Libro de las Pertenencias

Raquel González Figueiras
Raquel González Figueiras

Libro de las Pertenencias

Asociación Cultural Andrómina CÓRDOBA LIBRO DE LAS PERTENENCIAS IV Premio de Poesía Leonor de Córdoba

DEDICATORIA A mis padres, por haber elegido aquella tierra cuarteada
e inhóspita para levantar su hogar, haciéndola fértil,
amable…vivible.
Tierra en la que crecí bajo el palio de los días eter nizados
por la lluvia .Tierra que me cobijó con el silencio límpido
de los días de nieve. Tierra, en fin, que habité con infini-
to asombro ante la vida que brotaba bajo mis pies y mo-
ría en los sucesivos inviernos de mi infancia. Infancia,
única patria por la que blandiría una bandera.

“Los hay que dejan venenos, otros remedios.Difíciles de descifrar.
Es menester probarlos”.
René Char
“Entre el sauce apenas rozado por las aguas y la torre amarilla,
el tiempo mira al tiempo y lo devora”.
José Ángel Valente
“Es algo más que el día
lo que muere esta tarde?”
Ángel González

PATRIAS
Las estatuas que siempre has amado,
llenan tus ojos en este
octubre tibio
como, mucho años atrás, los llenaron las moreras
a finales de verano.
Entonces lo teníamos todo.
Más, a pesar de la belleza de los mármoles,
A pesar de los jardines y las fuentes,
los frondosos paseos de castaños de indias,
las luces de las grandes avenidas,
los museos…
tu corazón
es un hondo acuífero
difícil de apaciguar.
Tu exhalación
ya no deja huella sobre los cristales
como si, extrañamente,
el alma,
se hubiese demorado en otra parte.

Sé que imaginabas otros versos
en los que guarecerte.
Parecía que la tarde fuera un instante
dilatado y feliz,
algo así como la visión impresionista
de unas figuras femeninas
lavando en el arroyo de la aldea.
Parecía que la tarde fuera un instante
dilatado y feliz,
y, sin embargo,

no la poblabas.
Lo teníamos todo.
Fuimos desertores de la última patria.
Matizada nuestra existencia por un haz
purpúreo venido de un atardecer remoto,
nos disipamos en la culpa
y
esperamos
vencidos por tantos inviernos de peregrinaje.

Es pronto.
Aún no lo sabemos
pero quizá los cuerpos
-primero desnudos, femeninos,
de otro continente.
Luego cubiertos,
asexuados a vista de pájaro
sobre una calle occidental-estampen
en la hierba y las avenidas
milimétricas formas inconfundiblemente humanas:
eslogans contra la guerra
pero..., qué guerra?, cuál de cuántas? -cabría decir-Todas
las guerras son la misma guerra.
Las mismas moscas azuladas
esperan
sumergidas en los despachos de los necios.
Detienen el momento.
demoran,
más devoran
demorando
la mirada incrédula de una víctima.
Y digo una víctima,
que es decir todas las víctimas.
Y dije una guerra:
que es decir la misma guerra.

Aún no lo sabemos
pero ha de ser el turno de los cuerpos.
Los cuerpos
que ahora vuelven a dibujar palabras antiguas
consignas atesoradas en las cajas de cartón
de sucesivas mudanzas.

LA ISLA DE LOS NECIOS
Una boda de gorriones sobrevuela La Rosaleda;
su intensidad rasante
y este sol de viejo
que caldea los brotes de las Wedding Day,
insinúan al mundo
la belleza trágica de las primaveras.
Alguien está decidiendo el destino
de las rosas inglesas,
el bullicio de los gorriones;
el color mutable de las notas
de una pieza de Grieg.
Alguien decide, entretanto yo me deleito
con este marzo
siendo aproximadamente
feliz.
Alguien decide el vaho del infortunio
en la retina de una aldea bombardeada.

Una boda de gorriones sobrevuela La Rosaleda
ignoro su identidad.
Por un instante parece
que el mundo fuese a salvarse.
Suena Edvard Grieg:
La Mañana.
Mutuas caricias en sus lomos
pueblan la isla de los necios.
Y después?
Después ensayemos una resurrección.
Una boda de gorriones sobrevuela La Rosaleda,
ajenos ellos y el iris de los niños
a la voracidad de los gusanos
que horadan nuestro suelo.

La tarde sucumbe con sus sombras y
en ese instante de ti que desconozco
claudicas.
También tú estás hecha del mismo material:
Pozos contenidos que se entregan sin eco
en cada rotación:
la palabra.
Pozos como ojos
que guardan la mirada líquida del restituido.
Pozos blancos como la risa del que aún posee el porvenir
La felicidad acuosa de la víctima emancipada.
La tarde sucumbe con sus sombras y sus nombres.
El tuyo
Entre todos
Disidente de toda evocación.
Densas volutas de humo te alejan de Lindsay Square.
La tarde cae aquí de otra manera desde que no estás.

ABRIL
Abril,
plomizo con las primeras lluvias,
parece falso.
El parque entero está en tránsito.
Una finísima lluvia -también impostada-asciende
para descender
con la levedad
del que ha llegado para volverse a ir.
Un vaho de estiércol acompaña a los paseantes.
De la tierra, o de la memoria, ya no sé bien,
-ese rezumadero que me sostiene
para devorarme-asoman
los primeros lirios,
falsos también,
pero amables desde su imposible
azul.
De nuevo es abril,
a pesar de las bombas de racimo.

APACIBLES CEGUERAS
Sería deseable -de no ser obsceno-poder
admirar los lacitos
de un Yorkshire en un parque occidental
mientras otros perros
en otro trasmundo
lamen
las heridas céreas de los cadáveres.
Sería deseable -de no ser insultante-ejercitarse
en la ceguera
para negar cuanto expresan
desde su infinita quietud
los muertos.

LOS CUERPOS SUBVERSIVOS
Los cuerpos toman de nuevo las calles.
Parece que expresaran un anhelo remoto,
o una juventud tardía.
Se ha hecho largo el letargo
-esa extraña paradoja: pensamiento único-.
Algo se está cayendo.
Hombres y mujeres vuelven a necesitar
un unicornio azul,
una Puerta de Alcalá, un millón de eslogans...
todas las banderas
-suponiendo todas las gamas del blanco-una
cuneta de luciérnagas que les ilumine
sin cegarles.
Se ha hecho largo el letargo
Necesitan nuevas resurrecciones.

ANTORCHAS
Una mano encallecida te sostiene,
aquella que fue dueña de una antorcha
en tiempos de oscuridad.
Es propicio el instante para regresar:
Regreso a los senderos bellamente tortuosos
-entonces lo tortuoso era un sendero que subir-;
Recorro el camino a casa
sin tregua,
abierto como una apocalíptica grieta
desde la oscuridad.
Lo piso, lo transito, lo bebo
sin detenerme a calcular ese acontecimiento:
la noche.
Regreso a lo que fui: una página
sin caligrafía.
-esa suerte de felicidad primaria-He
sido uno de los vuestros,
pues pisé vuestros senderos resbaladizos,
melancólicamente poblados de hojas
descompuestas.

Escuché, con vosotros,
al búho.
E infinita la noche con sus ancestros,
supe de la existencia de un sentenciado;
del infausto peregrinaje de un maquis;
del silencio.
Caminé
bajo el resplandor
de vuestras antorchas de paja.
Una mano encallecida tiraba de mí.
Tristísima desdicha la de aquél
que no encuentra su patria.

“Confieso que he vivido”.
Pablo Neruda
Porque te sigo viendo desde la retina de las hijas
comprendo que hubo un tiempo para la fortuna.
Agotado ese momento
-feliz e irresponsable-sin
memoria,
es tiempo de vivir
la vida a secas:
Uno con uno mismo.
Uno con sus cadáveres.
La esperanza era esto:
Un sepulcro que espera y sólo tal vez,
un poema nuevo
un verso redentor.
JUEGOS DE ILUSIONISMO
Está siendo una primavera tempestuosa.
Se golpean las puertas de los balcones
se agitan las almas de los transeúntes.
De una manera calculadamente silenciosa
también ellos saben que Vivir envilece.
Dónde está la esperanza? -susurran-Sísifo
abandona, finalmente, su escalada.
El paraíso está en otra parte,
contenido
en suspenso
en otra substancia.
Acaso esté demorado,
allí
en el oro de los años indocumentados;
parajes extrañamente inextinguibles
a pesar de su indigencia.
Más de qué les sirve recordar.

Se agitan las almas de los transeúntes;
en mitad de la calle
los remolinos de plásticos y faldas
y polen y recuerdos
hablan por ellos.
Hablan de las muertes sucesivas:
del tiempo.


Anochece
a penas una grieta en el cielo
nos ilumina
como iluminan las palabras,
-esa materia del espíritu-.
Extrañamente llueve en Madrid
casi como en mi aldea
y casi como allí,
el tiempo empieza
engañoso
a contar de nuevo.
Anochece
y ha sido tan necesaria la muerte
-porque mudamos la piel para
resucitar a cada instante-como
el latido,
pues uno no es sino substancia
del otro.
Llueve con perseverancia
por el Paseo del Prado.
Lloran las estatuas.
Anochece también en la aldea,
las vacas regresan dóciles a sus establos.
Vidriada, su mirada vacuna,
parece preguntarse por qué
las he abandonado.

Es, inexorablemente, mayo.
Mayo en otra ciudad, en otra casa
sobre otras cortinas,
en otras calles hendidas
por otros paseantes, y
-cómo no sentirlo-por
otras estatuas.
Más es, irremediablemente, mayo
como será octubre ineludible.
Las estaciones, esa gentil geometría del tiempo,
y la poesía, -la que nos quede-serán
la ceniza extenuada
de cada rotación,
de cada cuerpo.
Cenizas
Osarios
Majestuosos sepulcros
donde han ido a parar
la vida consumada
los sueños -si es que los hubiere-y
las hojas delicadamente descompuestas
cada otoño
bajo la planta de tus pies.
Eso debe ser el hecho poético.

Entre la cúpula serenamente estrellada
y la hierba que transitas
la misma pesadumbre del primer hombre.
Giran los caminos
y no hay más fin que
eternamente
el regreso.
Acaso un mínimo haz
ilumine el silencio
-ese vacío imprescindible
que alimenta la palabra-.
Sólo entonces
entre el cielo de guirnaldas
y tus pies
por un instante, parecerá
-con esa rara vehemencia
de los sentidos-que
la vida es breve.
Y pensarás así,
-al fin y al cabo es un pensamiento
optimista-sólo
porque la luz de la palabra
calma
el chasquido infinito
de tu imperturbable
osario.


DESCANSO
Toma esta copa
Sostenla con solemnidad
Y conmemora
Bajando con lentitud su apacible líquido
Que también tú fuiste estúpidamente joven
Más a pesar de tu provocación
Un sepulcro te espera.
“Mira bien tu aldea y serás universal”.
Tolstoi
TIBIOS DE ESPÍRITU
Amo de ti tu paisaje
y las diosas celtas de la fertilidad.
De la escombrera,
a pesar de ella,
me alimenta la voz de los poetas.
Amo de ti mi aldea
que permanece intacta
-la infancia concede esas prerrogativas-Allí
siguen los cuerpos de los viejos
apergaminándose.
Sus enigmas.


De la escombrera
a pesar de ella,
me alimenta la música
de las orquestas de verano
y la existencia silenciada
de un antepasado republicano.
Lo demás,
los tibios de espíritu,
la constelación subsidiaria
del servilismo caciquil,
no concierne a esta Patria.
EL SÉPTIMO DÍA NO DESCANSÓ
El día séptimo Dios no descansó.
Miró las rías,
se detuvo en Fisterra
planeó sobre los bosques de castaños
escuchó el canto de las aves noctámbulas
caminó por lo que -con permiso de los siglos-sería
mi territorio
–aquel misterio de luciérnagas-Oyó
los conjuros de las meigas
-porque ellas ya estaban puestas-bebió
de las fuentes que brotaban de los caminos
-también patrimonio de mi infancia-corrió
a un monte suave
-redondeado e inofensivo ya,
a pesar
de su reciente creación-y
ante tanta belleza
decidió compensarnos
poniendo también
una rara estirpe de hombres y mujeres
que en mitad de una escalera
no sabrás jamás si suben
o si bajan.
Y a esos los llamó
tibios de espíritu.


EPÍLOGO
En esa tierra que amo
-acaso inexacta en mi memoria-pase
lo que pase,
-como en las buenas familias-nunca
pasa nada.
Eternas las olas
golpean los acantilados,
regresan con la espuma,
inyectados de nostalgia
los disidentes.
Nadie reconoce a nadie.

MEMORIA
Qué mano nos sostiene?
Cuál nos reduce?
Transita este instante
aférrate al mantelito de cuadros
de aquella reproducción de Bonard
diluido y sinuoso
en tu despiadada memoria.
Acércalo a tu centro y
recógelo en la oquedad de tus manos
con la exacta avaricia
de quien recoge agua
para saciar una sed antigua.
Tú sabes de qué hablamos.
Acércalo a tus vértices
-también nos reconocemos poliédricos-y
huélelo.
Huélelo
porque extrañamente poblado
de azucenas,
como el aire de remotos veranos,
volverá a sostener tu espíritu
en las horas de infortunio.

“Las verdaderas victorias solamente se logran
a largo plazo y con la frente apoyada en la
noche”.
Renè Char
PRESTIGE (a os cormoráns. In Memorian)
En la zona cero del cataclismo
la víctima adula al agresor.
En el País del Nunca Máis,
apesta la mansedumbre más
que los cadáveres de las aves.
Aquí ya sólo queda esperanza
en la rebelión de los cormoranes,
aquellas negras sombras
paralizadas
entre las manos de los voluntarios.
Paralizadas
no se sabe bien si por la viscosidad del chapapote
o la negritud silenciosa
de un pueblo arrodillado.

En el País del Nunca Máis
Máis que nunca se olvida.
Se recoge un mísero subsidio
después de la catástrofe.
La voz desmemoriada
pasa por la urna y
secretamente
da al César
lo que,
babeante,
el César reclama.

IMPOSTURA
Alguien te sueña
tal y como nunca has sido.
Relees sus renglones y te
elevas hacia una insólita esperanza.
Le debes más de una confesión
pero harás ésta:
-lo restante pertenece, enteramente,
a tu vida-Nunca
pudiste acabar Rayuela
cuando fuiste joven y snob.
Ahora que tus felicidades son más primarias
alguien
debería soñarte absorto en el viento
que estremece las hojas
con un rumor a tafetanes antiguos.

“No nos une el amor, sino el espanto;
será por eso. Que la quiero tanto”.
J.L.Borges
Tierra de tribulaciones...
Páramo cuarteado
Hoja de navaja
Garganta de caníbal
Macizo de hortensias
Poemario
Desagüe
Boca vehemente
Que maldice de sí
Que adula lo ajeno
Quién te dulcificará?
Qué manos te recogerán?
-Inquieres-Entretanto
el mar,
Coagulado,
Te devuelve
La exacta metáfora de la negritud
En la que nos hundimos.

“...ya ayer va susurrante como un río
llevando lo soñado aguas abajo,
hacia la blanca orilla del olvido”.
Ángel González
NO MIRES ATRÁS
Este viento abotargado que nos empuja,
son los restos de una tormenta bíblica.
Si miraras atrás
ocuparías la insomne soledad
de las estatuas.
Caminemos con la justa vehemencia
del que aún posee el tiempo;
del que busca el bálsamo en una hogaza;
de quien mira,
aún asombrado,
los infinitos desencuentros
que el azar
ha ido tejiendo.
Caminemos sobre esta tierra
sembrada de armadillos y polvo.
También ellos huyen.

EL REGRESO
Lluvia apocalíptica
los cipreses aman silenciosos
noches y humedades;
destierros y regresos.
No perecerán en ti.
Tierra infausta
a la que regresa el último héroe
trazando,
como entonces,
-aquel entonces originario y vacío-un
millón de rutas de lubricanes y grillos;
de dagas y empedradas.
A pesar de haber vivido.
Llueve a calderos
Chirría el portón de la finca.
Una mano sostiene los líquenes de las vigas;
la descamación del óxido.
La otra,
crédulamente,
sostiene la esperanza.

Como una insurrección tardía.
No hay perros ni servidumbre;
ni una hoguera encendida.
Eternos,
los cipreses,
esperan.


“Y tú, de qué lado de mi cuerpo estabas,
alma, que no me socorrías?”.
José Ángel Valente
HORTENSIAS
Florecen en los balcones de una ciudad mesetaria,
más, se las bebe la trágica perfección
de la nostalgia atlántica.

NOSOTROS LOS CUATRO
Cuando podamos celebrar el tiempo agotado
tal vez deteniendo la extinción de una pavesa
-absortos en su levedad-allí,
frente a las brasas que anhelamos
habremos de encender y calcinar en un mismo instante
nuestra antepasada tristeza.
Serán nuestras miradas
detenidas en las llamas mientras afuera llueve
con la incontinencia propia de nuestra estirpe,
las que hablen de nosotros.
Acaso así, de un modo pretérito,
-antiguo,
como los bosques de helechos
que amamos en el pasado-hallemos
nuestro territorio de hermanos
y contemos la historia de un viaje,
nosotros los cuatro,
como cuatro recién llegados.

Un jurado compuesto por
Balbina Prior, Soledad Zurera, Elena Cobos
y Antonio Varo Baena,
otorgó el IV Premio de Poesía Leonor de Córdoba
al poemario titulado Libro de las Pertenencias
de Raquel González Figueiras.

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