Nietzsche Extemporaneo
"¿Es lícito sacrificar la humanidad a una locura?, habría que responder negativamente, pero en la práctica es esto lo que sucede, ya que creer en la verdad es precisamente locura”. Estas escépticas palabras de Nietzsche, en "La verdad y la Mentira en Sentido Extramoral", son el punto de origen de toda su filosofía. Filosofía que inunda como una presa que se ha roto y deja un humus fértil tras la inundación, todo el siglo XX. Su repercusión e influencia más de cien años después, es tan excesiva como su propio lenguaje y la encontramos en los más diversos ámbitos. No hay día, autor, artículo periodístico o ensayístico en el que no aparezca alguna reflexión suya. En un artículo reciente sobre arquitectura, se le citaba como urbanista que profetizaba que los habitantes de las grandes ciudades tendrían que encontrar un espacio vacío en el que encontrarse de nuevo a sí mismos. Decía que lo que faltaba era ,espacio, quietud, sitios donde no hubiera vehículos o gritos de voces, donde la buena educación (y aquí aparece el Nietzsche intempestivo y extemporáneo, -otra traducción de intempestivo- de siempre), prohibiese incluso que un sacerdote se permitiese rezar en voz alta. Pero ¿qué queda ahora de Nietzsche? ¿Qué nos aporta al entendimiento de nuestro mundo actual? Nietzsche extemporáneo, ¿ni de su tiempo ni de ahora?, ¿del pasado o del futuro? Para unos ha sido referente de las más diversas interpretaciones, para otros el pretexto de sus propios pensamientos, ya fuera la teología del erotismo (Bataille), el neohegelianismo (Blanchot), o la deconstrucción (Derrida), ese punto axial entre la literatura y la filosofía que Nietzsche diluyó. Los más han acabado por mostrarse prenietzcsheanos al situar sus interpretaciones respectivas por encima de la simple y desnuda experiencia de lo real, que es a lo que se reduce el pensamiento filosófico de Nietzsche como señala Clement Rosset. Hay quien incluso pide que deje de interpretarse su pensamiento para entender su “inquietante alegría de vivir y su elogio incuestionable de la vida”, como si esto de por si no fuera ya una interpretación de su obra. Basta con hacer una fatigosa y sorprendente retahíla de los apelativos, a menudo contradictorios, que se le han dado, para darnos cuenta de esa multiplicidad de interpretaciones. Se le ha llamado el último metafísico, el primer antimetafísico, el inmoralista, el renovador de la moral, el último romántico, el primer posmoderno, el filósofo-poeta, el filósofo-profeta, el último filósofo, un racionalista, el gran antiracionalista, primer filósofo que es psicólogo en cuanto que filósofo, el esteta más completo de la historia del espíritu, el más grande psicólogo de la historia de occidente, un nominalista sin reservas (antes que Nietzsche el nominalista más radical fue Max Stirner), su teoría es una guerrilla oral, el filósofo del embarazo, el de la encarnación, un irredento cristiano, un estoico nuevamente resucitado, etc, etc, etc. Incluso las corrientes artísticas más importantes del siglo XX se inspiran en su obra o la han usado como justificación, desde el surrealismo hasta el expresionismo y la abstracción e incluso la cinematografía (recuérdese el "2001 Una odisea del espacio" de S. Kubrick). Dice Andrés Sánchez Pascual que el pensamiento de Nietzsche es un pensamiento experimental en el sentido de que con él se prueba la totalidad de la tradición cognoscitiva y moral de occidente, un laboratorio con materiales peligrosísimos. En realidad gran parte de las opiniones reflejan interpretaciones reduccionistas de su pensamiento, lo que es un contrasentido. Pero como buen clásico que es, (para Italo Calvino un clásico es aquella obra que nunca termina de decir lo que tiene que decir), sobrevive a todas las interpretaciones, incluso cuando se ha dejado de creer en él, se le ha malentendido, rescatado de las malas intenciones (de lo cual no tiene culpa Nietzsche) y a pesar de ello no se agota su originalidad, su capacidad de sugerencia. Autor audaz, proteico, estimulante, polifónico. Sigue siendo incómodo, estimulante, envolvente. Dice acertadamente PS que si Nietzsche se encuentra aún hoy entre nosotros “ lo es menos por los posibles atractivos que reúne con respecto a los hombres de hoy que por las debilidades que comparte”. Quizás sean las dos cosas. Como señala Giorgio Colli, el filósofo italiano que lo rescató de las manos metafísicas de Heidegger y de la posguerra mundial, para leer a Nietzsche, sólo hay que prestarle atención, sin intermediarios, no necesita intérpretes. “El conocimiento mata el obrar. Para obrar es preciso estar envuelto por el velo de la ilusión”. Cuando hace unos 25 años leí esa frase de Nietzsche en “El Nacimiento de la Tragedia” (Uno de los textos decisivos de la modernidad para Peter Sloterdijk), y al mismo tiempo me hallaba en esa edad impetuosa en la que los estados de ánimo se suceden de una manera grotesca y chocante, sin duda más chocante que ahora, y en la que empezaba a vislumbrar lo que parecía un proyecto de futuro, aquella idea, que sin duda ya bullía como un pegajoso aceite hirviendo, era al mismo tiempo un muro de contención y una invitación al salto, a la liberación quizás. Pero detrás de cada sueño, sea de liberación o de atadura, no hay sino un fracaso y una debilidad existencial que irremediablemente conduce al sufrimiento, cuando no al hastío. “En el drama de la existencia consciente no se conjugan la teoría y la practica, sino el enigma y la transparencia, el suceso y la compresión de ese suceso” dice Nietzsche. No quiero con ello contribuir a esa fama de escritor peligroso, al menos no en el sentido moralmente pretendido. Pues no hay peligro que no esté ya irresuelto e impregnado a la vez de posibilidad. “El maestro del pensamiento peligroso” lo llama Peter Sloterdijk (un inteligente filósofo alemán, reinterprete actual de determinadas cuestiones nietzscheanas). No. El peligro de aquellas lecturas primerizas nietzscheanas y otras posteriores, no eran sino la habituación a una especie de droga que ya jamás te abandona. El alcohólico, el heroinómano, aunque ya no lo sean, llevan siempre consigo esa especie de estigma, conviven también con su abstención. Una habituación que prendió también en el pensamiento occidental y de la que no parece capaz de separarse. El propio Peter Sloterdijk nos dice: ¿Quién tiene aliento suficiente para imaginarse una época en que Nietzsche sea tan histórico como lo fue Platón para él?. Nietzsche pues como reto pero también como advertencia, como diálogo de partida hacia mis reflexiones y desde la suyas, a partir del Nietzsche que me impresionó como literato y fustigador de pensamientos intempestivos, y me asombra como filósofo y escritor deslumbrante. Una mirada sobre Nietzsche que no puede ser sino una mirada irónica. Pero ¿de dónde parte toda esa capacidad de sugestión y al mismo tiempo de involucrarse e involucrarnos? Un, a su pesar, discípulo suyo, y digo a su pesar pues tanto huía de N como se acercaba a él, y me refiero a Cioran, nos daba la clave de esa desavenencia, de esa imprecación en “La Tentación de existir”: “Maestros en el arte de pensar contra sí mismos, Nietzsche, Baudelaire y Dostoievski, nos han enseñado a apostar por nuestros peligros, a ampliar la esfera de nuestros males, a adquirir existencia por la división de nuestro ser”. El presunto milenarismo de Nietzsche, y es presunto pues nuestra capacidad predictiva se extingue en su misma propuesta, se basa en su posición de moderno Prometeo que fue capaz con una virulencia y profundidad hasta entonces desconocida, de rescatar el fuego del único Dios y ofrecérselo, en autoinmolación, al resto de los seres humanos. El fuego de un concepto de la vida en que el ser humano es el centro y el destino. Por eso Nietzsche consideraba el Renacimiento como una de las épocas realmente humanas del hombre y a los griegos como la referencia necesaria: : “Oh estos griegos! Ellos sabían como vivir" son "la especie más lograda de hombres habida hasta ahora”; y creía que la sabiduría presocrática era como el culmen del pensamiento griego, en realidad, y coincido, como el culmen de toda filosofía. “Los dioses han ocultado lo que hace vivir a los hombres” escribe Hesíodo, al que tanto admiraba Nietzsche, en “Los trabajos y los Días” y nuestro filósofo intenta descubrir esa ocultación, más que lo que propiamente hay ocultado. Una ocultación que surge de la realidad. Toda realidad, por el simple hecho de serla, es para el ser vivo algo que le presiona que le angustia. De ahí al nihilismo hay un solo paso (el acuñador del término “nihilismo fue en 1862 el novelista ruso Ivan Turgueniev, en su novela, “Padres e Hijos” aunque Nietzsche recoge la expresión al parecer de Paul Bourget), o mejor, ninguno, pues ya es de por sí ese camino nihilismo. Un nihilismo que reivindica lo contrario de la reacción ante el horror vacui de la existencia. Pues Nietzsche encuentra en ese hombre el todo y la nada. Él es sin duda el padre del nihilismo moderno, pero hay que aclarar que cuando se refiera al término nihilismo lo hace en una doble dirección: por un lado está hablando de ese nihilismo activo, positivo, reivindicativo, vitalista, que no es deudor de ninguna teología ni teleología, (para él ni en el hombre ni en el mundo hay intenciones); y por otro hace alusión a la decadencia de la cultura occidental con un nihilismo (auténtico nihilismo le llama él al cristianismo) para el que la vida no es ningún valor en sí, y el mundo tiene un sentido ya dado, anteponiendo valores contranaturales (querer la nada). Un antinietzscheano como nuestro Zubiri lo explica: “lo asombroso no es que las cosas sean y cambien, sino que lo asombrosos es que haya cosas: es el horizonte de la nihilidad. Movilidad y nihilidad, he aquí el horizonte de la filosofía europea”. Es decir Nietzsche. Para Nietzsche la naturaleza humana y la extrahumana son extramorales; habla del “espectáculo de la grandiosa indiferencia de la Naturaleza hacia el bien y el mal”. Hay que observar en este caso que al hablar así tiene que tener al menos un sentido mínimo, diríamos “moral” o “ético” de lo que es el bien y el mal, pero no lo especifica porque en resumen sus conceptos de bien y mal no coinciden con lo habitual. Mal es aquello que nos aparta de nuestra vida, bien lo contrario. En su nihilismo vitalista, de evidente raíz helénica, se encuentra con lo que a mi entender es su pensamiento clave: ya que de alguna manera u otra, por azar y desdicha, nos encontramos en este mundo de la existencia, del ser en el mundo (como posteriormente diría Heidegger; su "dasein"), ¿qué es lo que cada uno se aporta a sí mismo?, no que le aportan los demás o qué aporta a los otros. Para descubrirlo Nietzsche tiene que desenmarañar, desenmascarar el humanismo imperante, llámese cristianismo, socialismo o cientifismo, tiene que desprender al hombre de la máscara de la protección divina o del Estado, de la virtud como socrático invento supremo y del amansamiento. Ello conlleva un riesgo, que esa pretensión, no humana, sino demasiado humana, acabe por ser manipulada, malentendida o indebidamente apropiada, como de hecho así ocurrió. Pero estos efectos indeseables, no son sólo fuegos fatuos que se diluyen en la espesura del tiempo; sino que al exigir, impetuosamente un combustible adecuado, el propio hombre, impregnan y abonan el solitario claro del bosque (en terminología heideggeriana) en el que el hombre se sitúa y aparece. En palabras de Sloterdijk: “los dioses se han retirado, dejando en manos del hombre la preocupación de custodiarse a sí mismo. Éste es el pensamiento realmente abismal de Nietzsche, y no aquel otro del eterno retorno que reclamaba Heidegger”, que en todo caso no es sino una consecuencia del anterior. El eterno retorno viene a significar algo así como que el que dice sí a un sólo instante, dice sí a la vida, a la existencia entera, a la posibilidad de una futuro, de un instante eterno, de una verdad vital que supera todo razonamiento, es una sublimación del instinto de supervivencia. Un extraordinario poeta belga, Henri Michaux lo expresa en un poema: “He llegado a la plenitud/ El instante es más que el ser/ El ser es más que los seres/ y todos lo seres son infinitos”. Escribe Deleuze que “como pensamiento ético, el eterno retorno es la nueva reformulación de la síntesis practica: Lo que quieres, quiérelo de tal manera, que quieras también el eterno retorno”. “Imprimamos a nuestra vida el sello de la eternidad”, dijo Nietzsche y continúa: “Ese pensamiento está más grávido de contenido que todas las religiones que desprecian esta vida en tanto que efímera y que nos han acostumbrado a mirar hacia otra vida indefinida”. En esta de nuevo mirada irónica, es donde encontramos el significado último de tal expresión, una variante así de lo que significa la vida. Pero la teoría del eterno retorno es una teoría determinista, lo que no concuerda con el nihilismo nietzscheano. La idea del eterno retorno Nietzsche la vive en el sentido de que cada instante vivido no debe atemorizarnos si vuelve. Que irradie el brillo del instante. En cierto modo el eterno retorno no es sino un racionalismo extremo. Si el mundo es limitado y el espacio infinito, en él se darán las infinitas posibilidades de existencia, tal como la sentimos ahora. Sin duda cae en lo que él había siempre combatido, en la lógica presuntiva. Sería mejor interpretarlo como que el momento ahora vivido es único y eterno pues no hay posibilidad alguna de cambiarlo. En "Humano, demasiado Humano" escribe: “ Has de llegar a ser señor de ti mismo, también de tus propias virtudes. Antes éstas eran tus dueñas pero han de ser sólo tus instrumentos, junto a otros instrumentos. Has de adquirir poder sobre tus pros y tus contras, aprender a ponerte y quitarte la virtud según tus fines superiores. Has de aprender a comprender lo perspectivístico en cada valoración”. Este colocarnos ante nosotros mismos, este abismo que se abre a nuestros pies no es posible sino a través del conocimiento, pero el hombre no conoce; en todo caso intuye. Y ese propio conocimiento es el abismo, volviendo al principio, que nos imposibilita la acción. Nietzsche considera el conocimiento como el valor supremo de la vida en contraposición a la acción: “Todas las acciones son esencialmente ignorantes" ("Aurora"). Nietzsche llega a la tautología de que lo real es lo real, que lo desconocemos y es pretencioso conocerlo y que más nos vale vivir con la ilusión de esa realidad, con su apariencia, sin más mentira que ésta: ”Nos hemos arreglado un mundo en el que podemos vivir, con la aceptación de cuerpos, líneas causa y efectos, movimiento y reposo, forma y contenido. Sin estos artículos de fe nadie sería actualmente capaz de vivir. Pero con eso no hay nada demostrado todavía". La vida tiene el valor que el hombre le da. La vida es en cada caso, mi vida. La luz del día, quizás también eso le ocurrió a Nietzsche, nos hace creer que la vida es eterna. La vida quiere ser vivida. Por tanto no le interesan las preguntas metafísicas sobre el más allá, el alma inmortal o la existencia de un Dios benéfico. Antes bien, como se pregunta en "Ecce Homo", se interroga por la dieta a seguir, cuál es el climas más adecuado o cómo divertirnos. Ese mismo libro lo subtitula “cómo llegar a ser lo que se es”, en alusión a la frase pindárica de “Llega a ser el que eres”. Nietzsche la repite: “¿Qué dice tu conciencia; llega a ser el que eres”. “He indagado en mí mismo” dice Heráclito. No es el “conócete a ti mismo” délfico, que ahora interpretamos como una referencia al autoconocimiento y que era más bien una advertencia para no rebasar los límites de la condición humana. Michel Foucault dice que ese conócete a ti mismo délfico significaba un “cuídate a ti mismo”. “Yo soy lo que tiene que superarse a sí mismo”, nos dice Zaratrustra, y en este sentido de autoafirmación es como se interpreta la idea de superhombre, pues “en última instancia no se tienen vivencias más que de sí mismo”, pero “cuanto el hombre hunde su mirada en la vida, otro tanto la hunde en el sufrimiento!” y "todo hombre debe ser un Dios para sí mismo". Pero se pregunta Nietzsche que “¿cómo puede el hombre conocerse a sí mismo?”; ¡”Ya no hay más envolturas” y “es una empresa tortuosa y arriesgada excavar en sí mismo... descender violentamente por el camino más arriesgado en el pozo del yo”. Por eso también uno huye de sí mismo. No se tiene más que este cuerpo y esta realidad que no conocemos, que sólo aprehendemos en la existencia, estando más que siendo. Dejémonos de historias sobre lo desconocido. Vivamos, porque vivir es nuestra única posibilidad, aunque vivir sea estar en peligro, puesto que nada hay, nada se conoce, nada queda, hacia ningún sitio vamos. Pero la revelación de sí mismo es también su destrucción y una creación, según Richard Rorty. Pero de hecho, escribe Nietzsche “¿qué sabe el hombre de sí mismo? ¿Sería capaz de percibirse a sí mismo, aunque sólo fuese una vez, como si estuviese tendido en una vitrina iluminada? ¿Acaso no le oculta la naturaleza la mayor parte de las cosas, incluso su propio cuerpo, de modo que al margen de la circunvoluciones de sus intestinos, del rápido flujo de su circulación sanguínea, de las complejas vibraciones de sus fibras, quede desterrado y enredado en una conciencia soberbia e ilusa? Ella ha tirado la llave y ¡ay de la funesta curiosidad que pudiese mirar fuera a través de una hendidura del cuarto de la conciencia y vislumbrase entonces que el hombre descansa sobre la crueldad, la codicia, al insaciabilidad, el asesinato, en la indiferencia de su ignorancia y por así decirlo, pendiente en sus sueños del lomo de un tigre! ¿De dónde procede en el mundo entero, en esta constelación, el impulso hacia la verdad?” ("Sobre Verdad y Mentira en Sentido Extramoral"). Es una metafísica del cuerpo que llega hasta nuestros días con su proclive culto que alcanza extremos perniciosos. Para Nietzsche todo conocimiento tiene su origen en el cuerpo humano, en el buscarse a sí mismo. El cuerpo es así superficie de acontecimientos, un rastro del pasado, un rastro efímero, volumen en continuo desmoronamiento y de él dice Michel Foucault nacen también los deseos, las debilidades, los errores. Pero del deseo nace también la angustia, y el concepto de amor. En Más Allá del Bien y del Mal escribe de manera tajante: “ en última instancia lo que amamos es nuestro deseo, no lo deseado”. Por eso, el amor no existe, no es posible que exista. Si se ama como entrega, lo que se ama es una idea, si como acceso o contingencia del otro siempre existe al dificultad, la muralla de la otra piel. Denis de Rougemont en un hermoso libro “El amor y Occidente” nos muestra que el amor/pasión, tal como lo conocemos hoy, surge en el siglo XII, en una mezcla de catarismo y poesía trovadoresca en el Languedoc. Habla Zaratrustra: “Amamos la vida no porque estamos acostumbrados a la vida sino porque estamos acostumbrados al amor”; “No es la vida la que justifica el amor sino a la inversa”. El Nietzsche romántico, a través de Zaratrustra, se desmelena: “Todo gran amor no quiere amor –quiere más”. George Bataille dice por su parte, claramente inspirado en Nietzsche: "Un amor insensato no tiene sentido más que yendo hacia un amor más insensato". Tras Nietzsche ya no hay emancipaciones ni utopía, ya no hay finalidades concretas. La vida, la de cada cual, puede ser narrada, y al ser narrada es también advertida, de muchas formas. Así nos dice: “Yo soy un discípulo del filósofo Dionisios, preferiría ser un sátiro antes que un santo. Lo último que yo pretendería sería mejorar la Humanidad. No erigiré nuevos ídolos; los antiguos aprenderán qué significa tener los pies de barro. Derribar ídolos (mi palabra para decir “ideales”) esto es , más bien, lo que pertenece a mi oficio”, el idealista frente a la realidad huye. Pero Nietzsche , al contrario de lo que muchos piensan, nunca se refirió al desenfreno de un instinto aniquilador, perturbador, sino que en última instancia considera que la razón debe encauzar, disciplinar esa fuerza instintiva hacia la cultura, haciéndola colisionar contra las dificultades. Por eso el arte (en sentido apolíneo, es decir, de forma y medida) es naturaleza y la naturaleza es arte, porque se ve impulsada a comprimir en el corto espacio de tiempo y espacio del cuerpo y el mundo formas individuales de vida, efímeras y contingentes. Para Nietzsche "la verdadera tarea del arte es “el redimir el ojo de penetrar con su mirada en el horror de la noche y el salvar el sujeto, mediante el saludable bálsamo de la apariencia”. La cultura en todo caso es para Nietzsche un adiestramiento violento. Los instinto son fuerzas plásticas, moldeadoras, los resortes más importantes de nuestro ser, aquilatado a la cultura y por ella, en consonancia con la moral. Pero esta justificación estética de la vida ¿a dónde nos lleva? ¿qué problema se resuelve que no sean de la propia concepción de la vida? Escribe: “No hay fuera de la vida ningún punto fijo desde el que pueda reflexionarse sobre la vida”. No hay pues por qué justificar la vida, sólo vivirla. De ahí la importancia que para nosotros tiene su primer libro titulado “El Nacimiento de la Tragedia”. Sánchez Pascual (su traductor) incluso se atreve a decir que Nietzsche no va más allá de lo que escribe en este primer trabajo. Lo que sí es cierto es que este libro es el que marca su pensamiento. Parte de considerar que el desarrollo del arte esta ligado al de dos fuerzas contrapuestas, lo apolíneo y lo dionisíaco, el sueño y la embriaguez, la forma y la naturaleza, el principio de individuación con lo "Uno primordial". Pero inmediatamente accede al núcleo de su filosofía, al terreno que le es propicio. Y para ello utiliza la famosa respuesta del sabio Sileno, acompañante de Dionisios, al rey Midas a su pregunta de qué es lo mejor para el hombre: “Estirpe miserable de un día, hijos del azar y de la fatiga, ¿por qué me fuerzas a decirte lo que para ti sería más ventajoso no oír? Lo mejor de todo es totalmente inalcanzable para ti: no haber nacido, no ser, ser nada. Y lo mejor en segundo lugar es para ti morir pronto”. Este dolor primordial de la existencia “fundamento único del mundo” es el que N intenta redimir de manera trágica, acude en busca de una explicación que parte de las preguntas habituales de los filósofos. ¿qué es el hombre?, ¿en qué consiste la existencia y la felicidad? ¿Quién soy yo? Pero el atrevimiento de Nietzsche consiste en adoptar la perspectiva del artista: “Sólo como fenómeno estético están eternamente justificados la existencia y el mundo”. Por ello acude a los mitos, al amor titánico que Prometeo, desgarrado por los buitres, tuvo sobre los hombres, a la sabiduría de Edipo, que le lleva a la atrocidad. Como consecuencia nos dice: “la desmesura se desveló como verdad, la contradicción, la delicia nacida de los dolores hablaron de sí desde el corazón de la naturaleza”. En sus “Consideraciones Intempestivas” nos lleva a ese mismo corazón, y aquí ya se intuye lo que más tarde llamaría voluntad de poder, que no es sino una reinterpretación de la voluntad de vivir schopenhaueriana, con una aforismo desgarrado: “Un cadáver es un pensamiento hermoso para los gusanos; los gusanos para todo ser vivo, un pensamiento horrible”. El dolor primordial no es pues sino el bisturí que desgarra lo más íntimo del ser, en cuanto ontología y en cuanto existencia, el ser como garante de la nada, del vacío y de lo único. Una, más que enfermedad, “enfermidad”, pues la enfermedad alude al imperativo de lo que se nomina, al afuera, a lo ya dado. La enfermidad se alimenta del enfermo. La enfermidad es lo existente, lo que cuaja en la persona, la enfermedad no es nada. Pues el mundo según Nietzsche no se redime más que en la apariencia y nos dice que “toda vida se basa en la apariencia, en el arte, en el engaño, en la óptica, en la necesidad de lo perspectivístico y del error” o “la enfermedad es una realidad inmensa, la propiedad esencial de la vida” y “la tierra tiene una piel; y esa piel tiene enfermedades. Una de esas enfermedades se llama por ejemplo: Hombre”. Por eso hay que coincidir con Freud en que (como piensa en su texto “Más allá del principio del placer”), una gran quietud volverá a la creación cuando la vida vuelva a la condición natural de lo inorgánico. “¡Qué enfermo parece todo lo que nace!" dice el poeta George Trakl. A fin de cuentas el mundo no es más que una panoplia infame y el hombre un ser indigesto. Mas aún esta tautología es una aporía insignificante. Ese dolor primordial, ese sufrimiento del que es inevitable desgajarse, que penetra en los pensamientos más íntimos de la naturaleza, conoce el terrible instinto de existir y a la vez la incesante muerte de todo lo que empieza a existir”. ¿Qué contradiccición y qué realidad al mismo tiempo? Horrible naturaleza y reivindicación del instinto natural. La vida es para Nietzsche de tipo heraclitiano-dionisíaco, cruel, vital, peligrosa, la vida es distinta de lo que el humanismo pretende. Escribe: "Con la conciencia de la verdad contemplada una vez, ahora el hombre ve por doquier solamente lo horroroso o lo absurdo del ser". "La vida necesita una atmósfera protectora de no saber, de ilusión, de sueños, en la que se entreteje para poder vivir" nos dice Rüdiger Safranski. La vida no es sino una máscara de autorepresentación enmarcada en el binomio placer-dolor. “El mundo verdadero y el mundo aparente, - dicho con claridad- el mundo fingido y la realidades”. Lo irreal no es la realidad es el pensamiento. Esto es algo que según Rüdiger Safranski no ha podido descifrar los filósofos posteriores (hermeneutas y fenomenólogos). El Nietzsche cínico del que después vendrán resonancias de otros filósofos (como Ludwig Wittgenstein) escribe: “Las grandes cosas exigen que se hablen de ellas guardando silencio o con grandeza, esto significa: inocente y cínicamente”. El hombre no es la medida de las cosas como quería Protágoras, en todo caso las cosas se miden en él. Para Foucault, muy nietzscheano, que proclama la muerte del hombre: “El hombre no es sino un cierto desgarro en el orden de las cosas, una invención reciente, una figura que apenas tiene dos siglos, un simple pliegue en nuestro saber, que desaparecerá tan pronto cuando este dé con una forma nueva”. Por su parte escribe Bataille. “El hombre está hecho a la medida de la muerte”. El pensamiento de Nietzsche va pues así en el camino del descubrimiento de cada uno, pero sin catálogo ni libreto, de la adquisición de una dimensión propia de la vida. La vida, tal como la entendían los griegos que se contraponía al thánatos, aunque este alargara su sombra sobre ella, o quizás por eso. Sólo Nietzsche sigue el camino que abrió Schopenhauer reconociendo la radical animalidad del hombre, su esencia animal frente a lo que, piensa Colli, el resto de la filosofía queda reducida a hipocresía. O diríamos, a juegos de palabras. Así en la tercera “Consideración Intempestiva” nos dice: "La enorme movilidad del hombre en el gran desierto de la tierra, su fundación de ciudades y estados, su guerrear, su incesante recoger y dispersar, su galopar lleno de confusión, su aprender los unos de los otros, su recíproco engañar y aplastar, su griterío en el apuro, su alarido de alegría en la victoria, todo eso es continuación de lo animal”. Pero ¿qué es lo dionisíaco? Es para Nietzsche la realidad total, la quintaesencia de lo real. Es ese salto en el vacío, que nos aproxima al mundo, que nos introduce en él a través de dos caminos, la ilusión y el arte, la forma más refinada de la ilusión. Es la raíz de la vida indestructible, (subtítulo de un libro "Dionisios" de Karl Kerényi), quien nos señala una concepción de lo dionisíaco que fue Nietzsche quien la introdujo no lingüísticamente, sino en la historia del espíritu. Nietzsche nos habla de lo dionisíaco con toda la fuerza de sus imágenes en el "Nacimiento de la Tragedia": “Un vendaval arrastra todo lo muerto, podrido, roto y decaído, lo envuelve en el remolino de una nube de polvo y se lo lleva como un buitre a los aires. Desconcertadas nuestras miradas buscan al desaparecido: pues lo que ven parece haber emergido de las honduras a la luz dorada, tan pleno y verde es, tan exuberante y vivo, tan inconmensurable y lleno de anhelo.”; “Bajo el hechizo de lo dionisíaco no sólo vuelve a establecerse la alianza entre ser humano y ser humano. Hasta la naturaleza alienada, subyugada y hostil celebra de nuevo su fiesta de reconciliación con su hijo pródigo: el ser humano” y con una visión un tanto panteísta (el panteísmo no está lejos del ateísmo), nos declara “El ser humano no es ya un artista, se ha convertido en una obra de arte...la potencia artística de la naturaleza entera se manifiesta aquí entre los estremecimientos de la embriaguez, para suprema satisfacción del Uno primigenio”. Con esta embriaguez ponía así en primer plano, que después continuaría en la descripciones moderna de lo dionisíaco, su carácter explosivo que Erwin Rhode relacionó con la epidemia religiosa de las fiestas primaverales. Y para N Dionisios es “el paroxismo que se desata donde quiera que se procrea y se da vida y cuya ferocidad siempre está dispuesta a pasar por la ferocidad y la muerte. Es la vida”. Una locura dionisíaca que es la mezcolanza entre la plenitud vital y la violencia. En palabras de Walter Otto: “¡Un dios furibundo! ¡un dios de cuya esencia forma parte la locura!”, de la que tanto entendía Nietzsche. Pero no llega a plantearse estos polos opuestos en el sentido hegeliano de una dialéctica humana en la que coexistan el bien y el mal, una lucha entre pulsiones vitales constructivas y otras destructivas, mortales. Más bien es al contrario pues Nietzsche niega el bien y el mal, su única fuerza mayor, como la llama Clement Rosset, es la voluntad de poder. Lo expresa en referencia a Prometeo de esta manera: “La dualidad del Prometeo de Esquilo, su naturaleza a la vez dionisíaca y apolínea, podría ser expresada, en una fórmula conceptual: Todo lo que existe es justo e injusto, y en ambos casos está igualmente justificado”. Pedir tras esto a Nietzsche una valoración ética de la existencia, parece un ejercicio pretencioso e inútil. Pero Nietzsche emplea la voluntad de poder en dos sentidos fundamentales, como señala Juan Antonio Rivera: uno metafísico en el que la voluntad de poder es el “pathos” que recorre la vida y la causante de todo devenir, es la tendencia de la Naturaleza hacia formas de vida mejores; y otro antropológico en el sentido ingénito del hombre de una tendencia a obtener más potencia y aptitud. Casi cien años después, en 1976, el etólogo Richard Dawkins, viene a introducir la idea científica, de claras resonancias nietzscheanas, de lo que él en sentido metafórico llama “gen egoísta”. Los genes son lo que marcan la evolución de las especies, sobreviviendo a lo largo de generaciones aquellos que precisamente son necesarios para seguir existiendo, no de manera aleatoria, sino con el propósito de garantizar la supervivencia. Estos genes irán modificándose por las exigencias de la selección natural e intentarán perpetuarse replicando el máximo número de copias de sí mismos. A eso le llama “gen egoísta”, una imagen demasiado cercana a la voluntad de poder. Volviendo a la concepción nietzscheana de Dionisios anticipa un componente de su filosofía vitalista como es la crueldad intrínseca en la actividad humana. La felicidad de uno conlleva necesariamente la crueldad con el otro. El otro no es que sea el enemigo en sentido hobbesiano, es decir el hombre representa para el hombre la máxima violencia, sino que interpela al error primigenio, a la mentira originaria, a la sombra inesquiva del azar y a la capacidad de sustraer con la propia felicidad, la de los demás. Pero el dios no es el creador del mundo, no es la raíz de la vida indestructible, sino que es el propio mundo, la propia raíz. No cabe duda del componente trascendental que Nietzsche da a la concepción dionisíaca. En ese sentido, y de él se derivan todos los demás (voluntad de poder, superhombre, eterno retorno), el antimetafísico por excelencia es también el último de los metafísicos como le llamó Heidegger. En su Ensayo de Autocrítica, introducción a una reedición del "Nacimiento de la Tragedia", ensayo que es un auténtico compendio de su pensamiento, escribe: “...si...queréis continuar siendo auténticamente pesimistas; quizás a consecuencia de ello...mandéis alguna vez al diablo todo el consuelo metafísico -¿y en primer lugar, la metafísica!”. Consuelo metafísico que él mismo reivindica: “el consuelo metafísico de que en el fondo las cosas, y pese a todo la mudanza de las apariencias, la vida es indestructiblemente poderosa y placentera”, pero en la siguiente página entra en el núcleo duro de su pensamiento ya que, debido al éxtasis dionisíaco el hombre consciente de la verdad intuida, “ve en todas partes únicamente lo espantoso o absurdo del ser, ahora siente naúseas”. Sin duda es una naúsea algo diferente de la náusea sartriana que se origina justamente en la inconciencia de lo inanimado, pero naúsea a fin de cuentas. La naúsea provocada por el conocimiento de que el cosmos es indiferente u hostil a la felicidad humana. Pero como un antídoto llega para Nietzsche el arte, “como un mago que salva y cura”. Es el conocimiento trágico que en sus palabras, “necesita del arte como protección y remedio” ante la “herida eterna del existir”. Idea de claro origen schopenhaueriano. Dice Schopenhauer: “lo que ocupa y mantiene en movimiento a todo ser vivo es el afán de existir. Pero una vez que ese existir está asegurado, el viviente no sabe qué hacer con él. De ahí que lo segundo que mantienen en movimiento a todo ser vivo sea el afán de liberarse de la carga de existir de forma que nos e sienta esa carga, en resumen, escapar del aburrimiento”. Por ello anatemiza el socratismo pues según él desprecia el instinto y con ello el arte y la vida que se desgarra del oscuro fundamento del mundo en que se basa. Pero también ante el arte la actitud es pesimista: “el arte dionisíaco quiere convencernos del eterno placer de la existencia: sólo que ese placer no debemos buscarlo en las apariencias sino detrás de ellas. Debemos darnos cuenta de que todo lo que nace tiene que estar dispuesto a un ocaso doloroso. Nos vemos obligados a penetrar con la mirada en los horrores de una existencia individual, se "abren los terribles fondos subterráneos del ser". Pero ¿acaso da respuestas Nietzsche que nos lleven a interesarnos por nosotros mismos? ¿no pregunta más que responde, y ahí está uno de los mayores valores de este llamado filósofo de la sospecha? Porque ese valor artístico de la vida , que se refleja de cualquier modo en la sociedad, ¿no deja acotadas las posibilidades individuales del conjunto de los humanos?. De ahí, la reivindicación del genio, de la excelencia humana, valor por otro lado tan inscrito en nuestra civilización. Esta excelencia humana tiene en Nietzsche un valor trascendental aún careciendo de todo el valor de la verdad, puesto que la verdad no existe. Y ¿qué es la verdad para él?: “una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas, y adornadas poética, retóricamente y que después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se han olvidado lo que son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas sino como metal”. Lo poético pues se vislumbra como mentira, no como error, el error es la vida, la existencia, y al mismo tiempo como liberación. La metáfora para Nietzsche es el mejor modo de captar la vida, la realidad. Afirma así el carácter irracionalista del mundo: la lógica y la razón son invenciones humanas. El mundo es una realidad cambiante plena de realidades distintas y en cuyo trasunto se halla la contradicción. Y tiene su expresión estética maximalista en el yo poético. Para Nietzsche el yo “lírico resuena desde el abismo del ser: su subjetividad”. Una subjetividad que relativiza de tal modo que la destruye. Por ello iguala la poesía a lo germinal, a lo dionisíaco. Ese yo lírico es la expresión del mundo en el mundo, la “no aderezada expresión de la verdad” que no se halla fuera del mundo. Por eso nos dice que “Nosotros queremos ser los poetas de nuestra vida”. Para él la característica del individuo es su inefabilidad, su singularidad pero al mismo tiempo su evanescencia. ¿Qué pensaría Nietzsche si supiera que la renovación celular de nuestro cuerpo hace que entre un viejo y ese mismo viejo, niño, no haya en común más que un puñado de células neuronales, cuya composición también ha cambiado. El yo se disuelve, por eso hay que rescatar al individuo, aún a fuerza de sumergirlo en el mundo dionisíaco del Uno Primordial, es decir, de lo monstruoso, del conocimiento. ¿Qué queda del yo de cada persona a lo largo de su vida, puesto que la vida es nada, nada es nada? ¿Qué es así el yo? Nada más que melancolía, recuerdo, memoria (“Sólo lo que no deja de doler permanece en la memoria”), una forzada restitución del uno mismo, una clasificación social, un afuera nada más, pero un afuera que es también la mirada de uno sobre sí mismo, un bucle existencial, y por ello condicionado en todas las direcciones. El yo se diluye en la nada y en esta disolución no encontramos con la premisa de nuestra existencia, con cogito o sin él, pensando o sintiendo. Y si del yo no queda nada, tanto más importante ese yo ilusorio y por ende el yo del artista, el yo creado, el yo lírico. El yo ha muerto; miento "ergo sum" Lo que queda dice Hölderlin lo fundan los poetas. Nuestro yo actual y social incluso, está diluido en las organizaciones y redes de comunicación. Cuando Nietzsche afirma que la existencia no tiene sentido no quiere decir que le falte toda “razón para vivir”, que no merezca la pena vivirla. Aunque acierta con el significado de la vida: no significa nada. Siniestra llama Zaratrustra a la existencia humana. Un texto poético, volviendo al yo lírico, dice Gadamer no requiere la ratificación del lenguaje significativo. Siempre se despierta otra cosa en la que nos reconocemos nosotros mismos. En palabras de Bataille la poesía es “el lenguaje de lo imposible” o “El genio poético no es el don verbal, es la adivinación de las ruina secretamente esperadas” y afirma “la efusión más próxima a la meditación es la poesía”. Para Cioran es “ese horror del lenguaje en que sólo la poesía viene a consolarnos de la pérdida momentánea de nuestras certezas y de nuestra vida”. Resulta significativo por otra parte el que el corpus teórico de dos de los pensadores más influyentes en el siglo XX, Freud y Nietzsche, (que junto a Marx -de Marx nos queda el concepto instrumental de la economía, y al que N no nombró ni una sólo vez- y que son para Paul Ricoeur los tres componentes de una llamada “escuela de la sospecha”) se hayan basado en explicaciones míticas (Edipo, Eros, Tánatos el primero; Apolo, Dionisios, Zaratrustra, Ariadna, Prometeo el segundo). Como señala Steiner, la demostración de Freud de la universalidad de sus metáforas terapéuticas, así como del complejo de Edipo son en sí mismo, construcciones metafóricas, dramas arquetípicos, encarnados y transmitidos a mitos”; es decir “donde cabría esperar un cuerpo sustentante de pruebas clínico-estadísticas”, el registro de un gran número de casos, Freud ofrece la prueba del mito y la literatura. Igual ocurría con Nietzsche, pues para él si falta el mito en la cultura ésta pierde “su fuerza sana y creadora”. A Nietzsche no le interesa tampoco la demostración, no porque no le interese la ciencia, ni porque su método sea especulativo, sino porque para expresar su pensamiento necesitaba el desorden de lo asistemático, la fuerza de lo intuitivo (Para Hobbes el conocimiento moral y político no admite ningún tipo de demostración). Subordina el rigor a la intuición. Pues para Nietzsche “el mito quiere ser sentido intuitivamente como ejemplificación única de una universalidad y verdad que tienen fija su mirada en lo infinito”. El mito para él preserva el pensamiento y la imaginación frente aun "vagabundear sin orden ni concierto". Quizás el hombre actual sea por ello un dasarraigado e invente nuevos mitos como la modernidad, la técnica, la ciencia, el cuerpo. También, hay que decirlo, el arte, pero un arte como espectáculo más que como visión, más como confusión que como ilusión o conocimiento. Refiriéndose Nietzsche al arte de su época, que bien pudiera ser la nuestra escribe: “Mientras en el teatro y el concierto había implantado su dominio el crítico, en la escuela el periodista, en la sociedad la prensa, el arte degeneraba hasta convertirse en un objeto de entretenimiento de la más baja especie”. Sin embargo lo que Nietzsche busca en el arte no es consuelo sino aumento de vida, es un fin en sí mismo, aunque renuncie a todos los fines. Había profetizado un mundo convertido en escaparate. En su cuarta “Consideración Intempestiva” hay un párrafo que parece referirse al mundo del arte actual: "Sorprendente turbación de juicio, mal disimulado afán de recrearse, de entretenimiento a cualquier precio, lisonjeo erudito, aires de importancia y teatralidad con la seriedad del arte por parte de los que lo escenifican, avidez brutal de ganar dinero en los empresarios, vaciedad y despreocupación de una sociedad...Todo esto junto constituye el sofocante y pernicioso ambiente de nuestra situación actual el mundo artístico". Para Nietzsche la cultura es el fin supremo y se revela cuando piensa que se va a supeditar a otros poderes como el Estado, la religión o la economía. Confía en los mitos porque quizás también nos dirigen hacia la vida y dialogan con la naturaleza. Son a la vez imágenes que se comprenden con facilidad, duradera e inmovibles; lo estático, como símbolo de seguridad, es un atractivo para el humano. Si consideramos que la vida es un mito, necesita también de lo mítico para autoexplicarse. Es posible que desde Nietzsche y Freud la capacidad autorreferencial del hombre, su explicación y su liberación sean más fuertes. Pero parece paradójico el que el mito, que no es sino tradición, sea el ejemplo de lo liberador (a no ser que éste sea liberador en sí mismo), en una época, la moderna, que si en algo se ha empeñado es precisamente en la constante desmitificación, desde la religión hasta el arte, desde el humanismo a la razón. ¿Será porque como afirma Steiner, tenemos hambre de mitos? Quizás lo único mítico que aún quede, y en este sentido N no fue buen profeta, sea la ciencia y el deporte. Para Claude Lévi-Strauss, los mitos nos permiten la supervivencia como entes pensantes y sobre todo sociales. A través de los mitos se entiende y se experimenta para él las contradicciones primarias del hombre, entre ser y no ser, masculino y femenino, joven y viejo, luz y oscuridad, móvil e inerte. Y el mito, en contra de cualquier explicación racionalista resuelve estas asimetrías. El mito se remonta, se engancha al origen no tiene una significación individual sino fundamentalmente social y cultural. Un mito que se haya envuelto en el lenguaje, la cualidad definitoria de lo humano. Por eso los libros no sólo describen el mito, sino que ellos mismos se hacen mito, como en los libros fundadores de una religión: El Corán (significa lectura, recitación), La Torá, los cuatro Vedas o La Biblia (“Todo mi respeto por el Antiguo Testamento. En él encuentro grandes hombres, un paisaje heroico y algo rarísimo en la tierra, la incomparable ingenuidad del corazón fuerte; más aún encuentro a un pueblo"). Basta con expresar que lo que se pretende se haya escrito, o más bien, interpretado en ellos, para darle una cualidad teleológica, finalista de lo verídico y deseable. El mito, la religión y la hermeneútica pues se confunden. Pero como advierte Nietzsche ésta es la manera cómo las religiones suelen fallecer: “cuando bajo los ojos severos y racionales de un dogmatismo ortodoxo, los presupuestos míticos de una religión son sistematizados como una suma acabada de acontecimientos históricos..., es decir cuando se extingue la sensibilidad para el mito y en su lugar aparece la pretensión de la religión de tener una bases históricas”. Pero no sólo Nietzsche se basa en los mitos sino que los reelabora. El mito del eterno retorno (de origen helénico y persa), el del superhombre (el Golem de origen judío), y crea dos de los mitos más importantes de la modernidad, el mito del arte y el del lenguaje. El mito por otro lado nos lleva a lo trágico pues toda interrogación por una genealogía es una sospecha. Los actos no existen por sí, son una interpretación. Pero también afirma que todas las interpretaciones del mundo son falsas y por lo tanto nada tiene sentido, todo es en vano. En “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral” se refiere a esta idea que en su núcleo central viene a decirnos que fijar la realidad mediante palabras o conceptos suponen una falsificación de ésta. Nada existe, sólo una interpretación. Pero hay que ser conscientes de que las interpretaciones también son falsas. ¿Qué salida deja ? Sólo una: conocer esto y vivir.
Nietzsche como filósofo del adjetivo, se desprende de la metafísica, pero no gasta soluciones fijas, su principal vocación perspectivística propone diversos acercamientos a las cuestiones, aunque, y eso no es soslayable, bajo la atenta mirada de su ironía en la que mira de reojo a la vida con el encono de quien sabe no sabiendo, y con el humor de lo inevitable. Hay quien ha señalado (Daniel Gamper) que este talante irónico-cómico es el necesario para entender al auténtico Nietzsche, desprovisto de las ataduras del significante. Nietzsche toma conciencia de la limitación de la filosofía y la metafísica con el lenguaje y supera esta paradoja haciendo un uso impetuosos del mismo, abriéndole las entrañas de la forma y del significado, algo muy poético por otra parte. Por ello es un escritor compulsivo, que usa el aforismo, el género que más se adapta a su pensamiento, como una lanza , como el zarpazo de un tigre (Baltasar Gracián influyó en ello). El mismo Nietzsche escribió: “Es mi ambición decir en diez frases lo que todos los demás dicen en un libro, lo que todos los demás no dicen en un libro”. Y en cierto modo los consiguió aunque tampoco paró de escribir libros. El aforismo es como nos recuerda Andrés Sánchez Pascual etimológicamente “pensamiento puesto en el límite mismo” (horismo), pensar, decir y escribir en la paradoja. Así sintetiza y redefine el pensamiento filosófico, que deja de auparse a lomos de una corpus sistemático y rígido, dándole el poder prioritario de decir a la palabra. Otros seguirían este camino desaforado, esta forma intempestiva de filosofar, baste citar a Wittgestein o Cioran. El primero como continuador también de la hermeneútica del lenguaje, de esa filosofía de la sospecha que también nos abruma con su frialdad. El segundo desde posiciones desgarradas, que parten también del dolor primordial nietzscheano, pero que le llevan a la más pura inanidad y desesperación. Una escritura pues fragmentaria para, como afirma Lyotard “tratar de buscar sentido a la historia perdida del sentido”. Un aforismo para Deleuze es un fragmento, pero también es algo más pues busca un sentido. Pero al mismo tiempo el aforismo “es la interpretación y el arte de interpretar lo mismo que el poema es la valoración y el arte de valorar: dice los valores.” Nietzsche los dramatiza. “un aforismo, si está bien acuñado y fundido, no queda ya descifrado pro el hecho de leerlo; antes bien, entonces es cuando debe empezar su interpretación, y para realizarla se necesita un arte de la misma”. Y nos lleva al terreno del lenguaje con la convicción de que lo pensado no es más que lo pensado y que la realidad queda fuera del pensamiento y del lenguaje que es otra manera de ser ahí, de vivir también como lo llama Foucault, ”la experiencia del afuera”, éste aplica el principio genealógico de Nietzsche según el cual los fundamentos de la razón no son racionales y los de la moral no son morales. De hecho opina que después de Nietzsche es posible pensar de nuevo tras ese principio liberador. El lenguaje es en Nietzsche otra expresión de lo que llama la conciencia, la conciencia no tiene ningún dentro sino que es el “afuera”, la mirada de otro en mí. No es más que una red de enlace entre un hombre y otro. Dice N: “Todo lo que llamamos conciencia es un comentario más o menos fantasioso sobre un texto que no sabemos, que quizás no podemos saber pero que sentimos”. Ello no significa que rechace todas las formas de conciencia, como tampoco en otro término que se abandone toda ética. Estos análisis nietzscheanos, relativos a la conciencia, preludio del análisis freudiano, son también predecesores de los análisis de la fenomenología. Nietzsche en realidad no está muy lejos de ella: “Sostengo con firmeza el carácter fenoménico del mundo interior. Todo aquello de lo adquirimos conciencia está de todo punto compuesto, esquematizado, simplificado, interpretado”. Y muy cerca del análisis freudiano: “La mayor parte de nuestro actuar mental es inconsciente”. De hecho Freud dice que evitó los trabajos de Nietzsche porque “con frecuencia sus presentimientos y puntos de vista coinciden en manera sorprendente con los laboriosos trabajos del psicoanálisis”. Como señala Isidoro Reguera, se trata del círculo de la representación y su imposible salida a no ser que la asumamos como tal: asumiendo la ilusión de la verdad y la vida. La ilusión es verdad y vida, es lenguaje, es pensamiento. Lo que llevado al extremo nos sitúa en la radical racionalidad de que pienso que pienso que pienso. Por ello la obra de Nietzsche se convierte en literatura y en obra lingüística, en quehacer literario y filológico. Nietzsche es de la estirpe de filósofos que desde la palabra se reencuentran con la vida, aún en la apariencia de ésta. Para Rüdiger Safranski "N no se limitará a desarrollar pensamientos, sino que mostrará cómo los pensamientos brotan de la vida, repercuten en la vida y la cambian". Nietzsche es el crítico por excelencia de toda filosofía racionalista, porque el conocer tropieza indefectiblemente con las palabras. En “Aurora” escribe: “Siempre que los hombres de las primeras edades colocaban una palabra, creían haber realizado un descubrimiento, creían haber resuelto el problema y lo que habían hecho era dificultar la solución. Ahora para conseguir el conocimiento, hay que tropezar constantemente con las palabras que se han hecho eternas y duras como la piedra”. Cambia pues el origen del lenguaje, que no proviene de las cosas sino de “la creación ficcional del hombre”. Como dice Domingo Cía: “El problema comienza ahora, si la verdad no es más que una ficción necesaria, ¿cuál es el lugar del saber?, ¿tendrá que ser el escepticismo, el silencio absoluto, la muerte de la teoría y de la expresión, la única ganancia de quien no sabe sustituir al viejo Dios por su versión laica de la razón sistemática?”. Aunque el propio escepticismo concluye una fe en la lógica, útil para la vida, que corre el riesgo de ser en sí un dogmatismo. Estamos atrapados en la red del lenguaje y la gramática. Cada palabra es un prejuicio. Como dice Michel Foucault, con N “se inicia la tarea filosófica de una reflexión radical sobre el lenguaje”. Dice asimismo Foucault que “la palabra de la palabra nos conduce por la literatura, pero quizás también por otros caminos, a ese afuera donde desaparece sujeto que habla”. Por ello piensa que la filosofía occidental ha tardado mucho en cuestionarse el ser del lenguaje, “como si presintiera el peligro que hará correr a la evidencia del “existo” la experiencia desnuda del arte”. Porque el afuera es el vacío, la nada, que refleja un vacío más profundo, el del yo. Nietzsche descubre, nos dice Foucault, que toda la filosofía de Occidente está ligada su gramática. Fue el primero que introdujo el lenguaje en el ámbito del pensamiento crítico, que posteriormente retomaría Wittgenstein: “El lenguaje disfraza el pensamiento”. Y ya decía Gorgias que el lenguaje es distinto a las cosas reales. En la simbolización el lenguaje Nietzsche precede a los estructuralistas, Chomsky o Sassure. El símbolo como nostalgia, como algo implícito de un mundo dionisíaco que por la fuerza de lo apolíneo se desenmascara en la apariencia (hermeneútica de la sospecha). Respecto a la moral Nietzsche se pregunta: ¿Por qué la moral en general si la vida, la naturaleza, la historia son amorales”. Según Peter Berkowitz, Nietzsche no está interesado en refutar doctrinas filosóficas sino en descubrir las razones morales e inmorales que las sostienen: “nosotros los inmoralistas intentamos, con todas nuestras fuerzas, expulsar de nuevo del mundo el concepto de culpa y el concepto de castigo y depurar de ellos la psicología, la historia". Emprende el experimento moral de invertir el arte, la religión y la moral, persigue la huella moral hasta llegar a su genealogía, su fundamento, para él radicalmente inmoral: "En la moral el hombre no se trata a sí mismo como individuo sino (dividido) dividuo” (“El Anticristo”). El hombre endosa la mundo una significación ética, pero de la ética escribe Sören Kierkegaard: “puede decirse lo que se ha dicho de la ley, que es una maestra cuyas exigencias condenan pero no dan vida”. ¿Cual vista desde la vida es la significación de la moral? Su crítica de la moral es de hecho también una moral pues se accede a formas superiores y elevadas de vida. Para Nietzsche la moral es un engaño, una máscara. y mientras más "creemos en la moral, tanto más condenamos la existencia”. El sentimiento moral es un error en cuanto engaña al hombre sobre su destino. Pero la ley moral se convierte además en motivo de elevación al autoobligarnos a mantenernos fieles a nosotros mismos, lo que es indispensable para la modelación de una cultura. Numeroso mandamientos y prohibiciones sirven a fines prácticos de tipo social, político, económico, etc; pero el error consiste en pensar que esa utilidad está en el origen. El principio para él del que surge toda civilización es: “cualquier costumbre es mejor que ninguna costumbre” (“Más Allá del Bien y del Mal”) lo que modela los impulsos. Por ello para N es importante la moral pues “sin los errores que se dan en la suposiciones de la moral, el hombre no habría abandonado su condición animal”. Pero Nietzsche no aboga por un mundo de corrupción, libertinaje, inmoral o de la ley del más fuerte. Propone un ser creativo, fuerte en cuanto conocedor de la vida y sabio en cuanto que antidogmático. No pretende el regreso a la animalidad pura y dura, sino a la cultura que se sobrepone a esa animalidad. La moral es entendida como doctrina de las relaciones de dominio en que surge la vida. Dice N: "No es legítimo ser moral mientras el curso de las cosas humanas está determinado por la violencia, el engaño y la injusticia". En la religión encuentra abundantes prueba sobre la crueldad del origen de la civilización. Los dioses son seres crueles, incluso el propio Dios cristiano sacrifica a su hijo: “La crueldad está incluida entre las más antiguas alegría festivas de la humanidad”. La religión, para Nietzsche, se justifica sólo como fenómeno moral, artístico. El cristianismo y el budismo son nihilistas, pero el budismo asume la realidad, el sufrimiento y no la interpreta en clave de pecado y de mal. Mientras que el budismo trata de calmar los deseos el cristianismo desprecia el cuerpo. Nietzsche al igual que Marx piensa que la religión actúa como “narcótico” pero entiende que exista un sentimiento religioso, lo que no le impide descubrir las mentiras, los consuelos de la religión, “metafísica para el pueblo”: “Nunca ha habido una religión que contuviera una verdad, ni mediata ni inmediatamente, ni como dogma, ni como semejanza”. Nietzsche sabe y lo reconoce que el cristianismo es una fuerza que surgió de un mundo desvalorizado, que era la religión de las personas oprimidas, y que sirvió para crear nuevos valores, pero no los que a él le interesan, no los que fomentan el resentimiento, el pecado, el instinto gregario, la mentira, la no-vida por otra del más allá. Escribe: “El cristianismo está hecho para una especie muy distinta de antiguos esclavos, para la masa de voluntad y razón débiles, esto es, para la gran masa de esclavos”. Incluso contra el empobrecimiento de la vida actual valora una vuelta a la vida religiosa: “Perece que tales hombres no tienen tiempo para la religión, sobre todo porque no está claro para ellos si se trata de un nuevo negocio o una nueva diversión”. Nietzsche hirió de muerte al cristianismo indagando qué es lo que siente el hombre en el que surge la religiosidad y desacreditando dicho sentimiento en base a la vida. También la opinión sobre la moral supone una enorme conquista (aunque algunas de sus reflexiones se encuentren ya en Spinoza, uno de sus filósofos preferidos). Dice Safranski que "después de la muerte de los dioses ya sólo queda el acontecimiento estético, que si bien puede adornarse míticamente, no puede transformarse en un evento religioso". Lo define bien Pascal: "Siento escalofríos al verme envuelto en la anchura infinita de los espacios, de los cuales nada sé y que nada saben de mí". Dios ha muerto, y este desvalimiento que Nietzsche proclama ¿con qué se sustituye? Porque la sustitución se antoja necesaria. Es la hora del nihilismo. Las ideas (Progreso, Utopía, Raza, Revolución) intentan sustituir a Dios, pero Nietzsche derriba también esas ideas. Esa soledad del hombre la dirige hacia sí mimo, de la trascendencia pasa a la inmanencia: “Para un hombre religioso no existe la soledad -este descubrimiento lo hemos hecho nosotros, los ateos". Nietzsche pues, según Heidegger clausura la metafísica porque después de él tal cosa no es necesaria. Pero el Nietzsche de Heidegger tiene menos que ver con N que con Heidegger. Derrida dice que éste pierde de vista a N justamente por querer salvarle de su propio pensamiento. Aunque leerlo así, como señala José Luis Pardo nos permite descubrir cosas que no se sospechara que pudiera contener, aún siendo polémicas. Heidegger pretende colocar a Nietzsche, quitándole la consideración de filósofo-poeta o filósofo de la vida, marginal, a la altura de una de sus guías esenciales, Aristóteles. Dice Heidegger: “N sabía qué es la filosofía. Éste es un saber raro que sólo los grandes pensadores poseen”. Intenta rescatarlo desde sus libros inéditos, lo que resulta cuando menos dudoso; y para él sus grandes temas no son la crítica de la moral cristiana o la exaltación trágica de la vida sino la voluntad de poder y el eterno retorno de la misma”. Intenta crear un Nietzsche sistemático donde no lo hay. Pero la propia escritura de Nietzsche es antisistemática como él mismo nos señala: “Los sistemas filosóficos sólo son enteramente verdaderos para sus fundadores; para los filósofos posteriores son, por lo general, un gran error, y para las mentes un tanto más débiles únicamente un conjunto de yerros y verdades”. "Desconfío de todos los sistemáticos y me alejo de su camino. La voluntad de sistema es falta de honradez". A este respecto dice Cioran: “Nada más irritante que esas obras en las que se coordinan las ideas frondosas de un espíritu que ha aspirado a todo salvo al sistema. ¿De qué sirve dar esa apariencia de coherencia a las de Nietzsche, so pretexto de que giran en torno a un motivo central? Nietzsche es un conjunto de actitudes y supone rebajarle, buscar en él una voluntad de orden, una preocupación por la unidad” y denuncia “Todos esos filósofos –con Heidegger a la cabeza- que viven como parásitos de Nietzsche y que se imaginan que filosofar es hablar de filosofía”. Del mismo modo que Marx decía que no era marxista, N ni es nietzscheano ni quiere que nadie lo sea y así escribe: “No es necesario ni deseo que alguien tome partido por mí; al contrario, una dosis de curiosidad, como quien se encuentra ante una planta extraña, junto con una resistencia irónica, me parecería una posición incomparablemente más inteligente en relación conmigo”. Pero, hay quien todavía se declara marxista ¿alguien se declara nietzscheano, o nietzschista, si no es con tono irónico o snob? Dice Colli, que Nietzsche dispone sus libros de tal manera que cuando buscamos su pensamiento central, en el mejor de los casos topamos con pensamientos propios. Hay está el germen de mi encuentro con Nietzsche. Un encuentro ácido en el que encontramos más nuestros descubrimientos que los suyos, por ello es difícil trazar una línea diferenciadora entre lo que nos sostiene ante él, y aquello en lo que participamos. En la lectura de su obra, pareciera como si la ley del eterno retorno se cumpliera en sus libros. Uno se tropieza continuamente con las mismas ideas, redefinidas y a veces en sentido contrario, aunque no cabe duda de que el hilo conductor existe, una especie de hilo de Ariadna. Pero lo mismo ocurre con sus intérpretes, uno va al mismo tiempo rumiando lo que ya se creía digerido. Parafraseando a Nietzsche no es que haya que preguntarse qué cantidad de pensamiento somos capaces de digerir con su lectura, sino de vomitar, en el sentido de liberar lo morboso y dejar sitio a lo que realmente alimenta. ¿Porqué?, porque la filosofía de Nietzsche te incita a hablar de lo real, no a taparse los oídos y evitar el canto de las sirenas, es una filosofía esencialmente pluralista y afirmadora de la vida. La afirmación del carácter absurdo de la existencia es un punto clave del saber nietzscheano. Para Colli hay temas aún pendientes que no han sido desarrollados por filósofos posteriores, en la filosofía nietzscheana y señala dos: la afirmación de que el intelecto parece ser más antiguo que el sentimiento o de que la intuición está condicionada por los conceptos. Seguramente hay otros como la relación, esbozada sólo por él, entre moral y civilización, entre origen y sociedad, el caos como condicionante universal (en este aspecto la teoría del caos intenta una aproximación), etc. Pero Giorgio Colli se equivoca cuando piensa que para Nietzsche la acción lo es todo, que obvia al sujeto de la acción. Nietzsche no lo desprecia sino que se niega a darle una entidad de conocimiento imperativo, que es cosa bien distinta. Escribe Nietzsche en “La Gaya Ciencia”: “Por su carácter el mundo se parece a un caos eterno; ello no se debe a la ausencia de necesidad, sino a la ausencia de orden, de encadenamiento, de formas, de belleza, de sabiduría”. Hay asuntos en los que posiblemente Nietzsche ha fracasado como el intentar echar por tierra toda relación de la razón con el hombre o el de acabar con la soberbia de la ciencia, que se justifica a sí misma, aún usando intenciones que se escapan al juego de la ciencia. Pero el propio Colli nos dice que a partir de Nietzsche todo filósofo pierde su crédito puesto que la filosofía es escritura y toda escritura es falsificación, esa es la labor demoledora de la filosofía de Nietzsche, pues nos pone en guardia incluso contra su propia escritura. Hasta ahora me he resistido a hablar del Nietzsche individuo, del biográfico, (“Mi sufrimiento y mi compasión -¡qué importan! ¿aspiro yo acaso a la felicidad? ¡Yo aspiro a mi obra!”) porque lo que me interesa, como en cualquier otro escritor, es más lo que escribe que quien lo escribe, reflexionar sobre y en la obra no sobre el pensador (aunque la obra nos lleve a él) pero no me sustraigo, porque sin duda ello condicionó su manera de escribir y su pensamiento, sus ataques y sus entusiasmos, a dar una pincelada sobre su locura. En otro lugar, hablando de Hölderlin escribí que la locura es la lucidez del sabio. ¿O será que la sabiduría es la lucidez del loco? Pero el otro componente que en mí suscita más interés hablando de Nietzsche es la soledad. Soledad de pensamiento, de vida. Nietzsche exalta la soledad como necesaria para el filósofo, pero volviendo al retruécano, ¿esta sólo por locura o loco por soledad? La soledad es sin duda la condición última del hombre, vivimos y morimos solos, mirando hacia el vacío del universo nuestra soledad ni siquiera es una palabra, un hueco. A Nietzsche le lleva al ascetismo, lo que también exige a los artistas (ahora el ascetismo se le exige a los modernos héroes, a los deportistas), el alejamiento, la distancia, la perspectiva. La locura de Nietzsche es un vivir más allá de donde se pude vivir, es la locura del sabio, la sabiduría del loco que se inventa otro mundo: “No la duda, la certeza es lo que vuelve loco”. La única certeza de que no hay certeza. La sabiduría en Nietzsche se convierte en locura puesto que el más sabio es el que más ahondado en el dolor de la vida y asimismo el dolor es la medida del entendimiento, luego el perfecto conocimiento sería también el perfecto horror. Así quizás no haya otra manera de asumir lo superior que la locura. Y el amor a la vi...