MANUEL RÁMILA O LA TRADICIÓN POÉTICA SEVILLANA
Con este libro Cristal Roto de Manuel Rámila (Sevilla; 1959), nos encontramos ante un poeta quizás de publicación tardía pero no de vocación postrera. He querido titular esta reseña como Manuel Rámila o la tradición poética sevillana porque en este libro en el que Rámila rehúye de la moda prosaica al uso (Barthes decía que moda es lo que pasa de moda), se hace presente la influencia de autores sevillanos, sin excluir otros, como Bécquer, Manuel y Antonio Machado (tanto del modernismo manuelmachadiano como el poema reflexivo de Antonio), Luis Cernuda (el Cernuda de las interrogaciones, del olvido) y una muy especial como la de Joaquín Romero Murube, de quien se celebra este año el centenario de su nacimiento, mezcla de sevillanía (no localismo) y buen quehacer poético y contemporáneo. Sedimentada con gran parte de la experiencia poética del autor, donde acrisola su experiencia vital. Una experiencia única, basada en el amor, inevitablemente efímera, como un rayo, que reaparece con dolor, intenso, como un estruendo, por su incapacidad de asirla, que lucha contra sí mismo, contra la piel, la ausencia. Y hace del amor un paisaje y del paisaje un deseo que adorna el acto amoroso “Volver a los paisajes de surcos abiertos,/ arañazos en la cara y en la tierra”. Y del recuerdo, sin duda la palabra más repetida en este poemario. El recuerdo como evocación, unido a la ausencia. “No es el recuerdo el que hiere,/ la ausencia es la que muerde/ con diente agudo y desgarrador”. Porque a fin de cuentas la poesía es el terreno de la memoria; de la memoria y de la palabra, como dice Rámila: “Se va la vida que es la memoria”. Poesía pues del instante pero anclada en ese pasado sólido y recurriendo a algún momento de imposible olvido, para extraer el yo de sí mismo, a través de la presencia del otro y del entorno, del paisaje, de un momento de dicha, de ausencia. Decía de la memoria y también de la palabra, pues toda palabra es un encuentro, y la palabra poética un encuentro con el deseo y con el objeto de ese deseo, con el ser amado. Manuel Rámila lo sabe, lo siente. Cristal roto es el título del libro pero ¿qué es lo que se rompe?, ¿qué es ese cristal susceptible de ser ya roto? El deseo. Y es este deseo el que le lleva a inmiscuirse en los vericuetos de la poesía y marca toda su obra: “¿Recuerdas cuando nuestra aventura/ era el deseo?”. Podríamos decir que es una obra que nace del deseo. Insatisfecho o no, pues éste último deja de serlo. Pero no es una poesía simbolista sino elíptica. Y una elipsis a menudo erótica: “Porque duele como un candente”. El espacio literario de Manuel Rámila se define pues, con la precisión de la imagen, la belleza de la metáfora, la inquietud del recuerdo, la nostalgia de sus vivencias, con los viajes como escenario, como teatro justificador del hecho amoroso, en la coreografía del entorno, aunque en un paisaje alejado, con una constante presencia del mar más que de su ciudad cercana, como escenario de las cuitas del poeta como si pretendiera alejarse de alguna manera de lo cotidiano. Y Rámila no excluye el ornato verbal, y busca la contención pero no desmedida, la claridad pero no tanto que se vanalice. Construye un libro autobiográfico, que intenta objetivar, -misión imposible para todo poeta-, en sus versos con determinados recursos poéticos como los ya citados elipsis y metáfora; la antítesis “¿estás tan cerca y tan lejos”; el hipérbaton y comienza con verso libre que se asonanta en la mayor parte de los poemas, eligiendo sobre todo el verso impar, endecasílabo o heptasílabo. La temática predominante hemos dicho que es el amor, pero en su poemario también está presente el paso del tiempo (como esa clepsidra inacabable del último poema), el pasado; es como si nuestro poeta sólo viviera en el tiempo pasado, en el poso efímero de cada momento porque revivirlo es una forma de aprehenderlo, “Vuelvo a caminar por los paisajes del olvido”. Es machadiano en el sentido de retorno a la infancia, de reflexión vital y aforística: “Y si duelen estos sueños/ cómo duele el despertar”. También romántico: “porque el amor es de quienes aman y no de quienes firman”; becqueriano “Sólo confirmar en tus pupilas/ que el silencio es la mejor palabra”. Y en el desarrollo adecuado del ritmo y el tempus del poema está el éxito de la poesía y de esta poesía. También en la unidad, este es un libro unitario con poesía de rasgos melancólicos modernistas: “Tengo ganas de quererte cerca/ en tardes de viejos mármoles/ y lluvias de ingrávidas gotas”. Y no falta cierto pesimismo existencial: “Es la vida veneno”. Y al fin la derrota: “Ven a llorar bajo el agua,/ a conocer que todo está perdido/...y no queda ni una brizna de deseo”. No es este ya un cristal roto, sino vencido por el tiempo y la vida. Sin duda la poesía es también un ejercicio de confesión insólita que nadie exige, de constricción del poeta, no sé si de arrepentimiento que se exige él a sí mismo, como en el poema que dice: “Retengo cuantos campos he pisado/ y asumo los pecados cometidos”. Sentimiento, pensamiento y ritmo que sale de lo hondo. Manuel Rámila se vuelve hacia el interior, hacia el espacio desde donde rescatar al alma de su angustia, de su inexistencia, la fuente del silencio preservada. Poesía como destello (relámpago nos dice Rámila) que expresa algo más que lo que dicta el pensamiento.
Antonio Varo Baena