EL RITMO DE LAS SOMBRAS
PRELUDIO
Sentían ya las moscas la vendimia
y la mimosa, el pruno y el olivo
ensayaban,
a coro con el aire,
melodías de siempre,
con batuta de otoño.
Metida en un paréntesis de tiempo,
ella miraba al suelo,
contemplando
la danza improvisada de las hojas.
Un bodegón dinámico que trazan
los dedos invisible de la luz.
Permanecía quieta
sólo ella.
Plena, su sombra plana
acariciaba
la nuca del silencio.
Ella miraba al suelo
1
Casi verdes
Este sol tamizado de septiembre
que tiembla entre las sombras de su pruno,
no es como el sol de ayer
con pupilas de fuego,
que secaba el aliento de las flores
tan solo con mirarlas.
Es ámbar derretido,
orujo de membrillo recién hecho,
cendal de brisa y miel que huele a otoño.
A un otoño precoz
que, desde siempre,
se hizo un hueco en ella y le ha robado
centenares de hojas
casi verdes,
que un vendaval de vida arrebató
al árbol sorprendido de sus sueños.
2
Los últimos sudores del estío
Con estos prolegómenos de otoño
el jardín se sacude
los últimos sudores del estío.
A espaldas de su mundo,
ella no se resiste a contemplar
las sombras que no encuentran
la dimensión exacta del deseo.
Y se admira, si observa
que son distintas, siempre,
las formas que proyecta un mismo árbol.
Tal vez, todo se deba
al ímpetu del aire que lo anima
y cimbrea su talle,
hasta sacar de él
temblores que recuerdan
la danza estremecida,
que siente cualquier cuerpo
cuando por fin lo templan
las manos invisibles que soñara.
3
Limpiando los recuerdos
Piensa quitarle a todos sus recuerdos
el polvo del silencio de los años.
Los hechos que conforman lo que ha sido,
sin orden, le reclaman
las horas que no pudo o supo darles.
Que los mire, si puede, y los recree,
presiente que le piden.
Tal vez, vivir no sea más que esto.
Dejar que el tiempo vaya amontonando
la arcilla de pasiones necesarias.
Para, llegado el día, regalarles
el aliento,
la voz
y todo el tacto
que modelen sus cuerpos de vasijas.
Si, al fin, consigue hacerlo,
las llenará con todos los latidos
que algún viento celoso le robó.
Para beber de ellas cada día.
4
A media luz
Se acerca a sus recuerdos de puntillas
como quien no quisiera despertar
al fantasma del tiempo.
Ese que nos esconde
las horas una a una,
para que no exprimamos
su delicioso jugo a los segundos.
Pretende recorrerse las estancias
que, por algún motivo, se dejó
a media luz
y rescatar de ellas
las sombras que aún palpitan
del sueño inacabado que ya fue.
5
El eco de la sangre
Hay en ella una fuerza que se escapa
en dirección contraria de la meta,
rompiendo las cortinas que ha tramado
la pertinaz araña del olvido.
Y encuentra casi siempre,
bajo la pátina gris de la desidia,
fotogramas aislados que perdieron
el eco de la sangre y su volumen.
Como si fueran cuadros que pintara
un artista inexperto, que no supo
colorear con voces
los tonos de los sueños.
6
El árbol de las sombras
A veces, ella siente
como un dolor de arena que se clava
con alfileres ciegos
en la piel lacerada de un suspiro.
Y un silencio de ola sordomuda
y un manantial de lava entre los labios
y un racimo de ecos de otra orilla
y hasta un rayo de voz
que busca, iluso,
partir en dos el árbol de las sombras
y avivar con su llama
las brasas cenicientas de su aliento.
7
El fruto de la carne y la palabra
En el recodo izquierdo que es guarida
de sombras encarnadas,
se ha teñido la sangre con un canto
que le resalta el tono
a sus pasiones.
Y el silencio, hasta ahora,
lengua de lava,
ebria
por la queimada añeja de los años,
retumba
y se alboroza
con un aire in crescendo
que se fuga
tras la capa de fuego con que cubre
el fruto de la carne y la palabra.
8
Como un silencio disfrazado
Cuando el miedo practica parapente
en el acantilado de un suspiro,
se enardece su voz porque se sabe
libre como un silencio disfrazado.
Y sale, rayo iluso,
a quemar las raíces a las dudas
y a pintarle a las sombras
los labios con su fuego.
9
Las sombras de la sangre
En el límite mismo, donde duermen
las sombras de la sangre,
se han encontrado al miedo moribundo.
Ha sido, al parecer,
por un tiro de luz que ha disparado
la mano del destino.
Y dicen que el silencio,
verbo de caracola transparente,
con su caudal en llamas
ha huido,
desbordando en su fuga un canto nuevo.
Borbotón encendido, está sanándole,
con ungüento de lava, las llagas a su voz.
Melodías de siempre
“Oye mi desnudez, esta locura
que me sangra en silencio …”
Vicente Martín Martín
1
Mi obesa desnudez
No sé si hablar de esto con vosotros
o callar para siempre.
Y guardar mis secretos,
como guarda
la tierra, en sus estratos, su esencia mineral.
Esa que, en otro tiempo,
fue pura circunstancia
que crecía
a los pechos del sol.
No sé si hablar,
no sé…
Y es que no encuentro
palabras XXXL,
para poder vestir
mi obesa desnudez. Si alguien supiera
dónde hay un almacén de tallas grandes
con stock de metáforas al uso,
ruego que me lo diga. Últimamente,
está como mal visto pasearse
por los parques y foros en topléss.
2
El color de mi secreto
No encuentra el color de mi secreto
su gama en las palabras.
Ni tiene el arco iris que conozco
matices que lo tiñan
ni existe cerbatana, capaz de hacer con él
mil pompas de ilusión.
Para que lo sepáis,
es como un alba herida con sol de media tarde
que desangra su luz
e
n
g
ot
a
s
d
e
sil
e
nci
o.
3
Espejo
Me están vendiendo un cuadro
que ha salido
del pincel de un pintor surrealista.
Tiene un mar escarlata que comulga
una luna dorada de septiembre.
Es un atardecer
que bien pudiera
confundir su color y su volumen
con un alba mentida.
Como esas que nos crecen en viveros.
4
Ese color rojizo del ocaso
Quiero estrenar un traje de caricias
cuando caiga la noche.
Que conforme el amor que yo recuerdo
y despierte en mi piel adormecida
el placer que sestea
hace ya tantos años.
Hoy he visto corceles en la brisa.
Y a alguien que lanzaba una cometa,
con mi nombre
colgando
de
su
lazo.
Y he notado en el alma
ese aliento sereno
que hace volar los sueños.
Ese tibio calor que nos conmueve.
Ese color rojizo del ocaso.
5
Y me dijo el amor
Aunque es otoño, amor,
te arrancaré yo mismo
la mies que aún se viste
su dorado de siega.
No sea que el invierno
ahogue con sus blancos
este mar de amapolas que te inunda.
La trillaremos juntos
en la era que tengo lindante con un sueño.
Y guardaremos, luego,
los granos ya maduros,
en ese silo nuestro que es el alma.
6
Y el amor me insistía
Hoy digo que vivir
es matar a la muerte cada día
con la metralla loca
de unos besos de lava.
Esos que arrinconaste sin saber
que la muerte es un Aquiles
con un talón al viento, vulnerable
a balazos de amor.
Juntemos municiones
y quebremos
ese puñal de escarcha que nos hiere.
7
Y le dije al amor
Para hacer el amor como me pides
tendré que vaciarme antes de voz,
del eco que retumba en mis entrañas,
de ese perfil sesgado del orgullo
y de este viento extraño,
que esconde entre sus pliegues
alguna que otra brizna
que huele a vanidades.
Entonces,
sólo entonces,
tal vez, sepa intuir en tu mirada
cómo crecen en ti
los juncos de la espera
y cómo se te rompe cada tarde
un deseo por dentro.
Seguro que ese día,
sabrán leer mis dedos en tu piel
que quiere ser pantalla en que plasmemos,
a golpes de latidos,
un poema de tacto solamente.
8
Amontonando sombras
Amontonando sombras
que ayer fuimos,
me encontré, entre los dedos,
los perfiles de un ancla,
una cometa,
un huracán de espuma
y, a lomos de una ola,
pasajeros de honor,
una canción y un beso, de la mano.
Y, al fondo, muy al fondo,
ya disuelto en su sal,
el eco de una lágrima rendida.
9
A estas alturas
Ahora, desde aquí, a estas alturas
de la ladera inmensa
que es la vida,
me paro a divisar lo que he soñado.
Aquí,
frente al ocaso,
ensartando ababoles con suspiros,
quiero dejar constancia de una senda
en la que las mimosas
copulan con los sauces.
Y me quedo
bordando sortilegios,
sentada bajo el árbol
de la ausencia,
con los hilos que el alma le ha robado
a miles de alboradas.
10
A Enrique Miquel
Si fuéramos poetas
Si fuéramos poetas bastaría,
en días como hoy,
encender con palabras las antorchas,
para vestir de fiesta nuestro encuentro.
Y ver, así, que el tiempo que ha pasado
reposa solamente.
Que no mueren
de infarto los suspiros.
Sólo sueñan
con labios en que ayer se despeñaron.
Si fuéramos poetas, teñiríamos
las canas de las sombras con las sobras
de miles de arco iris que se pierden,
por lavar sus colores
en un charco de dudas.
Si fuéramos poetas, cortaríamos
del árbol de los sueños
sonidos aún cerrados,
para hacernos,
en días como hoy,
un ramo de promesas no estrenadas.
11
A eso del ocaso
Porque sé
que no hay otro horizonte diferente
que la línea que une
mi vista con su boca,
espero muy tranquila cada tarde
a orillas de ese sueño,
para ver
cómo él se bebe siempre,
a eso del ocaso,
el fuego que da brillo
al sol de mi mirada.
Plena, su sombra plana
Empiezo a ser otoño, un campo que en barbecho
ya no reclama lluvias ni vientos ni semillas.
Me basta con la luz.
Amparo Fernández del Campo
1
“Porque el crepúsculo no es más que el alba
de la noche, la aurora vespertina”
Juan Miguel Jerónimo
Fue eso y mucho más
Se le encendió a la piel el son de un canto.
Fue un alba despistada
y hoy ya se desgrana
por los poros abiertos de un poema.
Fue rubor de poniente
y hasta un grito de mina a cielo abierto.
Fue sal, jugo de espuma
con la pulpa exprimida de corales
y una chispa de luz
como un jazmín que guiña,
polizonte de honor en una ola.
Fue eso y mucho más.
Cometa de rubíes se sintió.
Pero dicen que ahora,
es duna enraizada que apuntala
al corazón de un pino centinela.
Y desde ahí,
contempla el horizonte
con los ojos serenos
de dos lirios salvajes.
2
Algún beso de pan
Suben hormigas rojas la pirámide
de un poema de amor,
por si quedara
algún beso de pan que llevarse a la boca,
cuando el miedo al invierno,
invada a las alcobas parapléjicas.
Recorren sus palabras
surco a surco
- amalgama de sangre y de vacío
para sellar los sueños -
Y no es raro que encuentren a su paso
la inconsciencia de algún coleccionista
o la amenaza en ciernes
del que quiere
mantener impolutos
todos los monumentos funerarios.
3
En un motel de paso
Tiempo ha, que mi cuerpo y quien os habla
cohabitan
en un motel de paso.
Ni siquiera recuerdo desde cuándo
tomé conciencia clara
de que sería mejor estar bien avenidos.
Pero es cierto, que, de un tiempo a esta parte,
es tal el acomodo al que estamos llegando
y tal la independencia,
que no nos molestamos para nada.
Es más, ya ni lo siento.
Por fin, nos convencimos mutuamente
de que es mucho mejor andar en zapatillas,
que hacer tanto ruido con los tacones altos.
Atrás quedaron ya
aquellos días locos de las desavenencias.
Y desde ese momento,
yo hablo y hablo y hablo
y ni siquiera sé si está o si se ha ido.
Sólo nos encontramos cada trece de junio,
para firmar de nuevo el contrato siguiente
y aprovechamos ya,
para hacer inventario de algunos deterioros
y asumir con la estética - cada uno a su forma -
lo que aún tiene arreglo.
4
Al calor de otros soles
Estas tardes de sol a medio fuego
que doran con su luz a los castaños
me iluminan el alma
de tal forma
que descubro rincones que ignoraba
donde macera el tiempo sus reservas.
A modo de bodega
he descubierto
un paisaje de sueños destilados
al calor de otros soles,
que han hecho con tus días y mis días,
gota a gota, un orujo
de nubes pasajeras,
que, alfombras de ilusión, nos han traído,
volando,
hacia este otoño que nos mima.
5
A María Miquel
Verdades instantáneas
Nada enseña el abismo. Y si algo enseña
es el perfil del miedo despeñado,
sin un paracaídas de palabras,
que le ayude a su voz
a creer que es posible, todavía,
algún convencimiento.
Yo soy una mujer que se alimenta
del zumo que le dejan
verdades instantáneas.
Porque
¿qué es la verdad, alguien lo sabe?
Hace tiempo que creo que es un roce,
o quizás un dolor,
o una mirada
tan verde, que te ahoga con una savia incierta.
Un hablar con la vista mientras callas
y miras, frente a frente,
a ese que no supiste
que llegarías a ser.
Viene a ser algo así,
como una flor de mar con sal de fondo.
De ahí, que no me pare a digerir
certezas que otros llaman absolutas.
6
A Pablo Miquel
Que no, que no y que no
No tiene un cielo azul
el paisaje alquilado por la angustia.
Ni en sus árboles tienden
los pájaros sus cantos de diseño.
Es un paisaje gris
como la voz ceniza de la niebla,
como el eco de sombra de un ciprés
o el aliento punzante de los búhos.
Es algo parecido
a esos sueños cerrados, sin ventanas,
de donde las hormigas
se llevan las imágenes
para ver en invierno
a la hora del té.
Me asfixia ese paisaje.
¿Qué quieres que te diga?
No estoy aún preparada
para ser figurante de un guión,
en el que alguien pretende que yo sea
crisálida que cubra
la seda que han tejido, desde siempre,
la tierra y sus raíces.
Que no, que no y que no.
Que aún me quedan
patrones que cortar con mis palabras.
7
Un son de sombra y luz
De tanto ser de voz, me están naciendo
alondras de palabras en los labios,
silencios de glaciares
y en el alma
un son de sombra y luz
que multiplica
los panes y los peces del olvido.
De tanto ser de voz, se me han secado
las flores de la piel y no me queda
ningún otro horizonte en la mirada
que aquel que con sus alas
pinta el viento.
De tanto ser sin ser,
de ser, sólo, palabra
la vida se ha quedado,
mariposa,
entre las hojas blancas de algún libro.
8
Tuve que ser de mito en otro tiempo
Para ser de silencio apetecido,
tuve que ser de mito en otro tiempo.
Y, muchas eras antes,
valencia de elementos que se atraen,
mil burbujas de algas
y el balbuceo tímido de un latido animal.
Para ser de silencio
plenamente,
el verbo se hizo carne y fue palabra
con cientos de perfiles,
para acotar el mundo y sus misterios.
Por eso, me pregunto
cómo ahora que sé de sus matices
me pierdo, complacida,
en este mar que enmudeció de olas,
para encontrar,
al fin,
la salida al abismo.
9
Declárate inocente
Declárate inocente,
si es que puedes,
de no haber influido, en modo alguno,
en que un poema tuyo decidiera
suicidarse en el borde de tus labios.
Y mírame a la cara,
frente a frente,
así,
como te mira sólo la verdad.
Sin intentar decirme
- no lo intentes
con poemas apócrifos -
que nunca has ayudado a tus palabras
a tensar en sus cuellos de aire y brumas
la cuerda del silencio.
10
Los espejos se callan
Al hacerse el silencio,
los espejos se callan.
Entonces, tú y la otra sois la misma,
capaz de contener la eternidad
que es sueño en un poema.
Y es que la eternidad es algo así
como callar al tiempo,
para poder oír cómo suena la luz.
EPÍLOGO
Se ha callado el jardín.
No quedan luces
que saquen con sus plectros invisibles
el ritmo de las sombras.
Se ha dormido el jardín.
Solo un fantasma,
con aire de mujer,
sigue buscando
aquel boceto suyo
que el sol trazara un día.