del otoño / como espinas del aire.”

- Puede, incluso, que fuera por la atracción que ejerce sobre mí la idea de lo pasajero, de lo precario, de lo efímero: “la nostalgia del campo” / “el juego de la memoria” / “el vacío del instante”/ “la soledad del aire” / o “la miseria del lodo.”

- O tal vez porque, como dice mi querido poeta y amigo Giuseppe Napolitano, sus versos se me impusieron como “el poema”: como “un azul imposible, inexistente ./ Sólo un pesado vuelo de paloma.”

No lo sé. Por eso, todo lo que diga a partir de ahora tal vez no sea sino un delirio, en el sentido etimológico del termino latino “de-lirare” que significa “salirse del surco al labrar la tierra”. Si así fuere, mis disculpas al autor.

Hilvanando algunas impresiones de lectura, intentaré explicar por qué este libro se impuso a los demás.

¿Por qué La luz de los días ha ejercido esta atracción sobre mí?

Yo diría, y esta fue mi primera impresión, que porque estos versos se me revelaron como POEMAS-ISLAS, rodeadas por un mar de silencio representado aquí por la blancura-ocre del papel.

Unas islas que limitan al Norte con el primer verso de cada fragmento//: si leemos seguido el primer verso de todos los poemas obtenemos las claves del poemario o, al menos, su síntesis: 42 versos/: Un largo HORIZONTE que dibuja un armazón autónomo a partir del cual parece construirse, o podría construirse, el libro: A modo de ejemplo leeré algunos:

El horizonte es un nudo en la garganta: Lento amanecer de las sombras.// Las horas son nubes deshechas./ Todo cae, como el ángel derrotado./ Nada perturba el aliento de la bestia.//

Mayo es más fiel y templado: El olor de la mañana, El dolor de la piel…: Naufragio en el estruendo de la voz.//

Nada se mueve. Lo inmóvil eterno. Late un pájaro su vuelo de sierra…//

Así hasta el último verso, que dice: Luz impenetrable. Si estas islas limitan al Norte con el primer verso de cada fragmento, al Sur lo hacen con el sustantivo que cierra el verso final de cada poema. Estos sustantivos ponen de relieve los elementos esenciales del libro:

“muerte, peligro, aire, alma, árbol, sol, sombra, memoria, derrota, agua, piel, olvido, otoño, ciudad, hierro…, y luz”, por citar sólo algunos.

Pero además, estos sustantivos muestran los contrastes que, de norte a sur, se suceden en este archipiélago aparentemente, sólo aparentemente uniforme que es el libro: Contrastes como:

Horizonte/muerte Ángel/garras Amor/espanto Luz/derrota Lluvia/aire Color/sombra, etc.

Con sólo dos coincidencias: Sol-sol y Azul-color (azul-luz), aunque “el sol se escurre y huye” y “la luz es impenetrable”, “azul que oprime”.

Una vez descubiertos estos límites, las posibilidades interpretativas se multiplican y el poemario adquiere una dimensión que va más allá de las palabras.

Desconozco si Antonio ha armado su poemario siendo consciente de tales posibilidades. Tal vez no, pues, con frecuencia, los lectores solemos adentrarnos en territorios, si no desconocidos, sí, al menos, no explicitados por el autor, poniendo al descubierto lo que el escritor ha dejado en la “sombra” o ni siquiera ha imaginado: las potencialidades de su escritura, que no son sino las potencialidades de nuestra lectura, de nuestras lecturas.

Sea como fuere, las palabras de esta Luz de los días producen una sensación de naufragio, de dolor, de melancolía, de espanto y de muerte “entre cruces de tierra y la blancura del mármol.” Sensaciones mitigadas por el recuerdo y el olvido, “teñidos de nostalgia y de melancolía”, como si se tratara de un viaje a través de la Memoria: único lugar, que diría Proust, desde el que hacer el verdadero viaje. Sensaciones todas, atravesadas por una obsesión:

La que trasmite esa “alma-dolor”, “alma-olor”, que es en sí misma “alma-obsesión”. Una obsesión que recorre las cuatro estaciones fusionando los tiempos y los colores que las representan: ese mayo-sangre, aire; el otoño-brizna de azul; el frío del invierno, o el verano… en el lento amanecer de las horas-nubes deshechas que hieren la piel con el olor de la mañana. Pues sólo lo inmóvil es eterno y hasta el azul oprime: el cielo de Antonio, como el que Baudelaire describe en su “Spleen”, pesa, amenaza, oprime… Algo que no nos extraña porque desde los primeros versos, y a modo de silogismo, aprendemos que el horizonte es un nudo en la garganta que, a su vez, es serpiente que, a su vez, es como un cuerpo derramado sobre su lecho de muerte. Con lo que, desde el principio, el horizonte, ese punto inalcanzable, es asimilado a ese cuerpo, es ese lecho de muerte. Y lo es porque, probablemente, como dice el escultor Mikel Varas, el horizonte no es recto sino circular, y porque en La luz de los días, desde el primer verso, todo es lo que dice ser y algo más: “todo cae como el ángel derrotado, como la gota de sudor en la frente, como la piedra que cruza el universo…, como si alguien anduviera el agua, como si el fuego fuera sangre”…, como sí…

Mutaciones, metamorfosis, posibles gracias a la comparación que acerca lo que creíamos lejano: “un espejismo en el árbol ruidoso”. Y lo acerca lentamente: como el amanecer de las sombras, o el olor de la mañana, o el dolor de la piel…: un naufragio en el estruendo de la voz.

Naufragio, sí. Pues la poesía, también la de Antonio, es náufraga, como lo son el poeta y el lector. Náufraga que clama en estos versos, que escruta, disecciona, expone, se cuestiona y cuestiona: ¿Será posible gozar del amor en una tierra reseca como la que pinta Antonio?, ¿esta tierra árida, herida, que ni la luz penetra pues “el fuego, como si fuera la sangre de la tierra, cambió todas las cosas y ya nunca le abandonó la muerte”?, ¿seremos capaces de ver más allá de la devastación, degeneración y destrucción que reflejan estos versos en los que “Cielo clama aleve, y cada aguja de luz guarda un punzón amargo”? ¿Seremos capaces?

Probablemente sí, pues “el fragor de la hierba / resuena como el pecho / e ilumina las sombras”. Probablemente es en esta poética de lo pequeño, de lo frágil (hierba…) donde se refugian las claves de la luz.

En cualquier caso, no me corresponde a mí aventurar una respuesta. Sobre todo porque, como decía al principio, no sé si todo esto es sólo fruto de un delirio, de la fiebre que produce entrar por primera vez en nuevos versos, en nuevos territorios, en estas islas nuevas para mí. Y porque, posiblemente, leído en otras circunstancias, en otro momento, este poemario me habría conducido a otro lugar.

Lo que sí sé es que cada uno de ustedes trazará su propio itinerario. Puede que coincidamos en algún punto; puede, incluso, que nunca nos encontremos: las islas no se comportan igual con todos los náufragos. Pase lo que pase, les deseo una paciente estancia en La luz de los días: el poemario de un hombre calificado por muchos de “existencialista”. Un hombre que observa la realidad diseccionándola para acercarnos a la Vida, a la Muerte, a la Nada, al Amor. Un hombre del que, según Manuel Rámila se pueden aprender muchas cosas, entre ellas las que emanan de su afirmación: "Tó pa ná". Y una poesía en la que, también según Rámila con quien coincido, se resumen el "Vanitas vanitatis…", el "Memento mori…" y el "Carpe diem".

Ojalá disfruten con la poesía de Antonio tanto como he disfrutado yo, y ojalá encuentren al leerla la misma distancia que él parece necesitar para escribirla.

Muchas gracias por su atención.


Ángela Serna Entre Calipso, Aitzgorri y Txalaparta, agosto-septiembre 2008.

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