11 de Septiembre de 1778 ELOGIO DEL CUARTO PODER Cuando se cumple ahora una semana del cobarde asesinato del periodista José Luis López de Lacalle, a manos de esa triste secta que envilece y degrada a la especie humana, columbro que ya va siendo hora de reconocer como se merece el papel determinante, crucial, que en el asentamiento de una democracia parlamentaria como la nuestra ha desempeñado el tantas veces denostado cuarto poder. El periódico de hoy envuelve el pescado de mañana, es cierto; pero el lector retiene en su memoria, siquiera mal que bien, la denuncia de los escándalos lacerantes (tan numerosos por desgracia en tiempos todavía recientes), el ominoso abuso de autoridad de aquellos gobernantes seducidos hasta las entrañas por las mieles del cesarismo,... las corruptelas varias, en fin, que se larvan sin descanso en el seno de una Administración poderosa y omnipresente. Todo esto, con mayor o menor tino, ha sido puesto de manifiesto con recia voz por uno u otro periódico, por tal o cual emisora de radio, por este o aquél periodista independiente. Lo de la televisión, salvo honrosas excepciones, es otra cosa; materia para los sociólogos, se inscribe más en los dominios del espectáculo circense, a menudo vergonzante: véase como muestra el celebérrimo Gran Hermano. Y es que, curiosamente, la prensa ha tenido desde siempre muy mala prensa. Los historiadores, con el ínclito Gibbons a la cabeza, sostienen que Julio César fue ya precursor a la hora de utilizar lo que hoy se conoce como aparato mediático –expresión que aborrezco, dicho sea de paso–, con fines estrictamente propagandísticos, tendentes a socavar el control del Senado romano y perpetuarse así al frente del Imperio. En este siglo que se nos va hemos tenido el ejemplo palmario de Josef Goebbels, sórdido maestro en las lides de la contaminación periodística, que tanto daño, es cierto también, puede infligir a un pueblo poco avisado. Mas, con todo, creo que un balance riguroso no puede ser sino abrumadoramente positivo. La sociedad civil, sin el respaldo, sin el bastión de una prensa libre, veraz y comprometida, quedaría inerme frente a la granítica mole del Estado, por más concesiones que éste pueda hacer al ámbito de lo privado. Admiro por ello al periodista de raza, capaz de fajarse hasta la extenuación e inclusive de poner en riesgo la vida propia –como se ha visto en tantas ocasiones a más de la citada al inicio– en la búsqueda de la verdad. En este país, para nuestra fortuna, hay un buen puñado de ellos. Malo para Arzallus. 20 de Mayo de 2000
UN LEGADO FÉRTIL La historia de Córdoba, como la de cualquier otra ciudad, no es en modo alguno la historia de sus monumentos y edificios más nobles, sino la de sus gentes, la de sus moradores en el curso de los siglos. Si Córdoba es hoy Patrimonio de la Humanidad lo es como colofón de un cúmulo, de una amalgama de factores de toda índole (geográficos, etnológicos,...), pero de entre todos ellos sobresale el espíritu, el alma común de sus habitantes que, de una u otra forma, ha impregnado todos y cada uno de los rincones de esta ciudad. Creo que no está de más recordarlo cuando se escucha con frecuencia el aserto –falso donde los haya– de que Córdoba vive de espaldas a la cultura. Por lo general, dicha aseveración va acompañada de un agrio reproche hacia sus gobernantes, hacia la llamada clase política local; hacia quienes manejan con mayor o menor acierto el jugoso montante de los presupuestos públicos. Pero, cabe preguntarse: ¿desde cuándo la cultura ha tenido algo que ver con el proceloso mundo de la política? La cultura brota, crece y se expansiona al margen (no diré tampoco a pesar) del quehacer de los políticos, cuyas funciones primordiales son otras bien distintas, y probablemente así deba ser. Las intromisiones en ese albero son, por lo común, fatales y extemporáneas. No se vea en mi ánimo afán alguno de denigrar a nuestros mandatarios más próximos, antes bien al contrario. Se trata tan sólo de situar las cosas en su contexto más profundo, más verdadero. Conozco en nuestro entorno políticos honestos a carta cabal, cuyo interés por los temas culturales responde a convicciones sinceras, firmemente asentadas y no fruto de ningún arrebato electoral. Lo que no tengo tan claro es que sea ése el criterio dominante en las jerarquías de sus respectivos partidos. En cualquier caso, hacer descansar el latido cultural de esta tierra sobre las espaldas de una clase política que bastante tiene con lograr que las cuentas cuadren me parece excesivo, además de ilusorio. El vetusto arcón de la cultura cordobesa no se ha visto colmado de prodigios y tesoros sino gracias al legado de generaciones enteras, que han vivido esa cultura, ese estilo de vida, con la llaneza y naturalidad con que se respira. En nuestros días, no nos engañemos, es también así, y por ahí fuera, por nuestras calles, pululan los creadores más intrépidos y variopintos, los degustadores de la novedad e, inclusive, los mecenas más anónimos y abnegados, a quienes, algún día no muy lejano, la Historia pondrá en su justo y legítimo lugar. 31 de Mayo de 2000
IMÁGENES QUE MIENTEN Si no lo veo no lo creo, solemos decir cuando nos mostramos escépticos respecto de algo de lo que tenemos noticia y que, por lo insólito, escapa a nuestra comprensión o entendimiento. O bien cuando, a posteriori, damos por bueno aquello que creíamos quimérico, irreal. Pues bien, habrá que ir prescindiendo del manido tópico, a tenor de los enormes avances que en el terreno de las nuevas tecnologías se vienen produciendo en cuanto hace a la manipulación de imágenes. Y el tema no es en absoluto baladí. Las más recientes técnicas infográficas permiten a cualquier ente o individuo carente de escrúpulos la generación (y consiguiente propagación) de contenidos visuales absolutamente perfectos en su falsedad. La creación de mundos virtuales, de realidades ficticias dotadas de una extraordinaria consistencia y apariencia de verosimilitud, queda con los actuales logros al alcance de cualquiera que disponga del instrumental adecuado. Fue Hollywood, la factoría de sueños, quien antes –y no por casualidad– se percató del potencial ingente de los nuevos avances, si bien con fines cabales y enteramente lícitos. El lector cinéfilo sabe bien de lo que hablo: baste recordar a la estrella del momento, Tom Hanks, estrechando la mano del malogrado presidente Kennedy; o, más recientemente, al Coliseo romano recobrar como por arte de magia su primitivo y ya lejano fulgor arquitectónico. Mas si la industria del entretenimiento ha encontrado aquí un filón –legítimo– que explotar, no es menos cierto que las posibilidades de un uso perverso quedan abiertas de manera inquietante. Así, cualquiera de nosotros podría ser representado o, por mejor decir, visualizado junto a un cadáver mientras sostiene entre las manos un cuchillo, o bien colocando de modo alevoso un potente explosivo en la sede de un organismo oficial. Deplorar sin más estos adelantos sería tanto como negar el progreso: un gran error. Pero parece claro que, una vez más, cada logro de la Humanidad, cada nueva conquista material, viene a su vez a plantearnos un nuevo desafío, un nuevo reto. Alguien me dirá, no sin razón, que también la palabra, ya sea oral o escrita, es persuasiva y embaucadora hasta la falacia en manos de quien sabe usarla. Pero al menos contra ella estamos avisados desde antiguo, mientras el torrente de imágenes que hoy vomitan las pantallas de todo el orbe nos coge un tanto desprevenidos y con la guardia baja. De todos los sentidos, el de la vista es el que más nos engaña, porque es en el que más confiamos. 7 de Junio de 2000
LOS SONIDOS DEL SILENCIO Leí en estas mismas páginas la noticia de que el Ayuntamiento va a perseguir con mayor celo las infracciones a la normativa en vigor respecto de los ruidos emitidos por motocicletas y ciclomotores en general. Lo encuentro razonable. En primer término, porque las ordenanzas están para ser cumplidas o para derogarlas si es que su observancia no se exige. En segundo lugar, porque la contaminación acústica me parece de largo uno de los mayores males que aquejan a nuestras maltrechas y sufridas ciudades. Es sabido –pues así se ha constatado– que la llegada de la primavera o las oleadas súbitas de calor están en el origen mismo de numerosos crímenes y muertes violentas. Tengo para mí que este fragor sonoro de las grandes urbes tiene también no poca parte de culpa en ello. La contaminación acústica encrespa a la chita callando –valga la paradoja– los ánimos más calmados, como esa lluvia fina que poco a poco te va calando los huesos sin que uno lo advierta. Turbar la sacrosanta siesta veraniega mediante el penetrante berrido de un escape libre sin silenciador es algo que tiene castigo, ya sea en esta vida o en la otra. Por contra, el valor terapéutico y balsámico del silencio está fuera de toda duda. De ahí que cuando queremos imaginar una estampa, una imagen de felicidad ideal, soñada, casi siempre contemplamos la escena bañada de un silencio bucólico, acaso teñido del fondo tenue del murmullo del mar. Los sonidos de la Naturaleza no son tales, no alteran ni quebrantan nada; son también los sonidos del silencio. El español propende en demasía al ruido, al alboroto, a la jarana. Hablamos mucho más alto que nuestros hermanos europeos, con la sola excepción de los italianos. Cuando en el curso de una animada conversación se hace el silencio decimos que ha pasado un ángel. O sea, que ha sido un momento celestial. Y a fuerza de tanto como hay que oír, cada día escuchamos menos. Hay un proverbio árabe que reza así: “Del árbol del silencio pende el fruto de la seguridad”. Y otro, hindú, aún más certero: “Cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio”. Éste último, estarán Vds. de acuerdo, debieran aplicárselo a menudo numerosos políticos y otros padres de la patria (recientemente, por citar un nombre, Felipe González). Está también el silencio de los sepulcros, pero de ése no vamos a hablar porque da mal fario. La mejor música es aquélla que sabe coexistir con el silencio: nace de él y muere en él, sin que exista contradicción alguna entre ambos. 16 de Junio de 2000
CAMPO DE SUEÑOS Once individuos que se adentran en territorio vecino para someterlo y conquistar el corazón del castillo rival. Eso es el fútbol. En cierto modo, como los negocios, la continuación de la guerra por otros medios (Von Clausewitz dixit). Once gladiadores que conforman un pequeño ejército cuya bandera, cuyo escudo, es depositario de las esencias de la tribu, de la ilusión del gregal colectivo. Por ello, los episodios de violencia entre hinchadas no pueden entenderse plenamente sin contar con este sesgo bélico que está en la propia dinámica del juego. Hay casos singulares como los encuentros entre Alemania e Inglaterra, cuya encarnizada pugna está en la tradición misma de ambos países. Como siempre, tendemos a olvidar la Historia, inclusive la reciente, pero no por ello deja de estar ahí, en el subconsciente colectivo de los pueblos. Algún ancestro de Beckham, quizá su propio abuelo, sufrió acaso los sañudos bombardeos nazis a Londres, como algunos antepasados de Matthäus debieron a buen seguro padecer las incursiones aliadas sobre suelo germánico que se prodigaron –con exorbitante mortandad– en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. Pero por encima de rivalidades enconadas y matices belicistas, el fútbol es el cordón umbilical que une a muchos hombres adultos con su infancia. La pasión con que hablan (hablamos) de fichajes y traspasos, de lesiones y pifias arbitrales, iguala al alto ejecutivo con el obrero de la construcción al hombre de edad avanzada con el chaval que aguarda con impaciencia la hora del recreo. Y ambos, uno y otro, coinciden en que Figo y Anelka ganan demasiado dinero (sobre todo éste último). Pero está fuera de lugar la envidia: también lo amasaba Maradona y ya le ven, convertido en un títere grotesco, patético, por culpa del espectro de la droga. Sin embargo, celebro el éxito –inclusive el económico- de gentes como Raúl. Si no nos escandalizamos, bien al contrario, ante los mil millones que el azar puede conceder a alguien por el insólito mérito de haber adquirido un boleto de lotería, ¿por qué habríamos de hacerlo ante quien ha abandonado las inclemencias del barrio gracias al talento natural, sí, pero también a generosas dosis de esfuerzo y sacrificio, traducido en infinidad de entrenamientos y concentraciones? Lo que en verdad, lo que en el fondo anhelamos, es su juego, el bendito placer de jugar. El placer de ser niños, en fin. 21 de Junio de 2000
LA REVOLUCIÓN SILENCIOSA Entre nuestros contemporáneos, pocos hombres merecen tanto reconocimiento y gratitud como Vicente Ferrer. No hablo, claro está, del célebre santo, sino del antiguo anarquista, místico de perfil quijotesco que estos días visita su España natal, y que ha sabido remover las conciencias más dormidas en favor de los desamparados y los intocables de la India. En la Barcelona febril de los años 30, Ferrer es un joven maleante que, tras estallar la guerra civil, será llamado a filas para combatir en el frente del Ebro. Allí conoce el horror de la contienda, la barbarie del conflicto entre hermanos. Y la amarga experiencia le convertirá en un ser nuevo que, al cese de las hostilidades, toma los hábitos jesuitas. Durante algún tiempo ejerce a regañadientes como profesor, pero su destino está en la India, donde encontrará al fin su lugar en el mundo. Y ese lugar está junto a los parias, junto a los que nada tienen y nada esperan, salvo la muerte; junto a los desheredados de todo y de todos. Pero Ferrer es hombre de acción. Pronto comienza su revolución silenciosa en la zona deprimida del Maharashtra, donde construye escuelas y pozos entre el recelo ostensible de las instancias oficiales. Lograrán de hecho expulsarle del país, pero la marea de adhesiones que se desata obliga a Indira Gandhi a readmitir a este europeo que no ceja ante la adversidad. Desde entonces hasta hoy, su incesante labor se traduce en infinidad de actuaciones canalizadas a través de una fundación modélica en su transparencia: campañas de vacunación, de desarrollo agrícola y formación sanitaria..., un minúsculo si se quiere pero dignísimo oasis, en suma, para los más desfavorecidos. Vicente Ferrer es de los que ruegan a Dios pero no sueltan el mazo en todo el día. Su trayectoria es un ejemplo admirable y digno de encomio para quienes vivimos aferrados a lo material, sin más miras que la de nuestro egoísmo aldeano de cada día. Recordando a Unamuno, cabe concluir que estamos ante nada menos que todo un hombre. El libro de reciente publicación que sobre su apasionante periplo vital ha pergeñado el agudo periodista que es Alberto Oliveras, nos recuerda que en este mundo cargado de ruido y codicia, emerge aún, de cuando en cuando, la noble figura del buen samaritano. 4 de Julio de 2000
FE DE ERRATAS Publiqué en este mismo rincón la pasada semana –algún lector generoso lo recordará– un artículo, La revolución silenciosa, que me ha deparado, valga la inmodestia, no pocas felicitaciones. Giraba el mismo en torno a la figura de Vicente Ferrer, el español que tanto y tan bueno ha hecho por los menesterosos de la India. Mas debo decir que el torrente de parabienes que, al menos entre mi círculo de allegados, ha suscitado dicho texto, me ha sumido en cierta perplejidad. Y digo esto porque, como tantas veces ocurre en la prensa escrita, hicieron su aparición en este trance los tan temidos –por quienes nos dedicamos con mayor o menor fortuna a esto de enhebrar palabras–, duendes de imprenta. Esto es, en román paladino: que el artículo aparecía ante los lectores de Córdoba salpicado de numerosas erratas, hasta el punto de hacerlo cuasi irreconocible para su propio autor. Las erratas gozan de una larga tradición literaria y periodística. Yo mismo, que aún disto de la cuarentena, las he sufrido en mis propias carnes calculo que durante cien años... o más. A menudo dan pie a efectos humorísticos ciertamente jocosos, lindantes con el surrealismo de un Buñuel o un Dalí. Otras veces, y de modo paradójico, logran el feliz milagro de hacer pasar al escribiente por escritor, lo que siempre resulta muy de agradecer. Hoy, los duendes de imprenta, siempre traviesos y díscolos, han dado paso a sus ahijados, los duendes de ordenador (también llamados informáticos, a secas). En buena lógica eran aún más numerosas las erratas que se infiltraron en la edición electrónica (vía Internet) del antes mentado escrito. Pero la reflexión que me hago es otra. Si a pesar de las flagrantes intromisiones que mi texto padecía con respecto al original, fue con todo del agrado e interés de un buen número de lectores, hay que achacarlo sin duda al tema abordado. Quiero decir con ello que la labor de personas como Vicente Ferrer toca de tal manera nuestro ánimo, nuestro fuero interno, que el lector soslaya sin enojo cualquier pifia, y hasta suple con lucidez cualquier laguna, por oscura y profunda que ésta sea. Tal es su grado de afinidad con aquello que se cuenta, con aquello que se pretende defender o enaltecer. Hay verdades que necesitan de tal modo ser dichas y pregonadas a los cuatro vientos que su mero esbozo se antoja ya de por sí satisfactorio. Gracias pues, por todo, a Vicente Ferrer. Y a mis sufridos lectores, claro. 11 de Julio de 2000
EL SILENCIO DE LOS CORDEROS Pasadas unas semanas desde el espeluznante asesinato cometido por dos tiernas adolescentes en pos de la fama y la celebridad –que es, a lo que parece, el valor preponderante en esta sociedad que nos hemos dado–, todo indica que nada hubiese ocurrido. Las cadenas televisivas saludan el estío y las consiguientes vacaciones escolares con algún que otro entretenimiento inocuo y, es triste decirlo, dosis masivas de violencia tanto en informativos como en series, películas y programas del más variado pelaje. Recuerdo la imagen de aquel padre con la vida partida en dos, capaz empero de conservar la cabeza lo suficientemente serena como para pedir –tal vez rogar– a todos un análisis responsable, un examen de lo ocurrido con el fin de evitar en el futuro tragedias similares. Para nuestra desgracia, la avalancha audiovisual que ha venido detrás ha dejado aquellas palabras en el limbo. Negar el influjo que la televisión ha tenido y tiene en el incremento espectacular de sucesos violentos no es sino cerrar los ojos ante una realidad que, efectivamente, hiere la vista. Hay quien sostiene que sujetos criminales los ha habido siempre, desde mucho antes de que se inventara la llamada caja tonta (que de tonta no tiene nada). Mas entonces existía invariablemente un móvil, un pretexto –siquiera abominable– para la acción dolosa. Hoy asistimos impávidos a la comisión de crímenes sin móvil aparente, o acaso inducidos por móviles estrafalarios, insólitos, que denotan en sus autores una palmaria incapacidad para distinguir el bien del mal. A mi juicio, el contacto indiscriminado y casi continuo con un medio como el televisivo, capaz de vomitar sin descanso infinidad de imágenes de enorme crudeza, no puede constituir un dato irrelevante. Cualquier hecho o circunstancia que se repite de manera cotidiana en nuestras vidas termina por trivializarse, se torna banal. Pierde su trascendencia, su gravedad intrínseca. El cerebro acaba por acomodarse al horror, y ante cada nuevo suceso truculento encuentra siempre en el baúl de la memoria algún otro similar, al que homologarlo. Es su mecanismo de defensa ante lo agresivo, ante lo que, de otro modo, resultaría difícilmente soportable. Qué pueda hacerse ante semejante situación (si es que algo cabe hacer) excede de los límites de este artículo. Con todo, adelanto ya que no hay peor remedio que incurrir en el silencio de los corderos. 19 de Julio de 2000
MORBO NO, GRACIAS La historia del Arte está colmada de violencia, me escribía un atento lector a propósito de mi artículo de la pasada semana, en este mismo rincón. Esto es desde luego un hecho irrefutable. ¿Acaso no hay violencia en Shakespeare? ¿O mucho antes, en Homero? Sin embargo, no es precisamente a ellos a quienes aludíamos entonces. Lo que pretendíamos denigrar, y en ello estamos, es lo que se ha dado en denominar violencia gratuita. Y este concepto, que en un principio se ceñía por fortuna a un reducido ámbito de programas o series, se encuentra ahora campando por sus respetos a lo largo y ancho de la parrilla televisiva, informativos incluidos. La práctica totalidad de las cadenas, las públicas a la cabeza, anteponen el botín de un par de puntos más en los índices de audiencia, con los ingresos publicitarios que de ello se derivan, a cualquier otra consideración, por muy respetable que ésta sea. No sin cierto cinismo se da con frecuencia la figura tan socorrida como políticamente correcta del Defensor del Espectador, importada de otros sectores de la comunicación, cuya gestión brilla por su ausencia a pesar de la ingente tarea que cabría realizar. A menudo son precisamente aquellos espacios que fingen denunciar la violencia los que a la postre más se sirven de ella, con no parca hipocresía. La exhiben con tal fruición, con tan minucioso lujo de detalles y sin que el espectador gane nada con ello, que cabe colegir sin lugar a error la mala fe de sus artífices. En medio de semejante erial no cabe otra rebeldía que la del mando a distancia. La censura impuesta no es solución de recibo. Supondría un retroceso difícilmente compatible con un Estado de Derecho y generaría, como toda prohibición, secuelas en sentido inverso. Pero una huelga declarada de televidentes (sin servicios mínimos) tendría efectos devastadores en lo positivo. Castigar con el desprecio aquellos programas cuyos contenidos alientan la brutalidad mediante el estímulo de una curiosidad malsana, equivaldría a su automática retirada. Radio y prensa escrita son opciones muy razonables. Uno puede discrepar de los postulados de tal o cual emisora, de éste o aquél periódico, pero difícilmente encontrará en ellos una permanente incitación al morbo, a la violencia subliminal. 26 de Julio de 2000
EL HASTÍO DE LAS VANGUARDIAS La dictadura que las vanguardias vienen ejerciendo en el mundo del arte desde su ya lejana irrupción es uno de los escollos más graves a superar por los jóvenes creadores. Negar el papel decisivo que las vanguardias han desempeñado durante el siglo que ahora concluye sería propio de necios. Pero no es menos cierto que, una vez consolidadas y asumidas como vehículos sacrosantos de la modernidad artística, han pasado a desempeñar un rol no muy alejado del que antaño se atribuía a las Academias, tachadas desde antiguo de obsoletas e inmovilistas. En Arte no hay más verdad absoluta que la del creador enfrentado al enigma de su propia obra. Si algo cabe imputar en el debe de estos movimientos abanderados de la ruptura, del cambio por sistema y por definición, es su –en el fondo– nulo aprecio por la auténtica libertad del artista para componer, para tejer su pieza sin el consabido decálogo de unas normas que se presentan siempre como transgresoras pero que, en flagrante paradoja, abominan de quien las transgrede. Aquél que ose desafiarlas está, como poco, condenado al ostracismo, al anonimato más absoluto. En eso se han convertido las vanguardias. Nuestra tradición realista, retomada y renovada hoy por nombres de trayectoria impoluta como es el caso de Antonio López, no merece los denuestos apresurados y caprichosos que sobre ella se han vertido. Galerías y marchantes han sido en buena medida cómplices de esta entronización de lo banal bajo los atavíos honorables del manto de la modernidad. Pero el público y el coleccionista más avezado comienzan a estar un tanto hastiados y se preguntan, con buen criterio, si no serán víctimas de una trama comercial a gran escala, acorde con la era del marketing en la que vivimos. Naturalmente el creador de raza se sobrepone a cualquier contingencia. Lo logra a fuerza de perseverancia y de dosis ingentes de talento. Pero quienes adolezcan un ápice de alguna de estas cualidades terminarán por sucumbir para dedicarse a otros menesteres, o pagarán peaje al dictado inflexible que marcan estas logias que en su día fueron una brisa nueva, un rayo de sol en un recinto cerrado y mortecino. 28 de Agosto de 2000
HOMBRÍA DE BIEN Mientras la vecina Sevilla tiende a ser atenta, lisonjera, y hasta mimosa con sus hijos, nuestra Córdoba del alma se muestra demasiado a menudo altiva y distante. Quizá sea por ello que todavía no ha gozado Antonio Perea Torres, presidente del Ateneo, del homenaje que esta ciudad le debe por los muchos servicios prestados. Hablo, claro está, de un homenaje expreso y protocolario, pues el mejor homenaje, el del cariño de la gente de la calle, lo tiene ya por arrobas y de seguro que él lo sabe. Hace ya algo más de tres lustros, se propuso llevar la cultura a un barrio marginal y marginado con la mera compañía de un grupo de niños actores, y lo logró a fuerza de audacia, tesón y una hiperactividad que despierta la sana envidia de quienes contamos algunos años menos. A ese embrión, a ese proyecto de cultura abierta, plural y carente de sectarismos, se han ido sumando con el correr del tiempo las mentes mejor amuebladas y prestigiosas de la ciudad y provincia. Ahora afirma con rotundidad que quiere abandonar la presidencia del Ateneo, porque se considera un obstáculo, un freno; pero yo creo que de no ser por él nuestro Ateneo sería un club de dominó. En su temprana juventud se labró una aureola de rebelde airado, que quizá tenga bastante de leyenda, como aquéllas del Far West, y que le granjeó cierta celebridad entre la progresía oficial del Régimen. Sin embargo, me interesa más ésta su rebeldía de ahora, en la madurez, en los adormecidos tiempos de lo políticamente correcto. Las autoridades de uno y otro signo, sobre todo los burócratas, le temen –no sin razón– porque nunca se sabe por dónde va a salir. No se deja domesticar fácilmente y eso le honra por lo insólito. Hombre que no se casa con nadie (salvo con María, su discreta mujer), que se ha hecho a sí mismo y, sin lugar a dudas, el menos diplomático que jamás he conocido, tiene por saludable costumbre llamar al pan, pan, al vino, vino... y al chorizo, chorizo. Lleva la palabra “Libertad” escrita en la frente y en el corazón. Va por usted, don Antonio. 6 de Septiembre de 2000
MANERAS DE HABLAR La política me atrae como espectador del mismo modo que lo hace el buen teatro. Resulta un espectáculo fascinante y sumamente instructivo cotejar los diversos recursos dialécticos, las distintas formas de dirigirse al interlocutor, sea éste un conspicuo rival o el electorado (esto es, el público). El reciente rifirrafe parlamentario entre Aznar y Rodríguez Zapatero ha supuesto un magnífico ejemplo. El Presidente no es orador muy ortodoxo, pero con cierta frecuencia se muestra tremendamente efectivo. Cuando se ciñe a un guión preconcebido resulta monótono y tedioso como el canto de una cigarra, mas cuando se ve forzado a improvisar se crece varios palmos y sabe hacer daño al adversario. No le gustan los adornos ni las florituras verbales, y hace bien, pues cuando incurre en ellos se trastabilla un tanto. Prefiere la contundencia de los argumentos (y de los números), y los arroja secos, concisos, sin enfatizar lo que él juzga inapelable. Los socialistas han encontrado en Rodríguez Zapatero al hombre que buscaban. En la Grecia clásica sostenían que para gobernar la polis es preciso gozar de alta estatura y tener una voz grave. Zapatero, de entrada, cumple con creces los dos requisitos, y añade a ellos un nada despreciable caudal de ambición, que es la fuente de la que beben todos los grandes líderes. Ha destilado lo mejor del Felipe populista de la primera etapa –el de la última es una triste caricatura, un burdo imitador de sí mismo– y maneja un verbo fácil y florido, siempre con la audiencia en mente. En estos momentos galopa como corcel desbocado hacia la Moncloa. Frente a ellos, mi tocayo Arzallus habla como quien padeciera un prolongado periodo de estreñimiento. Su tono es siempre crispado, tenso; tan sólo cuando se le aproxima su escudero Egibar deja escapar una leve, casi imperceptible sonrisa. La tesis de su discurso consiste en instar (más bien, exigir) al Gobierno para que dialogue con la banda terrorista; pero ya dejó escrito Rafael Mir en Cayumbo que con las conversaciones hay quien pierde el tiempo y quien lo gana. La retórica de Arzallus es solemne, sentenciosa. A menudo, cuando concluye una frase, parece que te perdonara la vida. 20 de Septiembre de 2000
LA FOTO La imagen vale por mil palabras. Pero algunas palabras sobre ella no están de más. Sucedió en la mañana del pasado jueves, en un rincón de Cataluña, cuando José María Aznar, con rostro circunspecto, se apeaba del coche oficial para dar el pésame (¡otro más!) a una viuda novicia, deshabitada. Surgió entonces, de entre la multitud arremolinada, el quejido rabioso, anónimo, de alguien que clamó enardecido a favor de la pena de muerte. Lo que hizo a continuación el hombrecito del bigote cómico, y así queda reflejado en la instantánea de prensa, fue llevar su dedo índice a los labios en petición de silencio y acallar con su gesto espontáneo la ira emergente. Hay que decir las cosas como son: ésta no es la derecha que nos habían vendido. No es la derechona aquélla de la que tanto nos alertaba el Guerra (no el torero, claro, sino el dilecto oyente de Mahler). La que se comía a los niños crudos y no respetaba las libertades básicas, los derechos humanos más elementales. Todo lo contrario. Mataron a Gregorio Ordóñez y algunos se extrañaron de que los tanques no salieran a la calle. Se asombraron de la madurez responsable con que los populares encajaron el zarpazo. Pero después de aquél han venido otros muchos, y ese líder, que ha visto de cerca el resplandor letal de la goma dos, no se deja deslizar por la pendiente de la intolerancia y el ojo por ojo. Mantiene, junto a los suyos, la fe en el imperio de la Ley, en el Estado de Derecho. El respeto a las formas, que son en realidad el fondo. Más allá de las legítimas –y muy razonables– discrepancias ideológicas, ningún español bien nacido puede soslayar esta gesta cotidiana que están protagonizando los cargos electos del partido en el poder. Sería muy fácil, peligrosamente fácil, ceder a la tentación del talión, de la venganza en nombre de los compañeros o familiares caídos. En su lugar estamos asistiendo a un alarde de civismo, de entereza moral y política. De creencia en unos principios, los de la democracia, que son, a estas alturas, lo único que nos separa de la jungla. 11 de Octubre de 2000
EL NEGRO “Mira, Javier, los dos sabemos lo que es escribir sin que te paguen... pues peor aún es escribir sin que tu nombre aparezca por ningún lado”. Tomó un sorbo de café y continuó: “Cuando en la editorial me dijeron que tendría que hacer una novela para la Quintana, me sentó como un rayo. Conste que no tengo nada personal contra ella; la respeto aunque, naturalmente, no me gusta lo que hace; pero es que llevaba ya cinco años con ellos y me estaban exprimiendo como a un limón. En ese tiempo les he escrito tres novelas de éxito, dos libros de viajes y hasta uno de horóscopos para un vidente de la jet-set, que al final ha sido el más vendido de todos. Siempre he entregado los trabajos a tiempo y conforme a las instrucciones acordadas. Te aseguro que no podían tener una sola queja de mí”. “Pero en cambio no se han portado conmigo del mismo modo. Varias veces he intentado que publicaran mi ensayo, el que tú conoces. Sé que es un gran libro y, sobre todo, es mi libro. Pero se han reído de mí en mi propia cara: primero, que si los ensayos no tienen salida, después que si ya veremos en primavera... llegó un día en que tuve claro que no tenían intención alguna de publicarlo. Y a todo esto empezaron a retrasarse en los pagos. Yo tengo que comer como cualquiera, tú me dirás. Todos allí cobraban al día menos un servidor. Les pedí explicaciones y me dijeron que cerrara la boca. Y la editorial ha ganado mucho dinero con mi trabajo, te lo aseguro. Ahí están los números...”. Apuró la taza. “Así que la idea me vino a la cabeza por sí sola. Decidí que, ya que pensaba despedirme, debía hacerlo a lo grande. Escogí para el plagio un libro relativamente reciente y todo ha sucedido tal y como lo planeé. No pueden acusarme de nada porque se acusarían a ellos mismos. Créeme, el escándalo que se ha organizado es lo menos que se merece esta gentuza”. Cuando nos despedimos, le pregunté si podía contar sus razones en una columna. “¡Claro que sí! No tengo inconveniente. Aunque... parece ser mi destino: ¡que no aparezca mi nombre!”. 18 de Octubre de 2000
EL CALVARIO DE LOS AUTÓNOMOS Si hay un colectivo agraviado, un segmento social menospreciado y ninguneado de manera sistemática por los distintos gobiernos que se han venido sucediendo en nuestro país, ése no es otro que el de los trabajadores por cuenta propia o autónomos. Mientras las grandes organizaciones empresariales cuentan con una poderosa patronal que las respalda y los trabajadores por cuenta ajena con el sostén de los sindicatos, los autónomos navegan desde antiguo a la deriva, sometidos a las imposiciones caprichosas y abusivas del gobierno de turno. Asumen riesgos como el que más pero no cuentan con el mullido colchón del subsidio por desempleo; no cabe para ellos la jubilación anticipada sino la obligatoria, cumplidos los sesenta y cinco años. No tienen derecho ni a padecer la gripe, mientras en nuestro entorno comunitario, en países como Alemania, el alta conlleva la incorporación inmediata a un organismo de estructuras estables, plenamente reconocido por el Estado. Se niega el pan y la sal a quienes representan –cifras cantan– ni más ni menos que el setenta por ciento del tejido económico de este país. Sin embargo, a pesar de ser engranaje crucial, que genera riqueza y empleo por doquier, se soslaya y hasta veta su presencia en aquellos foros donde se debaten cuestiones que les afectan esencialmente, en ocasiones con verdadera y acuciante urgencia. Por no hablar de la sangrante lacra que supone el fenómeno del intrusismo, poco y mal perseguido, que facilita a un sinfín de individuos la percepción de ingresos económicos gestados desde la más flagrante ilegalidad, en detrimento de quienes cumplen religiosamente con cuanto establecen las leyes en vigor y soportan de un modo estoico las exigencias de las inspecciones. La situación, ya digo, no es nueva. Intuyo que el desdén de los políticos –cuyas promesas languidecen en el olvido–, proviene de su atinada percepción de lo dispar y heterogéneo de este colectivo, integrado en la actualidad por casi cuatro millones de contribuyentes. Mas no debieran confiarse en exceso: el día en que se supere tal contingencia y se convierta de veras en un clan férreamente unido y cohesionado, pondrá y quitará gobiernos como quien extingue una pavesa. Y hará bien. 25 de Octubre de 2000
DE ILUSIÓN SE VIVE Hace tan sólo unos días, durante los prolegómenos de un acto social, me encontré felizmente con un antiguo compañero de colegio, hoy asentado en la Villa y Corte. Si bien no habíamos coincidido en los últimos años, sabía de él –y de sus éxitos profesionales– por amistades comunes. Tras un rápido saludo convinimos en departir más holgadamente al término del evento, como así fue. Esperaba conversar con un individuo brillante –lo era desde luego en el aula escolar–, sabedor de su triunfo en los despachos de la alta administración y, en buena lógica, exultante de gozo. Pero no hubo tal. Nuestra charla no había hecho sino comenzar cuando, de improviso, me confesó con semblante abatido que se sentía mortalmente cansado. Por mejor decir, añadió, aburrido de todo o casi todo. No era aquélla en modo alguno una confesión altanera o prepotente, propia de quien se encuentra instalado en la cresta de la ola, sino el lamento sincero, cargado de honda amargura, de alguien que, a estas alturas de la película –intuyo que como muchos otros– no sabe muy bien qué hacer con su vida. Cuando al filo de la madrugada nos despedimos con un abrazo, mi mente evocaba al vuelo días pasados, en los que todo era radicalmente distinto. Ocurre con frecuencia: a medida que transcurren los años y se alcanzan –con mayor o menor fortuna– las metas ansiadas y soñadas en la juventud, se cierne sobre nosotros un peligro invisible pero latente, que consiste en acomodarse a la rutina (que no deja de serlo por estar revestida de oropeles), en perder la ilusión por conquistar nuevas metas, el saludable afán de conocer y alcanzar nuevos logros. Esto es, supongo, justo lo contrario de estar vivo: quien vive está sometido a riesgos constantes e impredecibles pero, precisamente por ello, experimenta situaciones e incidencias que le enriquecen, que, evocando a Nietzsche, le hacen más fuerte. Quizás sea por eso que procuro, dentro de mis muchas limitaciones, no caer nunca en la resignación ni dar jamás nada por perdido. Creo que es entonces cuando está uno perdido de veras. Y acabado. 1 de Noviembre de 2000
EL FUTURO DE CÓRDOBA El viajero que llega a la Córdoba de nuestros días –y no hablo del turista masificado, que apenas repara en cuanto le rodea porque entre otras cosas carece de tiempo para ello– se muestra invariablemente perplejo ante la ciudad que le acoge. Es ésta una tierra llena de contrastes cuya esencia más profunda resulta difícil, quizá imposible de aprehender a causa de sus extremos, tan dispares y desconcertantes. Uno puede deambular por la Judería y quedarse atrapado ante el embrujo que emana de la Calleja de las Flores; puede admirar la belleza silente del Cristo de los Faroles o el mosaico de luces que se esconde entre las hermosas fuentes del Palacio de Viana. Puede, en fin, visitar tantos rincones de insólito encanto que, tarde o temprano, el viajero se rendirá extasiado. Pero si ese mismo viajero decide no quedarse ahí, y pretende, haciendo gala de su noble condición, indagar en la realidad cotidiana de la Córdoba actual, sus preguntas tendrán difícil respuesta. No resulta tarea sencilla explicar al foráneo cómo esta ciudad milenaria, capaz de cobijar entre sus lindes tal esplendor –el poso de los siglos– tolera con semejante abulia el manifiesto desprecio que hacia ella proclaman con sus hechos las instituciones más emblemáticas. El viajero, de seguro, habrá oído hablar del senequismo; pero Séneca se revolvería indignado en su tumba ante la tenaz discriminación de que Córdoba es objeto. El reciente Plan Hidrológico Nacional da la espalda a una economía de clara base agraria. Aquí se dan las mayores tasas de paro y marginación social, junto a las más exiguas cifras en concepto de inversiones públicas (por tercer año consecutivo, las más bajas de toda Andalucía según rezan los presupuestos de la Junta). La Universidad, ayuna de prestigio, es un hervidero de intrigas políticas y corruptelas varias, en tanto el gobierno municipal fomenta el caos circulatorio y consiente los atropellos urbanísticos, lastrado por la falta de acuerdo entre quienes se decían afines y practican sin recato alguno el arte de la zancadilla. El espacio no da para más y el viajero ya tiene bastante con lo dicho. Mas no hay lugar a la queja: tal vez el próximo año, con algo de fortuna, el Córdoba juegue en Primera. 15 de Noviembre de 2000
DE UN POETA VERAZ Han transcurrido ya algunas semanas; pero la emoción –indeleble– perdura en el recuerdo. En calidad de miembro del Ateneo de Córdoba tuve el placer de presentar, en uno de los abundantes actos culturales que éste organiza, a dos de los cordobeses más notables (cada uno en su respectivo ámbito) que he tenido la fortuna de conocer. El evento en cuestión consistía en una lectura poética a partir de una selección de textos del autor (escritor, en el más amplio y noble sentido de la palabra) Manuel Gahete; mas la voz que revelaba a la concurrencia el sonido de esos versos no era –como resulta usual– la del propio autor, sino una voz asimismo excepcional: la del conocido periodista –locutor radiofónico por más señas– José Antonio Luque. ¿Cómo trasladar al lector lo que allí ocurrió, lo que allí vivimos y sentimos los venturosos asistentes? No es, créanme, tarea fácil. Se dieron cita aquella noche emociones inefables. Tan inefables como lo es la propia poesía de Gahete, que hunde sus raíces en el legado ingente de don Luis de Góngora para que afloren desde ahí fulgores de belleza inaudita, ramalazos de vida vivida y atrapada en el exiguo margen de unos cuantos folios. Poesía refulgente, plena, henchida de hallazgos que tocan con insólita limpieza el ánimo del lector u oyente. Evoco aún con nitidez las miradas como en estado de trance de una pareja de avanzada edad que se encontraba situada en primera fila: miradas prendidas por entero del sortilegio, del hechizo poético desgranado con ritmo exacto por la dicción admirable y pulcra de Luque. Si bien no se cumple en su caso el axioma de que nadie es profeta en la propia tierra (su obra despierta entusiasmo en cuantos se acercan a ella, y cuenta ya con copiosos laureles tanto dentro como fuera de estos pagos), entiendo necesario ensalzar en su justa medida las hechuras de poeta grande de este cordobés de Fuente Obejuna, quien a la sazón, y como aseveró con acierto al término de la velada mi querido amigo Luis Fernández es, más allá de todo lo ya dicho, nada menos que una buena persona. 22 de Diciembre de 2000
EL OCASO DE LAS TERTULIAS En estos tiempos febriles en que el saber se agolpa por arrobas en nuestros estantes y ordenadores, las tertulias de antaño parecen haber caído en franca desgracia. La era de la información las ha postergado sin escrúpulo entre montañas de papel, CD-Rom, teléfonos móviles –o por mejor decir, portátiles, pues aún no se conoce un solo caso en que el pequeño artilugio logre trasladarse a voluntad propia–, y claro está, la madre de todas las revoluciones: Internet. Y entre tanta noticia no creo que sea ésa una buena noticia. Todos los avances técnicos, los citados antes y otros muchos, comportan palmarios beneficios para el ser humano. La Red, sin ir más lejos, encierra un potencial de tal envergadura que no resulta descabellado traer a colación instantes tan cruciales para la Humanidad como la invención de la rueda o la puesta en marcha de la imprenta del señor Gutemberg. Poco importa lo que digan ahora los mercados financieros: esto es sólo el comienzo. Pero esa sociedad futura, marcada por el libre acceso a la información –libre al menos para una gran parte de la población, aunque ése es otro cantar–, no será una sociedad plena, idílica, si se quedan en el camino muchos de los usos y valores que han forjado dos milenios de antigüedad. Y entre ellos figura en lugar preeminente la tradición oral. No es que hayan desaparecido del todo, gracias a Dios. Subsisten en particular aquellas tertulias que se ciñen a un ámbito muy concreto, caso de las taurinas, cuyos exponentes más célebres han jalonado el siglo extinto, o asimismo las de cazadores. Mantienen su aceptación las radiofónicas, variante un tanto espuria que, no obstante, confirma esa necesidad latente de que la información sea compartida para que pueda ser correctamente asimilada; no archivada sin más. Esto último es acaso justo lo contrario de la auténtica información. Quizá lo más preocupante de este receso (que no deceso) de la tertulia hispánica es el pálpito de que, a más de todo lo ya dicho, subyace un cierto desdén por la palabra, por la autoridad de nuestros mayores. Si antes se aprendía de ellos, de su vasta experiencia, directamente y sin intermediarios –y las tertulias eran el mejor símbolo de esta academia de la vida–, ahora estamos en manos de un módem ululante y un ratón que se atasca. 12 de Enero de 2001
ASUNTOS BANALES Una de las circunstancias más curiosas de la actual realidad de nuestro país es la asombrosa proliferación de polémicas y controversias respecto de asuntos abiertamente menores y, a su vez, la falta de interés por cuestiones esenciales que atañen de manera directa al conjunto de la población. Probablemente no sea ajeno a este hecho el ya rancio duelo –duelo al sol... y a la sombra– que vive desde hace lustros el panorama de los medios de comunicación. Los ejemplos son muchos y bien elocuentes. Se debate con insistencia si la ministra tal o el ministro cual deben o no dimitir de sus respectivos cargos. Como si la desaparición de la escena política de un determinado sujeto pudiera solventar como por ensalmo el delicado problema que para la salud pública supone el denominado mal de las vacas locas. Acaso sería más acertado discutir acerca del poco riguroso modelo sanitario que impera en la Europa comunitaria. En otro orden de cosas, más frívolo, se discute con ardor en los ámbitos culturales el presunto valor artístico de la señorita Tamara (incluso se discute si llamarla señorita o señor, directamente). Unos sostienen que le falta voz, otros arguyen que no afina bien... Y no es sólo que debates como éste abunden por doquier sino que, a poco que uno se acerque, le asaltarán a Ud. solicitando y hasta demandando una opinión fundada sobre el particular, cuando hay asuntos que degradan sólo con mentarlos. Por si acaso diré que la única Tamara que conozco es la que canta boleros de un modo discreto pero razonable. Y entretanto pasan casi desapercibidos ante los ojos de la llamada opinión pública hechos cuyo alcance real no es en absoluto baladí. Vaya de nuevo un ejemplo: la pasada semana, antes de que Clinton cogiera las maletas y con Bush ya al corriente, el Gobierno Aznar firmó con la Administración estadounidense un compromiso en el que se fija como objetivo la ampliación de las bases de Rota y Morón, vista una vez más su primacía estratégica tras el reciente conflicto de los Balcanes. A cambio la Casa Blanca da garantías de colaboración en la lucha contra el terrorismo y de cara a la solución del problema vasco. Se podrá estar o no conforme con tal acuerdo (la oposición, por cierto, no ha abierto la boca), pero no me negarán que esto no es cosa de tamaras. 18 de Enero de 2001
LA NUEVA PINTURA Hasta para un observador poco avezado de nuestro entorno cultural parece indiscutible que algo se mueve en el ámbito pictórico cordobés, con su pasado tan ilustre y repleto de glorias de relumbrón. Y es lo cierto que ha saltado a la palestra una hornada de jóvenes creadores que vienen, como hoy se dice, pisando fuerte y con ganas de alborotar el patio. Cabe preguntarse qué quedará pasado un tiempo de este súbito acceso de lava, de este hálito de renovación que nos ha cogido a todos un tanto distraídos. Ya hace algunos meses tuve ocasión de divagar en estas mismas páginas a propósito del flaco favor que a muchos pintores todavía tiernos (pintores y artistas en general) les ha deparado el corsé demasiado ceñido y ajustado de las vanguardias. Las vanguardias ya no son lo que eran, claro. Pero por ello mismo hay que andarse con extremo cuidado, pues lo que entonces se preconizaba, la ausencia de dogmas, se ha convertido justamente en todo lo contrario: en la expresión del dogma mismo. Uno cree con humildad que todo pintor que comienza a labrarse un nombre, una firma de postín en el muy proceloso mundo del arte, ha de preservar la sinceridad como principal gema de su ideario. Y desdeñar cantos de sirena que, provenientes de marchantes o galeristas, le vaticinarán el éxito crematístico más rotundo si sabe cultivar con esmero una imagen moderna, susceptible de ser introducida en los círculos apropiados. Cuando se entra en esa espiral, en esa dinámica de búsqueda del beneficio fácil (con el pasaje del AVE a Madrid siempre a punto), cualquier tentativa creadora se esfuma o se envilece. Desde la impostura es factible tal vez amasar billetes pero no parir arte. Que le pregunten a Luis Cobos, melena al viento. Intentan vendernos la juventud como un valor definitivo, absoluto, que no admite contestación posible. Sin embargo, cuando pienso en un pintor joven de nuestros pagos el primer nombre que me viene a la mente es el de Antonio Povedano, que ya ha pasado el sarampión. Desde luego que hay que favorecer a los flamantes cachorros, a estas alentadoras y pujantes promesas de la llamada nueva pintura; pero sepamos discernir con criterio entre la edad biológica del artista y la de su obra. El contraste es, en no pocas ocasiones, sorprendente. 1 de Febrero de 2001
VÍSPERAS DE UN CENTENARIO El próximo año no será tan sólo el del Centenario del Real Madrid Club de Fútbol, con sus ocho Copas de Europa en las vitrinas, y lo que te rondaré morena. Cumplirá también cien años, y esto ya es más serio, uno de los emblemas culturales más señeros de nuestra ciudad. Hablo, claro está, del Conservatorio Superior de Música Rafael Orozco. Enclavado en el antiguo palacio renacentista del marqués de la Fuensanta del Valle –del que mantiene casi intacta su magnífica portada–, el Conservatorio ha visto pasar por sus aulas figuras de ingente prestigio, algunas de las cuales han contribuido a difundir y pregonar el buen nombre de Córdoba por medio mundo. La lista sería interminable: baste citar al propio Orozco, tan añorado –cuya interpretación del concierto Emperador de Beethoven en la puesta de gala de la Orquesta de Córdoba es una de las experiencias musicales más intensas que habitan mi memoria–, como ejemplo de quienes con su tenacidad y buen hacer han dado gloria y lustre a esa noble casa. Mas este pasado ilustre no debe ser –como ocurre tan a menudo en otros ámbitos de lo cordobés– una estampa bucólica en la que recrear parsimoniosamente la mirada, sino un acicate con el que erigir un futuro aún más esplendoroso. En los últimos tiempos ha circulado en nuestro entorno la ominosa especie de que esta institución cuasi centenaria pudiera, por mor de la nueva regulación que en materia educativa implica la LOGSE, perder el elevado rango de Conservatorio Superior (la máxima categoría académica), con todo lo que de ahí se deriva. Por ello acogimos con extrema satisfacción las declaraciones de los responsables de la Junta de Andalucía, que en todavía reciente visita negaron de manera categórica dicha posibilidad e intentaron despejar las numerosas dudas suscitadas al respecto. Sin embargo –en especial cuando la política anda por medio–, todas las cautelas son pocas. No está de más romper una lanza por la que es sin lugar a dudas una de las instituciones más representativas de esta ciudad, y apelar sin tapujos al legítimo orgullo que, respecto de ella, podemos blasonar todos los cordobeses y cordobesas de bien. La música, dijo el sabio a sus fieles, es el idioma de los corazones pacíficos. 9 de Febrero de 2001
DISCIPLINA HISPÁNICA Sucedió durante una de esas visitas que los centros escolares organizan cada cierto tiempo para dar a conocer a los chavales la riqueza de nuestro patrimonio. El lugar en cuestión era el Museo del Prado, y por allí deambulaban los críos con los ojos abiertos como platos, entre las glorias de Velázquez o Goya, bajo la supervisión atenta de su maestra que les ilustraba al tiempo con jugosos comentarios. Hasta que sucedió lo imprevisto (o quizá no tanto). La docente reparó alarmada en que un tierno infante, propenso a las fechorías, se dirigía rotulador fosforito en ristre hacia un magno lienzo de Rubens, con intenciones nada dudosas. Al chaval le faltó una décima de segundo para estampar su firma, o su garabato, en la pieza sin mácula del maestro barroco; le faltó porque, a Dios gracias, su maestra traspuso la estancia en el corto espacio de tiempo necesario para detener su mano, a punto de consumar el desaguisado. Pues bien, al alumno que pretendía corregir las hermosas redondeces de Rubens (acaso embotado por la fiebre anoréxica que nos asola), no le ocurrió nada. Sin embargo, a la profesora que evitó lo inevitable se le ha venido el mundo encima. Al parecer, según la denuncia paterna, sujetó la muñeca del educando “con cierta violencia”. Cabe preguntarse qué debiera haber hecho la buena mujer, a la que, ya puestos, se podría acusar también de haber frustrado la incipiente sensibilidad artística del rapazuelo, y no sé cuántas cosas más. En el ámbito educativo, desde la promulgación de la malhadada LOGSE, los pájaros disparan a las escopetas. Se exalta en buena lógica el respeto debido al alumno, que en otro tiempo brilló por su ausencia. Mas, ¿qué hay del respeto que merecen asimismo los docentes? ¿Y del perjuicio que los alumnos sin freno ocasionan a quienes tienen derecho a una formación plena, sin retrasos engorrosos? No es cuestión de imponer aquí una suerte de disciplina anglosajona, con sus rigideces poco presentables; pero es lo cierto que nuestra comunidad educativa clama desde hace tiempo por la adopción de medidas que contribuyan a sanear la situación, en este momento desquiciada. La disciplina no es por sí algo negativo, aborrecible; antes al contrario, juega un papel esencial en la construcción de una personalidad bien formada. 8 de Marzo de 2001
MUJER TENÍA QUE SER Mujer tenía que ser. Concibo estas líneas abrumado aún por la entereza incólume de esa mujer, Ana Urchueguía, ya saben, la alcaldesa de Lasarte. Resuenan todavía en el aire los ecos de sus palabras, palabras de rebeldía y libertad en una tierra sojuzgada por el miedo y la hipocresía. “Dejadles hablar, que ésa es la diferencia entre ellos y nosotros”. Hace falta valor, mucho valor, para no abjurar de todo aquello en lo que uno cree cuando a unos cuantos palmos yace inerte el cuerpo desmadejado del amigo, del camarada de tantos y tantos años. Esta Ana de Lasarte habla por boca del pueblo, por boca de las viudas y los huérfanos, por boca de los compañeros desolados. Habla desde la decencia y la honradez, agitando unas manos laboriosas, de panadera lluviosa y gentil. “Esta comunidad necesita una rebelión democrática. Tenemos que aislarles política y socialmente”. Cuánta razón, Ana, cuánta razón. La tuya es la voz enérgica de una mujer hastiada ante el desfile interminable de ataúdes; hastiada de tanto pésame fláccido, impostado y huero. Sí, una rebelión democrática. Algo parecido se dijo cuando lo del pobre Miguel Angel Blanco, pero más tarde el partido de los fariseos se encargó con ávida presteza de enfriar los ánimos y de devolver las aguas a su cauce; para que esos payasos que se embadurnan la cara con sangre continuaran la fiesta. Macabra fiesta. Era hora ya de que alguien gritara la verdad desde el corazón mismo de esa sociedad encapuchada, donde impera la ley del silencio, donde la muerte violenta se ha convertido en algo tan cotidiano como el frontón o la petanca. Mujer menuda y bizarra, con arrestos, como la Madre Coraje de Bertolt Brecht. Las alimañas debieran pensárselo dos veces (si es que tal cosa estuviera a su alcance) antes de intentar nada contra ella: no habrían forjado con ello un mártir más sino algo mucho más temible, un símbolo vivo contra la opresión. En la noche oscura, cerrada, en que vive sumido desde hace lustros el suelo vasco, se ha abierto al fin una tenue rendija a la esperanza. Mujer tenía que ser. 28 de Marzo de 2001
PÉRDIDA Según Horacio, la pálida muerte llama tanto a las cabañas de los humildes como a las torres de los reyes; sin embargo, el poeta clásico olvidó añadir que en su sombrío recorrido la vieja dama establece prioridades. Los monarcas y los poderosos suelen demorar la visita en mayor medida que los más menesterosos. Y no hablo tan sólo en términos de riqueza o precariedad estrictamente material: ¿por qué la desgracia y la fatalidad parecen cebarse con singular saña en los corazones más puros, más nobles? Esta es una amarga realidad de la que todos tenemos conciencia, pues desde niños hemos conocido en nuestros aledaños infinidad de casos que lo corroboran. Por contra, el acervo popular, el refranero, sentencia tajante: bicho malo nunca muere. Quienes se muestran ante el mundo huérfanos de maldad, quienes propenden al afecto natural y espontáneo hacia sus semejantes, están condenados a arrostrar de suerte casi inexorable las más variadas penalidades e infortunios. Acaso sea porque nuestra existencia se desenvuelve –cada día con mayor viveza– en un entorno exacerbadamente cruel, en el que la carencia de egoísmo se paga muy caro. Un ejemplo tristemente revelador de los tiempos que corren es el de la droga. Muy a menudo tendemos de modo erróneo a asociar sus letales efectos a ambientes sórdidos, pecaminosos, en los que anida la perversión, olvidando que donde hoy impera la oscuridad ayer florecía en no pocos supuestos la bondad más sincera y auténtica; la que conlleva un dolor intenso, lacerante, ante el daño infligido a los seres queridos, ante la injusticia cercana, sentida y padecida como en carne propia. A la postre, poco podemos hacer ante estas certezas que nos acompañan y nos perturban desde el amanecer de los siglos. Tan sólo, quizá, dejar constancia de las mismas en unas cuantas líneas, en el trasfondo callado de un lienzo o en el llanto etéreo de una melodía. Resignado desahogo de quien lamenta una pérdida irreparable. 23 de Abril de 2001
PAPEL MOJADO Le han bastado al ínclito George Bush Jr. unas pocas semanas de mandato para confirmar sobradamente los pronósticos más agoreros de sus numerosos detractores a uno y otro lado del Atlántico –entre los que me cuento y cada día con mayor encono y conocimiento de causa–. Cuanto cabía temer de tan burdo personaje, capaz de firmar sentencias de muerte mientras apura con fruición sus cornflakes, se ha visto refrendado en una serie de medidas que permiten hacerse una idea bastante aproximada de lo que nos aguarda en los próximos años. No habremos tenido derecho a voto pero las consecuencias sobre nuestras vidas y haciendas van a ser tan determinantes –acaso más– que si hubiéramos hecho uso de él. El Imperio americano rige los destinos del orbe como en su día lo hiciera la Roma de los césares, y sus designios alcanzan, nos guste o no, los más recónditos confines de este planeta. Véase si no el chulesco desparpajo con el que el cateto de Tejas ha despachado los acuerdos adoptados en materia medioambiental en la cumbre de Kyoto. Ya de entrada sólo los más ingenuos podían esperar por parte de los gobiernos firmantes un cumplimiento escrupuloso de lo allí estipulado; mas al menos nos cabía la esperanza de que se hiciera realidad siquiera en un porcentaje exiguo pero significativo en su intención. Con el desplante de Bush, la desbandada está servida. Y con ella el caos más palmario y aberrante en cuestiones de tanta gravedad para nuestro futuro y el de nuestros hijos. Hubo un tiempo, nada lejano, en el que las profecías ecologistas eran desdeñadas y tomadas a mofa por el conjunto de la sociedad. Los propios ecologistas eran objeto de permanente escarnio; se les tachaba de exaltados con afán de protagonismo, de parias marginales refractarios al progreso. El sacrosanto progreso. Ahora vemos que esa caricatura maliciosa encerraba una falacia, y que si bien algunos colectivos respondían en efecto a móviles atrabiliarios, en otros anidaba una honda preocupación por el terruño que habitamos. Cambio climático, deterioro de la capa de ozono,... visto lo visto va siendo hora de asumir entre todos un mayor compromiso en la defensa de nuestro entorno. Si es que aún no es demasiado tarde. 10 de Mayo de 2001
COPLAS DE PASIÓN Ana María Alías Vega no podía haber elegido con mayor acierto su hermoso apodo artístico. Pasión es lo que aflora a borbotones del caudal sereno de esa garganta bañada en miel; pasión por la copla, que andaba un tanto necesitada de una voz como la suya, joven, fresca, y al mismo tiempo entroncada de manera admirable con las raíces mismas del género al que enaltece. La he escuchado cantar en sendas ocasiones, y en ambas ha llegado puro hasta mí el aroma inefable de la canela en flor, y he sentido estremecido el timbre de su melodía en los entresijos del corazón. De vez en cuando, sólo de vez en cuando, ocurre en arte un milagro como éste. La copla languidecía mansamente en una decadencia que era en realidad la de sus mejores y más célebres nombres; algunos, la mayoría, ya desaparecidos, otros en trance de desaparición o protagonizando a estas alturas algún patético vodevil en las revistas llamadas –con no poca generosidad, dicho sea de paso– del corazón. Hasta que los numerosos incondicionales han encontrado en esta malagueña nacida en Madrid un motivo fehaciente para la ilusión, un bálsamo reconfortante que permite augurar para el futuro cercano días de gozo como los muchos que se apilan en el baúl de la memoria. La copla vivió una época de desconcierto en los años de la Transición, en los que se la vinculó de manera un tanto abusiva con el régimen fenecido, con el arsenal de tópicos rancios que se asocian a lo hispano. Tuvo que ser el llorado Carlos Cano quien despejara esta confusión, rescatando con denuedo infatigable un patrimonio cuyo valor no resulta fácil mensurar. Pasión Vega recoge de sus manos el testigo y se esmera en la digna labor de insuflar lozanía y savia nueva al tronco recio y noble de la tradición. Para ello no necesita recurrir al mimetismo afectado, a la escenificación trillada y ritual, saturada de aspavientos. Ha dejado la bata de cola en el armario, y se muestra ante el público con el arma infalible de una voz desnuda, de nácar, que roza el cielo en cada estrofa. 24 de Mayo de 2001
CRÍTICA DE LA CRÍTICA Cuando hace unos meses revisaba con vistas a su publicación mi Diario de un cinéfilo distraído, que es en lo sustancial un compendio de críticas cinematográficas aparecidas en diversos medios durante la década de los noventa, recordé que, paradójicamente, la primera de mis colaboraciones periodísticas –inserta en las páginas de Opinión– llevaba por título el de Crítica de la crítica. Que el ahora crítico –si bien de medio pelo– hiciera sus pinitos en prensa con un artículo en el que se cuestionaba abiertamente el papel que desde antiguo viene desempeñando la que podríamos denominar clase crítica (en analogía a la tantas veces denostada clase política) resulta todo un sarcasmo. Sin embargo, debo añadir que, tras releer atentamente aquella lejana y ya amarillenta opera prima, no encuentro contradicción alguna entre lo expresado en la misma y los postulados básicos sobre los que se asienta la posterior ejecutoria. Bien al contrario. El ejercicio de la crítica me ha permitido corroborar intuiciones que albergaba entonces en modo embrionario, y que hoy, en cambio, son certezas bien fundadas. Entre ellas, no es la menor aquélla que alude a ese axioma incontrovertible para una amplia mayoría de mis colegas, que establece que conceptos como calidad y éxito no pueden ir en modo alguno parejos. Quienes sostienen tal aserto no conciben la obra de arte como aquélla que encarna o resume el pálpito de la colectividad, sino antes al contrario, ésta sería más bien la que disiente de dicha conciencia general para convertirse en algo destinado a unos pocos elegidos, los iniciados. En virtud de semejante postulado –no proclamado explícitamente pero largamente sustentado en infinidad de textos– hemos asistido durante lustros a la entronización de auténticos “ladrillos” que, lejos de despertar el entusiasmo o la conmoción del espectador, provocaban el más solemne de los bostezos. Es en este sentido en el que me permití esbozar mi crítica de la crítica. Naturalmente no había en ella afán de reproche hacia el crítico responsable, con permanente vocación de servicio al lector –su primigenia razón de ser–, del que más tarde he querido ser modesto y humilde exponente. Mas no veo reparo alguno en pedir cuentas a aquellos otros que han pontificado desde sus altos púlpitos que cineastas como Spielberg, Hitchcock o el mismísimo Ford carecían de relieve artístico alguno por el mero hecho de gozar en buena parte de su obra del favor rendido del público. El artista, supongo, no es tal por convencer sólo a unos pocos –por más que en numerosos casos pueda ser ése su sino–, sino por forjar algo que, siendo intrínsecamente valioso, logre concitar la admiración y el respeto de sus congéneres. Asimismo, entiendo que la crítica como guía o recomendación que oriente al lector u oyente respecto de cuál debe ser su elección a la hora de acudir a las salas comerciales carece de auténtico sentido. La experiencia artística es esencialmente subjetiva, y de poco sirve (o debiera servir) el criterio ajeno, por más que éste pueda proceder de individuos a los que se supone versados en la materia. A mi juicio, el verdadero aliciente y utilidad de la crítica reside en su lectura o consulta una vez se ha asistido y ha concluido la proyección (o, en su caso, la representación). En este supuesto, el espectador tiene la feliz ocasión de confrontar su criterio personal con el formulado por el (o los) crítico(s). A la postre poco importa que se esté de acuerdo o no con lo expresado por éste; de lo que se trata en suma es de revisar de un modo más o menos analítico, más o menos reflexivo, los entresijos y pormenores de lo visto y oído. Ese es, qué duda cabe, un ejercicio intelectual ciertamente nada desdeñable. Sobre todo en los tiempos que corren. 7 de Junio de 2001
LUCES Y SOMBRAS Mi querido y admirado Antonio Perea suele comentar –y el otro día lo recordaba en estas mismas páginas la pluma precoz y siempre sutil de Elena Medel– que en el ámbito cultural, Omeyas y otros fastos al margen, Córdoba anda en estos tiempos bajo mínimos. No seré yo quien lleve la contraria a quien tanto ha bregado desde su atalaya del Ateneo en pro de la poesía, la música y las artes en general de nuestra tierra, y a quien, a la sazón, debo deuda de gratitud por tantas cosas. Sin embargo, creo que el diagnóstico de Perea alude en mayor medida a la ausencia en estos pagos de una urdimbre, de un tejido o trama que haga posible la difusión correcta de obras nuevas y el ascenso a la palestra de jóvenes creadores, de voces inéditas; así como, por qué no decirlo, a la falta de arraigo e inquietudes entre buena parte de la población, más preocupada en cuestiones de otro orden –con tendencia a lo prosaico– que a las muestras más elevadas del árbol de la cultura. Con todo, tampoco vamos a rasgarnos las vestiduras cuando el país entero contiene la respiración ante las nominaciones de Gran Hermano. Es lo que hay. Lo que resulta de todo punto innegable es el hecho de que, junto a estas pronunciadas lagunas que se advierten de manera diáfana en nuestro entorno más cercano, proliferan en Córdoba un bien nutrido ramillete de creadores cuya labor, ayuna de favores institucionales, se desenvuelve en los más variados campos, ajena a todo aquello que no sea la gestación de un discurso artístico propio. Es el caso palmario del cineasta Miguel Ángel Entrenas, quien en fecha reciente estrenaba Coda Finale, su último cortometraje que, como el conjunto de su ya extensa obra anterior y desafiando la limitación de medios, responde a la búsqueda denodada y tenaz de un lenguaje personal, distante por entero de los parámetros y cánones al uso. Su ejemplo, como el de otros tantos igualmente inasequibles al desaliento, pone de relieve el acentuado contraste que preside nuestra vida cultural, en la que se dan cita fulgores resplandecientes junto a las más espesas sombras sin solución de continuidad. 22 de Junio de 2001
LIBROS PARA LA IMAGINACIÓN Concluyo en estos días la lectura de dos libros bien dispares, hasta distantes, que me han dejado en el paladar un sabor unívoco, agradable, un tanto desusado por desgracia: Te amaré después de siempre, de Alfonso Palomares, y El mozárabe, de Jesús Sánchez. Dos obras que reconcilian al degustador con el supremo placer de la lectura, práctica que ahora, desde instancias oficiales, se pretende alentar con entusiasmo de burócratas. Se escucha con notoria frecuencia en los albores del nuevo siglo y milenio que el libro lleva camino de convertirse en ente anacrónico (para algunos lo es ya), condenado indefectiblemente en breve plazo al baúl de los recuerdos y trastos inservibles, arrinconado y postergado sin miramientos por los estridentes adelantos de las nuevas tecnologías. Yo no estaría tan seguro. Más bien tiendo a pensar que toda esta maraña infográfica que nos envuelve no sólo no va a poner al libro en delicado trance sino que, de algún modo, va a prestigiar su papel en esta sociedad regida como es sabido por las leyes del mercado. El torbellino de imágenes, incesante y desmesurado, en que se ha convertido nuestro mundo actual tendrá, antes o después, su oportuno contrapunto. Y éste no puede provenir de otro lugar, de otro ámbito que de la literatura. Su vigencia –como la del teatro, de cuya eterna y proverbial crisis se viene hablando sin descanso desde los tiempos de Eurípides– no ofrece espacio para la controversia, pues se fundamenta en el poder irrebatible y mayestático de la imaginación; ese rayo de luz entre las sombras del alma. Es probable que la posesión de libros sea considerada en un futuro no muy lejano como la de un objeto de excepcional e irremplazable valor. Las librerías de viejo cuentan con un público creciente y devoto, que sabe bien de lo que hablo. Es el anuncio de una reacción lógica y natural ante lo que, en primera instancia, se antoja un ataque irracional, necio, contra uno de los rudimentos en que se asienta nuestra civilización. El aforismo debiera ser pues objeto de rauda corrección: una palabra vale, a qué dudarlo, por mil imágenes. 27 de Julio de 2001
LA MÁSCARA DEL ZORRO Su padre había quedado postrado en el lecho de un sanatorio, víctima de una súbita embolia. Así que él, primogénito de dos hermanos, decidió cambiar de aires con el pretexto de ampliar sus estudios. Su madre, tras hacerse cargo a duras penas del negocio familiar, le enviaba una suma todos los meses, sin rechistar. Enseguida puso su vista en una muchacha de buena posición, rubia y honrada pero decididamente ingenua, a la que no tardó en embaucar por la vía de la compasión. La maniobra le proporcionó cama y comida gratis durante el tiempo suficiente para hacer algunos contactos de postín. Reclutó para su causa a otros advenedizos, y engatusó sin demasiado esfuerzo a numerosos pánfilos y confiados. No les deslumbraba su oratoria, que era un tanto burda, sino que se dejaban seducir por su aparente aplomo y su eterna media sonrisa pintada en el rostro. Era, en cualquier caso, un consumado maestro en el arte del halago. No necesitaba decir una sola palabra; se limitaba a ratificar con gesto complaciente los arrebatos presuntuosos de quien le hablaba. Cuando la agencia abrió sus puertas, el dinero empezó a brotar de todas partes como por ensalmo. Su atuendo, que en todo momento había cuidado con disimulado esmero, se pobló de nombres de marca. Comenzó a frecuentar restaurantes de lujo, y a dejar cuantiosas propinas. Compró un palacete de columnas de alabastro en una zona noble de la ciudad y, como había hecho siempre, se mantuvo alerta para no entrar en conflicto con nadie. Todo parecía ir sobre ruedas. Hasta que un mal día, un político alevín y despistado tropezó con la alfombra y, en un suspiro, el tinglado entero, la engañifa, se vino abajo con estrépito. Cuando a la entrada de la prisión, a través de la ventanilla del coche, un inversor exaltado le increpó a gritos llamándole sinvergüenza, durante un breve instante y por primera vez en su vida, escrutó a tientas el fondo de su alma. Pero allí sólo había calderilla. 21 de Octubre de 2001
ESCOMBROS Si ya lo decía el malogrado Gila, que en paz descanse y con permiso de José Luis Moreno y su corte de muñecos: apuntad bien no sea que le deis a uno que no es de la guerra. El humor –alguien lo habrá dicho, y si no ahí queda– nos distancia de la realidad para que podamos apreciarla mejor; como en ocasiones hemos de dar un paso atrás para que los árboles nos dejen ver el bosque. En este caso el bosque es un puñado de niños destrozados, cuyos cuerpos, o lo que queda de ellos, son exhibidos sin recato alguno en las televisiones de todo el mundo. No vimos, afortunadamente, las imágenes de los cadáveres sepultados en el World Trade Center; pero este cuadro desolador, un hatillo de guiñapos sanguinolentos, estará en las pasarelas de la opinión pública hasta el cambio de temporada. A pesar de todo lo dicho durante los primeros días, la administración norteamericana parece ignorar aún que el combate contra el terrorismo tiene bien poco que ver con los conflictos de antaño. En esta lucha los bruñidos portaaviones son meros gigantes de papel. El abrumador despliegue bélico puede tranquilizar algunos ánimos en nuestro bando, mas se antoja inútil para arredrar a un fanatismo ciego, capaz de inmolarse sin el menor pestañeo. No hay en el nuevo diccionario palabras para describir adecuadamente a los responsables de la masacre del once de septiembre. Cualquier calificativo se queda corto. Pero las bombas, ciertamente, no van a devolver la vida a las víctimas; tan sólo añadirán otras. Tampoco detendrán al ántrax. El bombardeo de un país anclado en la Edad Media y ya devastado no es tanto una demostración de fuerza como un síntoma de impotencia. El arsenal tecnológico y militar –tan publicitado y ensalzado estos días– tiene, a qué engañarnos, sus lagunas. No existe hasta la fecha misil inteligente que sepa discernir entre un adulto y un niño. Tampoco entre un culpable y un inocente. Claro que, en este último extremo, acaso se volvía contra quienes lo fabricaron. 28 de Octubre de 2001
HECHOS CONSUMADOS En esta democracia nuestra, marcada aún por los complejos y los traumas del pasado, el debido respeto a las minorías tiende a menudo a confundirse con el despotismo de éstas. Sólo así cabe entender que desde los mismos poderes públicos se consientan los más flagrantes y ostentosos desafueros. Esto, lisa y llanamente, es lo que viene aconteciendo en nuestra ciudad con motivo de las tan traídas y llevadas parcelaciones ilegales; un baldón para nuestros gobernantes que admite pocas excusas. Tras unos leves conatos de plantar cara a la arbitrariedad y el agravio al bien común, el inminente Plan General de Ordenación Urbana, con la vaga coartada de no perjudicar economías familiares, viene a consagrar el triunfo de la especulación y el daño infligido al patrimonio ecológico de todos los cordobeses, no tan sólo de unos cuantos. ¡Ancha es Castilla! No se trata en modo alguno de un tema menor. Si nuestros políticos y próceres se muestran aquiescentes con la agresión de nuestro entorno, salpicado de pozos negros y talado su arbolado por la mano de la inconsciencia y el egoísmo, quienes vengan detrás albergarán escasos escrúpulos a la hora de hacer de su capa un sayo y de la Sierra de Córdoba su predio particular y exclusivo. En el mejor de los supuestos, contarán con un inestimable precedente al que aferrarse para justificar y argumentar sus tropelías. Si el desprecio a la ley no es objeto de sanción sino de anuencia, se vulneran de facto los principios, los pilares sobre los que se asienta cualquier sistema democrático que se precie de serlo. De estos polvos vendrán no pocos lodos. 4 de Noviembre de 2001
EN ALZA Dice Mercedes Romero, vicepresidenta del Colegio de Administradores de Fincas, que la morosidad en las comunidades de propietarios ha decrecido sensiblemente desde la aprobación de la nueva normativa en materia de propiedad horizontal; dato del que sólo cabe congratularse. El moroso, por lo general, no atraviesa dificultades económicas sino que se muestra un aventajado discípulo de Rinconete y Cortadillo. Un gescarterista, vaya. No es del todo infrecuente que la labor de ciertos colectivos, a pesar de tener un reflejo muy acusado en el ámbito cotidiano, pase un tanto desapercibida para el grueso de la sociedad civil. Es el caso de la desarrollada por los Administradores de Fincas colegiados. De manera discreta y sin grandes alharacas, los profesionales que ejercen dicha función han conseguido sublimar el ancestral recelo que se cierne invariablemente sobre quien, por razón de su cargo, maneja dinero de terceros. Y, al tiempo, han impulsado una de las propuestas más relevantes de nuestra democracia, la Iniciativa Legislativa Popular por ellos promovida, que tuvo como primordial aunque no único objetivo el de poner coto a la galopante morosidad que lastraba a las comunidades. Con admirable tesón, se recopilaron ochocientas mil firmas, trescientas mil más de las estrictamente necesarias, lo que se tradujo en la preceptiva reforma legislativa, previo trámite parlamentario. Se ejercía así por primera vez en nuestra reciente historia uno de los mecanismos recogidos en la propia Constitución cuyo vínculo con las demandas de la sociedad resulta más diáfano y encomiable. No es tampoco desdeñable el papel esencial que este colectivo juega en aras a la mejor conservación de nuestro patrimonio urbanístico. Como en todas partes, aquí también cuecen habas, y habrá alguna que otra oveja negra. Pero ello no merma un ápice el mérito de este segmento profesional, llamado a protagonizar en un futuro próximo logros similares a los ya enunciados. 11 de Noviembre de 2001
UNA CIERTA MIRADA Para los numerosos amantes y degustadores de la alta pintura que se dan cita en nuestra ciudad, el nombre de Julia Hidalgo no es desde luego ningún arcano. Sin embargo, aunque me cuente entre ellos, confieso que por negligencia o ineptitud no me dejé seducir plenamente por su ya extensa y laureada obra hasta transcurrido algún tiempo, cuando el poso que su contemplación dejó en mi ánimo cristalizó al fin en adusta y callada admiración. Hoy resulta obligado reconocer que Julia Hidalgo se cuenta de largo entre los más firmes y al tiempo pujantes valores de nuestro panorama pictórico. Y lo que lleva a este humilde y casi neófito aficionado a proclamar semejante obviedad no es sino la constatación de una obra que no reniega en modo alguno –como por desgracia ocurre con tanta frecuencia– de su vertiente más humana (en cursiva, claro está). A la artista le importa de manera prioritaria la observación del acontecer humano, que recoge a modo de disertación existencial, donde los distintos eventos son reflejados con un cierto espíritu catártico que se traslada al espectador con asombrosa limpieza y transparencia. Con ello no quiero decir que estemos ante una mera compilación de incidentes cotidianos, ante una suerte de costumbrismo desaforado, pues Hidalgo, antes de insertar cualquier elemento o ingrediente en su discurso pictórico, lo somete a un laborioso proceso de indagación, de reflexión sobre el mismo, del que deviene entidad metafórica o simbólica de más hondo calado. Este rasgo es, al cabo, el que más aprecio en su pintura; la admirable y venturosa facultad de convertir lo prosaico en trascendente, de dotar al objeto contemplado –ya sea éste figura humana, artefacto o paisaje– de una significación inefable, inédita. Supongo que en ese matiz nada trivial reside el secreto, tan ansiado, de ser artista. 25 de Noviembre de 2001
SEMANA GRANDE Mientras de la Villa y Corte nos llegan ecos de la precaria situación por la que atraviesa el Ateneo de Madrid, nuestro Ateneo de Córdoba ha vivido en la que hoy concluye su particular Semana Grande; porque no de otro modo cabe calificarla, habida cuenta de la cantidad y relieve de los eventos acontecidos. Concitó el interés de los aficionados –que llenaron en su práctica totalidad el aforo del Gran Teatro– la primera edición del Concurso de Guitarra Flamenca de Concierto, Campos de Córdoba. Las discrepancias respecto al fallo del jurado –nunca mejor dicho– son más que razonables; pero no dejan de ser un detalle menor en el contexto de un certamen de altísima calidad, en el que los cinco finalistas rayaron a gran altura. Que el cacereño Javier Conde, a sus doce años, ostenta unas dotes excepcionales, absolutamente fuera de lo común, es algo que el más profano de los asistentes tuvo ocasión de percibir con meridiana claridad. Es, sin lugar a dudas, un nombre del que oiremos hablar mucho y muy bien, y durante mucho tiempo. Pero tampoco cabe desdeñar el toque atrevido por malagueñas del que hizo gala Antonio Prieto “el Curri”, a la postre ganador del concurso. Esa fuerza de la naturaleza, ese vendaval de talento que es El Pele vino a poner broche de oro a una velada memorable. Y el martes, en la sede de Ambrosio de Morales, lectura poética como pertinente homenaje a Diego Vázquez García; el miércoles, en el salón de Plenos de la Diputación, fueron dados a conocer los ganadores de los premios Juan Bernier de Poesía, de Relato Breve y de Narrativa Juvenil correspondientes a este año; el jueves, de nuevo en el Gran Teatro, asistimos a la Final –de un nivel magnífico que justificaba la concesión de un segundo accésit– de la segunda edición del Certamen Andaluz de Monólogos Teatrales, y... el espacio asignado para esta columna que se evapora. Don Antonio, por caridad, esto no hay cuerpo que lo resista. 2 de Diciembre de 2001
CONFUSIÓN A veces se pregunta uno si no sería una medida sensata suprimir por decreto el Ministerio de Educación. No, no me refiero a la candente polémica en torno a la legislación universitaria que ultima el Gobierno y que ha dado lugar a esa suerte de querellas, tan usuales en el solar patrio, en las que la mitad de los que protestan no tienen remota idea de contra qué lo hacen (si acaso contra quién). La educación, en el sentido más noble y amplio del término, debiera regresar con urgencia al redil del hogar paterno, del que nunca debió salir. Hoy demandamos a los docentes que sean el padre, la madre y el abuelo de cada niño; además, claro está, de enseñarle geografía y álgebra aplicada. Y resulta que el abuelo, en tanto, permanece confinado en un asilo mientras los atribulados progenitores van de un lado para otro en una carrera desenfrenada por pagar los plazos de la hipoteca, y hablan –entrecortadamente– a través de sendos móviles. Las circunstancias han cambiado y me temo que aún no hemos sabido adaptarnos a ellas. Hemos pasado en breve plazo de un autoritarismo extremo a una completa ausencia de autoridad. El autoritarismo es pernicioso, deleznable, pero la autoridad, ejercida con la debida ponderación, es sana. Los padres que han vivido en carne propia los excesos del pasado saben bien lo que no quieren hacer, pero no lo que deben hacer con sus hijos, que adolecen así de unos mínimos referentes, de unas pautas por las que guiarse; aunque sea para infringirlas como ocurriese en todas las épocas mediante saludables dosis de inconformismo, que a la postre implica cierto grado de esfuerzo. La consecuencia de todo ello consiste en negar el problema, o en trasladar la responsabilidad de éste a otras manos, las de los profesores. Para eso se les paga, proclaman algunos botarates haciendo alarde de estulticia. Y de nuevo, una vez más, el dinero se convierte en nuestra medida –falsa medida– de la felicidad. 9 de Diciembre de 2001
PALABRAS Como saben, en el curso de su reciente viaje a Estados Unidos el presidente Aznar encontró tiempo en su apretada agenda para lamentarse del tratamiento informativo que allí se dispensa a propósito del terrorismo etarra. No sin razón. Jóvenes radicales o rebeldes secesionistas no se antojan expresiones demasiado afortunadas cuando de lo que hablamos, en puridad, es de una vulgar banda de asesinos (las motivaciones políticas, de haberlas, no hacen al caso). Hasta aquí todo correcto. Lo que resulta harto más difícil de entender es que sea el propio Ministerio del Interior de nuestro país (y no sólo el del actual Gobierno: la cosa viene de lejos) el que maneje de manera cotidiana –con su correspondiente reflejo en los medios de comunicación– términos tales como comando legal. ¿Acaso son legales el asesinato y la extorsión? ¿Es legal, siquiera remotamente, la conducta de quienes han hecho del tiro en la nuca y el explosivo alevoso su particular modus vivendi? ¿Quién es el responsable último de tamaño despropósito? El italiano Sartori publicó hace años un enjundioso ensayo acerca de la importancia del lenguaje en la lucha antiterrorista. No parece que haya servido de mucho. En casa del herrero cuchillo de palo. Un día y otro nos quedamos perplejos ante muchas de las expresiones vertidas por responsables políticos y policiales en relación con el fenómeno terrorista. ¿A qué tanto eufemismo? ¿Por qué no llamar a las cosas por su nombre? Máxime cuando se trata de hechos de tamaña gravedad, de sucesos que afectan de manera tan desgraciada al conjunto de los ciudadanos. La palabra, oral o escrita, no es tan sólo un prodigioso medio para comunicarnos; también ejerce como instrumento para ocultar nuestros verdaderos pensamientos. Con frecuencia, con excesiva frecuencia, no decimos lo que queremos sino lo que queremos decir (esto conviene leerlo despacito). Los etarras encuentran su mejor santuario en el propio lenguaje. 18 de Diciembre de 2001
POESÍA EN LA BODEGA El aserto ha trascendido fronteras y el paso del tiempo, y todavía hoy se repite con leves variantes en boca de los más jóvenes: Córdoba, la de las mil tabernas y ninguna librería. Mas todo tiene su envés o, cuanto menos, su matiz; y habría que añadir que en no pocas tabernas de esta ciudad la cultura, lejos de estar ausente, es visitante asiduo, tan asiduo que tiene fecha y hora previamente designadas. Pienso, mientras escribo, en ese recodo de la calle Judíos que conocemos desde antiguo como la Bodega de Guzmán. Allí, cada viernes a eso de las ocho y media, un grupo de feligreses se congrega con fervor encomiable para rendir tributo al sagrado nombre de la Poesía. Poesía que se respira en aquel foro como si emanase del propio recinto; como si en todos y cada uno de sus recovecos se hubiese filtrado en virtud de sortilegio el aroma penetrante –tan aroma y tan penetrante como el del propio vino allí escanciado– del verso que se desliza en el aire y se prende en nuestra memoria para siempre. No fue, imagino, objeto de controversia alguna la generosa propuesta de Rafael Guzmán Montilla, el hoy malogrado dueño de este establecimiento, formulada a la Sección de Poesía del Ateneo: hacer de tan entrañable espacio un lugar de encuentro para quienes, desde la nobleza de sus corazones, aman la poesía como sólo se aman aquellas cosas que juzgamos imprescindibles. Se sucedieron así los recitales, y fue paulatinamente incrementándose la asistencia, hasta que la cita se convirtió en referente inexcusable para iniciados y para quienes no lo eran tanto. Y se planteó, inclusive, la necesidad de recoger en un volumen una mínima antología de lo allí escuchado; y así se hizo con el empeño y tenacidad de Antonio Flores Herrera. De todo ello sólo cabe congratularse y, volviendo al principio, concluir que la poesía nace tanto con vocación de ser leída como de ser escuchada. Y paladeada. 30 de Diciembre de 2001
ESOS LOCOS BAJITOS Fue Miguel Gila quien acuñó la expresión, y su amigo y el nuestro, ese genio humilde que se llama Juan Manuel Serrat, quien la convirtió en los ochenta en el título de una de sus mejores canciones: Esos locos bajitos. Hoy, seis de enero, esos locos lo están más que ningún otro día del año, ebrios de alegría y hasta eufóricos por el botín conseguido tras largos días de anhelos. Han vivido la víspera en una suerte de tensión febril, expectante, presos de una impaciencia mal contenida que nos ha traído de cabeza a los adultos. En el fragor de la calle han tenido ocasión de desfogarse un poco, trepando las espaldas a la caza de un puñado de caramelos esparcidos al viento. Y esta mañana, muy temprano, han contemplado al fin el fruto de su espera, con ojos desmesurados, sin saber muy bien qué hacer al respecto. De pequeños dan ganas de comérselos... y de mayores se arrepiente uno de no habérselos comido, decía siempre con su sorna habitual José Serrano, un buen amigo de mi padre. Hoy, todavía en la primera etapa, dan verdaderas ganas de comérselos, inmersos como están en una marea de ilusión que ayer mismo fue la nuestra. Cierto es que hay asimismo otros niños, y otros lugares, a los que no parece llegar nunca cabalgata alguna que no sea la de la miseria, la del hambre y la desolación; pero sería injusto y mezquino, y también demagógico, culparles a ellos, a los hijos del euro, de esa realidad lacerante a la que son ajenos. A ellos nadie les consultó nada, nadie les pidió su opinión. Ni siquiera saben aún por qué están aquí. Al caer la noche, la luna les acunará con disimulo, y terminarán por derrumbarse exhaustos, vencidos por la fatiga, mas contando entre sueños las incontables horas que restan hasta el nuevo día. Cuando les miramos vemos en sus pequeños rostros la última esperanza de un mundo mejor. 6 de Enero de 2002
MADERA DE HÉROE En las postrimerías de la década de los setenta, con sus leotardos azules y su caracolillo en la frente –un poco a lo Estrellita Castro–, Christopher Reeve era un ídolo flamante para chavales y quinceañeras. Surcaba los cielos en la gran pantalla y acaparaba portadas en los periódicos de medio mundo. Superman, el héroe del cómic, le había granjeado la fama a escala planetaria, y Reeve, si bien encasillado en el nativo de Kripton, intervino así en algunas películas de dispar interés. Hasta que hace ya algunos años, una desgraciada caída mientras montaba a caballo –su mayor pasión conocida– le dejó postrado en una silla de ruedas, con la espina dorsal destrozada. Los mismos medios que le vieron triunfar en la meca del cine se hicieron eco del desdichado accidente; en los mentideros de Hollywood hubo quienes recordaron la atávica maldición que parece cebarse en quienes encarnan al celebérrimo personaje, imbuido de fabulosos poderes. Pero Reeve vuelve a ser noticia. No sólo no se ha rendido ante el infortunio sino que ha encarado su nueva situación como corresponde hacerlo a quienes atesoran el coraje necesario. Al parecer, su tesón en los ejercicios de rehabilitación –junto a los muy recientes avances producidos en ese campo– abre un resquicio, por mínimo que éste sea, a la esperanza de que algún día pueda volver a caminar. No ha mucho pudimos verle en una, eso sí, discreta versión televisiva de La ventana indiscreta, el clásico de Hitchcock que interpretara James Stewart. Y, sobre todo, Reeve ha emprendido una activa cruzada en favor de los discapacitados, abogando en multitud de foros por la solidaridad para con un colectivo tan olvidado, y por la supresión de barreras, ya sean éstas arquitectónicas o de cualquier otra índole. Su labor en este campo es incesante y ha dado ya frutos tangibles. Quizá sea una paradoja, pero creo que es ahora, más que nunca, cuando Christopher Reeve se ha ganado a pulso el apelativo de Superman. 13 de Enero de 2002
JUSTICIA Y CACHONDEO Puede que don Pedro Pacheco, el ínclito alcalde de Jerez, no estuviera del todo acertado cuando dijo en su día aquello de que “en España la justicia es un cachondeo”; pero si ese comentario era un tanto excesivo, por lo que entraña de generalización, probablemente no hubiese errado en demasía caso de afirmar que en las altas instancias de la justicia española se da, con acusada frecuencia, un notorio cachondeo. Esto último, más que una afirmación temeraria, parece un hecho incuestionable. Por si todavía quedaran dudas ha venido a refrendarlo el comportamiento de los muy avispados jueces de la Sala Cuarta de la Audiencia Nacional, dejando en libertad a todo un preboste del narcotráfico –Carlos el Negro le llaman, quizá por el color de su fortuna– sin aguardar siquiera a que el presunto abonase la fianza de cinco millones que, con no poca generosidad, se había estipulado, y que resulta a todas luces irrisoria a tenor de la profusa hacienda amasada por el interfecto en el ejercicio de sus funciones. Como era de prever –para todos salvo para sus ilustres señorías–, del Negro a estas alturas no se sabe nada, salvo que tal vez, en este preciso momento, se esté tostando aún más en alguna recóndita y apacible playa caribeña. El disparate se completa con la salida a escena del insigne presidente de la Audiencia, don Carlos Dívar, entrando al trapo y defendiendo a capa y espada la honorabilidad de sus magistrados. Acaso, en efecto, no quepa cuestionar dicha honorabilidad, que por otra parte es concepto un tanto relativo, capaz de estirarse hasta el infinito o quedarse en apenas nada, como un chicle. Mas, en tal caso, peor nos lo ponen; si el dislate acaecido no es fruto del deshonor y el dolo debe serlo, por fuerza, de la ineptitud más palmaria. Y ya me dirán ustedes qué diantres pinta la ineptitud sentada en los mullidos y encumbrados sillones de la Audiencia Nacional. 3 de Febrero de 2002
EL SARAO Ríos de tinta se han vertido sobre la ya célebre fiesta de Halloween de los jugadores del Betis; sin embargo, tal vez haya margen aún para un pequeño afluente. Es de dominio público que quince jugadores de la plantilla se encontraban bien entrada la noche en el domicilio de uno de ellos, el morenito Benjamín, en compañía de treinta gachises (o sea, a dos por barba talibana), cuando se personó en el lugar el presidente de la entidad, el ínclito Ruiz de Lopera. Según testimonios, cuando algunos vieron asomar la peineta de Lopera entre el fragor de vapores y decibelios en que transcurría la grata velada, no supieron discernir con certeza si se habían excedido con el orujo o si el Apocalipsis había tomado cuerpo. O ambas cosas al tiempo. El decano de los entrenadores, Luis Aragonés, quien ha vuelto este año a su Atlético de toda la vida, se ha mostrado conciliador y ha señalado que los jugadores necesitan estos desahogos por estar sometidos a una fuerte presión competitiva. Hombre, digo yo que para presión la que soportan los mineros. La denominada Liga de las Estrellas no se desenvuelve precisamente en la precariedad económica. Con sueldos como los que se manejan en esas alturas debiera uno estar capacitado y hasta obligado a soportar presiones de toda índole. Al parecer, el reglamento interno del club hispalense establece la obligación de recogerse en la propia casa no más tarde de las once de la noche; sin embargo –salvo los ausentes al sarao, cuyo paradero se ignora–, el bueno de Benjamín era el único que cumplía escrupulosamente con la norma. Tampoco es cuestión de hacer sangre con los jugadores béticos. Estas cosas pasan en las mejores familias, y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. El mejor colofón de este enredo figuraba en una pancarta aparecida el domingo siguiente en el estadio, prodigio lírico de insuperable potencia expresiva, que rezaba como sigue: “Benjamín, mamón; invita a la afición”. Pues eso. 10 de Febrero de 2002
PROHIBIDO PROHIBIR El viejo lema del 68 arraigó en la España de las dos últimas décadas, y las consecuencias se ven hoy en toda su crudeza. Plazas y lugares emblemáticos transmutados en un completo aquelarre. Intoxicaciones etílicas, accidentes fatales, familias que pasan las noches en vela,... No es momento de contiendas políticas. Zapatero –que parece querer recuperar de golpe el tiempo perdido– debiera saberlo, y Bono, con sus declaraciones, ya le ha trazado el camino correcto (aunque de paso ajuste cuentas). Se tacha a la futura normativa de Ley Seca y se dice que el mal está en la valoración social del alcohol. Pero, ¿cómo cambiar esto último? Ese criterio tan indulgente cambiará paulatinamente en la medida en que el propio Estado marque unas pautas, un campo de juego como referente de aquello que es sensato y aquello que no lo es. ¿Cómo puede pedirse que cambie la actual concepción del alcohol como algo meramente lúdico, y al tiempo censurar que la Administración intente restringir a unos parámetros razonables el consumo del mismo? Los jóvenes beben –anda uno algo talludito– desde la emulación y el gregarismo; pero aunque antaño también se bebía había en ello cierto espíritu de transgresión, que hasta en eso salen perdiendo los jóvenes de hoy, porque no cabe transgresión alguna en emborracharse en un lugar público cuando nadie coarta tal acción, y ésta se produce en oleadas, en mareas de bebedores compulsivos. Los pasotas son los padres, no los hijos. La dejación de los progenitores ante las curdas de éstos –sálvese quien pueda– es parte esencial del problema. Nadie quiere pasar por retrógrado. Son, aún, las secuelas de un franquismo que convendría desterrar de una vez por todas. Pero esa pasividad se ampara de forma inconsciente en la permisividad legal que ahora se quiere subsanar desde las altas instancias. Urge pues acometer reformas para que la sociedad, cuerpo vivo que evoluciona con lentitud, mude su actual estado de indolencia ante lo que produce pasmo y perplejidad a quienes nos visitan. 17 de Febrero de 2002
DÍAS DE RADIO Aunque un tanto relegada por el reinado implacable y feroz de la caja tonta, la radio, esa hermana menor, mantiene incólume su misterioso poder de fascinación. Bálsamo para el convaleciente, o discreta compañía para los solitarios por infortunio o por vocación, su embrujo inefable no ha pasado a mejor vida, como en su día proclamaron temerariamente los más agoreros. Hay algo en ella que la distingue y la eleva entre los restantes medios de comunicación; quizá el latido cercano, íntimo, de la voz humana; acaso su estímulo permanente al vuelo de la imaginación, tan cercenada tristemente en otros órdenes de la vida. Vive estos días la radio cordobesa una efemérides muy señalada. Son ya setenta los años que nos separan de la fundación de la mítica EAJ-24, emisora en la que se forjaron muchos de los más cualificados profesionales que ha dado esta ciudad: Rafael López Cansinos, José Ignacio Blanco, Rafael Carlos Padilla, y tantos otros que están por derecho propio en nuestra memoria y en nuestros corazones. Su historia, la de la radio, es en buena medida la historia reciente de Córdoba, y sus micrófonos se han hecho eco de las reivindicaciones sociales más lacerantes, del suceso trágico que genera conmoción –la muerte de Manolete, mazazo que paralizó los relojes, narrado con el verbo herido y consternado de Manuel García Prieto–, del tránsito más o menos efímero de los políticos locales de uno u otro signo, del fervor que despiertan nuestras más acendradas tradiciones; de la sana algarabía, en fin, de un pueblo sabio y paciente que ve ascender de categoría al equipo de su tierra. Un nombre –poco recordado hoy, salvo por quienes tuvieron la dicha de conocerle– debo en justicia mencionar aquí con singular énfasis. Y ese nombre no es otro que el de José Posadillo Peidró, quien junto al también añorado Rafael Muñoz Navas, alumbró con su ilusión el germen de este sueño hecho realidad. Un sueño que llega hasta nuestros días para teñirlos de blanca nostalgia. 24 de Febrero de 2002
VIANDAS DE DISEÑO Iban a terminar con el hambre en el mundo. O eso se decía. En dichos términos fueron presentados en sociedad los denominados alimentos transgénicos, esto es, los modificados genéticamente. Más grandes, más nutritivos, más fáciles de cultivar. Tomates que no se pudren jamás o cultivos que soportan sin menoscabo los herbicidas. Sin embargo, los transgénicos no han acabado con el hambre. Y a pesar de que cuentan con poderosos partidarios, aún no disponemos de garantías sólidas respecto de su inocuidad a largo plazo. El siguiente paso al que asistirán nuestros mercados será el del pescado transgénico. La biotecnología es hoy capaz de lograr en el recinto de una piscifactoría salmones que pesan hasta ocho veces más que en su medio natural. El problema estriba en que, para evitar su muerte por asfixia, se incluyen antibióticos en su nutrición, como ocurre con los pollos. El asunto resulta cuanto menos inquietante. Las innovaciones en materia de tecnología alimentaria apenas son objeto de contraste, pues se requiere un periodo de tiempo muy dilatado para la obtención de datos fiables. A nuestro juicio los nuevos comestibles debieran ser sometidos a controles exhaustivos, similares a los establecidos para los medicamentos, y superar pruebas rigurosísimas. Mas no es así. Lecciones como la de las vacas locas no parecen haber abierto los ojos a nuestros gobernantes, sumisos ante el dictado de dos opulentas multinacionales. La única esperanza reside en el buen criterio de los consumidores, algo en lo que por cierto los europeos aventajan a los norteamericanos, pues es allí donde la implantación de estos productos ha alcanzado hasta la presente cotas más elevadas. Un reto crucial –acaso el mayor– al que han de hacer frente los Estados más prósperos en los albores del nuevo siglo es el de canalizar de manera adecuada los vertiginosos avances de la ciencia, impidiendo que éstos den lugar a usos desaforados y perniciosos, no ya desde un punto de vista ético o moral (caso de las clonaciones), sino desde el más elemental y puro pragmatismo. 3 de Marzo de 2002
UN CORTE DE PELO El genuino sentir de una ciudad no se esconde en los mármoles de sus estatuas ilustres o entre los muros de sus edificios más nobles. Hay rincones que no han sido tocados por la mano del reconocimiento oficial, que pertenecen al ámbito doméstico, pero que atrapan el pulso de una villa sin necesidad de mayores alharacas. Pensaba en ello mientras aguardaba mi turno en la barbería de los Rivas, padre e hijo. Por allí desfilan a diario catedráticos de postín y estudiantes con vocación de tunos, maestros jubilados y aprendices de ocasión. Incluso algún escritor incipiente. Y a todos se les cae el pelo. No hay tanta pluralidad en el mismo Parlamento. Maestro, no me corte usted mucho, que luego se me queda tieso. Pues no se siente usted, que ya he terminado, sentencia Paco Rivas con su guasa proverbial, que es uno de los alicientes del lugar. Hay quien viene aquí para renovar el repertorio de chistes y chascarrillos, con la mirada puesta en bodas, bautizos y comuniones. A veces, como sucedió el otro día, la tarea del barbero se torna épica; lo que tiene ante sí es un monte pelado, una calva descomunal, vaya. Y el bueno de Paco se afana con tesón en la búsqueda de algo que cortar, allí donde una vez algo hubo. Al final, sale airoso del trance con dos chistes bien urdidos y mejor contados –pues la gracia del chiste, es sabido, está siempre en quien lo cuenta–, y el cliente alopécico se marcha tan ufano tras mirarse una vez más en el espejo la deshabitada testa. De cuando en cuando un par de alondras de faldas volanderas surcan radiantes la amplia cristalera, y por un instante que parece eterno se hace el silencio en la estancia. Después, pasada la conmoción, se retoma el debate donde se dejó, y se dictamina entre los presentes si fue o no
penalti aquella mano en el área del Barça (siendo en la del Barça, Paquito dirá que fue penalti claro). Quien venga a esta casa aprenderá o saldrá trasquilado. Hay otras barberías; pero están en ésta. Maestro, no me corte usted mucho. 10 de Marzo de 2002
BARRERAS Barreras arquitectónicas. Ese parece ser el único y exclusivo caballo de batalla cuando se trata de velar por los legítimos derechos del colectivo de minusválidos en nuestro país. Y no duelen prendas a la hora de reconocer que en ese terreno se ha avanzado mucho, si no lo suficiente –a la vista está– bastante más de lo esperado. Como es cierto también que los alardes tecnológicos están plasmando día a día una silenciosa revolución que viene a suponer un motivo de esperanza, cuando no una feliz y tangible realidad para muchas personas. Con todo, sería un craso error caer en el triunfalismo. Esparta, donde se despeñaba a los nacidos lisiados, queda bien lejos en el tiempo, a pesar de lo cual persisten en nuestros días resabios bien latentes de incomprensión, de falta de aprecio, que son el cáliz de hiel que el discapacitado apura cada día con aflicción. En aras de la diosa Competitividad no hay reparos en vejar y postergar a los más débiles, haciendo buenos los postulados de Darwin. Se niega el derecho a la diferencia, a la disparidad física, con lo que se abona el terreno para que afloren el racismo y otros desvaríos mentales. En una sociedad que se presume plural, la moda lo es todo, y aquél que osa proponer otros códigos de valores que los imperantes se ve relegado al más completo ostracismo. ¿Por qué? La democracia, después de todo, no es sino el respeto debido a las minorías. No se trata de reclamar preferencias ni falsos paternalismos sino sencillamente de lograr un cierto grado de igualdad; igualdad de oportunidades y posibilidades reales. La cuestión, dicen, es meramente económica, de dotaciones presupuestarias. Ojalá. Todo lo que se puede comprar con dinero es barato; pero mucho me temo que sean otras las barreras a derribar. Esas barreras no están en el trazado de nuestras calles ni en el diseño de nuestros edificios, sino mucho más cerca (o más lejos, quién sabe), dentro de nuestras mentes. El día en que caigan esas barreras podremos hablar con legítimo orgullo de Civilización. No antes. 17 de Marzo de 2002
ESCÁNDALO La última hazaña del periodismo de investigación patrio ha consistido en desvelar a la ciudadanía que los concursos de belleza responden a intereses espúreos, fraudulentos; es decir, que gracias a la labor abnegada y arriesgada de unos intrépidos profesionales hemos descubierto, al fin, el Mediterráneo. Naturalmente, el país está conmocionado por la revelación, a todas luces impensable, y el escándalo que se ha montado es de órdago. Después de todo, ¿qué son el tan manoseado Watergate o el más reciente asunto Gescartera al lado de semejante descubrimiento, de tanta y tan capital trascendencia para el futuro de este país? De seguir así las cosas alguien terminará por demostrar, con datos y pruebas fehacientes, que hay famosos que viven a costa de vender exclusivas. Al tiempo. Todo esto viene a ilustrarnos, si se quiere por vía indirecta, acerca del pálpito que define la época que nos toca vivir. Lo del culto a la imagen se ha quedado viejo; no es simple culto, es veneración ilimitada e incondicional, y así las buenas gentes se dejan la vida en quirófanos infectos e improvisados, en manos de un siniestro galeno cuyo equipamiento y útiles rivalizan con los de la señorita Pepis. Actrices de exigua y poco edificante trayectoria alardean con desparpajo del número de veces que sus antaño prietas y hoy ajadas carnes han pasado por el filtro supuestamente reparador del cirujano plástico. El gusto por las apariencias –que está detrás de todas estas situaciones– denota cierta dosis de falsedad. Quien se deja embaucar sin medida por un torso esbelto dice mucho de sí mismo, y también de su falta de previsión. No quiero decir con esto que la única belleza verdadera sea, como reza el tópico, la interior. Algunas personas, con el curso de los años, con el barniz de la experiencia atesorada, cobran en sus rasgos una rara prestancia y su mirada destila un fulgor inefable, que las embellece. Otras en cambio, como el retrato de Dorian Gray, parecen traslucir la inmundicia. 24 de Marzo de 2002
PARQUE TEMÁTICO Una fugaz visita a la todavía reciente edición de ARCO –donde por cierto coincidimos felizmente con un afamado artista cordobés, a la caza de nuevas ideas– nos permitió no obstante pulsar el latido de esta feria anual del arte contemporáneo. Y refrendar lo que por anteriores ediciones ya barruntábamos: que ARCO es más determinante que las propias galerías, que durante el resto del año contemplan perplejas la apatía de un público que, sin embargo, acude en masa a la Muestra. Esta paradoja no se da tan sólo en el ámbito artístico español; antes al contrario, explica bien a las claras la importancia del apoyo mediático –enorme en este caso– a la hora del éxito o fracaso de un proyecto cultural concreto, con independencia de su valía intrínseca. Los numerosos reportajes y monográficos obran año tras año el milagro de que el personal muestre interés en ver algo que, salvo excepciones, puede contemplar en cualquier otro momento en condiciones harto más halagüeñas, sin las miradas crispadas de los galeristas que se duelen de tanto paseante. Desidia durante el resto del año y aluvión en un solo fin de semana; ése es el diagnóstico del arte contemporáneo en España. La feria, presentada por sus mentores como foro para el debate, es en tal sentido un completo fiasco; el objetivo prioritario, se diga o no, es marcadamente comercial. En este aspecto la opinión más extendida sostiene que la cosa va bien, que desde hace algún tiempo se vende en nuestro país arte contemporáneo. La cuestión es quién lo compra. Por lo general son las instituciones las que sostienen este mercado, colocando ostentosos carteles con sus logotipos junto a las obras recién adquiridas. Los particulares, en su mayoría, se inhiben; se limitan a deambular entre el alud de imágenes, producto del hacinamiento de las piezas expuestas. Un hacinamiento que hace difícil o imposible la percepción correcta de lo entrevisto, quizá porque esto sea al fin y a la postre lo menos relevante de estos fastuosos parques temáticos. 31 de Marzo de 2002
DE RAFAEL MIR, ESCRITOR Y JURISTA La Real Academia de Córdoba –regida en la vigente etapa de su ya extensa historia por la mano docta y gentil de Joaquín Criado Costa– rendía honores el pasado jueves a la figura de Rafael Mir Jordano, desde ese mismo día miembro numerario de tan alta institución. Una multitud de amigos y partidarios –los que ha sabido granjearse con justicia nuestro hombre– abrigó con su asistencia un ritual que, lejos de resultar cansino o desabrido habida cuenta de su carácter litúrgico y solemne, se vio impregnado de la personalidad de Mir, tan rica y poliédrica que ahuyenta sin esfuerzo cualquier sombra de aburrimiento, cualquier atisbo de tedio. Derecho y literatura fue el sugestivo título del discurso pronunciado en esa velada por quien alberga en su ejecutoria méritos más que sobrados en uno y otro campo; que no dejan, viene a decirnos Mir, de ser uno mismo al fin y a la postre, pues en ambos la palabra se erige en elemento preponderante, vital, esencial. Viene a mi mente en este instante el recuerdo de Arquero de Poesía, publicación mítica donde las haya, gestada hace cinco décadas por el propio Mir Jordano, y en la que confluyeron junto a él nombres tan refulgentes como los de Gloria Fuertes, Julio Mariscal Montes o Antonio Gala; justamente con ocasión de un homenaje tributado a Arquero desde las páginas de nuestra querida Arca del Ateneo tuve ocasión de conocer personalmente a Mir, y de saber de primera mano de su vasta erudición y exquisito trato. No puedo, naturalmente, hacer aquí un extracto cabal de lo expresado por el conferenciante en su alocución; sería ése, por fuerza, un remedo torpe, tan burdo como empobrecedor. Decir tan sólo que en la misma, cargada de jugosas anécdotas y referencias de variada índole, desde clásicos como Sócrates a contemporáneos como el galo Pierre Boulle, no estuvo ausente su pasión por el cine –pasión compartida por quien suscribe estas líneas– y más en concreto por el cine de temática judicial, con mención de algunos ejemplos ilustres del género como los encontrados en Testigo de cargo o Anatomía de un asesinato, a los que me permitiría añadir el abogado sureño encarnado con su habitual sobriedad y bonhomía por Gregory Peck en Matar un ruiseñor, según la novela homónima de Harper Lee. Sé por propia experiencia, y por la vivida y legada por personas de mi mayor confianza, de la generosidad sincera e infatigable de Rafael Mir Jordano; no es cualidad que abunde, desgraciadamente, como lo es quizá aún menos su envidiable desenvoltura en ámbitos tan diversos del conocimiento, sin duda desde la certeza lúcida de que el saber no admite compartimentos estancos. Es por todo ello que alzo mi copa por uno de esos nombres en los que cristaliza de modo paradigmático el legítimo orgullo de una ciudad. Orgullo que debiera teñirse de desazón y una pizca de sonrojo por no haber alcanzado aquí las cotas que habría rebasado con holgura en otros lares, en los que no late –o no lo hace al menos con semejante virulencia– cierta pulsión cainita. Publicado originalmente en ABC el 22 de Enero de 2002
METÁFORA POLÍTICA Amadeus, la obra de Peter Shaffer más conocida por el gran público en su laureada adaptación cinematográfica a cargo del checo Milos Forman, ha vuelto a los escenarios con esmerada puesta en escena y críticas harto favorables. Amadeus, pieza teatral, se estrenó en los albores de la década de los ochenta con un enorme éxito crítico y comercial, refrendado por cinco Tonys, los Oscars de la escena. Quiere y logra ser una aguda reflexión sobre la libertad de creación, contrapuesta a la actitud sumisa de aquellos artistas que viven sometidos a la férrea voluntad del Príncipe o el preboste de turno. Está construida con una minuciosidad propia de Salieri –que era un compositor esmerado, minucioso y, a la postre, previsible–, pero tanto a Shaffer (autor también de la célebre Equus) como a Forman les brota a menudo la genialidad incontenible y exultante de un Mozart. Y es que tenía que ser éste, y no otro, el primer gran artista de la Historia que liberara a la música del yugo férreo del Poder. Si la música anticipa más que ninguna otra actividad estética los cambios políticos y sociales que se avecinan, la revolución mozartiana representa la ruptura musical más drástica de Occidente, el sonido que anuncia la caída inexorable del Antiguo Régimen; la melodía libertaria que acompaña el ascenso fulgurante de la burguesía. Muere la ópera de salón y el género de cámara pasa a un segundo plano. A partir de ese instante, la música adquiere un valor mercantil, de intercambio, cuyo principal destinatario será la clase burguesa; los grandes escenarios, su cátedra; y la ampliación de la orquesta, finalmente, vendrá a proclamar la división del trabajo, bajo la batuta de un gerente, y el advenimiento de la revolución industrial. Se habrá quebrado entonces el orden cerrado, monolítico, totalitario; y la música romperá sin esfuerzo el dique de los cánones barrocos, que se perciben ya académicos y asfixiantes. En consecuencia, la música sinfónica, radiante, de Wolfgang Amadeus Mozart anticipa la llegada del Romanticismo. La obligada ruptura de Mozart con José II y el arzobispo de Salzburgo adquiere en la versión cinematográfica un cariz singularmente afortunado, quizá porque Milos Forman, mucho antes de instalarse en el oropel de Hollywood, vivió en sus propias carnes el frío de un régimen político totalitario, de un orden cerrado muy cercano a la fábula orwelliana, donde el artista se veía compelido a someter burocráticamente su creación al poder, más aún que Antonio Salieri lo hiciera con José II, mucho más que cualquier maestro de capilla al poder del Príncipe de rigor o de la propia Iglesia. Junto a la reflexión en clave política, Amadeus indaga con no poca lucidez acerca del misterio de la creación y el enigma del genio. En síntesis es la historia de una humillación personal que supera de largo los límites de lo tolerable, y que se consuma con algo en apariencia tan inocuo como la música. Desde luego, toda la arquitectura teatral de la pieza está plagada de fabulaciones y/o conjeturas de rigor histórico más que discutible; pero el uso que Shaffer y Forman hacen de las mismas no es tan sólo legítimo sino encomiable, pues merced al mismo y con extrema habilidad se eluden las manidas y un tanto tediosas convenciones del género biográfico. 1 de Junio de 2000
ALADINO SIN LÁMPARA He visto en la caja atroz al niño bosnio, Aladino Hodzic se llama, al que le falta una pierna por culpa de un proyectil alevoso y felón, del que sólo acertó a escuchar su trueno de odio. Este Aladino de la pequeña pantalla es un tullido menudo, adorable, de cuerpecillo más y más breve, que sonríe a la cámara de un modo tenue, con ojos devorados, como si en lugar de un genio locuaz y conseguidor se ocultara tras ella un espíritu maligno, el mismo que le ha robado la pierna y la infancia. Llegó tarde en esta ocasión (o, simplemente, no llegó) la alfombra mágica, voladora, del cuento oriental, plasmado por la Disney en una película de preciosos dibujos, que ha roto récords de taquilla en todo el mundo, y que cada noche, puebla de fantasías los sueños de otros niños, éstos enteros, indemnes, intactos. Encaramado, suspendido de sendas muletas que le dan un aspecto de guiñol de barraca, manejado por un operario invisible, me pregunto: ¿qué pensará Aladino, herido al amanecer por un relámpago de fuego, de este mundo en el que empezaba a vivir? ¿Qué pensará de todos nosotros? No inquieta, seamos honestos, el niño bosnio de efigie menguante, roto por la bomba como un muñeco de trapo, desmadejado, vacío, casi inerte. Preocupa, sí, el flamante delantero bosnio, Meho Kodro se llama, que ha sufrido una leve contractura en el entrenamiento de esta mañana, por lo que su entrenador, hombre prudente y previsor, ha optado en buena lógica por reservarle para el encuentro vital del próximo sábado. Dicen de Kodro que es un auténtico y genuino depredador del área; que, como buen delantero, está en todo momento con “la caña” dispuesta por lo que pueda caer. En tanto, otros depredadores bien distintos –serbios, o bosnios, o croatas, qué más da– se mantienen también agazapados, al acecho. Pertrechados de muerte, a la espera de segar una vida, o varias, desde su funesta atalaya de francotiradores. Iluminados, en pos de eso que llaman eufemísticamente “limpieza étnica”. Qué macabro sarcasmo, barbarie a secas, sin más. Si algo no cabe negar a esta civilización forjada por el Hombre es su irreductible, su ejemplar y turbia coherencia: son ya muchos siglos de matanzas sistemáticas, de tropelías y crímenes varios en nombre de Dios o del demonio. Estamos instalados en el corazón de las tinieblas. Nuestras tinieblas. Llevan a mi Aladino –todos los niños son el mío, escribió una vez Umbral– a la hermosa Italia, donde le aguarda, dicen, una prótesis para su escultura maltrecha, amputada. Llegados a este punto, quiero yo otra prótesis. Una utópica, idílica prótesis de sana humanidad, de bondad de ánimo, para mí y para todos cuantos, como yo, contemplan la imagen mutilada y lacerante de Aladino, y pulsan con cansina indiferencia, desdeñosamente, el botón obediente, disciplinado, del mando a distancia. Publicado originalmente en La Información de Córdoba el 27 de agosto de 1995
INOCENCIA Mientras desfilaban lenta, perezosamente, los títulos de crédito, bajo el majestuoso fondo musical de Elmer Bernstein, pensó que se trataba de una gran película. Distinta desde luego a cualquier otra de Scorsese que él hubiera visto, pero grande de veras. Le gustaba Scorsese desde Toro salvaje, aquella maravilla en blanco y negro en la que Robert De Niro estaba sublime: había engordado la friolera de treinta kilos para encarnar al boxeador Jake la Motta en su ocaso físico, el último cuarto de hora. ¡Qué gran actor! En La edad de la inocencia no estaba De Niro el Grande, pero sí la divina Michelle Pfeiffer; y un sobrio Daniel Day Lewis..., y la dulzura cándida y frágil de Winona Ryder. Allí continuaba, sentado aún, cuando la mayoría de los espectadores había abandonado ya sus butacas y tomado la calle. Miraba la pantalla, poblada de nombres y siglas que desconocía en su práctica totalidad, y de repente comprendió que acababa de ver, proyectado ante sí, un trozo de su propia vida. Estaba por ello conmocionado, pues en sus días, en sus noches, había también una condesa Olenska, añorada, que le disputaba el pan y la sal a Luisa, su mujer, que era buena, honesta y trabajadora, pero que nunca le entendió por más que lo intentara. Algún ingenuo, dos filas más atrás, había visto en las imágenes de Scorsese una novelita rosa, un cuento cursi, esteticista y relamido. Él sabía que no era así: se trataba de un drama en toda la regla, con un final a más desgraciado, pues Day Lewis y la Pfeiffer no llegaban nunca a consumar su amor, condenado para siempre por un círculo social que imponía sus directrices, sus designios, con tanta sutileza como contundencia. Abrumado, intuyó la cercana presencia del acomodador, que contemplaba la magnitud del desastre con callada resignación. Bolsas y latas se amontonaban en pilas como prueba de la voracidad festiva del respetable. Sin demasiada prisa, se levantó, tomó su abrigo y caminó cabizbajo hacia el amplio vestíbulo. Fuera, la noche era fría, hostil; así que buscó, y encontró en los bolsillos aquellos guantes de lana que su mujer le había comprado por Navidad. Al llegar a casa cenó frugalmente y se acostó procurando no hacer ruido, que ella ya dormía, como acordaron. Tardó un buen rato en conciliar el sueño; después, vislumbró el rostro de Michelle Pfeiffer, y encontró sus rasgos extrañamente familiares, conocidos, mientras a su lado, en la mesilla, el reloj-despertador aguardaba su turno pacientemente. Publicado originalmente en La Información de Córdoba el 4 de noviembre de 1995
EPÍLOGO Creo que fue Oscar Wilde (para variar, ¿quién si no?) el que insinuó con su proverbial clarividencia el común denominador a periodismo y literatura: el periodismo es ilegible y la literatura no se lee. Si el aserto es válido, el lector que ha llegado hasta aquí ha obrado una suerte de prodigio dual; prodigio en virtud del cual el autor no puede sino mostrarse hondamente halagado y en eterna deuda.