María Zambrano, la poesía de la raz

Antonio Varo Baena
Antonio Varo Baena


MARÍA ZAMBRANO, LA POESÍA DE LA RAZÓN

1.- INTRODUCCIÓN Toda la escritura y el pensamiento de María Zambrano es, más que búsqueda, huída, un intento de huída de la maldición del sabio Sileno, acompañante y maestro de Dyonisos, en la respuesta que le da al rey Midas: “Estirpe miserable de un día, hijos del azar y de la fatiga, ¿por qué me fuerzas a decirte lo que para ti sería más ventajoso no oír? Lo mejor de todo es totalmente inalcanzable para ti: no haber nacido, no ser nada: Y lo mejor en segundo lugar es para ti, morir pronto”. Decenas de veces aparece en su obra, la alusión, directa o no, a esta evidencia, a ese “eterno dolor primordial, fundamento único del mundo” en palabras de Nietzsche; semejante al calderoniano “porque el delito peor del hombre es haber nacido” que encabeza el libro de la filósofa malagueña Delirio y Destino. Buda también dice: “es maravilloso contemplar todas las cosas, pero terrible ser una de ellas”. Cioran lo resume en el título de su obra Del inconveniente de haber nacido; Job pregunta: “¿por qué me sacaste de la matriz?” y Freud lo teoriza en su instinto de muerte “ya que una gran quietud volverá a la creación cuando la vida vuelva a la condición natural de lo inorgánico pues la consumación de la libido está en la muerte”. Huída es su obra de las tres condiciones que según María Zambrano en La Confesión delimitan la condición humana: “nacer oscuramente, haber de morir y soportar mientras dura esta vida pasajera, la injusticia”, huir pues de “la ignominia del nacimiento”. Es el horror vacui lo que determina su relación entre el pensar y su experiencia, entre el sinsentido y la capacidad de dilucidar la propia concepción de la vida. No es pues el amor a la sabiduría sino la tradición de un pensamiento originario que señala Enmanuelle Severino como fuente de todo el pensar de Occidente y que comienza en Empédocles: “Ellos son nada”. Es como diría Zubiri, la perspectiva de la nada: “Lo asombroso no es que las cosas sean y cambien, sino que lo asombroso es que haya cosas: es el horizonte de la nihilidad… Movilidad y nihilidad: he aquí, pues, los dos horizontes de la filosofía europea”. Continúa Zambrano: “El amor al saber determina una manera de vivir. Porque es ante todo una manera de morir, de ir hacia la muerte”. Y escribe en Claros del Bosque: “¿Procede el terror de la vida, de lo viviente del ser, o es acaso del ser al despertar el viviente a una vida más alta, del ser inaccesible, hermético?”. Estas también herméticas palabras son ese claro del bosque, esa nada, ese vacío: “Y queda la nada y el vacío que el claro del bosque da como respuesta a lo que se busca… Ya que parece que la nada y el vacío hayan de estar presentes o latentes de continuo en la vida humana”. Alienta un sentimiento panteísta cuando en su libro Filosofía y Poesía afirma que “todo tiene derecho a ser, hasta lo que no ha podido ser jamás” o en Unamuno: “La existencia humana supone un desgajamiento de esa primera unidad, una escisión del Todo, un alejamiento del lugar de Ser. De ahí que el nacimiento lleve consigo siempre una experiencia dolorosa de apartamiento de la matriz ontológica, de caída en un medio extraño en el que la realidad es vivida como aquello que nos ofrece resistencia. Y esa experiencia angustiosa de extrañamiento, de exilio, es la que nos hace sentir el propio vacío, nuestra nada, nuestra falta de ser”. Pero ese claro del bosque no es al estilo heideggeriano, de encuentro del vacío del ser con el ente al que interroga, sino un claro del bosque fructífero, creador, desde el que parte el pensamiento a través de la nitidez que el claro del bosque descubre, expone y escucha, la luz que se concentra en la mirada pero que no ciega: “Y la visión lejana del centro apenas visible, y la visión que los claros el bosque ofrecen, parecen prometer, más que una visión nueva, un medio de visibilidad donde la imagen sea real y el pensamiento y el sentir se identifiquen sin que sea a costa de que se pierdan el uno en el otro o de que se anulen”. Es un lugar de descubrimiento de lo trascendente, lo sagrado “fondo último de la realidad que todo lo sustenta”. María Zambrano nos advierte de la vida que puede surgir y amenaza en ese claro del bosque, pero también nos señala al ser humano que habita entre los árboles, que no se puede ver con claridad, cuya forma se intuye, se difumina, se embelesa en el misterio. El claro del bosque como zona de luz y de penumbra, “los colores sombríos”, de liberación y de angustia. Este sería el eje central desde el que parten como los radios de una rueda, los caminos de las distintas razones creadoras, la del exilio, la poesía, el mito, el ser humano, la mujer, los sueños, la soledad, la literatura y el arte, España. 2.- EXILIO Por ello es tan importante en María Zambrano la experiencia del exilio, su claro del bosque, lugar sin lugar donde María Zambrano se desgarra y asume su destino. Un destino por tanto creador, desde el desarraigo, la impostura de no estar pero seguir siendo. De esa experiencia de la nada en el exilio, de ese “experimentar y soportar el abismo del mundo”, que escribe Heidegger, que María Zambrano interioriza con fuerza, surge su pensamiento, y así escribe: “Y aquel vacío del mundo, aquel hueco, se fue llenando de poesía, acción primera unitiva. La realidad penetra en nosotros poética e indistintamente. La palabra, la nuestra, ¿nace del no ser, resonancia en el hueco de lo que llamamos persona? La palabra humana es eco, inicialmente, como nuestra luz es refleja”. Porque se nace exiliado, el exilio es una manera de renacer y así escribe en El Hombre y lo Divino: “Pedíamos que nos dejaran dar... algo que solamente tiene el que ha sido arrancado de raíz, el errante, el que se encuentra un día sin nada bajo el cielo y sin tierra”. Pero antes que el exilio tras la guerra, María Zambrano ya había sentido un desgarro anterior con su salida de la Málaga natal hacia el exilio castellano: “Y había crecido así, sintiendo el destierro, y el que había perdido el lazo con la tierra y con la pequeña historia familiar”. Porque el exilio no sólo es un desgarro íntimo, moral, una ausencia ineludible, casi física, es también una excrecencia ajena al exiliado, una justificación inútil y un destino trágico por indeseado. Porque el exiliado no busca, ya se ha encontrado a sí mismo en su exilio y ese exilio es para Zambrano “el lugar privilegiado para que la Patria se descubra… Cuando ya se sabe sin ella, sin padecer alguno, cuando ya no se recibe nada, nada de la patria, entonces se le aparece”. Y el exiliado es el único que desde la supervivencia es capaz de olvidar y de recordar al mismo tiempo porque “los supervivientes tenemos las raíces desnudas; vosotros los muertos sois las raíces hundidas en la tierra y el olvido”. El exilio es para María Zambrano no una desdicha sin más, sino aquella que “envuelve el ser casi por entero, en la que afecta y pone en entredicho al ser mismo”. En La tumba de Antígona refleja ese dolor y su esperanza: “eso es el destierro, una cuesta”, mas “gracias al destierro conocimos la tierra”. Un artículo suyo en ABC en 1989, lo titula Amo el exilio “pues que de habérmelo propuesto sería una alegoría o una caricatura, o una locura de manicomio simplemente”. Maurice Blanchot lo explica así: “El hombre del exilio está obligado a hacer del error un medio de verdad, y de lo que engaña indefinidamente, la posibilidad última de alcanzar el infinito”. Es decir transforma el exilio como dice José Luis Abellán desde “categoría cultural a categoría metafísica”. A ella le llevó a la mirada interior, mirada desarraigada de sí misma, al estilo de San Agustín, uno de sus guías filosóficos y que le hace, como confiesa, ser filósofa. Y une a su sensibilidad su condición femenina, que le hace rescatar desde el interior, desde los ínferos del alma, la pasión de la poesía y de la filosofía. Al contrario que Heidegger cuando escribe “cuanto mayor es la conciencia, tanto más excluido del mundo se encuentre el ser consciente” que remite a Nietzsche y al conocimiento que mata el obrar, Zambrano en el límite de la conciencia, se siente más inmersa en el mundo a través de la conciencia de sí: “la verdad mora en el interior del hombre no en imagen, no en reflejo, sino en realidad, aunque tan inmensa realidad no pueda ser vista ni imaginada, ni puede sernos presente”, como la poesía que “es sentir las cosas en status nascens”. Es la ausencia por antonomasia y es significativo este párrafo sobre Mallarmé: “Las cosas están en la poesía por su ausencia, es decir por lo más verdadero, ya que cuando algo se ha ido, lo más verdadero es lo que nos deja, pues que es lo imborrable: su pura esencia”. ¿No es así el exilio una paradoja, una metáfora también del nacimiento? Y de las consecuencias del exilio emanan también las de su propio reconocimiento. María Zambrano empezó a ser valorada en España cuando José Luis López Aranguren en 1961 escribe en la Revista de Occidente una reseña crítica de su libro España, sueño y verdad. Posteriormente Aranguren publicó otro artículo, La mujer de 1923 a 1963, en el que con cierta ingenuidad paternalista habla de Rosa Chacel y María Zambrano como mujeres “muy intelectuales” (Rosa Chacel le responde: “¿Es concebible que hubiera dicho lo mismo hablando del algunos jóvenes escritores?). De cualquier forma fue Aranguren quien la extrae del exilio literario forzado y la sitúa en el primer plano de atención del pensamiento ensayístico, calificándola incluso la “Heidegger con acento español” porque si “se hubiera callado, algo profundo y esencial habría faltado, quizá para siempre, a la palabra española”. En septiembre de 1966 Valente publica un estudio sobre ella en Ínsula y en 1967 José Luis Abellán le dedica un capítulo en un libro sobre filósofos exiliados. En 1981 le es concedido el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades y a partir de entonces le llueven los reconocimientos. En Córdoba en unas Jornadas de Filosofía, se solicita por unanimidad su nombramiento como Catedrática Extraordinaria y se publica la obra colectiva “María Zambrano o la metafísica recuperada”. Pero aún se resiste a volver a España, pues teme que la realidad no coincida con su memoria: “Es que es terrible volver al cabo de tanto tiempo...Hay algo que todavía se resiste”. Y no volvió hasta 1984 a Madrid donde vivió cerca del Retiro hasta su muerte. Es nombrada Hija Predilecta de Andalucía en 1985 y en 1988 le es concedido el Premio Cervantes de Literatura siendo propuesta para el Premio Nobel. Su último artículo publicado en vida fue Peligros de la paz donde advertía del horror de la guerra ante los sucesos del Golfo Pérsico. Muere en el Hospital de la Princesa el 6 de febrero de 1991: “Estamos en la noche de los tiempos... hay que entrar en el cuerpo glorioso”; siendo inhumada en su pueblo natal entre un naranjo y un limonero. A pesar de todos estos reconocimientos y de la proyección social que significó su centenario en 2004, sigue siendo más dudoso el reconocimiento intelectual, como lo demuestra la publicación ese mismo año 2004 (primera edición de 1997) de un libro de la Universidad de Sevilla del profesor de filosofía José Villalobos titulado Elogio de la Radicalidad, en el que usa ese método para algunos indescifrable de la razón poética para analizar la creación plástica de Velázquez como creación poiética, o la poíesis musical, aunque en ningún momento se le cita. Aunque sí es reconocible y reconocida su influencia en poetas como Valente o René Char: “Un ser que se ignora –nos dice este último– es un ser infinito, susceptible, al intervenir, de cambiar nuestra angustia y nuestra pesadumbre en aurora arterial”. O en Chantal Maillard: “La situación del hombre es la de hallarse entre el ser y la realidad, cuya unidad sólo puede producirse en breves instantes. La vida es sueño y la vida es razón”.

3.- CONFLUENCIAS Para Zambrano la filosofía da paso a la revelación de la vida y con ella a la poesía. “Todo es revelación”. Pero cuando habla de la vida, lo hace en un doble sentido. Por un lado la vida que los griegos llamaban zoé, y por otro la bios individual, la vida caracterizada, concreta. La zoé es la vida, concebida sin caracterización, es la vida eterna, infinita, sin límite, el hilo en que cada bios individual se engarza como unas perlas. Sin embargo Zambrano sabe que el hilo de la perla en un buen collar no se ve y a ella le interesa tanto ésto como cada perla engarzada. La zoé de María Zambrano es más que la de los griegos, tiempo de ser, la de Plotino, “tiempo del alma”, ese “trozo de cosmos entre la naturaleza y el yo”. El pensar zambraniano parte pues del pensamiento griego, desde los presocráticos (Nietzsche decía que éstos eran los últimos filósofos), pero también del gnosticismo cristiano, Plotino (Platón extremado lo llama), el racionalismo idealista de Spinoza y Leibniz y continúa con los existencialistas y fenomenológicos Unamuno, Ortega, Husserl, Heidegger, Zubiri, y se alimenta de manera decisiva del vitalismo de Nietzsche: “la forma última de la moral tiene que ser necesariamente, estética” escribe. De Heidegger recrea fijándolas a su modo, las lindes entre poesía y filosofía que el filósofo alemán escudriñó, especialmente con Hölderlin, pero también en Rilke. Respecto a Spinoza nos dice: “La Ética de Spinoza, ese diamante de pura luz... Lo amaba, amaba, sí, esa claridad destructora” porque “es la ética de la superación de sí mismo, de autofortalecernos con la aceptación implícita del mal, un soportarse a sí mismo para aprender a superar el mal, el infierno del yo y en todo caso su simbología”. Es el ser originario de Hegel y Spinoza donde el hombre adquiere conciencia de sí cuando se reconoce fundado en él. Es la idea de Spinoza de que la razón es imposible que rija las pasiones a no ser que ella misma se convierta en pasión. En cierto modo, y esta influencia se nos antoja capital, parte también de la idea de Scheler de que la ciencia, la razón, sólo ha mostrado una parte de la esencia del ser humano. Scheler (que influye también en Ortega) considera que el espíritu del hombre es la otra parte esencial y funda lo que se llama antropología filosófica, filosofía y antropología unidas y dice: “Llegar a ser hombre es elevarse a la apertura del mundo en virtud del espíritu”. En su libro fundamental El puesto del hombre en el cosmos, Scheler se pregunta ¿qué es el hombre?, esa pregunta sobre la que indagará continuamente Zambrano. Para Scheler vida y espíritu y su realización es a través de lo que llama autoconciencia: “el espíritu idea la vida, pero sólo la vida puede poner en actividad y hacer realidad el espíritu”. El Ens a se, el Ser que es por sí. En Hacia un saber sobre el alma escribe Zambrano: “Y así el amor y la muerte, eludidos en la pura filosofía, me dieron valor al ser descubierto el ordo amoris de Max Scheler”. Para Scheler la historicidad queda determinada por dos fenómenos originarios, la vida y el espíritu, no como fenómenos estáticos sino como atributos del Ser Originario. Y para Zambrano la conciencia es fundamentalmente histórica (como en Heidegger). Esa toma de conciencia supone que todo absolutismo debe ser superado y dar paso a la democracia. Última metafísica entronca con el pensamiento fenomenológico de Occidente y lo lleva a su más alto grado de la mano de autores del ámbito del psicoanálisis como Jung o Freud. Posiblemente el pensamiento de María Zambrano sería otro sin el psiquiatra austriaco, aunque esté más cerca de la teoría del subconsciente colectivo que de la libido totalizadora. Y confluye con la mística de Molinos (no con su quietismo), Juan de la Cruz o el maestro Eckhart y otros como Massignon (a Massignon lo acaba declarando el único maestro). Así escribe en Notas de un método: “Una nueva concepción de la claridad, una atención a las formas discontinuas de la luz y del tiempo, se abre camino ya, aún dentro de la llamada psicología de lo profundo. Y así también en la Fenomenología de Husserl. Ambas carecen de una última exploración metafísica. Una metafísica experimental, que sin pretensiones de totalidad haga posible la experiencia humana, ha de estar al nacer”. Parece claro que María Zambrano pretende estar muy cerca de la experiencia, del ser mismo, de la vida. Y esa exploración última es la que emprende con su razón poética. Y como bien señala Carlos Varona “es consciente de que no puede teorizar sobre el misterio, sino aproximarse a él y señalárnoslo con el dedo”. Regenera una filosofía caduca y dividida y el propio Ortega le cede el testigo filosófico (aún siendo alumna le dijo que iba muy deprisa aunque también “Ortega le pidió a María que tomara ella el testigo de la filosofía, pues él ya se sentía sin fuerzas”), y con el atrevimiento de quien busca el fundamento en la respuesta que se escapa del fundamento del ser, por eso cae en los abismos como escribe Heidegger porque “quien es más atrevido que el fundamento, se atreve a ir allí donde se carece de todo fundamento: el abismo”. Precursora del “pensamiento débil”, aunque Vattimo reniegue de los que “ejercen la filosofía más como discurso poético que como argumentación racional” (“la poesía nunca es suficiente aunque exceda” le podría refutar María Zambrano). Se anticipa a Michel Foucault, para quien el hombre es un invento reciente. Escribe ella: “En el XVIII la mujer ha bajado a este mundo, existe de veras, y en él el hombre la encuentra con una realidad propia: antagonista real liberada de la cárcel de sus sueños”. El ser humano pues como realidad nueva que a través de la historia se ha ido descubriendo y ser necesitado de libertad, como destino y como trayecto. La libertad así se convierte en un tema trascendental de su pensamiento. Pero va más allá. María Zambrano se sumerge en regiones inexploradas de la filosofía y ahí está su originalidad y modernidad aunque se le atribuye un cierto asistematicismo: “no hay pensamiento filosófico que no sea sistemático en algún modo” porque sistema ha de ser “aquello que constituye nuestra mente aunque no se objetive jamás en un sistema”, nos dice. Para ella los grandes sistemas no agotan la verdad, las necesidades de entendimiento del hombre y escribe: “la forma sistemática ha vencido a las demás y ha arrojado sobre ella una especie de descalificadora sombra. El pensamiento forma parte, es una dimensión de algo más complejo”. María Zambrano no reduce su filosofía a un sistema pues ello sería una racionalidad única, un único principio, lo que nuestra filósofa niega, pues su filosofía es ante todo apertura, dispersión pero con voluntad de unidad, porque ella entiende que la multiplicidad es unitaria, hace confluir. Su pensamiento se “abre a todas las cosas” y ese carácter abierto del discurso zambraniano y su autenticidad es su mayor riqueza. María Zambrano camina desde la filosofía a la literatura y desde ésta a la filosofía. Por ello sus estudios son hermenéuticas de personajes literarios, autores y obras literarias, donde concreta su forma de pensar, su método. Su hermenéutica significa que su relación con el ser se resuelve en su relación con el lenguaje, como pensaba Heidegger. Y si la vida es para María Zambrano dispersión, y por ello busca la unidad, un sentido unitario ¿sería por ello paradójico el estudiar su pensamiento en múltiples razones? Sí si no hubiera una única razón que fluye en todas las demás como es la razón poética –poesía de la razón–. Veamos pues las distintas razones en que Zambrano, aunque no las denomine así, se expresan en su obra. Comenzando por la razón que llamo española, la femenina, la razón poética y derivadas de ésta, la mística y romántica, la onírica y una mención a la razón desnuda, la soledad.

4.- ESPAÑA COMO PROBLEMA: LA RAZÓN ESPAÑOLA “¿Qué siente al regresar?”. “¿Regresar? pero si yo nunca me he ido”, contesta a una periodista a su vuelta a España en 1984. Porque María Zambrano se siente profundamente española aunque “ser español sea tan doloroso, una herida abierta que algunos no podían soportar”, a pesar de su patria, “más allá de todo exilio”. A María Zambrano le duele España, la que le exilió, la que dejó deshecha y destruida por la sinrazón y la intolerancia de la guerra y el fascismo. “La razón de tanta sinrazón y el sentido de tan inmenso caos, la razón del delirio, de la locura y hasta de la variedad, claman por ser encontrados”. Pero nunca hay rencor en ella. Y se entrega a entender nuestra cultura, a forjar una idea de España desde la perspectiva que le dan nuestros mitos más universales como Don Quijote, El Cid y Don Juan; pensadores como Unamuno, Prados y Ortega; poetas como San Juan de la Cruz o Jorge Manrique y pintores como Ramón Gaya o Picasso. A Unamuno y Séneca los conside16 raba los paradigmas del sentir y saber español. La literatura pues como mito y como continuación del mismo. Su método de conocimiento de la razón poética también lo destina, muy en la línea de los escritores noventayochistas, a pensar sobre el sentido de lo español de manera apasionada: “Se nos ha echado en cara nuestra pobretería filosófica, y así es, si por filosofía se entiende los grandes sistemas. Mas de nuestra pobretería saldrá nuestra riqueza”; e incluso afirma que “en el orden político hemos sido los creadores del Estado moderno”. Su razón española enmarca su filosofía en un territorio concreto, en una cultura. Es decir en un estilo, como escenario literario y memoria histórica. Y hace especial hincapié en lo que significa el realismo español, “una forma de conocimiento que consiste en mirar el mundo admirándose sin pretender reducirlo a nada”, convirtiéndolo en una seña de identidad histórica. Una característica que vendría dada por lo efímero, inmediato, espontáneo, no meditado pero con capacidad de asimilación y así “la dispersión puede ser la manera como se entregue al mundo la esencia de lo español”, siendo su falta de memoria una de las características de consecuencias más trágicas: “Todo nuestro pasado se liquida con la actitud trágica de España”. Porque si el conflicto que conlleva ser español es, y Zambrano lo ejemplariza en Don Quijote, “el de la enajenación, libertad, voluntad y amor... resulta ser este conflicto el más universal”, y de los misterios de la vida occidental, pocos como el que presenta la vida española. Misterio que corre parejo con el de su “luz... de la que hizo su máxima metáfora...declaración de anhelo supremo del turbulento patio mediterráneo; ver y ser visto; vivir a la luz”. Porque la marca hispánica consiste en la capacidad inigualable de lo español de autodestruirse, y cosa muy española: “la aceptación previa del fracaso, el pelear con la certidumbre de la derrota” por lo que el tiempo histórico español, piensa, es extrahistórico.

5.- LA RAZÓN FEMENINA En la derrota previa, la mujer y su situación en la historia humana alientan un feminismo de obra tanto como que de pensamiento en María Zambrano. Un feminismo profundo y esencial, introduciendo el valor mujer como valor genérico y revelador de la esencia de la vida y sitúa a la mujer en su propia identidad, una identidad, que le acerca al ser humano pues para ella “sólo podrá conquistar ese espacio –del espíritu, de la libertad– si no abandona su alma, su naturaleza”. No es pues “la razón feminista”, sino “la razón femenina”, con el género implícito, pues María Zambrano une el concepto social de mujer con el de persona, identitario, individual, de cualquier ser humano, como modelo ontológico. Una razón femenina que renuncia a la violencia en el conocimiento y se inclina por la verdad sin violentarla. Dedicó toda su vida a mirar a la mujer, la condición femenina desde dentro, no al contrario. El feminismo de María Zambrano va más allá de un puro pragmatismo feminista, es una búsqueda del eterno femenino, del ser de la mujer no identificado con el del hombre. Según Chantal Maillard inicia una nueva racionalidad femenina y débil cuya fuerza sería eso precisamente pues “lo débil es lo fuerte en su porosidad, en su maleabilidad, en su flexibilidad”. Para Laura Boella: “Se dirige hacia horizontes en los que algo germina, se abre se pone en movimiento”. Según Elena Laurenzi “María identifica en las mujeres un vínculo más estrecho con las “fuentes de la vida”, un apego a un sentir profundo, una defensa del alma”. Y para Carmen Revilla, toda la obra de María Zambrano es un desafío al planteamiento masculino de la cultura occidental, y la razón que la autora perseguía es una razón materna, que ella reconocía en Séneca: “En esta tarea la obra de Zambrano viene a ser no sólo un desafío, sino un punto de referencia fundamental, y no sólo en el contexto del feminismo” escribe. Podríamos decir que no es feminista, por no serlo al uso, sino “femeninista”, con un sentido finalista, teleológico, de reivindicación de la libertad y la rebeldía, de no acomodación a los cánones sociales. Por ello supera la dicotomía hombre/mujer para situarse en la del ser humano. Y se adelanta a concepciones de la filosofía más actual, como las de Richard Rorty, que aconseja prestar más atención al feminismo y hablar más que de un esencialismo y universalismo feminista, como si consistiera en una esencia única, de mujeres concretas, creadoras de experiencias de mujer que creen su propia identidad y lenguaje, creador también de la mujer, cuya aportación beneficiaría al ser humano y presentando un nuevo tipo de sociedad en la que la categoría de género dejaría de ser importante. Aunque existe un riesgo de acotar su pensamiento femenizándolo excesivamente, para Chantal Maillard el pensar zambraniano es una empresa femenina pues engendra desde los ínferos del alma y da a luz una conciencia activa y creadora. Una mujer alejada de la libertad y del mundo, donde el hombre “aprisionó todo lo no humano” y “la mujer quedaba en los límites desterrada”. Desterrada de una historia que para ella no es más que una sucesión de hechos en la que se revela progresivamente el hombre. Y de esta concepción de la historia va surgiendo como señala Jesús Moreno “una reflexión de la historia como poíesis, recreación, resurgimiento del hombre”. María Zambrano conoce que las mujeres han sido excluidas de la libertad y para hablar del concepto mujer vuelve a utilizar su razón poética a través de los personajes femeninos. Y así nos interpreta la Dulcinea quijotesca, la histórica Eloísa, nos sumerge en el mundo de los personajes femeninos galdosianos, la heroica Fortunata, la menesterosa y taumaturga Nina de Misericordia o la trágica Isidora “La marquesa”, que son “fieras ante la derrota, inagotables en la resistencia”, mujeres de “máxima actividad”, pues en la acción para Zambrano está el consuelo y el encuentro con uno mismo. Galdós según Zambrano “es el primer escritor español que introduce a todo riesgo las mujeres en su mundo. Las mujeres múltiples y diversas; las mujeres reales y distintas, ontológicamente igual al varón”; porque como comenta Ana Padilla, Galdós rompe el estereotipo social que de la mujer se tenía en la literatura popular, un modelo burgués y clerical, de mujer virtuosa y refleja ese otro tipo de mujer española, aprisionada por la realidad, y por ello rebelde, más también misericordiosa, sacrificada, precipitada al abismo, pero que encuentra en ese sacrificio su liberación personal ajena a las leyes y a la opresión social, encarnada en la pasión y en las entrañas: “Son las entrañas que quieren vivir como tales entrañas... corazón que no quiere ser asimilado por la razón. .. o disuelto en ella”. Y María Zambrano intenta fundir ambas lógicas desde sus mismas entrañas, aunque “Las entrañas dejadas del corazón son un puro infierno”. Como las entrañas abisales del personaje clásico y trágico de Antígona.

6.- ANTÍGONA: ALTER EGO “Hija soy del error”, proclama Antígona. Como Freud, Zambrano usa del mito (“El freudismo es un regreso a lo anterior, al sentido trágico de la vida... no por azar acude a mitos trágicos, al mundo de la tragedia”), y si Freud, como señala Steiner, formula el mito del significado de la vida regida por Eros y Tánatos, Zambrano, la concreta en su obra La Tumba de Antígona. Amor y Muerte, soledad y comportamiento, exilio y moral. La obra dramática de La tumba de Antígona de María Zambrano, más allá de la clásica, es precisamente en María Zambrano la confesión última, su alter ego donde se reflejan, no ya sus vivencias más desgarradoras, “muchas de las balas trazadoras –como escribe Haro Tecglen– que han ido persiguiendo su vida: el exilio, las guerras, las repúblicas, las tiranías, los idiomas”; sino su sentido último, su razón poética personal. “Eres cruel” le dice su padre/abuelo Edipo a Antígona, porque ella ha descubierto la verdadera angustia, la de la verdad irremisible, desnuda, “la verdad cae sobre mí”, la muerte y la vida. “Llevadla adonde haya una senda no frecuentada por los hombres y ocultadla viva en una cueva”, le dice el cruel y tirano Creón a la María/Antígona, exiliada en sí y de sí; porque ellas hablaron a destiempo, con libertad, y su destino era haberse callado y puesto a llorar, según “es uso de las mujeres”. Pero a la mujer Antígona le da miedo el hombre, y aunque su “talento para una muchacha es un castigo”, rompe el molde impuesto y cuestiona al padre endiosado, al esposo que decide, la pureza de la madre –“y el hijo a fuerza de amar su oscuro misterio, la lava”– . Pero ella también sabe que el amor no puede abandonarlas pues “vino a mí y me condujo”. Antígona es la razón del exilio, encerrada viva en su tumba refleja el sentir exiliado, por ello María/Antígona añora la infancia libre: “Si pu20 diera volver a ser niña, muchacha sin casamiento... doncella”, y también los ínferos de la maternidad, donde encontraría los secretos de la vida. La tumba de Antígona es la tragedia de la elipsis, del lenguaje y de los sentidos, de los símbolos y las metáforas. Es conmovedor el diálogo que en la obra María/Antígona mantiene con su hermana Araceli/Ismene (“Llegaré en el mes de abril, ese mes en el que las dos nacimos”) con constantes alusiones a su experiencia personal y quizás con algunas claves de su vida que se nos escapen: “Y él el hombre ese del poder...? todavía está ahí mandando... pareció obedecer mi voluntad... y no te condenó a muerte”; “me condenó –dice Ismene– a vivir sin ti” “hermanas siempre, Ismene”. La piedad, es en Antígona contraria a las leyes impuestas, al Estado tirano y es lo único que puede redimir el mundo y redimirse, autoinmolándose.

7.- LA RAZÓN POÉTICA: LOS ÍNFEROS DEL ALMA Y Antígona podría ser el paradigma de lo que ella llamó razón poética. Pero ¿qué es ese concepto, la razón poética, que imbuye sus ensayos como un espíritu que los sobrevuela, que emana de la memoria y la rescata y de una racionalidad que se basa en la poesía? Según Moreno Sanz, el nacimiento de la razón poética se produce con el escrito de 1956 Diótima de Mantinea, aunque ya en 1944 como señala también Jesús Moreno, en Poema y Sistema “sólo ve posible la justificación del pensamiento ante la vida en la unión de filosofía, poesía y religión”. Y ya anticipa sus intenciones en una carta a Rafael Dieste en 1944: “No eran nuevos principios, ni una reforma de la Razón, como Ortega había postulado en sus últimos cursos, lo que ha de salvarnos, sino algo que sea razón, pero más ancho, algo que se deslice también por los interiores, como gota de aceite que apacigua y suaviza, una gota de felicidad. Razón poética es lo que vengo buscando”. En lo que ella llama la razón poética, se acrisola, la soledad del ser humano, el lenguaje, la pasión y la vida humana, como revelación, e incluye el élan vital de Bergson y la línea divisoria de Merleau-Ponty, de síntesis de la conducta humana y la situación de entorno. La razón poética es unir razón filosófica e intuición poética, y esta intuición zambraniana podría definirse o estar cerca de lo que George Santayana llamaba la “percepción mágica” o en palabras de Celaya, la poesía que no está encerrada y enjaulada en los poemas y pasa a través de éstos como una corriente. La unión de razón intuitiva y razón discursiva en palabras de García Morente, otro de sus maestros de la Escuela de Madrid. Pero no es una razón que justifica la poesía, sino una poesía que se incrusta en la razón, pues las dos forman parte de la misma quimera, la quimera de la vida. Es la lógica del corazón pascaliana frente a la lógica de la razón calculadora. Es la búsqueda del enigma de la esfinge en la encrucijada de la razón poética, del ser humano y su contingencia. María Zambrano escribe: “Si se pudiera lograr que sentir y pensar fuesen la misma cosa. La razón se fija cuando un intenso sentimiento se le une” pues “filosofía es razón pero sin poesía previa la razón no hubiera podido articular su claro lenguaje”. Surge de la razón vital (esa unidad entre realidad y razón: el yo y la circunstancia) de Ortega, pasando por la del filósofo Zubiri y su razón sintiente (“Una razón sintiente y un sentimiento razonable, eso es el hombre” escribe Zambrano porque para descifrar lo sintiente no es suficiente la razón discursiva). Y por supuesto Unamuno con su sentir el pensamiento y pensar el sentimiento; que la “mente sienta” y “el cuerpo piense” dice María Fernanda Santiago. Escribe Germán Cano que “la apuesta de Zambrano por la racionalidad poética, su desnudamiento fenomenológico, potenciado por la experiencia del exilio y fecundado por su hondo interés por las fuentes místico-religiosas, no implica en realidad una maniobra de despedida del horizonte filosófico contemporáneo, sino más bien una tendencia profunda e inmanente de radicalización… un descenso fenomenológico a la materialidad de las cosas mismas que hunde sus raíces en la crisis de la filosofía idealista tras Hegel”. Es decir la filosofía no alcanza su cima hasta que entra en los lares de la poesía. Y también hay que señalar de nuevo la cercanía con Max Scheler quien reclama enérgicamente “un orden del corazón, un orden del alma, que el racionalismo, más que la razón, desconocen” y para quien “el hombre es un callejón sin salida de la naturaleza, y es también una salida” (para María Zambrano la única). La razón poética es un concepto original en la filosofía contemporánea, un más allá del método filosófico o fenomenológico e impregna todos sus escritos, sin haberla claramente estructurado, si bien es dudoso que ello fuera necesario. En Los Bienaventurados escribe: “Inevitablemente, tras el largo periodo racionalista, habría de surgir en la filosofía el modo de abrazar y no de reducir la unidad del conocimiento que nunca se ha dejado de apetecer, el conocimiento poético en que la imaginación y el sentido íntimo tienen colaboración y alimento”, pues “la razón racionalista... sólo da un medio de conocimiento... a las cosas tal como aparecen y creemos que son. Mas el ser humano habría de recuperar otros medios de visibilidad que su mente y sus sentidos reclaman por haberlos poseídos alguna vez poéticamente, o metafísicamente”. La razón poética es así un camino, un método de intelección y según Ortega Muñoz tiene un encuadramiento órfico-pitagórico. Con ella la filósofa no es que raspe la superficie de las razones vitales, históricas o sintientes, sino que asumiéndolas, las hiere y hurga con sus dedos en el interior del alma humana. Nadie había llegado tan profundo, ni había desgajado el ser esencial de la vida, lo sagrado de cada persona, se había manchado la sangre con el espíritu de la verdad y del consuelo. Pero eso sagrado que María Zambrano indaga, esa esencia de lo que queda tras ser despojado de todo el ser, aquello que trasciende, es precisamente la experiencia de lo que no se salva, no lo salvífico, es la nada, el vacío de nuevo, la muerte, la angustia ante una apertura que nadie entiende, si no es la justificación de una búsqueda irresoluble, por tanto una huída. Pero para renacer hacia la luz, en este trance místico, hay que sumergirse en lo sagrado, en el infierno del yo, en la soledad del desprendimiento. Verdades que son reveladoras de las entrañas de la persona a través de la intuición poética y el amor, como lucha contra el racionalismo idealista que deshumaniza, que surgen de los “ínferos del Alma” (escribe María Zambrano: “No hay infierno que no sea la entraña de algún cielo. Ínfero es todo lugar que está sometido a un cielo”), y estos ínferos son: el sentimiento, la emoción, la poesía, el arte, la cultura, la voluntad, los afectos, los sentidos. Si la filosofía pretende abarcar el mundo desde su conocimiento de perspectiva, lo que implica un cierto alejamiento, con la poesía el poeta se “enamora del mundo”, en su plenitud total y misteriosa por medio de la intuición poética. “De la razón poética es muy difícil hablar, casi imposible –nos dice ella misma–, es como si hiciera nacer y morir a un tiempo; ser y no ser, silencio y palabra” y a “la palabra le corresponde siempre una realidad...aunque sea para negarla o enmascararla” es reveladora del ser. Nos dice Luis Lleras que María Zambrano, “se atreverá a pasar de lo decible, de lo lógicamente expresable, en aras de una razón poética”. Que es a la par metafísica y religiosa en propias palabras de la autora, misericordiosa y sobre todo viviente por su inmanencia, que trata de conjugar en un una unidad insoslayable la persona con lo humano y la persona es para ella “transparencia, trascendencia”. Si Kant establece los límites de la razón pura en la experiencia y establece la autonomía de la razón práctica, Zambrano sumerge a la razón en el espacio-tiempo de la poesía. Es decir en espacios intelectuales que surgen de la libertad, repletos de significados que interrelacionan lector/participante y escritor/participado, de modo que la anécdota de un texto, como hace ella en sus ensayos sobre personajes literarios, se universaliza. Y de la poesía, de su razón poética hizo un mundo que superó la filosofía academicista de la época, aún no superada por vacilaciones posteriores. Tanto que alguien (Ferrucci) la denominó como ultrafilósofa. Porque filosofar para ella es ante todo un descifrar los caminos de la palabra, una aurora de pensamiento y un crepúsculo de la violencia e intolerancia, un alborear del alma en el encuentro entre la realidad y lo mistérico, entre el ser y el pensar y descubrir “lo que se agita en lo indeterminado”. “Hay que repartir el logos por las entrañas” escribe pues “la palabra Razón se ha desgastado al convertirse en abstracta para ser la traducción fiel del logos”. El logos pues como necesidad de desmitificar el mito. Pero los presocráticos integran el mito (el cielo, la tierra, el agua, el fuego) en la propia desmitificación. Y para ella la filosofía ha ocultado lo esencial, la historia del padecer humano, pero también las fuentes mismas de una rara felicidad hecha del desprendimiento de todas las máscaras como señala Jesús Moreno Sanz. Razón también fecundante y que propondrá como forma absoluta de pensamiento y conocimiento. Filosófico es el preguntar y poético el hallazgo. La razón poética es luz, aurora, “centella del fuego que no abrasa, aunque traiga a veces pena, la fatiga de respirar por entero como si el respirar todo de la vida atravesara ese ser que entra en ella” escribe María Zambrano.

8.- LA RAZÓN POÉTICA: DELIRIO Y CONOCIMIENTO Y la razón poética sólo se entiende ejerciéndola, como ella hizo en su particular hermeneútica y que nunca sistematizó y que le lleva a una especie de panteísmo existencial: “por el conocimiento poético el hombre no se separa jamás del universo y conservando intacta su intimidad, participa en todo, es miembro del universo, de la naturaleza, de lo humano y aún de lo que entre lo humano y más allá de él. Conocimiento del hombre que no será sino el movimiento de reintegración de restauración de la unidad humana hace tiempo perdido en la cultura europeas”. Razón poética esencialmente simbólica, metafórica, auroral, desveladora del sentido último e íntimo, que es un ámbito, un lugar, donde establecer el sistema propio, el juego de cada uno, la creación de la persona, un sentimiento y luz interior. Pues para Zambrano es la persona quien se revela para llegar a su natural libertad. Muy al estilo nietzscheano escribe que “el poeta es inmoral” porque está enamorado de todo y no admite decisiones y por lo tanto “vivir es delirar” y “se consume ardiendo como la llama, y canta y dice” (como lo canta San Juan de la Cruz). La poesía como superación de la filosofía, a la que quedaría unida cuando ésta superase su tendencia a la violencia y el poder. La razón poética como mecanismo de conocimiento, la aplica a la investigación religiosa en su libro El hombre y lo divino en el que traza los grandes rasgos en los que se establece la relación del hombre con lo divino, es decir, lo sagrado, lo oculto, (“los dioses parecen ser una forma de trato con la realidad, aplacatoria del terror primero, elemental”: de ahí que los hombres se inventen los dioses), por ello propone una liberación de esos dioses insaciables a través de la piedad y el sacrificio (punto neurálgico de su filosofía y donde quizás influyeran decisivamente sus dolorosas experiencias personales). La razón poética, –un aparente oxímoron, como señala Carlos Varo25 na– es una encrucijada en que la palabra ya no lo es, sino música y canto, amor y belleza, reflejo de su última filosofía, es una metafísica del artista. En uno de sus últimos libros Claros del Bosque, la razón poética adquiere su máximo nivel expresivo, mediante, una actitud mística, en que filosofía, poesía y religión confluyen de forma definitiva, aunque la poesía sea una superación de aquella. “¿Quedará el alma con sus pasiones abandonada, al margen de los caminos de la razón?” interroga. También escribe: “Y la visión que los claros del bosque ofrecen, parecen prometer, más que una visión nueva, un medio de visibilidad donde la imagen sea real y el pensamiento y el sentir se identifiquen sin que sea a costa de que se pierda el uno en el otro o de que se anulen”. Carlos Ferruci lo llama “algo así como simbiosis” o “danza” entre sentir y comprender. Como comprender el significado del símbolo y sentir la luz de ese símbolo a través de un prisma, percibida en múltiplos significados, gama de colores. Revelación de una realidad que sólo la poesía, recuperando su sentido primigenio, puede nombrar. Que rechaza las formas apriorísticas del pensar racionalista pues “el pensar poético ha de estar abierto a la experiencia inagotable de la vida” y según ella: “Si la razón se aleja demasiado de la vida, la deja abandonada, si llega a tomar sus caracteres, la asfixia. Pues se trata de encontrar el punto de contacto entre la vida y la verdad”. Una filosofía que es un canto contra corriente y como dice José Luis Abellán: “un saludo a la primavera de un nuevo amanecer –filosófico y femenino, al mismo tiempo–”. Una razón nueva, fundada en la esperanza, capaz de deshacer la tragedia de vivir; pues la razón es para ella un saber de orientación, no explicativo o justificativo, como señala Pedro Cerezo. Razón poética y ética. Poética en cuanto “poesía es saber pasivo por inspiración y participación” y ética porque es un saber de salvación del sufrimiento. Sigue Cerezo: “Razón por tanto, que descifra los sueños y anhelos del corazón, también misericordiosa, capaz de conmoverse por los delirios de la vida y reconvertirlo en cauce secreto de más vida; razón en fin, mediadora entre la sensibilidad sufriente de las entrañas, la simbología imaginativa y la claridad de la idea”, es decir “la vida aclarada por la razón, la razón sujetada por la vida”. Con el papel fundamental de la metáfora para definir una realidad más profunda que la que dicta la razón, y una realidad inabarcable pero apta a ser captada de esta manera imaginaria. De hecho piensa que la cultura es una unión entre la razón y otros conocimientos como las metáforas (como los mitos: metáforas sociales). La poesía así es el humus necesario del que emana invisiblemente la razón, por eso es anterior a ella, es semilla y hálito, sentir originario. Dice Gadamer que hay algo en la imagen poética que nos presenta la poesía como si nunca se hubiera dicho antes y como si acabara de decirse para nosotros. Pero la razón poética es también delirio y huída: “Porque la historia de la criatura humana partiendo del horror del nacimiento es una lucha entre el desengaño y la esperanza, entre realidades posibles y ensueños imposibles, entre medida y delirio. Pero, a veces, la razón delira. Cuando se llega a la embriaguez del delirio se hace necesario despertar, volver a despertar”. Delirio como locura pues “la poesía es un orden del delirio”. Escribe la filósofa: “Brota el delirio... sino de la vida, hermana de la llama, sucesivas madres que Dyonisos necesitó para su nacimiento siempre incompleto, inacabable. Dyonisos dio de sí no la sangre sino el vino que desata el delirio enclaustrado de la vida, del ansia anterior al amor de unión”. Un delirio de nacer-renacer, el mito dionisíaco, que le lleva a la Utopía y así escribe en Hacia un saber sobre el alma: “El género Utopía comenzó en su excelso origen con la República de Platón, siendo un armazón de razones. No por azar es Platón el que inaugura tal género, él, racionalizador de esperanzas. Paralelamente a la prueba de la inmortalidad del alma, ofrecidas en el Fedón, en el que se racionaliza la esperanza, hasta entonces delirante, de perdurar más allá de la muerte; en el Banquete se racionaliza otro delirio –si acaso es otro–: el del amor, y en la República se hace razón otro sueño: la perfección de la convivencia humana sobre la tierra o, dicho de otro modo, el establecimiento del reino de la justicia”. Porque para María Zambrano, la utopía es algo más que delirio, es una estrategia positiva y optimista donde se sitúa más a fe la realidad, es “el lugar donde la esperanza se ha refugiado de manera más confiada”.

9.- LA RAZÓN UNITARIA: MÍSTICA Y ROMÁNTICA Y de la utopía al acercamiento a la mística, que realiza a través de su razón poética y que Valente llama “metafísica del éxtasis”. En ella se encuentra esa característica del místico español, que no se desprende de la realidad totalmente en “una consagración de las cosas en la cultura viva y popular”. La religiosidad (¿laica?) de María Zambrano está alimentada por el modelo místico sensual de San Juan de la Cruz, y no por el más duro y realista de Teresa de Ávila, aunque no falte su influencia. Escribe Gómez Cambres que su filosofía es en gran medida “un comentario a San Juan de la Cruz”, acudiendo a él en los momentos claves. Un misticismo que no pretende alcanzar lo amado para una recompensa, sino para seguir un camino en que la búsqueda sea en sí mismo el destino. En ese sentido no sólo en Molinos está su inspiración, sino aún más lejos en el místico sufí Hispano-musulmán Ibn Arabí, y en el misticismo frustrado del Poema al Cristo de Velázquez de Unamuno. Por ello son tan importante los estudios que sobre Unamuno realiza, porque le sirve de modelo de religiosidad sin religión, de una forma de nihilismo místico, absorbiendo la fe dentro de la voluntad (el querer creer) porque “la persona es voluntad, y como es voluntad es también alma, tiene su raíz hundida en el querer, en la pasión”. Y es un misticismo que se llega a través de la palabra, por eso escribe: “En el principio está la palabra”. Ha sido bastante que “aparezca un pensamiento puro no racional, para que la mística sea el término de la filosofía (Plotino, Bergson)”; y “es que la filosofía y la mística tienen un anhelo común: salvarse de ser individuo, trascender la prisión individualizadora”. Pero no es un misticismo que conduce a la pasividad, pues “la acción verdadera es la única que mata el tiempo... pues todo acto es un éxtasis”. Y aquí según Isaiah Berlin está la esencia de lo romántico: “la voluntad y el hombre como acción, como algo que no puede ser descrito ya que está en perpetuo proceso de creación”. Y el éxtasis es el dolor sin límites, la plenitud vital en que los contrarios, amor y libertad, razón y pasión se unifican. Pero tampoco su misticismo es ortodoxo en el que el místico se deshace en otra realidad, ella asume los dos niveles, los funde sin renunciar a ninguno de los dos a través de inferar la realidad, inferarse en ella, es el “poeta asfixiado por el filósofo”. Ensancha los límites de la razón para captar una verdad presentida, verdad que, todo hay que decirlo, no concreta demasiado. No podría ser de otro modo. Como escribió Wittgenstein: “Lo inexpresable, ciertamente, existe. Se muestra, es lo místico”. Por ello el sentir místico-literario, o filosófico-místico como le llama Ana Bundgard, de María Zambrano, parte del otro sentir tan importante en el desarrollo de la literatura como de la propia sociedad, como fue el sentir romántico, la otra cara de la razón unitaria, pues según Béguin “en el romanticismo, poesía y filosofía se abrazan, llegando a fundirse en algunos momentos con una furia apasionada”. Y si para Schelling “el querer es el ser originario” un querer que tiene tendencia a espiritualizarse a transfigurarse, para ella “en el hombre romántico vinieron a confluir estas dos zonas del cosmos: la naturaleza en lo que tiene de irreductible a fórmulas matemáticas y el alma humana en lo que tiene de extrañas a las luces de la razón” y la poesía y filosofía se abrazan, llegando a fundirse en algunos momentos, con una furia apasionada, siendo el hálito de un regreso a la vida, el inicio del individualismo. Según Isaiah Berlin “el romanticismo constituyó una protesta pasional contra cualquier tipo de universalidad” lo que para Nietsche era una terapia. Señalábamos anteriormente la influencia en María Zambrano de los ritos órficos y el culto a Dionisos, donde el alma se funde con la naturaleza, pero al contrario que el romanticismo, no la humaniza, forma parte de ella. Es un retorno desde la soledad a las fuentes originarias de la vida. Dyonisos, raíz de la vida indestructible. Desde las sombras a la luz, porque la mística es posibilidad humana anterior a la mística cristiana. Dice en la estela de Nietzsche: “En los ritos órficos y en el culto a Dyonisos, el alma, para saberse, se hundía en la naturaleza, como en el romanticismo, pero de muy distinta manera. Si el romanticismo humaniza a la naturaleza y busca en ella lo plástico, la figura, en el culto a Dyonisos el alma busca a la naturaleza en lo que tiene de musical, de ímpetu clarificado”. En este punto no deja de resultar extraño que habiéndose reseñado por múltiples autores y estudiosos de la obra de María Zambrano, su relación con Dante (“En Dante, en San Juan de la Cruz la poesía se ha salvado” escribe ella), la influencia de Massignon, el maestro Eckhardt, la mística sufí, orientalizante, el orfismo y el gnosticismo (afirma María Zambrano: “Nunca podría yo ser gnóstica; a los gnósticos les faltó caridad”) o del propio San Juan de la Cruz, a quienes podemos integrar casi en una misma “morada”, y quizás por la ausencia en sus escritos, no se haya señalado nunca la influencia en su pensamiento del catarismo. Las relaciones entre sufismo y maniqueísmo, gnosticismo y catarismo son algo ya más que lugares comunes, como demuestra Denis de Rougemont en su libro El Amor y Occidente. La herejía de los cátaros consistía básicamente y de manera resumida en idealizar el Evangelio y en considerar el amor como un impulso exterior al impulso creado, es una trasgresión de los límites, de lo humano hacia un mundo supraterrenal identificado con el Único. Y el ser femenino, ese principio indivituationis, principio femenino, preexistente a la creación material, es fundamental en la herejía cátara, similar al Pistis-Sofía de los gnósticos. Y la importancia del amor en ellos representa un papel similar al que tiene en su obra. Pero “la muerte como el amor no existen” escribió porque “la unidad del amor consigue su eternidad y con ellos se ha disipado de una vez el horror del nacimiento y el horror de la muerte”, porque “entre la verdad y la vida hay un intermediario, el amor” que disuelve el terror. Y el amor es la pasión mística por excelencia: “el amor trasciende siempre, es el agente de toda trascendencia en el hombre”. El amor debe ser la búsqueda del adentrarse más allá de la conciencia, en el mundo del sueño, acercarse cogidos de la mano a las puertas del jardín inexorablemente amurallado... un instante en el que se reboza de incertidumbre...por eso parece eterno”. No hay nada más creador que el amor que para Zambrano significa la “unidad de la dispersión carnal y la locura del cuerpo”. Pero “en el ser humano lo que trasciende abre y anula; nadifica”. La nada otra vez presente. De nuevo el terror al ser, a la vida y al nacimiento. Así filosofía y poesía se unen en la mística y utópica, por irrealizable, empresa del amor, como expone en su libro Claros del Bosque. Y el lugar del conocimiento poético lo ocupa la belleza y la encarnación en el amor como delirio, porque la poesía “quiere reconquistar el sueño primero, cuando el hombre no había despertado en la caída”. Para María Zambrano “todo lo que se ama se hace enigmático, incomprensible”. Basta leer la primera página de Claros del Bosque (trasunto de misticismo laico y neoplatonismo), para deducir que al menos inconscientemente, esa influencia cátara existe: “El claro del bosque es un centro en el que no siempre se puede entrar”, “es otro reino que un alma habita y aguarda”. Aún hoy hay algunas sectas que están vinculadas a creencias cátaras y gnósticas.

10.- LA RAZÓN DESNUDA: LA SOLEDAD Pero el que asciende al misticismo y al amor e infiere a las entrañas del ser, se encuentra en absoluta soledad. Dice María Zambrano: “Vivimos enteramente solos”. Para ella la soledad es tema crucial. “Soledad sin descanso del poeta”. La soledad que recaba un vacío en el alma, y ella reclama esa esfera por repletar, hueca. Encarnar el vacío, la soledad, la derrota, que considera la verdad última del hombre: “Y en la pesadilla de la existencia nos sentimos aislados”. Y entra de lleno en el terreno de la soledad descubriendo “esas razones del corazón, que el corazón mismo ha dado aprovechando su soledad y abandono”. Por eso Zambrano se entrega a esa soledad, que su vocación de escritora proclama –“escribir es defender la soledad”– porque “descubrir el secreto y comunicarlo son los dos acicates que mueven al escritor”. De nuevo Nietzsche en su Zaratrusta: “Yo soy la soledad hecha persona”. Y en ese ámbito es posible un reencuentro con uno mismo y su délfico “conócete a ti mismo”, pues “sólo el que habla hacia sí mismo, es sí mismo”. Y sólo en la soledad es posible “una filosofía que nos libere de la tiranía del futuro, pero que al mismo tiempo nos lo haga asequible” ya que “la soledad no es un punto de partida sino de llegada”. Como Ibn Arabí, hace de la soledad un habitáculo, porque como dice Masimio Cacciari “es en la soledad donde alcanzamos una conciencia plena de nuestra imposibilidad de desesperar”. Pero también el poeta comprende que necesita del otro y de las cosas, porque no puede “poseerse a sí mismo” sólo. Porque la persona tiene que hacerse un vacío para que le penetre la realidad de la que está necesitado, una realidad inacabada, sacrificial, pero plena y justificadora. Vacío y apertura, entrega y aceptación de lo otro y de los otros para huir de la soledad: “El ser... es por principio, incalculable, inasible, rodeado de un vacío que sólo desde él puede ser atravesado”; “ya que la vida es por principio superficial, y sólo deja de serlo si a un respiro se une el aliento del ser que, escondido bajo ella, está depositado sobre las aguas primeras de la vida, que nuestro vivir apenas roza”. Y así el ser humano se queda desnudo, desvalido, inerte ante un mundo exterior hosco, de sufrimiento, de violencia, pues todo lo que es lo es por su capacidad de violentar la naturaleza, el ser, y esa es una visión nada agradable, ya no es un claro del bosque, es el centro infernal, el ínfero previsto. Por eso hace falta “un poco de valor para mirar despacio esa desnudez”. Descubrir ese fondo es la razón poética (método o camino de aproximación a la realidad, al tiempo, a la muerte) y en esa melancolía del tiempo, nos lanzamos hacia la acción, como si el tiempo no existiera. Por eso “descubrir el tiempo es descubrir el engaño de la vida” ya que “el tiempo es la substancia de nuestra vida... y por lo mismo está bajo ella”. Pero ese vacío que deja el tiempo es un vacío paradójicamente fértil, pues para ella es la última forma de lo sagrado, del único lugar donde es posible crear algo desde el origen, como sentir originario que surge de la soledad radical; belleza que surge de la muerte. Es la nada positiva, de donde brota la comunicación y donde se encuentra al semejante porque “en la pesadilla de la existencia nos sentimos aislados” ya que “un vacío separa al ser de todos los demás seres”; es el abismo de la soledad del que surge la palabra que se deshace del tiempo.

11.- LA RAZÓN ONÍRICA: LOS SUEÑOS Y qué mayor soledad que la de los sueños π. Hay quien la ha llamado Razón sumergida. Porque lo humano, la realidad se manifiesta en los sueños –“todo lo que el hombre quiere primero lo sueña”– y no es posible hablar de la filosofía de María Zambrano sin mencionar esta parte sustancial de su método de conocimiento, el que implica un cambio en la persona, en su revelación creadora y en su visión del mundo. Para María Zambrano “soñar es despertar”, pero no “acabar de despertar” como si nos estuviera reflejando ese sueño universal de los seres humanos inmersos en la historia y el tiempo: “que es quizás el tributo que paga la libertad al tiempo”. Pero los sueños son también, nada, vacío, y es la palabra la que es capaz de dotarles de sentido. Pero toda palabra es encuentro y confesión a través de ella y ella encuentra en la confesión que recupera y establece como género literario, una manera de repletar ese vacío y así escribe: “La confesión es la máxima acción que es dado ejecutar por la palabra”; “la confesión es una huída de sí mismo, es la desesperación de lo que se es y la esperanza de lo que se pueda ser”; por tanto “el surrealismo, tiene mucho de confesión, confesión más clara que otras de nuestra época, en que lo literario una vez más llena precipitadamente el hueco de la verdad última buscada”. Sueño revelador y liberador. Porque los sueños en María Zambrano no tienen valor interpretativo o justificativo, como en el psicoanálisis, sino que son una forma de la vida, de la revelación de la vida interior, como para los surrealistas, donde la experiencia onírica es similar a la poética en el juego discursivo de las palabras, en el diálogo onírico y analítico del sueño-vigilia y la asociación libre de imágenes con un componente ético fundamental: “sueños liberadores que denuncian una liberación de la persona o en trance de cumplirse: son un episodio del proceso de la finalidad-destino; de la libertad creadora”. A la manera calderoniana piensa que “no existiría el soñar si la vida no fuese inicialmente sueño”. Es abismarse en la vida, ir también desprendiéndose de lo vivido y del interior del abismo. Se trata de incluir los sueños y el soñar en el conocimiento de la vida humana: “Sueño y vigilia son dos partes de la vida. Soñar es volver al lugar fundamental, inicial de la vida, al sentir originario. Y deja un rastro en la vigilia, como si formara parte del sustrato de la vida... descubren al sujeto”. A este respecto remacha Blanchot: “Lo que se hace debe ser primero soñado, pensado, el espíritu debe aceptarlo por adelantado”. Y vuelve a la maldición silénica cuando dice: “El conocimiento de los sueños es una ventana –sabido es desde mucho antes de Freud, desde la noche de los tiempos– o, al menos, una grieta abierta a una extraña verdad: la verdad de la mentira, de la congénita mentira en que la criatura humana parece tenga necesidad de envolverse, tal como a las criaturas se envuelve; arropándolas, defendiéndolas de esa interperie a la que se ven lanzadas a nacer. Al entrar en el sueño el hombre deja cuanto es posible de ser persona para volverse criatura”; y en ese sueño es “devuelto al océano primario de la vida”. Y siempre el antes después de la nada: “A causa de la obsesión estabilizada en pensamiento de la muerte, se ha cubierto con su imagen, la situación del que duerme, cuando en realidad se ofrece más a los ojos como imagen del que nace y aun del que está por nacer”. Ésa es la esencia y la revelación del sueño porque en “los sueños no existe el tiempo” y “nunca nos preguntamos por algo, nunca nos paramos a pensar la realidad… Nunca en sueños ejecutamos una verdadera acción”. Por eso su interés por los sueños en las ilaciones sueño-nada-abismo; estado prenacimiento-alma-actitud; despertar-nacer-esperanza-proyecto. “Y en cada despertar... el ser preexistente emerge”. En los sueños se rescata lo oculto, lo abismado, lo perdido. Como mito fundacional propone a Orfeo el primer poeta y mediador, padre de la música (“la música es lo contrario de la vida porque es armonía; objetiva matemática que es conocimiento, descubrimiento”; “la música y la vida: transrealidad”), que recibe su voz de Eurídice quien, al no poder ascender a la luz junto al amado, se la enviará “desde el dolor, de la separación, de la muerte misma que el ser indisoluble es capaz de salvar”. Esa disolución en la nada que es la música es también la atracción de María Zambrano por ella. Como el dios Dyonisos, es rescatar de la nada lo que no es. Es creernos por un momento que existimos. De alguna forma es garantizarnos la eternidad con la aniquilación en el baile que danzamos con la música colectiva. Su concepción de los sueños tienen similitud con los arquetipos de Freud, la herencia colectiva de los recuerdos primordiales y el inconsciente colectivo de Jung (los sueños, los recuerdos, las imágenes seminales son transmitidos generacionalmente a lo largo de milenios). Porque el que sueña se siente en la periferia del universo (dilema gnóstico), más allá de la vida. “Los sueños son fantasmas del ser proyectados sobre el fondo de la continuidad” son “el rumor de la psique, la vida sin palabras”. Pero al final certifica: “Los sueños son el dintel entre la vida y la muerte... como el vaciado de la vida en la muerte. Los sueños no son sino una forma del vacío”. Para Chantal Maillard la revelación a través de un sueño visionario se puede encontrar en las corrientes esotéricas de las grandes religiones y en autores contemporáneos como Jung, Eliade, Bloch y Guenon (Filosofía Perenne o Tradición Unánime –pero ella fiel a la razón exploratoria, no llega a desprenderse de ella–). Chantal Maillard define la aproximación al sueño de María Zambrano: “afronta el sueño desde su forma y no desde su contenido y así encuentra en ciertas categorías del sueño: su atemporalidad, la pasividad del sujeto que yace bajo él y su necesidad de trascender a la palabra, una de las primeras manifestaciones de la conciencia que arroja luz sobre categorías básicas de la vida humana. Ahora bien, siguiendo una larga tradición, la autora distingue entre sueños de la psique, que no serían sino retazos caídos de la vida consciente, y los sueños de la persona en los que se le presenta al hombre un enigma de su existencia y que son los que propiamente encuentran realidad mediante la palabra creadora”.

12.- CONSIDERACIONES FINALES La filosofía de María Zambrano es en cierto modo un pensamiento del límite, del filo de la navaja, un lugar incómodo donde no es posible encontrar más que un acerado dolor, pero merecía la pena el riesgo como escribió Hölderlin ya que “donde hay peligro está la salvación”. Un límite entre poesía y razón, entre el ser y la nada. El horror del límite, también de la libertad. Pero, y ahí está su aportación, imbricados, no disensos, no separados radicalmente puesto que en lo real nada está, ni siquiera el yo cartesiano, aislado del entorno. María Zambrano se sitúa en la tesitura de Nietzsche cuando éste dice: “Sí a la vida… no para liberarse del terror y de la compasión,… sino para ser nosotros mismos, más allá del terror y de la compasión, el eterno placer del devenir, ese placer que comprende en sí, también el poder del aniquilamiento”. Y María Zambrano huye de ese horror a través de la poesía, de la belleza, de lo apolíneo, es decir de lo inmutable. Pero lo inmutable tiene un terror aún más profundo que lo que cambia. Y María Zambrano entre estos claroscuros, decide que lo sagrado, no alejado de la vida, sino consecuencia de ella, es el verdadero asidero. Según Masimo Cacciari “el inicio de hacer filosofía está marcado por la renuncia a toda inmediatez; una auténtica decisión que Zambrano exige que sea recordada y por la que ella lo será también”. Su pensamiento es original porque es también un pensamiento auténtico, una autenticidad que reflejó en su vida, en su obra, que le llevó a decir, inspirada en un poema de San Juan de la Cruz: “No hay poesía mientras algo no queda en las entrañas dibujado”. Y ese entrañamiento ¿no es al mismo tiempo en contradicción una desajenación? Pero “carne y tiempo envuelven al ser humano cruzándose a veces, como enemigos”. Zambrano se pregunta de qué manera se encuentran relacionadas, pasión, realidad, muerte, amor, deseo. No hay respuesta, porque “vivir es un acto de fe ante todo”, es anhelar (diría Ortega). Por eso es un nihilismo esperanzado, optimista, pero nihilismo al fin: el vacío, la nada, la llama que refulge y se apaga: “en el hombre a medida que crece el ser crece la llama”. A María Zambrano le podríamos aplicar sus propias palabras referidas a Séneca: “Séneca era oficiante de la razón mediadora, relativista. Y de ahí que su pensamiento esté vivo, y más que su pensamiento, su imagen, su figura en todos los tiempos, en que la razón sin fe, quiere mediar entre un irracional mundo y su puro reino abandonado”. Y “Séneca permanecerá vivo siempre que ante la inexorabilidad de la muerte y del poder humanos se encuentre, entre una fe que se extingue y otra que llega, una Razón desvalida”. La filosofía de María Zambrano, y en esto se aleja de casi cualquier filosofía, en apariencia hermética y compleja, en realidad está muy pegada a las humedades del ser humano, un ser humano que sólo puede desarrollarse en un atmósfera de libertad y que sólo se vive en democracia. Por eso María Zambrano es antidogmática, hasta el punto que piensa que “la verdadera medida no puede encontrase en un dogma, sino en un hombre concreto que percibe con su armonía interior la armonía del mundo”. Y denuncia la situación de la humanidad pues “el hombre se ha convertido en problema” que se acentúa con la aniquilación de lo humano. Al orteguiano “el hombre ha de hacerse su propia vida”, responde Zambrano “el hombre ha de ir cobrando su ser en la vida”. No aborda sin embargo su filósofa el problema del origen del mal, como si ello fuera ya un problema subsumido, quizá porque era ya suficiente con haber bajado a los infiernos del alma; sólo pincela alguna explicación psíquica, en la crueldad que el ser humano es capaz de inflingir al encontrarse perdido en su vaciedad, un “diabolismo que la naturaleza ignora”, en todo caso necesario. Enlazando vida y muerte, dolor y embriaguez; razón y pasión; sueño y vigilia proyecta estas dicotomías en el ser humano, y así dice en Claros del Bosque: “Fin y principio están unidos indisolublemente en el que se da a nacer”. También para Sonia Prieto “el pathos del nacimiento la consume”. Según Prieto “da la sensación de que dos lectores distintos podrían formular sendas conclusiones sobre su pensamiento completamente antagónicas, aunque ninguno erraría y su elección acabaría por basarse en criterios de simpatía y creencia”. Para Carmen Revilla “el interés de su obra radica en la fuerza de su escritura para forjar a través de la palabra una imagen reconocible de lo humano”. Según Pedro Cerezo, “la potencia simbólica de sus escritos y un cierto aire de enigmaticidad los sitúan fuera de las calzadas reales de la filosofía. Desafía los convencionalismos del género”. Para Chiara Zamboni, abandona la vía clásica de la filosofía, se confía a las imágenes que enamoran para suscitar una atracción en quien lee. Quizás por ello es considerada marginalmente en la filosofía, sería un outsiders como dice Emilio Lledó. Un manera de “penser autrement –pensar de otro modo”–, en definición de Foucault. O una heterodoxa. Y rescata para la filosofía el concepto de piedad, es decir la aceptación del otro, para conseguir la apertura de la persona, del corazón; pues está herido y ofrece resistencias a lo sagrado y las entrañas no se pueden abrir sin heridas. Para ella es necesario un descenso a los infiernos del ser humano y su historia porque “se ha hecho necesario el encuentro del hombre consigo mismo”, con lo sagrado, que no es sino la pura posibilidad de ser. Y lo expresa en un metalenguaje o “metalengua”, distinta de la ciencia, y esa metalengua no se la puede ofrecer más que la poesía, la mística y la religión; un mundo en que el objeto es el propio ser humano. Es verdad como dice Aranguren que ello no es “ciencia”, pero ese lenguaje será en palabras de Marcuse el que “proteja el imprescindible reducto en el que se conservan las verdades e imágenes olvidadas o suprimidas”. Para ello propone asimismo acercar los textos filosóficos a los literarios en un diálogo creativo. “El privilegio de algunas palabras es que contiene un futuro aún no actualizado y cuya superación completa nos es todavía imposible vislumbrar” nos dice. Del poeta dice que “no reposa, porque todo lo retiene y le enamora, su ser tendría que despedazarse, tendría que elegir si eligiera”. Es la razón mística del poeta. Y “poeta es el hombre devorado por la nostalgia, asfixiado por la estrechez de la realidad. La poesía pretende ser un conjuro para descubrir esa realidad”. En resumen busca las zonas de sombra de la filosofía, los olvidos y silencios. Pues “la poesía es secreto hablado” y cifra el origen de la poesía en las palabras sagradas dirigidas a la momia ante los jueces que aparece en el Libro de los Muertos: “pasa eres puro”. Porque “en la poesía encontramos directamente al hombre concreto, individual. En la filosofía al hombre en su historia universal, en su querer ser. La poesía es encuentro, don, hallazgo por gracia. La filosofía busca requerimiento guiado por un método”. Y entiende la poesía no sólo en el sentido estrictamente poemático, Zambrano usa a menudo poesía como sinónimo de arte: “Poética siempre por creadora, aunque no sea llamada poesía”. Esa búsqueda de las relaciones entre filosofía y poesía en una historia relacional y a través de ella, es una de sus principales aportaciones. Un paralelismo de la filósofa-poeta que nos rememora a Nietzcshe filósofo-poeta. Ella resume la intención de su filosofía: “Era necesario una idea del hombre íntegro y aún idea de la razón íntegra también”. La persona pues como justificación y origen de la filosofía y promesa de realización creadora; la filosofía entendida no como amor a la sabiduría sino como sabiduría del amor y vida como realidad radical (al estilo orteguiano) de una experiencia única ya que alrededor del hito sagrado de la persona es donde se desarrollan todos los componentes sociales, éticos, religiosos e históricos. Y la vida es indefinible e inmensa, inasible, don y regalo que no invade, que necesita, sí, de moral que la conduzca. Mas de moral inspirada también por la muerte y no sólo por la historia. Pero ninguna ética puede rechazar enteramente el terror de la muerte. La muerte como antes de nacer, es el aforismo clásico. Zambrano como Bataille nos invita a imaginar no la noche eterna de después de la muerte sino la anterior: “Noche yo misma”. Y añade: “hay esta revelación de lo que el hombre siente cuando nada tiene, cuando sale de sí: horror del nacimiento, vergüenza de haber nacido; espanto de morir; extrañeza de la injusticia entre los hombres. Y así tiene que ofrecer remedio a estos males o esperanza de remedio; tiene que hacernos aceptar el nacimiento, no temer la muerte y reconocernos en los demás hombres como iguales”. En esa huida de la inanidad (“la vida un soplo, un aliento, apenas nada. Mas nunca nada, la nada”), Zambrano regresa a uno de los tópicos de la cultura occidental cuando piensa que la civilización es consecuencia de una tensión entre la naturaleza y la cultura. La cultura simula la barbarie, la desnudez humana; “trajes puestos sobre la desesperación humana” nos dice siguiendo a Kierkegaard, y por esa desesperación se atreve a pedir razones. Porque “la desesperación –escribe Kierkegaard en su Tratado de la Desesperación– es la desesperación de no poder incluso morir”, porque “morir la muerte significa morir la propia muerte; y vivirla un solo instante, es vivirla eternamente”. Y además el hombre desesperado para Kierkegaard no hace más que construir castillos en el aire, porque ni la eternidad puede ser un consuelo, ya que como escribió Nietzsche “no existe nada más espantoso que el infinito”. Por otro lado ¿cómo hay que entender estas palabras suyas?: “Nacimiento y muerte, aurora y anochecer, son los instantes del proceso vital más prometedores... Nacimiento y muerte son destrucción de una forma, tránsitos”. En la palabra de María Zambrano, donde su lenguaje supera al método (considerando con Wittgenstein que el propio lenguaje es el método), se van hallando los caracteres vitales y espirituales de la persona, la razón inaudible de la poesía, sobre su capacidad reflexiva. Pero la persona trasciende la sociedad, para Zambrano el ser humano no se puede reducir a un tiempo histórico y por ello intenta algo imposible, conciliar la palabra con la realidad, el individuo con la sociedad, liberarnos de las ataduras del tiempo y consolar, porque consideraba que la existencia es una injusticia permanente, una violencia del ser. No impone ni expone ningún sistema porque es una palabra abierta en la que descubrimos, la persona, el yo y da luz a la penumbra del vacío y del pensamiento, al terror primigenio. ¿Es así tan poeta como filósofa? Tanto da, porque para ella “el poeta, como no busca, sino que encuentra, no sabe cómo llamarse”. Y si la labor del intelectual es cambiar algo en el espíritu de la gente María Zambrano lo consigue con una mayeútica propia, insinuada. Su pensamiento continuamente interroga y cuando se le lee, se consigue sacar a la luz, a la oscura luz de los días, la luminosidad interior, los demonios internos. A través del alma y la imaginación, como señala Maillard, quiso espiritualizar el cuerpo y corporeizar el espíritu. ¿Un pensamiento utópico? Al menos intentó la imposible empresa de unir mito y logos, realidad y símbolo.

13.- PALABRAS DESDE EL BOSQUE (Trujal de textos encadenados de María Zambrano) Y si esta tragedia de ser individuo es terrible en el hombre, en la mujer alcanza su extremo. Poesía y filosofía serán desde el principio dos especies de caminos que en privilegiados instantes se funden en uno solo. La poesía es la realidad del hechizo... y en cierto modo todos los poetas son poetas malditos. La filosofía es mirada creadora de horizonte: mirada en un horizonte. La palabra de la razón ha recorrido mayor camino. Se ha fatigado, pero tiene su cosecha de seguridades. La de la poesía parece estar a pesar de todas las estaciones recorridas, en el mismo lugar del que partiera. La palabra es también al modo del fuego, que prende y se prende, que se propaga, que arrebata también. Y como el fuego, también puede ser, es a veces, destructora. Tras de ciertas palabras sólo quedan cenizas. Ciertas palabras quedan inservibles después del uso inmoderado que de ellas se ha hecho. En un país en que tratándose de la mujer entien40 de la historia como sombra, como culpa solamente.... porque el español no ha soportado hasta ahora la mujer con historia. Porque toda la historia está hecha con sangre, toda historia es de sangre y las lágrimas no se ven. La razón histórica que la filosofía hoy se dispone a desplegar será despertar del sueño utópico porque la historia es sueño; el sueño del hombre. El llanto es como el agua, lava y no deja rastro. El tiempo, ¿qué importa? Sólo viviendo se puede morir. La muerte es lo que da la categoría más alta a todo el arte y no hay arte en ella. Si se hubiera de definir la democracia podría hacerse diciendo que es la sociedad en la cual no sólo es permitido, sino exigido ser persona. Pensar, la acción más violenta de todas. Nietzsche apuró la tragedia de la libertad humana. Nietzsche trasladó la omnipresencia de lo divino a la vida. Juego y fiesta al par que la tragedia... La embriaguez produce la furia de la pasión y produce también el juego. El pacto siempre será el vergonzante compromiso del débil que arriesga lo único que posee, con el fuerte que nada puede perder al intentarlo. Toda cultura deja ver la necesidad de imágenes que sostengan y orienten el esfuerzo y el anhelo –la pasión– de ser hombre. Sin duda de ella ha nacido el mito, los mitos. Tener cultura es poder recordar, rememorar. Poder también, en un trance difícil, aclarar en su espejo nuestra angustia e incertidumbre. El poder ya estaba avisado de que a ciertos seductores no se le puede regalar una muerte resplandeciente, porque seguirán seduciendo desde el sepulcro, con mayor fuerza todavía y ya sin límite en el tiempo. Vivimos un tiempo de radical soledad, sin última creencia. La razón mediadora fue igualmente rota y allanada por el poder, que cuando nace al margen de ella jamás podrá soportarla por mucho que se curve y encubra. Esta libertad... Es también el horror al dogma, a lo absoluto, la sabiduría de la relatividad propia de la vieja cultura mediterránea, pues ningún pueblo viejo puede aferrarse a lo absoluto, que es siempre un poco cosa de bárbaros. Séneca es uno de los sabios mediadores que, abandonando el recinto de la pura sabiduría, tiende hacia el hombre, hacia el hombre de la calle de toda clase y condición, una mirada misericordiosa, y se dispone a darle, no ya lo que sabe, sino lo que él necesita...Y tal juego llevado a toda la perfección de que es capaz un español de la Bética, quienes no parece hayan creído nunca en la verdad desnuda. Séneca fue el último sabio antiguo y el primer intelectual moderno siempre a vueltas con el poder. La muerta de Séneca fue el fracaso del intelectual frente al poder. Es senequista la suave burla con que un sabio contempla su nada, de la que procura sacar un algo. Todo lo que pertenece al pasado necesita ser revivido, aclarado, para que no detenga nuestra vida. Sólo lo que no se ha podido dejar de querer, ni aun queriendo, nos pertenece. Para la vida lo más revelador son sus orígenes. El presente es siempre fragmentario. Los mortales tienen que matar, creen que no son hombres si no matan... siempre hay enemigos, patrias, pretextos. Se es claro cuando se está en claro consigo mismo; la claridad es producto de la coherencia de la vida. En cada hombre están todos los hombres. El hombre es el ser que padece su propia trascendencia. Si la vida fuera algo sería sed interminable. A cada razón viviente, corresponderá de modo inexorable una pasión. En los instantes de crisis, la vida aparece al descubierto en el mayor desamparo. Alma: especie de lugar, de sede o de potencia que alcanza contacto con todo, y por ello sede de la intimidad, de eso que precede al conocimiento y que solemos decir familiaridad con algo; lo que es contrario a la extrañeza, lo que nos permite orientarnos, y tener como una especie de instinto, un sentido para penetrar en cada cosa según su especie y modo de ser; destreza, sutileza, que sugiere, en efecto, la imagen de una mano de pulso infalible, maternal y viril a la vez, mano, pulso, tino, que ha mucho se ha perdido entre nosotros, los occidentales. Los más terribles conflictos son entre la razón y la esperanza, aquella por la que quiere realizarse nuestro inacabado ser. Filosofía es razón. Sin poesía previa la razón no hubiera podido articular su claro lenguaje. La embriaguez poética es ímpetu, aspiración a una identidad superior. Cuando la resignación parece ser el remedio mejor para la mayoría de los hombres que viven despiertos... estamos sin duda atravesando una crisis histórica. La patria, la casa propia es ante todo el lugar donde se puede olvidar. Es la filosofía, la razón compadecida de la condición desvalida del hombre. Ninguna ciudad ha nacido como un árbol. Todas han sido fundadas un día por alguien que viene de lejos. Sabio es aquel que ya en vida está como si hubiera muerto. Es el que está maduro para la muerte. No se le pude dejar al corazón que descanse ni que se adormezca... Hay que esconderlo a veces, eso sí. Y dejarlo que ayune para que reciba su secreto alimento. Sabios, poetas, cómicos o payasos; todos ellos en sublime misión caritativa de disipar el rencor, el que todo hombre tiene..., nada más por haber nacido. Suele suceder que los mayores misterios están en lo familiar y cercano, sin que sepamos si el misterio reside acaso en la proximidad misma, en el hecho de que algo sea familiar, o está en el género de verdad que nos propone. La poesía nunca es suficiente aunque exceda. La poesía no puede sin negarse a sí misma, partir a la búsqueda de un ideal del ser, ni puede estabilizarse en la pregunta acerca de él; en una lucha más desnuda sólo hace uso de la razón para captar sus signos. Novela y poesía han reflejado mejor que el conocimiento histórico, el verdadero pasar, la verdad de las cosas que le pasan al hombre y su senti42 do último. Descubrir el tiempo es descubrir el engaño de la vida. El poeta no teme a la nada. La poesía es un abrirse del ser hacia dentro y hacia fuera al mismo tiempo. Vivir es no poder reposar hasta la muerte. Envejece lo más dulcemente que puedas y muere cuando te llegue la hora. Todo lo que vence humanamente parece estar condenado a condenar y, al fin, a condenarse. Ser humano lleva consigo el bien y el mal... es ser culpable, como toda la sabiduría trágica ha sabido siempre. La persona humana tiene también su vida: respira en el tiempo y se alimenta de la verdad. La persona es algo más que el individuo; es el individuo dotado de conciencia, que se sabe a sí mismo y que se siente a sí mismo como valor supremo, como última finalidad terrestre. ¿Seguirá siendo utópico pensar que algún día la sociedad tendrá una conformación, una estructura análoga a la de la persona humana? La realidad sagrada es ese lugar secreto sagrado: todo eso que gime y palpita en el interior del ser humano; el fondo último de un corazón humillado y ofendido y que quizá sea quien nos juzgue; la medida suprema de toda cultura; la viviente realidad más allá de toda ley. Lo que constituye el infierno porque pudiera ser formulado Paraíso. Lo que haría falta es simplemente un poco de valor para mirar despacio esta desnudez, para vigilar no ya el sueño, sino más honradamente, los hontanares mismos del sueño; ver cómo nos queda cuando ya no nos queda nada. La esperanza es el vacío activo de un ser insuficiente para sí mismo, de un ser sin entera, cumplida unidad, y que en ciertas etapas ni tan siquiera se le presenta. Piedad es saber tratar con lo diferente, con lo que es radicalmente otro que nosotros. ¿Habrá de ser así todo lo que se ame, jeroglífico, cifra sagrada e incomprensible? Las cosas que no son nada son algo cuando se las padece. Yo no he escrito nada que no hubiera vivido, que no me haya sucedido previamente. Mi pensamiento: la penumbra tocada de alegría.

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA: - Zambrano, María, Pensamiento y poesía en la vida española. Madrid, Endymión, 1973. - Zambrano, María, La confesión, género literario, Madrid, Siruela, 2001. - Zambrano, María, El pensamiento vivo de Séneca, Madrid, Siruela, 1994. - Zambrano, María, Hacia un saber sobre el alma, Madrid, Alianza Editorial, 2004. - Zambrano, María, Persona y democracia, Madrid, Siruela, 2004. - Zambrano, María, España, sueño y verdad, Barcelona, Edhasa, 2002. - Zambrano, María, La tumba de Antígona, Madrid, SGAE, 1997. - Zambrano, María, Claros del bosque, Barcelona, Seix Barral, 2002. - Zambrano, María, Delirio y destino, Madrid, Mondadori, 1989. - Zambrano, María, Los bienaventurados, Madrid, Siruela, 1990. - Zambrano, María, Unamuno, Barcelona, Debate, 2003. - Zambrano, María, Séneca, Madrid, Siruela, 2002. - Zambrano, María, La Vocación del Maestro, Málaga, Ágora, 2000. - Zambrano, María, Los Sueños y el Tiempo, Madrid, Siruela, 2004. - Zambrano, María, El hombre y lo divino, Madrid, Siruela, 1991. - Zambrano, María, Filosofía y poesía, México. F.C.E., 1996. - Abellán, José Luis, El exilio filosófico en América, Fondo de Cultura Económica, 1998. - Archipiélago. María Zambrano, La Razón Sumergida, nº 59, 2003. - Berlin, Isaiah, Las Raíces del Romanticismo, Taurus, 1999. - Blanchot, Maurice, El espacio Literario, Paidós, 1992. - Blanco Martínez, Rogelio, Ortega Muñoz JF, Zambrano (1904-1991), Biblioteca Filosófica, Ediciones del Orto, 1997. - Cacciari, Máximo, Soledad Acogedora, de Leopardi a Cioran, Abada Editores, 2004. - Espéculo. Revista de estudios literarios, 1998. - Fenoy Gutiérrez, Sebastián, Web María Zambrano y Spinoza. Una misma concepción de la libertad humana, 2003. - Giner Comín, Ileana, El ser de la mujer en la filosofía de María Zambrano, Quimera, 2001. - Gómez Cambres, G, El Camino de la razón poética, Málaga. Ágora, 1992. - Kierkeggard, Sören, Tratado de la Desesperación, Edicomunicación S.A., 1994. - Maillard, Chantal, La creación por la metáfora. Introducción a la razón-poética, Barcelona, Anthropos, 1992. - Maillard, Chantal. Web María Zambrano, La mujer y su obra, 2003. - Merleau-Ponty, Maurice, Sentido y Sinsentido, Península, 2000. - Miró, Antoni, María Zambrano, Dictados y Sentencias, Barcelona, Edhasa, 1999. - Moreno Sanz, J, Encuentro sin fin, Madrid, Endymión, 1996. - Nietsche, Friedrich, El Nacimiento de la Tragedia, Alianza Editorial, 1978. - Ortega Muñoz, JF, María Zambrano, su vida y su obra, Málaga, Junta de Andalucía, 1992. - Ortega Muñoz, JF, María Zambrano, Breve Antología, Málaga, Junta de Andalucía, 2004. - Pérez Navarro, Pau, El sueño creador de María Zambrano. Filosofía, Tiempo y Tragedia, Athenea Digital – nº 0, abril 2001. - República de las Letras, María Zambrano, Ahora, ya, nº 89, abril 2005. - República de las Letras, María Zambrano, La Hora de la penumbra, ya, nº 84-85, 2004. - Revista de Occidente. Año I, 2ª época, números 8 y 9, Madrid, noviembre- diciembre 1963. - Sánchez Benítez, Roberto, María Zambrano y el nihilismo, Web Paideia, 2003. - Santayana, George, Personas y lugares, Editorial Trotta, Madrid, 2002. - Scheler, Max, El puesto del hombre en el cosmos. Alba Editorial, 2000. - Severino, Emanuele, El parricidio fallido, Destino, 1991. - Steiner, George, Nostalgia del Absoluto, Siruela, 2001. - Villalobos, José, Elogio de la Radicalidad, Universidad de Sevilla, 2004.

Herramientas personales