MANUEL SANCHIZ SALMORAL CENIZAS DE UNA GUERRA A mis padres.
“La literatura nos enseña a mirar dentro
de nosotros y mucho más lejos del
alcance de nuestra mirada y de nuestra
experiencia. Es una ventana, también un
espejo. Quiero decir, es necesaria”.
Antonio Muñoz Molina
Sombras
El cielo estaba algo nublado cuando crucé por el paso fronterizo
de Khyber procedente de Paquistán. Allí pasé varios días
para conseguir un visado que me permitió entrar en el país de
los Budas gigantes. Éste es uno de los pocos estados que mantienen
relaciones con el gobierno de Afganistán. También alquilé
un coche, lo más parecido a un todo terreno y los servicios
de Jamal, un musulmán, según él de nacionalidad desconocida,
amable y poco hablador, conocedor de un inglés popular que
ayudaba a entendernos.
Todo empezó la tarde en la que el director del periódico recibió
un teletipo con las declaraciones del mulá Mohamed Omar,
líder de los talibanes “Sólo se están destrozando piedras”. Se
refería a las estatuas de los Budas de la región de Bamiyán.
- ¡Miguel! Llama urgentemente al aeropuerto, consigue un
billete para el primer vuelo que salga para la zona. Quiero las
fotos en exclusiva y un amplio reportaje de lo ocurrido.
Nunca antes había estado en Afganistán. Un país gobernado
por la milicia integrista de los talibanes, surgidos al sur del país
en 1994, un grupo fundamentalista islámico, de guerreros religiosos
que basan su política en el estudio y conocimiento del
libro sagrado, aplicando la ley y las costumbres que de él se desprenden.
Al cruzar la frontera, un paisaje desolador te acompaña, tal
vez por la sequía interminable que sufren hace años, o por la
constante guerra que no halla su final. Pude apreciar, no lejos
de los arcenes, varios tanques abandonados, utilizados por los
más pequeños para sus juegos. El viaje por carretera fue terrible;
dañada por el largo conflicto, no ha sido reparada en años. En
el trayecto hacia Kabul no sueles encontrarte con mucha gente,
cruzas por un desierto color pardo repleto de arena y piedras,
donde a duras penas florecen algunos árboles. La calzada es
ocupada a veces por largas filas de camellos, que me recordaron
las caravanas de la seda que cruzaban esta tierra no muy lejos
de aquí.
Al llegar a Kabul te sobrecoge la imagen de otra época ya
pasada, reflejada en los edificios destruidos. Parte de la ciudad
está en ruinas. No tardé en ver a tres mujeres acompañadas, que
cruzan la calle cubiertas con su burka, siempre de colores oscuros.
Jamal dice que el Corán aconseja que la mujer debe estar
tapada, aunque no especifica cuánto; se cubren por completo
para evitar tentaciones y malos pensamientos a los hombres de
natural ardiente. Reconozco a un grupo de talibanes por sus turbantes
y ropa ancha que conversan en una esquina. Todos llevan
barba, porque los profetas del islam las llevaban. Sorprende la
aceptación de sus habitantes, que no ven en el Islam ninguna
amenaza para nadie. Algunos llegaron a reconocer que ahora
se vive mejor que antes. El gobierno ha puesto paz en las calles y
su filosofía es simple: sólo es necesario entender el pensamiento
de Alá.
Las estatuas que pretendía fotografiar no están en Kabul,
sino en Bamiyán, al oeste de la capital. Los Budas gigantes están
esculpidos en la ladera de una montaña. Se cree que estas esculturas
fabulosas datan del siglo V. Algunos expertos dicen que no
existe nada parecido en todo el mundo.
Al llegar al hotel, el personal que me recibió fue cordial y
atento; no son muchos los extranjeros inscritos últimamente, la
mayoría suelen ser periodistas en busca de la noticia sensacionalista
o de la fotografía de impacto. El recepcionista, un joven
amable, me comentó que esperaban más visitantes, la noticia
de la destrucción de los Budas traería al hotel un poco de movimiento.
El establecimiento era modesto; a la derecha del recibidor,
había un salón de estar. Jamal me advirtió de la presencia
en él de tres jóvenes talibanes. Al verme, uno de ellos improvisó
un saludo de cortesía. Dicen que se levantan muy temprano, se
colocan su turbante y se van a orar a las mezquitas. De vuelta al
hogar, leen el Corán hasta el amanecer, toman su té y se van a
su trabajo.
Mi habitación tenía las paredes descoloridas y como único
adorno algunas grietas. Era algo pequeña, pero tenía lo necesario,
aunque echaba de menos un televisor, prohibido por el
gobierno. No llevaba dos horas cuando, después de ordenar la
ropa y descansar sonó la puerta.
- Sí, ¿Quién es?
- Soy yo. Jamal.
- ¡Un momento! Ahora te abro.
Le di la vuelta a la llave, después de quitar el pestillo que había
echado por seguridad.
- Señor, alguien quiere verle.
- ¿Quién es? ¿Qué desea?
- No sé, dice que es importante, algo que le podría interesar.
Después de unos momentos de duda y silencio, ante la mirada
de espera de Jamal, decidí recibirle.
- Dile que suba.
¿Quién podía saber que estaba allí? No había podido avisar
de mi llegada en todo el día, el móvil no tenía cobertura y las
comunicaciones eran escasas y nefastas.
- Buenas tardes.
- Pase y siéntese donde pueda. Cuénteme qué desea.
Por un momento, mantuvo la vista baja, con expresión de
desconfianza hacia mí. Me miraba de reojo. Se sentó sobre la
cama desnuda de colcha y, levantando la cabeza lentamente,
habló por fin.
- Conozco a una mujer que, por pocos dólares, se dejaría entrevistar.
También podrá hacerle fotos.
Apenas empezada la conversación, el aire de la habitación
se enfrió y un suave viento entró por la ventana huyendo del
estampido de una tormenta.
- ¿Podría venir aquí?
- No. Es peligroso. La mujer no puede salir a la calle sola. Debe
ir acompañada de un varón de su familia. Ésta es viuda y no puede
hablar con desconocidos. Le llevaré hasta ella, si le interesa.
La escena se resolvió en un prolongado silencio. Incluso des12
confié de sus palabras y estuve a punto de responder que no.
Una negativa me hubiera supuesto más tarde una tortura provocada
por mis propios reproches. Quedé con el musulmán en
que nos veríamos al día siguiente. El encuentro sería temprano
para no levantar sospechas. Jamal no dijo nada en toda la conversación,
y se mostró muy reservado.
- Jamal, ¿por qué tanta precaución?
- En Afganistán un hombre no puede hablar con mujeres desconocidas.
Se considera indecente.
Mi decisión de hablar con la viuda se vio reforzada apenas
comprobé la expresión de Jamal. Sospeché que la situación era
un presagio de exclusiva. Conocía por mi profesión situaciones
de peligro, y no pensaba dejarme amedrentar por un musulmán
que conocí dos días antes. Jamal me habló de su fe, parado en la
puerta. Justificaba, en parte, la destrucción de los Budas. Según
el Islam, la preservación de las estatuas era comparable a la adoración
de ídolos, algo prohibido por Alá.
- ¿Es necesario destruir parte de la historia para amar a Dios?
- Ustedes los occidentales creen conocerlo todo. Poseen la verdad
absoluta. Están lejos de entender y aceptar nuestras costumbres.
Nos llaman fanáticos desde sus cómodos sillones, lejos
de los obuses, de los carros de combate, de los ahorcados en
los cañones de los tanques. Tienen compasión por unas piedras,
cuando el pueblo no tiene qué darle a sus hijos. ¡Qué saben ustedes
de historias milenarias, ni de celos aniquiladores de arte!
Jamal dio media vuelta cerrando la puerta sin esperar contestación.
Aquella tarde bajé a la cafetería. Las paredes eran oscuras
y no tenían adornos, sólo algunas mesas bajas con pequeños
taburetes y cojines sobre alfombras de colores pálidos. Al fondo,
reconocí al grupo de jóvenes que por la mañana llamó mi
atención con sus turbantes blancos. No debían de tener más de
veinte años por la espesura de sus barbas. Al notar mi presencia,
el que saludó me instó a sentarme con ellos. Me ofreció un cojín
bastante cómodo, invitándome a tomar el té. Me presentó a un
compañero, cuyo padre murió en la yihad. Al musulmán le llena
de orgullo sólo nombrar la valerosa acción. Su cortesía no deca13
yó ni cuando le dije que era periodista, aunque el más alto me
miró con recelo; pero me aceptaron con amabilidad. Compartí
con ellos la tarde y participé en su conversación.
- Conozco otros países que siendo islámicos, tienen una cultura
diferente.
- Ellos no viven de acuerdo con el Corán.
El más joven es algo tímido y estudió en la “madrasa”. Se
mueve nervioso ante mi presencia, se ruboriza cuando me habla
de su fe, pretende convencerme, y algunas preguntas me las responde
leyéndome un texto de su libro: me ve inculto e intenta
ayudarme a aprender. Pregunto por los Budas gigantes, lo que
produce una pausa, pero responde que deben ser destruidos
para evitar que sean idolatrados. El Corán prohíbe toda representación
de seres. Compruebo que son educados, y me muerdo
la lengua ante opiniones que puedan ofenderles.
- Al ladrón se le corta la mano, así te aseguras de que no robará
más.
Afirmación tajante que no rebato con ningún recurso por temor
a un exceso de confianza que más tarde pueda lamentar. Mi
discreción hace que el coloquio sea más participativo.
- ¿Por qué la música?
- Si cantas pierdes el tiempo, es de provecho emplearlo en leer
y estudiar. Nunca llegas a saberlo todo sobre Alá y su profeta.
Insistí en las interpretaciones del texto relacionadas con la
mujer. Se miraban entre ellos y con una sonrisa recibía un silencio
momentáneo por respuesta.
- Admirar el rostro de una mujer puede perjudicarte, te distrae
de tus obligaciones. Dice el Corán que los creyentes bajen
la mirada y repriman sus pasiones sexuales. La mujer no debe
mostrar sus adornos y debe llevar la cabeza cubierta hasta el
pecho, es un peligro constante para el hombre, ya que le tienta
a la fornicación y al adulterio.
Vi, en el ímpetu de sus razonamientos, la fe en sus creencias
ideológicas. A veces, se leen los capítulos sagrados hasta aprenderlos
de memoria. Conversamos bastante tiempo, sin preocuparnos
de la hora, y les escuché largo rato. Me dieron todas las
razones válidas para comprender la ley islámica, que alberga la
única expectativa de vida posible, aunque nos parezca insensata.
Por la noche, no conciliaba el sueño asediado por la curiosidad.
La entrevista se convirtió en una obsesión. Jamal no me advirtió,
pero no me costó sospechar el peligro que corría, y comprender
que no era muy legal. Es difícil imaginar las razones del
aislamiento de la mujer, pero el pueblo sencillo las ha asimilado
rápido. Insinué a los talibanes mi deseo de poder hablar con
mujeres, y éstos me dejaron claro que necesitaba un permiso del
Ministerio correspondiente. Pensé que el testimonio contribuiría
a su lucha. El cielo estaba cerrado y hasta mí llegó el ruido de la
lluvia; por un momento, sentí frío, me metí entre las descoloridas
sábanas con olor a moho, y al final, me venció el cansancio.
Cuando desperté al día siguiente, tuve la sospecha de que
podía ser víctima de una trampa. No conocía las intenciones
exactas de la entrevista, y todo se desarrolló demasiado fácilmente
el día anterior. Me pareció extraña la facilidad con que
me encontraron, cuando sólo llevaba dos horas en el país. Bajé
las escaleras del hotel con cuidado para evitar ruidos, la planta
baja estaba a media luz y comprobé que no había nadie en
recepción. Antes de que saliera el sol, la calle estaba sola, salvo
algún mendigo que busca comida en las aceras desiertas. Cerca
del edificio, me esperaba el afgano, no así Jamal. Éste llegó minutos
más tarde con el coche. Después de un rápido saludo, sin
más preámbulos, nos pusimos en marcha. Kabul parece distinta
por las mañanas, cuando empieza a vivir en un despertar lento.
En el camino hacia la casa, recorrimos varios barrios, algunos casi
destruidos, parte de un paisaje arrasado y sin vida a causa de la
deflagración producida por el largo conflicto, con calles anchas
ocupadas por animales de carga y bicicletas, en las que los vehículos
a motor eran escasos.
Nuestro acompañante se limitó sólo a enseñarnos el camino,
una carretera desierta y terriza. Era un hombre maduro con rasgos
africanos y mostraba desconfianza; pero era demasiado astuto,
y sus condiciones fueron muy concretas: cien dólares en el
hotel y otros cien al terminar la entrevista. Acepté porque pensé
que no habría otra oportunidad. Jamal mostró un semblante se15
rio toda la mañana, no desviaba sus ojos del camino, apretaba el
volante con fuerza, y no habló en todo el trayecto. Era imposible
saber lo que pensaba, no comprendía sus razones, ni el cambio
repentino de su actitud. Aproveché en el día anterior la coyuntura
de su postura amable y le comenté, no sin algo de reserva y
precaución en mis preguntas, cómo acepta el pueblo afgano las
amputaciones y los castigos públicos.
- El nuevo régimen representa la paz. El Corán tiene la legitimidad
absoluta, sólo los que no están bien con Alá tienen algo
que temer o se sienten oprimidos.
- ¿Has presenciado alguna vez una ceremonia tan brutal?
De pronto se le cortó la voz, su respuesta fue seca y cortante.
Contestó únicamente que evitara algunas de mis conclusiones
delante de extraños, no se sabe si, al pisar, las tierras son movedizas.
Jamal condujo el coche hacia las afueras; apenas dejamos la
ciudad, atrás quedaron calles, avenidas, gente, piedras y pobreza.
Media hora más tarde, llegamos a una aldea que más bien
parecía un basurero con olor a descomposición, una ciénaga salpicada
de rastrojos y piedras demolidas donde husmean los perros
callejeros. El guía hizo una señal a Jamal para que parara el
coche y éste se quedó en él mientras yo acompañé al musulmán,
apoyado en el volante y sin volver la vista atrás.
Andamos unos cincuenta metros y llegamos a un habitáculo
de barro con tejados rotos y muros carcomidos por el tiempo.
No sin sortear incontables escollos, me tapé la nariz disimuladamente
con el pañuelo al cruzar un charco putrefacto donde revoloteaba
una nube de mosquitos. Los escombros se amontonaban
en aquella pequeña fortaleza llena de miseria y matorrales
secos. La falta de alcantarillas hacía del lugar un vivero de ratas.
En el interior, reinaba un silencio sólo interrumpido por el zumbido
de las moscas. Mi boca estaba amarga y una voz me pidió
prudencia. En un ambiente tenso, sentí en el cuerpo el vaho de
mi aliento, y el corazón descontrolado me obligó a secarme el
sudor. Al levantar la vista, vi tras la luz de una vela, reflejada en
las enmohecidas paredes, una figura femenina enfundada en su
ropa de los pies a la cabeza. Era como un paréntesis de angustia
enrejada, la imagen de un fantasma en su propia celda de aire
triste tras una rejilla de tela. Permanecí un rato inmóvil en la
penumbra hasta que mis ojos se adaptaron a la oscuridad. Un
pequeño tragaluz en la habitación hacía de foco, pero la hora
no era la más propicia. Sorprendido al verla, improvisé un saludo
algo frío que me devolvió inclinando levemente su cabeza. Desorientado,
intenté improvisar una entrevista de la que esperaba
sacar algún beneficio, así que quise ganarme su confianza lo
antes posible:
- ¿Puedo hacerle unas fotos?
Ella asintió con un gesto amable de su mano.
- De acuerdo, no se preocupe, seré breve.
Disparé varias veces mi flash hacia la mujer totalmente cubierta
por su burka de color verde oscuro. Se asustó y puso la
mano en señal de que no siguiera. El guía paró mi máquina mediante
un movimiento brusco a la vez que gritaba en su idioma,
estuvo a punto de tirarla. En los primeros momentos, la escuché
impasible, no me atrevía a decir nada, hasta mi voz tartamudeó
con mis preguntas, pero al rato llegué a sentirme cómodo al
escucharla. Comenzó a responder a algunas de mis incógnitas
ante la presencia vigilante del afgano. Al principio, hacía pausas
largas en sus respuestas y miraba de reojo al musulmán como pidiendo
el consentimiento a sus palabras; al rato, su voz era más
firme. Su inglés era fluido, con buena pronunciación, lo que me
hizo pensar en su vida anterior, antes de la revolución; es probable
que se desarrollara dentro de un ambiente cultural y social
privilegiado. Al rato se descubrió el rostro. Vi a una mujer consumida
que nadaba todavía en una madurez espléndida, aunque
la edad exacta no fui capaz de adivinarla. El velo cubría unos
ojos negros, penetrantes, ocultos tras una mirada de tristeza.
- Me prohíben trabajar y salir sola, no puedo ir a ninguna
parte. Me han prometido una ayuda que nunca llega, –lanzó
hacia mí una mirada incrédula–; aunque pase hambre, no debo
mendigar, me podrían azotar si me encontraran pidiendo, la miseria
está acabando con miles de mujeres.
No tenía derecho a inmiscuirme en su vida, pero me atreví a
buscar con mis preguntas y artilugios la verdad que ocultaba.
Pude sentirme avergonzado por mi conducta; pero ella me hizo
sentir cómplice de su desdicha, al abrir parte de su corazón. Consideraba
que era una oportunidad conocer, a través de sus admirables
declaraciones, los secretos que se ocultaban bajo una
burka.
- Creo que para los hombres es un símbolo, no es una de sus
principales preocupaciones. No así para las mujeres. –pestañeaba
rápido y se puso inquieta, pero el tono de su voz era agradable–.
Me considero ser humano, aunque debajo de esta tela la
vida es una humillación, una condena interminable, que no creo
necesaria. Muchas mujeres no pueden soportar esta crueldad, y
la depresión ha llevado a muchas al suicidio. Te presiona la cabeza,
no ves el suelo, por lo que nos obligan a ir acompañadas para
evitar una caída. No puedes usar unas simples gafas, ya que la
burka es talla única y es insoportable la presión que la armadura
te provoca en el rostro.
Quizá, en la clandestinidad del encuentro, dentro de nuestro
absoluto anonimato, arranqué respuestas espontáneas a una
voz víctima de la represión. Se quedó entonces callada, pensativa,
ingenua ante el riesgo que podía suponerle aquella entrevista.
Desde el primer instante de nuestra conversación, mis indicios
me hicieron pensar que la mujer, estaba dispuesta a violar
las prohibiciones impuestas por el régimen con sus testimonios.
- Vives en el terrible temor de la desobediencia, están obsesionados
por la separación de sexos, no sabes dónde termina ni
empieza la inmoralidad, cuál es la verdadera realidad ante el
desprecio que tienen hacia las personas sin rostro. Me han robado
mi libertad –movió la cabeza hacia el musulmán y lo miró
de reojo–. ¿Qué puedes pensar de los que pegan a una mujer en
plena calle?
Mientras hablaba entre sollozos, algunas lágrimas se deslizaron
por su cara. Me sorprendieron las palabras de fuego que
brotaban de su boca. Nuestro acompañante la escuchaba inquieto,
reprimió a veces sus comentarios e intentó imponer su
abrumador dominio de hombre afgano; amedrentó con gestos
de desaprobación la actitud de la viuda al contestar algunas de
mis preguntas. La mujer hizo una pausa como consecuencia de
la reprobación, bajo su cabeza y murmuró. Controló admirablemente
sus sentimientos y sin desagrado con el mismo tono de
voz comentó:
- Estudié en la universidad de Kabul y, en otro tiempo fui profesora.
Ayudé en lo que pude mientras duró la guerra: Mi marido
murió en el frente, defendiendo lo que creía justo. La toma de la
capital no fue fácil, ya que encontraron una oposición considerable
en los seguidores del antiguo presidente Rabanni. Cuando
llegaron los talibanes a la ciudad, fueron recibidos como héroes,
pero implantaron una brutal represión sobre los que consideraban
sus enemigos, –bajó su mirada, entristeciéndose su rostro–;
días después fui destituida de todos mis cargos y relegada a la
más humillante pobreza. Caer en desgracia es, a veces, peor que
la muerte.
Me mira confundida y se produce un silencio corto, intranquilizador,
inquietante; al escucharla hablar de sí misma, sus ojos
necesitaban luz para liberarse.
- Muchas personas en mis circunstancias no tienen la posibilidad
de hablar, por lo que le agradezco que haya venido. Corro
riego por intentar mostrarle una semblanza del país diferente
de la oficial, –me advierte con tono preocupado y asiento con mi
cabeza–. Espero que haga buen uso de esta información, ya que
no se puede mostrar una imagen que no sea la gubernamental.
Le pido prudencia, no comente con nadie lo que ha visto y
oído, muchas amigas han sido azotadas por menos. Espero que
cumpla su promesa y explique en su periódico lo que aquí está
pasando.
El musulmán se levantó bruscamente del suelo hablando en
voz alta y dando por terminada la entrevista. No le gustaba la
orientación que estaba tomando, se apresuró a pedir el dinero
que aún le debía y que el día anterior habíamos acordado. Después
de su reacción, no pasé mucho más rato en la habitación
con olor a rancio, cuyos únicos objetos eran la manta y su propia
ropa. Noté en la amarga mirada de aquella mujer una leve
sonrisa de tristeza que me impresionó. Escuché sus palabras sin
parpadear y sentí su último aliento de esperanza; se volvió a cubrir
el rostro y quedó en su rincón como una sombra en templo ajeno.
Jamal me esperaba en la esquina con el motor en marcha.
Consideré un triunfo lo conseguido. Fui a Afganistán a fotografiar
la destrucción de unas efigies y capté la amargura de una
vida tortuosa. Es incomprensible que nadie quiera saber nada de
este rincón del mundo.
- Jamal, ¿qué pasa si una mujer se niega a cubrirse?
- Es imposible, sería azotada para dar ejemplo. Si te quedas
mirando fijamente el rostro de una mujer te distraes de tus obligaciones,
blafemas en el interior de tu pensamiento y te atormentas.
La mujer no debe mostrar nunca su belleza a hombre
extraño, ya que lo tienta y lo conduce al pecado.
- ¿Es necesaria tanta precaución?
- Ellas van a ser o son las madres de nuestros hijos, los crían,
los alimentan desde pequeños, mantienen el orden en el hogar,
Alá les ha encomendado uno de los dones más maravillosos: el
de poder procrear y dar vida; por ello, deben ser respetadas por
nosotros.
Comprendí que Jamal desaprobaba a la mujer que permitió
que la visitara. Creo que intentó con su voz prepotente aparentar
fortaleza y lealtad a sus costumbres. Es probable que tenga
también su propia lucha interna en contra de la teocracia de su
país.
- No he leído nunca el Corán ¿puede un libro religioso ser tan
cruel?
Calló a mi pregunta, no hizo comentario alguno y se limitó a
lanzar una mirada de advertencia. Jamal hasta aquel momento
había sido amable, pero pensó que mi intención era maliciosa,
y su reacción fue mantener silencio; sin embargo, mi constante
insistencia hizo que contestara con desagrado.
- En el Corán se hallan los consejos y leyes para las diferentes
facetas de nuestra vida, es la guía que todo buen musulmán
debe aceptar y cumplir. El Corán nos habla de cómo debemos
vestirnos, alimentarnos, de nuestra higiene y de cómo debemos
comportarnos con nuestras mujeres.
- ¡El Corán no habla de cortar manos!
- ¡Pero dice que hay que impedir que esas manos sigan robando!
para un occidental es complicado entender esto. Noso20
tros no pretendemos cambiar las normas de tu país ¿por qué te
empeñas en cambiar las nuestras?
Vi en su expresión la defensa de sus raíces morales, en sus ojos
el fanatismo religioso capaz de tumbar al mundo, imperturbable
en sus respuestas, en sus convicciones, en la lealtad a su dios.
No creí oportuno indagar más en su pensamiento para precaver
lo que pudiera considerar una calumnia a sus creencias. El resto
del camino hacia el hotel lo hicimos en silencio. Al llegar, le dije
que preparara lo necesario para el día siguiente. Estaba dispuesto
a salir hacia Bamiyán a realizar el trabajo encomendado por
el periódico y por el que me encontraba allí.
Alterado por los acontecimientos recientes y la breve disputa
con Jamal, no subí a mi habitación, preferí la cafetería para
tomar algún refresco. Mi única preocupación debía ser en aquellos
momentos el reportaje por el que me encontraba en Kabul,
pero me vi envuelto por mi curiosidad en la desolada vida de
una mujer, una viuda que me habló de dolor con aterradoras
palabras. No creo que pueda hacer mucho, sólo atestiguar el
sufrimiento; en todo caso, considero acertada la decisión que
tomé, aunque espero que en otras ocasiones sea más prudente.
Puede que Jamal lleve razón, es absurdo el intento de comprender
lo que no has vivido. Miré de reojo al rincón donde la tarde
pasada conversé con los jóvenes talibanes sobre la ley islámica,
pero estaba vacío.
Había tenido en estos días bastante ajetreo, así que decidí
tomarme la tarde libre. Pensé pasear por la ciudad un rato y
comprar alguna baratija de recuerdo. Descendí por calles casi
abandonadas y aceras despejadas hasta que vi una tienda, en
cuyo escaparate exponían artículos con figuras humanas en las
envolturas. Jamal me comentó que suelen ser tolerantes en algunos
asuntos.
Mientras veo el escaparate, un grupo de mujeres cruza detrás
de mí, y siento risas jóvenes bajo sus burkas. Me vuelvo y
veo cómo sus vahos salen por las rejillas que cubren sus rostros.
Compruebo que hablan entre ellas, se cuentan sus secretos, y se
introducen una en el velo de la otra; tendrá que ser algo cotidiano
para ellas por la facilidad con que realizan todos los movi21
mientos. Un talibán cruzó la calle con rapidez e hizo un amago
de golpearlas, pero se retuvo. Gritaba enfadado en su idioma,
mientras ellas se retiraban entre murmullos y pasos ligeros como
tratando de alcanzar a alguien. Tras un breve paseo, regresé al
hotel. Oscureció pronto y la humedad traspasó mi ropa y caló
mis huesos.
Subí la escalera lentamente. En mi cabeza, una mezcla de ideas
me atormentaba. No olvidaba en ningún momento los secretos
confiados horas antes, las palabras de una vida que hacen que
duela tu conciencia. Al abrir la puerta, respiré profundamente.
Cuando pulsé el interruptor de mi habitación, sobre el borde
de la cama, vi a una mujer con su manto raído de pobreza y el
rostro descubierto. Entre sus manos, el velo era apretado con rabia.
La mujer que horas antes había entrevistado estaba sentada
delante de mí. Temí que la hubieran reconocido al entrar y sentí
una fuerte contracción en el estómago; quedé paralizado, quise
decir algo y grité en mi interior. Me maldije, pero permanecí
quieto, sin atreverme a mirarla, con los pies atornillados al suelo
por el miedo.
- Necesito salir del país y espero que usted me ayude. Estoy
enferma y debo ir a Paquistán. Aquí no puedo acudir a ningún
médico varón y las mujeres que practican la medicina son escasas.
- Me temo que tenemos pocas posibilidades para acabar con
éxito esa aventura. ¡No puede quedarse aquí! Llamaré a recepción.
- Si me encuentran con usted me lapidarán en medio de la
plaza o me ingresarán en “dar al tadih” (1). Además es probable
que lo arresten hasta que todo se aclare. Vi cómo a una compañera
la golpearon por menos, le llenaron el cuerpo de cardenales,
y casi la matan. Siento ocasionarle tantos problemas –se entristecieron
sus ojos y habló con un tono más pausado–. Desde la
entrevista, he soñado, he acariciado la libertad, me he fraguado
en mi mente una nueva vida. Creí en usted y en su ayuda. Me iré
en el momento en que pueda. No debí haber venido.
- ¡No!, ¡Espere! ¡Necesito tiempo para pensar! Seguro que se
nos ocurrirá algo –se produjo un silencio que se prolongó por
unos segundos–. Creo que habrá algún tipo de solución.
Estaba nervioso, bastante nervioso, desconcertado, aunque
intentaba aparentar serenidad. Abrí la ventana y respiré el aire
fresco mirando a un cielo negro que tapaba los puntos de luz;
en un instante, le ofrecí un vaso de agua, se mojó los labios,
y con mucho cuidado lo puso sobre la mesita. Al verla más de
cerca, comprobé que sus cabellos ya eran grises, y que había en
ella una delicadeza, una mirada profunda, una belleza natural
pese a la vestimenta. El resplandor que entraba por la ventana
dibujaba su perfil sobre la cama e iluminaba débilmente los objetos.
Su semblante y sus gestos consiguieron relajarme y, decidí
escucharla pero sin hacerle concebir ilusiones.
- Hemos sido acosadas, expropiadas de nuestros bienes materiales,
espirituales y sociales, condenadas de por vida a la humillación.
Una esposa modelo es callada, sufrida, servicial para
su hombre. No es merecedora de privilegios, –la dejé hablar, me
limité sólo a asentir con la cabeza–. Su esposo no tiene que darle
ninguna explicación, y sus obligaciones son: obedecer, llevar la
casa y criar a sus hijos. De esta forma, se evita ser castigada aunque
la entierren en vida. Afganistán no volverá a ver la luz hasta
que sus mujeres vuelvan a estar presentes en todos sus actos.
Sentí ruido en el pasillo y recuperé mi expresión de alarma. Le
indiqué con un gesto que callara. Abrí la puerta y miré a ambos
lados: estaba vacío. Si alguien nos había oído, era probable que
nos delatara.
Una pregunta salió de los labios de la mujer a la vez que pedía
disculpas al pronunciarla –¿piensa usted ayudarme?– cerró
los ojos y su preocupación se volvió hacia mí y exigió mi respuesta.
Ensalivaba mi boca para poder hablar, le reiteré que el
proyecto era una locura, que no podía garantizar su seguridad,
pero que lo íbamos a intentar. La mujer había logrado lo más
difícil, así que preferí evitar excusas para no herirla, aunque sin
ayuda nunca podría sacarla del país. Agradecida, se puso de pie
y me abrazó con ímpetu, olvidando quién era y dónde estaba.
Luego cogió mis manos y, apretándolas, me dio las gracias. Sentí
ternura, cuando optimista, me regaló una mirada complaciente
de su rostro.
La escuché durante unos minutos. Después, sonó la puerta y
tras ella la voz de Jamal.
- ¡Abra rápido! ¡Tengo que hablarle, es urgente!
Al abrir, entró con la respiración agitada. Parecía aterrado y
su tono de voz anunciaba un peligro inminente. En las manos
llevaba ropa ancha utilizada por los musulmanes. Al verlo, la
mujer quedó inmóvil y sorprendida. Su cara se desencajó ante la
presencia de Jamal.
- ¡Póngase esto! Debemos salir de aquí lo antes posible. Un
grupo de maruf (2) va a registrar el hotel, conocen la presencia
en el recinto de esta mujer.
- En un momento recojo mis cosas y nos vamos.
- No hay tiempo –Jamal ató las dos sábanas para deslizarnos
por la ventana–. Seguro que ya están subiendo.
- Ella viene con nosotros.
- ¡Es imposible! Antes o después nos encontrarían.
- Me podrán acusar de muchas cosas menos de cobarde –se
oyeron voces subir por la escalera–. Sigo pensando que debe
venir.
- No hay otra alternativa: salta o se queda. –un murmullo nos
llegó del pasillo mezclado con roces de pisadas– ¡déjela! Los maruf
se harán cargo de la mujer, y si la encuentran no nos seguirán.
Sorprendido ante nuestra huida, la irritación se apoderó de
mí. Seguí pensando que la mujer debió acompañarnos, pero sin
la ayuda de Jamal me hubiera sido imposible salir de Afganistán.
Bastó indicarle con un gesto para que se diera cuenta de la realidad.
Se mantuvo callada, y no trató de disuadirme, haciendo esfuerzos
por no llorar. Pude darle un repertorio de excusas, pero
no dije nada, para que sus ojos tristes no hirieran mi conciencia.
Miré atrás, vi su cara pálida y cómo se le llenaba su rostro de
lágrimas. Salté con mi espíritu cargado de reproches, y sentí vibrar
mi cuerpo al tocar el cemento. Ya en la calle, corrí hasta no
sentir mis piernas y deshacer mi miedo en fatiga. Paré bruscamente
en una esquina, daba arcadas mientras mi corazón latía
descompasado: golpeaba tan fuerte mi pecho que temí que se
saliera. El cansancio era más fuerte que mi voluntad, mis labios
estaban resecos, y mi ropa adherida al cuerpo, empapada de un
sudor que heló la piel. Jamal me llevó a casa de un primo suyo
donde fui bien recibido, y allí me oculté por un tiempo. Me dijo
que no era prudente viajar en esos momentos.
Espero al menos encontrar un valor humano en los hechos
recientes que me han tocado vivir. De ninguna manera quiero
justificar mi derrota moral, ni vivir toda mi vida sintiéndome responsable
de lo ocurrido. Lamenté momentáneamente nuestra
decisión, pero Jamal tenía razón, arriesgarse a quebrantar la ley
podría haberme supuesto mi propia supervivencia.
Dos días más tarde, crucé la frontera de Paquistán y me despedí
de Jamal.
(1) Cárceles femeninas denominadas “casas de rehabilitación”.
(2) Policía religiosa que depende del Ministerio para la Promoción de la Virtud
y la Previsión del Vicio.
Amor entre dos fuegos
A mi padre y a todos
los que estuvieron allí.
Aquel día de septiembre hacía calor, algo de bochorno, pero era soportable. Llevábamos dos días de duros combates, de un intenso y cruzado fuego de artillería. Nuestros cañones, colocados en refugios de colinas cercanas y en posiciones estratégicas, intentaban retener el avance de las columnas y baterías del coronel Sáenz de Buroaga. Se estaba confirmando lo que se sospechaba: en la fosa de las trincheras la lucha era infernal, se combatía cuerpo a cuerpo y nuestros soldados resistían con bravura, mientras eran pasados a cuchillo y machete. El mundo parecía haberse vuelto loco. Pero, en medio de todo aquel conflicto, estaba ella, con sus hermosos ojos negros, su voz dulce, con su fuerza natural e irresistible. Se llamaba María. Su corazón estaba manchado de odio, había sobrevivido a los primeros días de la revuelta, no así su marido, que después de ser secuestrado y asesinado, apareció junto a otros cuerpos en la entrada del cementerio, junto a la tapia. No era la única viuda del pueblo que reprimía sus sollozos al sol. Llegué a Espejo, pueblo de Córdoba, junto a un centenar de compañeros a primeros de agosto. Nuestro objetivo era reforzar el frente sur, con el fin de tomar la capital. No sé si fue el azar –o quizás la providencia– la que me llevó hasta ella. Al llegar a su casa, la puerta estaba entreabierta. La empujé lentamente pidiendo permiso. Al fondo, su figura se realzaba al cortar el rayo de luz de la ventana. Era blanca de carnes. Su aspecto era de mujer firme y trabajadora. Lavaba la ropa, que frotaba y estrujaba sobre la tabla, en un barreño de barro. Al comprobar mi presencia, se acercó discreta, lentamente, con naturalidad y precaución, a la vez que se secaba las manos. Pensé que estaría cerca de los cuarenta, pero existía una belleza oculta en la expresividad de su rostro. Llevaba el cabello recogido en un moño, dejando al descubierto la curva de su nuca. Iba vestida totalmente de negro. Pronto comprobé que la vivienda era pequeña; sólo una habitación bien distribuida, una cama y no muchos muebles más adornaban el aposento, aún así, suficiente para la viuda de un campesino. Al fondo, una decrépita escalera subía a la terraza; a su lado, una puerta daba a un patio donde estaba la letrina y un cobertizo con un camastro de paja. Ella me indicó que era lo único que podía ofrecerme para dormir. Puesto que era verano, encontré aceptable el ofrecimiento. Aquella noche cenamos juntos, tenía hambre y compartí parte de su pobreza. Durante la cena, la estuve contemplando minuciosamente, con prudencia. Era una mujer endurecida por la vida, pero aún hermosa, de brazos fuertes y carnes apretadas. Mientras la miraba, descubría su belleza. Estaba intimidado, percibía una sensación extraña no sentida con anterioridad delante de ninguna otra mujer, y que nunca más he vuelto a experimentar. Sus ojos vivos y expectantes se distraían a veces para observarme. No dejaba de vigilarme, tenía sus recelos. Al final, una sonrisa tímida se dibujó en su rostro, a través de una mirada lánguida y apagada, que dejaba entrever el reflejo encubierto de su tristeza. Había vivido días trágicos en las últimas semanas, desde que la guardia civil se replegara a Montilla y dejara el pueblo en manos del poder popular. El dinero fue abolido y un almacén central suministraba las provisiones. El abastecimiento se realizaba mediante vales con el sello del Frente Popular. Un comité revolucionario de defensa, al frente del cual estaba el alcalde, tomó el mando, y tras juicios severos, acometieron una serie de sucesos sangrientos que causaron estragos en varias familias. Nunca asistí a un fusilamiento, pero me preguntaba qué hubiera sentido al apuntar al prisionero para darle el tiro de gracia. Terminamos la cena. Contemplaba su silueta oscura dibujada en la penumbra, su figura triste a contraluz, proyectada en la pared en una gran sombra que oscilaba a las vibraciones del candil. Empecé a hablarle, sus respuestas fueron cortas, interrumpidas con largas pausas, casi en susurro. Lo que su boca calló contestó el brillo de sus ojos, frágiles como los latidos de un corazón de cristal. Nos retiramos temprano a descansar. Durante la cena, hubo momentos en los cuales me sentí culpable de las lágrimas que cubrían sus mejillas, y herían las facciones de su cara. Aquella noche no fui un testigo indiferente. El fracasado intento de tomar Córdoba el 20 de agosto había minado, en parte, la moral de la tropa. Avanzamos hasta cerca de la ciudad, pero el ataque fue abortado por unos aviones procedentes de Sevilla. Tras bombardearnos, provocaron el desconcierto, y nos hicieron retroceder alocadamente. A partir de estos acontecimientos, las horas de cada tarde se me hacían inacabables y la espera me producía una amarga ansiedad, sin presentir que la situación evolucionaría a peor. Para ocupar mi tiempo, solía visitar rincones recónditos con algún encanto, donde dejaba mi imaginación descansar, mientras contemplaba los pájaros y las libélulas. Visité el castillo del duque de Osuna, convertido en puesto de mando, con anterioridad había sido cárcel. Al tomarlo el Frente Popular, dieron muerte a varios derechistas. La iglesia de San Bartolomé, cerrada al culto religioso desde el fusilamiento de los dos curas. Otras veces, a menudo, paseaba por sus Calleras. En las horas de turbia penumbra, solía resurgir la nostalgia; para combatirla, me acompañaba la imagen de María. Era una mujer cargada de secretos bien guardados, de un fuego misterioso. Desde que la conocí, mi corazón estaba encendido. Me provocaba el simple ondear de sus caderas. El reposo concedido por la noche lo aprovechaba para fumar sin sosiego, mientras percibía su fragancia envuelta en aroma de luna, que atormentaba mi deseo. En su ausencia, me dedicaba a curiosear su armario, a oler su ropa, a entrar en su vida mediante los pequeños detalles que adornaban la habitación. Las noches, cuando entraba de patrulla, eran largas, interminables. Era conveniente no pensar demasiado, así evitabas el miedo que te paralizaba. Tenía que respirar el sabor a sangre que flotaba en el ambiente, que te robaba hasta tu propio aliento. Agazapado tras una esquina, los nervios te poseían y te llevaban a disparar a cualquier objeto que se moviera, con el riesgo de que fuera un compañero. El infierno se me abría en cada calle, en cada plaza. El sudor corría por mi frente acompasado con mis latidos entrecortados. A veces, sólo te acompañaba un silencio aterrador, roto por el silbar de una bala lejana. La boca se te seca y los ojos no parpadean ante el miedo que te produce la soledad de la noche, su silencio mortal. Cerraba por unos momentos mis sentidos al mundo, pensaba en María, en su expresión enlutada repleta de tristeza, en la sensibilidad que desplegaba a pesar de su luto. Poseía una elegancia oculta, un brillo en su piel que la envolvía, una mirada llena de magia. Sentía la frenética necesidad de conocerla. Aquella mañana no soplaba el viento. Terminé mi ronda, y al regresar, la luz del día era intensa, de tal manera que se cegaron mis ojos. Pero la vi sentada en el rincón y entre la difusa claridad que da un hilo de luz, se vislumbraba la figura, que en mis sueños, tantas veces había imaginado. Me estaba esperando. Después de un parpadeo nervioso, inclinó la cabeza, dedicándome una sonrisa reservada. Necesitaba mi ayuda, cosa poco habitual en ella. Fuimos a la fuente con cántaros y cubos. Aquel día, las calles inclinadas del pueblo tenían un aspecto solitario y oscuro, el brazo de la muerte había ejecutado de nuevo. Pero María era como una llama que ardía, con un caminar sensual y un temperamento enérgico. A su altura, mi corazón latía desbocado al oler el aroma fuerte que transpiraba su cuerpo de campesina. Me sentía gravitar. Observaba el vestido rítmico que dejaba entrever sus muslos, sus caderas anchas de cuerpo adulto. Con rabia abatida, pensaba que era demasiada mujer para mí. Aunque la deseaba, la esperanza de sentir la blancura de su madurez se disipaba en un suspiro. Cuando regresamos, nos dimos cuenta de que casi no nos habíamos dicho nuestros nombres. Empujó la puerta y la cerró sin volverse. Tuve el instinto de seguirla, de ser agua para acariciar su piel. A la vez que transcurrían los días, me acostumbraba a sus gestos, a sus tímidos reflejos, a su mirar ausente al hablar. Esporádicamente, entornaba sus ojos impávidos al mirarme y le arrebataba una sonrisa. Era una especie de bálsamo que me aliviaba. Una vez, nuestros ojos se entrecruzaron y comprobé con nitidez el brillo de su deseo, a pesar de la penumbra. Sorprendida al comprobarlo, ocultó el rubor repentino con sus manos de cicatrices secas y duras. Me sentí torpe, mi actitud fue de una crueldad innecesaria. Tuve celos del tiempo y del espacio que ocupaba. Se alejó hacia la puerta, con su ritmo airoso y un canasto de mimbre en la cintura. En la mañana del último día, salí nervioso y apresurado a ocupar mi puesto. La vi con la cabeza baja y los párpados inmóviles. Un pañuelo negro ocultaba su débil cuello. No se atrevió a mirarme. Hundió la cabeza entre sus rodillas a la vez que se tapaba los oídos, sumida en su propia angustia. Se estremecía, convulsionada, tras el insistente bombardeo. No tenía que levantar la vista para comprender que era una despedida. Creí que no le importaba el final de su sendero. Un segundo después, el estampido de una bomba cercana hizo que a toda prisa me precipitara al exterior abandonándola a su suerte. Eran las últimas horas republicanas de un pueblo. La noche anterior al desenlace final, milicianos y civiles habían partido hacia Castro. Sólo las tropas de reemplazo, soldados regulares a los que yo pertenecía, comandados por Pérez Salas, resistíamos lo que ya se preveía un desastre, soportando el asedio y la lluvia de metralla. Las últimas horas fueron horribles, de una crueldad insospechada. Luchamos con coraje incomparable y glorioso. Varios compañeros quedaban con los cuerpos destrozados y las heridas abiertas al pie de sus propios cañones. Nuestro jefe había infundido de nuevo en nosotros el valor. Con sus gritos de aliento, había elevado la moral de la tropa, que combatía con una heroicidad sobrehumana. La caballería del comandante Sagrado quiso cortar la retirada republicana por la carretera de Castro. Esto hizo que Pérez Salas mandara desalojar con rapidez todos los puestos defensivos, abandonando parte de nuestro armamento y ordenando la evacuación urgente de todos sus hombres. Mi primer pensamiento fue para María. Me precipité hacia su casa con el temor de que le hubiera pasado algo, sin pensar en las consecuencias que me podría acarrear. Desafié a la muerte. Al llegar, la puerta estaba entornada, la abrí bruscamente y grité su nombre. Tenía el cuerpo aterido, aunque respiraba fuego. La encontré de pie, atemorizada, en el centro de la habitación, con el rostro pálido y los brazos cruzados, mirándome con aspecto indefenso por el pánico. Cuando me vio, fue hacia mí con sollozos reprimidos. Temblaba todo su cuerpo. Al abrazarla, sentí los latidos que sacudían su pecho cada vez que resonaba un disparo. En aquel momento, esporádico y accidental de mi vida, ante la turbadora mirada de unos ojos profundos, sentí su boca cálida mojada por sus propias lágrimas. De repente, una bomba con sonido atronador hizo temblar el viento que nos envolvía. Nos refugiamos en el pequeño hueco de la escalera, mientras un aluvión de disparos martilleaba las ilusiones de muchos compatriotas. Aprisionados en la estrechez de la oquedad de la escalera, nuestras respiraciones empezaron a agitarse y los corazones se dispararon frenéticos. Su piel estaba helada como columna de mármol. Los leves rayos de sol que entraban por la ventana iluminaban aquel tálamo improvisado, de donde emergía olor a manzana prohibida. Fue entonces cuando, por primera vez, no me sentí invisible ante su presencia. Me miró fijamente durante unos segundos, los suficientes para comprobar que su rubor había desaparecido. Aspiré su aliento y bebí sus besos preñados de promesas. Nuestros cuerpos se entrelazaron gozando, flotando en un silencio que se hizo grande, leyendo el deseo en los ojos del otro. No había motivos de miedo. Un estridente resplandor, provocado por la explosión de alguna bomba, alumbró instantáneamente el habitáculo, y dejó al descubierto su atractiva desnudez. Tras la ensoñación, permanecimos unidos. Tumbados sobre una vieja manta con olor a polvo embravecido, muy juntos los dos, en amor pleno, sentimos de cerca la textura de nuestra piel, evaporando el sudor con nuestra propia brisa, dejando volver nuestros corazones a sus latidos pausados. A lo lejos, como si de otro mundo se tratase, se oían los cañones con sus gritos de incomprensión; más cerca, el piar de los gorriones, ajenos a cualquier intransigencia. Yacimos boca arriba durante minutos, quietos, con nuestras miradas perdidas, sin comentar palabra. Cerré de nuevo mis ojos con gesto cansado, agotado por la tempestad de nuestros cuerpos, mientras escuchaba mi pulso latir entre su pecho. Estaba extenuado y me quedé dormido. Me desperté bruscamente una hora después. Habían callado momentáneamente los cañones. Me sobresalté ante el silencio repentino de las ametralladoras, sorprendido por el alto el fuego, cuando momentos antes, el insistente bombardeo artillero había hecho zumbar mis oídos. Comprobé que estaba solo, creció mi angustia. Recogí mi mosquetón y mi petate. Con discreción y sigilo, abrí lentamente la puerta y miré con prudencia al exterior. De una de las casas cercanas, un hombre con rostro horrorizado, en el que se reflejaba el miedo, salió gritando: “¡No disparéis!”. “¡Soy de los vuestros!”. “¡Viva España!”. Los que avanzaban, un grupo de regulares de tropas moras, dispararon contra él varias ráfagas. De la herida abierta, brotó sangre que tiñó de rojo la calle. Mis piernas no eran capaces de sostener mi cuerpo, la saliva se me hizo densa y me produjo nudos en la garganta. Corrí, casi no podía mantenerme en pie, medio descalzo, entre el polvo de unas calles castigadas por el sol y el odio. Mi vana esperanza se desplomaba, apenas mis manos sudorosas y frías podían sostener el fusil, sorteando a los compañeros que yacían en las esquinas con el vientre reventado, con el alma desnuda de impotencia, con el cuerpo descarnado por la artillería nacional y los rostros encajados con el rictus de la muerte. Permanecí un solo instante observando el paisaje desolador que se vislumbraba a mi alrededor. Me dolían los ojos. Controlé mis náuseas, no era hombre que perdiera fácilmente el control. La muerte es dura cuando la miras a la cara y ves a un anónimo soldado bañado en su propio charco de espesa sangre; cuando reconoces al compañero y el pánico te deja inmóvil. ¡Cómo se desplomaban en horas los sueños de una vida! Mientras, algunos con miradas malheridas me suplicaban compasión. Tuve un ingrato comportamiento, fruto de un corazón endurecido. Corrí hacia el último camión, aprovechando algún destello de la fuerza que me quedaba, tragándo34 me el postrero polvo republicano que las ruedas levantaban. Un compañero me extendió la mano gritando: “¡¿Dónde te metes chaval?!”. La carretera avanzaba entre un laberinto de olivos. A lo lejos, se divisaba una nube densa de humo, provocada por las casas encendidas. Atrás quedaban los compañeros muertos, un pueblo casi reducido a escombros, los heridos que en nuestra precipitada huída no habíamos socorrido y las perdidas ilusiones de victoria. Me alejé entre la tristeza y la desolación. Tuve la sensación amarga de que se podría haber hecho algo más para evitar lo sucedido. Sólo hubo un vencedor en el tiempo: el castillo del pueblo. Era el 25 de septiembre de 1936. Al entrar vencedoras las columnas del coronel Sáenz de Buruaga en el pueblo, hallaron centenares de muertos y, cuando comprobaron la resistencia que de él habían hecho algunos artilleros, hubo alguien que dijo: “¡Lástima que sean marxistas!”. “¡Se merecen que les hagan todos los honores!”. Si dura había sido la batalla, la carretera presentaba un espectáculo sobrecogedor, de miseria irreparable. Familias enteras huían de las represalias de las tropas nacionales. Mujeres, ancianos y niños se agrupaban bajo los árboles en busca de un refugio donde descansar. Habían dejado atrás su hogar y su vida; aterrorizados, caminaban hacia ninguna parte, esperando que en algún pueblo los admitiesen. No quiero borrar la huella de la sangre vertida, ni olvidar la presencia de los que allí luchamos, ni de aquellos que fueron víctimas por ambos lados. A ninguno se le debe olvidar. No lo pienso como privilegio a mis compañeros caídos, sino como reconocimiento a tantos héroes anónimos que dieron su vida en una guerra que nunca debió existir. María sí había existido, en mis ojos impacientes que lucharon por conservar su reflejo. Declaro haber poseído su amor imposible, que me esclavizó y a la vez me mantuvo vivo. Me seduce todavía su recuerdo, aquel rostro repleto de ilusiones desvanecidas, sus ojos atónitos contemplándome. Nunca he vuelto a conocer a una mujer como María, en ninguna ciudad, en ningún pueblo. Abrazado a sus caderas, nos deslizamos en un juego inagotable, sin sonidos insinuantes ni palabras comprometidas. Reconozco que existía una frontera invisible entre nosotros difícil de franquear. Al terminar la guerra, pensé varias veces en buscarla, escribí varias cartas, pero en el pueblo nadie la conocía ni habían oído hablar de ella. A veces, por las calles, creía verla, corría tras unos cabellos negros para pedir disculpas después. Desde entonces, mi vida cambiaría: la rendición, la dura vuelta al hogar, la convulsión por la derrota, guardar el rencor que te quemaba, no empañar con lágrimas la poca claridad de tu vida. Era evidente, habíamos perdido la guerra. Ahora descanso en este sillón que con tanto cariño me han regalado mis hijos, a los que jamás hablé de la guerra ni de cómo influyó en mi carácter. Continúo en los sombríos recuerdos y se me viene a la mente sólo una frase: “Siempre me quedará María”. La noche de invierno era oscura y fría. Había comenzado a llover y algunas gotas resonaban en los cristales. Al entrar su hijo, lo encontró sentado en el sillón con la televisión puesta. - Papá ¿Todavía despierto a estas horas? - ¡Ángeles, corre! ¡Mi padre no respira!
El entierro laico Relato basado en un hecho real ocurrido en la República.
- ¡Buenas noches, señores! ¡Vaya día de perros! Como las cosas sigan así, la cosecha de este año se nos jode. - ¡Buenas noches, D. Francisco! Déme su abrigo y el paraguas, hay un sitio en el perchero de la entrada. - Gracias, Luis, ¿y Antonia? - Está dentro, con las mujeres, no se ha movido de la salita en toda la tarde. Mientras se acostumbraba al agobio del recinto, repleto de personas que acudieron a acompañar a la viuda, a compartir con ella los últimos momentos de un compañero, de un camarada, y escuchaba en los rincones las más variopintas conversaciones sobre política y subvenciones, intentaba asimilar en su interior la quietud del que hasta hace unos días había sido su amigo. Se paró en la puerta de la salita, como queriéndose reconciliar definitivamente con la muerte que acecha y se lleva los botines de la vida. En la habitación, el aire estaba estancado y olía a deshechos y humedad, casi tropieza con la hamaca bajo la penumbra en la que flotaba el vaho de la muerte. Había pisado en infinidad de ocasiones los rincones de la casa, pero aquella tarde le pareció distinta, obligado por las circunstancias, como un intento de cumplir con el último requisito que lavara su conciencia. En el velatorio, sentadas junto al fallecido, cuatro mujeres con pañuelos en la cabeza y vestidas de negro rezaban en susurros; sus rostros en sombras parecían fantasmas que guardaban el cadáver, con el mirar perdido en lágrimas secas y la cabeza inclinada en el recogimiento. - Antonia, ya sabes que lo siento. Rafael fue para mí como un hermano. - Es verdad, Francisco. En toda mi vida sólo le escuché hablar de ti buenas palabras. - No he podido venir antes, sabes la cantidad de problemas que tengo últimamente, no me debo sólo a mi persona, sino a todos vosotros que confiasteis en mí, debo cumplir con los compromisos del cargo. No creas que no hubo un momento en el que estuve a punto de dejarlo todo, pero cuando uno se compromete, debe estar para lo bueno y para lo malo, aunque a veces duela. - Te comprendo, Francisco. Él preguntó por ti momentos antes de morir. Pero te disculpé, creo que comprendió que no podías estar a su lado. - Ya sabes que, si necesitas algo, ni lo dudes. - Lo sé, Francisco. Lo sé. Al regresar al salón, pensó que había algo de ironía en todo lo ocurrido, que durante toda su vida acató las normas que le ataron a lo cotidiano, comprobó que su fortaleza sobrevivió a las presiones y a la desconfianza de una sociedad que nos impuso la lealtad a lo establecido. Por unos momentos, todo le pareció distinto, la presencia de un cadáver bastó para que tuviera unos segundos de reflexión, para cerrar los ojos y conversar consigo mismo, para encontrar inseguridad en el comportamiento humano, para pensar que todo es nada. En la sala se miraban de reojo, se hostigaban con palabras cortas y despiadadas, cuchicheaban mientras la muerte vencía de nuevo. Aunque llovía sin parar, un bochorno irrespirable golpeó los rostros de los presentes, dentro de un ambiente enrarecido donde las moscas torturaban la piel. La respiración se vuelve difícil y más de uno sintió la sensación de salir a la calle a respirar el agua de la lluvia. Hacía rato que había oscurecido, pero el calor sofocante de septiembre persistía aún después de tres horas de tormenta. Acosados por el sudor y el zumbido de los molestos insectos, Francisco se acercó al grupo. - ¿Ha venido? - Nada, dicen que lo han visto por la plaza. No creo que se atreva. Francisco salió de su casa dos horas antes, cuando la luz to41 davía era gris, había sentido la brisa y el ruido del agua resonar en las aceras, había resistido para no visitarlo, pero las dudas no podían vencer sus convicciones. Después de recorrer el camino varias veces, todavía le pareció corto, empezó a medir el tiempo, a sentir un sabor dulzón en los labios, no se sentía con fuerzas, quizás porque un pellizco le estrangulaba el estómago. Por el trayecto, recordaba uno a uno los apartados que formaban el manifiesto, que a primeras horas de la mañana había aprobado el pleno. Ni siquiera llegó a darse cuenta de que una vez y otra pasaba por la puerta, mientras sus pantalones estaban cada vez más mojados. Fue en la esquina de la plaza, que le pareció más triste que nunca, cuando hizo la pausa para mirar el reloj. Tuvo en aquel momento la tentación arriesgada de correr, de abandonar, pero pensó que más tarde tendría una dura carga en su conciencia. Al otro lado estaba el templo, con su puerta encajada y una luz empobrecida por la lluvia. Entonces se dio cuenta de que no tenía ningún motivo para avergonzarse, comprendió que defendía un pensamiento libre, y aunque nunca sabría si es el acertado, tenía que ser leal a sus preceptos. - Estuve hablando hace un rato con Roberto, ya sabes, el de la ferretería, y me dijo que no conocemos al párroco, si pensamos que no va a hacer acto de presencia en esta casa antes de que salgamos para el cementerio. - Ya lo veremos, para cojones los míos. Abrió la ventana y sintió el olor de la cal mojada, del barro que salpica las paredes, fue el único olor agradable que había sentido aquella tarde. La lluvia había cesado y el aire fresco aliviaba sus sofocadas mejillas. Piensa que todo le parece distinto, hasta la recóndita actividad de un insecto que lucha por su supervivencia. Todos esperaban que el alcalde fuera inflexible con la determinación acordada, y habría que llevarla hasta el final, con todas sus consecuencias, el pueblo se consideraba laico por mayoría absoluta y no permitiría ningún acto religioso que desoyera los acuerdos alcanzados. Confiaba en que así fuera, de esta forma se lo comentó al cura, minutos antes de que llegara a la casa, la decisión era irrevocable, no tendría marcha atrás. Por la buena armonía y los años que hacía que se conocían, espera42 ba que considerase la situación, que estuviera dispuesto desde el principio a aceptar que, de momento, sus servicios no eran necesarios; ahora bien, se podría integrar en cualquiera de las organizaciones, por supuesto laicas, que la corporación estaba organizando, que considerara la propuesta, no habría inconveniente, ya que su aportación sería considerada un honor, siempre que estuviera dispuesto a compartir lo que se tiene e incluso a asumir, que la libertad está por encima de cualquier ideal impuesto. - ¿Una copita señores? - No, gracias. - ¿Y dices que no abrió su boca mientras estuviste con él? - Sólo dijo que no tenía nada que decir, se levantó después de escucharme, llegó hasta la salida, en silencio y medio a oscuras, correctamente me señaló la calle, ni serio, ni molesto, permaneció como ausente delante de mí, sin que supiera reaccionar ante una intransigencia que en ningún momento manifestó. Cuando cerró la puerta, tuve la duda de si mis palabras sólo se habían desvanecido bajo su mirada. De nuevo el laberinto, la irritación interior, la boca seca, el sudor. El sentirse culpable, responsable de las palabras al borde del fracaso. Era terrible, aquella noche se dio cuenta de que, después de haber vencido a tantos camaradas, un golpe estratégico lo derrumbaba, una persona de ochenta años, enfermo de asma y cerca de encontrarse con Dios o con el espacio infinito, pero que con su edad todavía se manejaba bien, apoyándose en un bastón que le acompañaba a todos los lugares donde era requerido. Fue con el propio bastón con el que golpeó la puerta con dos golpes suaves que atravesaron la angustia ambiental del recinto. No tendría que haber venido, fue su comentario, aunque él conocía que su enemigo político era de los que no daban su brazo a torcer fácilmente. Se pasó la mano por la barbilla y contestó con la mirada a los presentes, desconcertado ante la extraña presencia del párroco, horas antes pensó que había quedado claro, que los funerales por Rafael serían laicos, que no consentiría ninguno de los presentes la presencia de un sacerdote en el último acto de despedida del compañero. En cambio, la tenacidad de una larga vida dedicada a sus fieles se iba a enfrentar una vez más, como tantas veces en años anteriores, a los argumentos que defienden la libertad de culto y el poder decidir tus creencias. Pero el muerto, centro de la escena que se estaba desarrollando, no estaba en aquellos instantes capacitado para elegir, de ahí que los denominados representantes del pueblo se tomaron la responsabilidad, siempre por supuesto dentro del respeto a la viuda y a su recuerdo, de elegir el último adiós a su compañero, más acorde a los principios que defendió durante su vida. Si la decisión fue acertada o no, pensaron que no era ya lo más adecuado para discutir, pues el paso importante se había dado, nunca en toda la historia del pueblo el párroco había faltado a un entierro, y en todo momento supieron que romper con una tradición de siglos no iba a ser tarea fácil. Mientras se prolongaba la espera, ante el silencio de unos ojos que manifestaban nerviosismo, las moscas ambulaban con regocijo y se oyeron los pasos temblorosos de Francisco dirigirse a la puerta. Sintió síntomas de fatiga que abrazaron su cuerpo e impregnaron en sudor frío su piel. Antes de que su mano abriera, miró a los presentes con ojos de piedad, de ayuda para salir airoso del trance. Pero sólo encontró miradas perdidas que horadaban el espeso ambiente irrespirable. Al abrir, lo encontró sosteniendo el libro que lo acompañaba, mantenía su cabeza alta, una expresión hostil e intransigente; sin embargo, sus ojos reflejaban la seguridad de la persona, que durante todos los años que pasó en el pueblo, había sido aceptada y respetada, y que siempre estuvo presente en todos los actos sociales. - ¡Buenas noches! Como es mi obligación, vengo a rezar por el eterno descanso de nuestro hermano Rafael. - Padre, creo que esta tarde quedó claro que su presencia aquí no era grata. - Hermano, no eres el primero que intentas oponerte a Dios, otros lo intentaron antes que tú y fracasaron. Dios está sobre ti y sobre mí y su voluntad no se anula con manifiestos políticos, él está sobre todo y sobre todos, y al final todas las cosas serán puestas en su sitio; así que por favor déjame entrar, apártate de esa puerta y no interfieras más la voluntad del altísimo. - Creo que no se ha enterado, usted no va a cruzar hoy esta puerta. - Francisco estás cometiendo una acción indigna de ti. Te conozco desde hace muchos años, déjame pasar y no hagas más el tonto. - Le repito, Sr. Cura, que usted no va a cruzar hoy esta puerta. - Eso ya lo veremos Al intento de cruzar la puerta, ésta se cerró bruscamente, impulsada por la rabia de Francisco. Nadie lo había hecho nunca, nadie le había dicho que no, nadie le había dado con la puerta en las narices. Acababa de pulverizar el silencio agobiante, el murmullo hizo acto de presencia ocupando los rincones del salón, provocando una situación de frialdad ante la repentina humillación del párroco. Nadie replicó, no quiso coger ninguna de las expresiones desparramadas en la sala. Francisco se sintió exasperado, pero con serenidad se dirigió a la butaca que había ocupado en varias ocasiones, cuando en otro tiempo de promesas venía a hacer proyectos conjuntos con su amigo Rafael. Con su muerte, dejaba atrás los sueños que les mantuvieron viva la ilusión, las horas que pasaron juntos en los campos sembrando semillas de milagros, el orgullo que lo mantuvo en los tiempos difíciles. Con su gran compañero, no se iba sólo una persona querida, se iba parte de la vida dedicada a los ideales que los mantuvieron juntos. Se habían sentido vinculados, no sólo porque les unían los mismos objetivos, sino también por sentimientos personales. Pero, en aquel instante, tuvo la duda de si había valido la pena haber pasado parte de su vida dedicado a un ideal. Ahora que había conseguido llegar a la cima, se sentía pólvora mojada, incapaz de argumentar lo que ocupó parte de su existencia. - ¿Una pastita? - No, gracias, sólo agua si es tan amable. Pero, si hay algo que nos enseña la muerte, es que la vida sigue, que no se acaba con la desaparición de un compañero, que el mundo nunca está acabado, que siempre está en reparación. El ruido, el tumulto, no fue inconveniente para que tuviera unos minutos de recogimiento en la butaca. Francisco recorrió los rincones de su identidad, de espaldas a lo que le rodeaba y recordando a Rafael, bajo el asfixiante calor que impregnaba su cuerpo en forma de gotas de sudor que trazaban por su piel senderos de escalofríos. Consciente de lo que había ocurrido, se levantó y se dirigió a los presentes. - ¡Perdonad un momento! Pido un instante de atención para que podamos recordar por última vez todos juntos a nuestro compañero Rafael. No pretendo decir de él nada que no conozcáis, ya que fue una persona a la que todos admirábamos por su lealtad; por eso, se tomó hoy la decisión que se ha tomado, para que en su último día con nosotros se mantengan vivos los ideales por los que luchó. Así que, en silencio y con el recuerdo del amigo que se va, recemos todos juntos un padrenuestro por el descanso de su alma. - Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…
Una búsqueda inacabable
I “Pont Neuf” me pareció diferente la tarde en la que me detuve a contemplar las copas de los árboles de “Vert-Galant”. El olor del pequeño jardín me hizo redescubrirlo, me recordó mis primeras noches a las orillas del Sena. Hace cinco años, estuve allí por primera vez y ya entonces quedé atrapado. Fui solo, llevaba dos días en París, y mis paseos no tenían brújula. Permanecí horas sentado, sorprendido ante su aire de seducción. Al día siguiente, regresé atraído por la belleza del lugar y el silencio que alteraba mis oídos. Pero aquella tarde el jardín me pareció distinto, era evidente que las circunstancias no eran las mismas, pero aun afligido y enojado, el lugar me ofreció la calma de una luz sosegada. En esta ocasión no estaba solo, el último banco estaba ocupado por una joven, de ojos verdes, melancólicos y pelo largo, con un encanto que no te dejaba impasible al contemplarla. Caminé despacio hacia un asiento cercano. Sólo rompió el silencio el resonar de las hojas secas a mi paso y el piar incansable de los gorriones que revoloteaban alrededor de ella, alterados por las migajas de pan que la joven depositaba en el suelo, dentro todo de una ceremonia bien aprendida. Daba la impresión de que no era la primera vez que solía ocupar el banco. Miré el cielo y las aguas del río y sentí una ráfaga de viento cargada de promesas. Cerré mis ojos en el intento inútil de aislarme, y al abrirlos, me deslumbraron los “flashes” instantáneos de las hojas. La muchacha cruzó delante de mí, ignorando mi presencia; aprecié su arrogante perfume, y el sugerente zig-zag de su cintura, tam50 bién contemplé su rostro triste, que ensombrecía con su nube los verdes del jardín. Con la desaparición de la joven, me quedé solo en el jardín. Pensé en los cambios que mi vida había experimentado desde mi llegada a París. René siempre me avisó de que me cautivaban con rapidez el amor y el dinero fácil. Sus palabras eran como el eco que se repite constantemente. En aquel momento, su voz resonó en mí y sus palabras me vencieron. Una voz que salió de todas partes me persiguió, una voz extraña que se reflejó en las flores blancas y rojas del jardín, que se introdujo en mi interior y de la cual no pude huir. Mientras la imagen de la desconocida se alejaba por la escalera, camino de perderse entre la muchedumbre que aquella tarde de otoño cruzaba “Pont Neuf”, vi cómo sobre el banco, que instantes antes ocupó la joven, se encontraba un libro. Noté un sobresalto, un impulso de ir en su busca; sin embargo, comprendí pronto mi absurda pretensión. Mi torpeza, una vez más, pretendió vencer mi cordura. Sólo había olvidado el libro. Aquella misma tarde volví a mi antiguo apartamento, cerca del canal de San Martín, los últimos meses lo había utilizado como trastero, ya que Julie insistió en que me fuera a vivir con ella. Volví también al café de la esquina con sus veladores pequeños y recogidos, a las largas conversaciones absurdas con mi amigo René, a las cervezas de presión y jarra, a la pérdida de un tiempo inútil. Cuando regresé al lugar que no mucho atrás había sido mi hogar, tenía hambre y sueño, ya que estuve deambulando por París todo el día. La corriente estaba cortada y cogí la vela del candelabro que me regaló Julie, el día que mantuvo el empeñó de apreciar el color de nuestra piel sólo con el resplandor de la llama. Me encontraba desasosegado, angustiado ante los cambios tan repentinos que surgieron y que una vez más daban un giro a mi vida. Después de tanta disputa interna, pensé descansar, me sentía impotente para decidir. Con los pasos inseguros por la penumbra, llegué al dormitorio y me dejé caer en la cama. Fue cuando noté en mi bolsillo algo que me aprisionaba la cintura, era el libro, un ejemplar antiguo de Stendhal, “Le Rouge et le Noir”, recuerdo que lo leí hace años. Al abrirlo, des51 cubrí unas frases escritas en la primera página, pensé que podía tratarse de una dedicatoria, pero más tarde comprobé que eran unos versos. Acerqué la vela y leí: El amor lo convertió en agua para poder reflejarse eternamente. II Al día siguiente, fui al café de la esquina. René se encontraba en la misma mesa en que lo dejé hacía un año. Se alegró de verme, aunque fui yo el que me senté a su lado, sin esperar su invitación. Le conté lo que me habían deparado mis recientes decisiones, cómo en los últimos meses mi relación con Julie llegó a agobiarme, hasta el punto de que, por mutuo acuerdo, decidimos dejarlo. René es un tipo extraño, pero un gran amigo. Tiene una tienda pequeña de bisutería y ropa ligera para mujeres muy cerca del café, a la misma orilla del canal. Abre cuando le apetece y cierra cuando se cansa. Lo conocí días después de llegar a París. Me ayudó a encontrar apartamento y se encargó de buscarme pequeñas faenas que me ayudaban a subsistir. También es un gran aficionado a la historia. Le gusta investigar pequeños casos, olvidados por los grandes acontecimientos, pero que han influido más en la historia que las famosas batallas. - ¿Piensas tomar algo? o ¿has venido a descargar tu conciencia? Perturbado por el encuentro, no me percaté de que llevaba el libro en la mano. Lo dejé sobre el velador en un acto reflejo, que no pasó desapercibido para René. - ¿Desde cuándo lees a Stendhal? - Es una historia muy larga, ya te la contaré. - No tengo prisa. Dime con qué personalidad de Julián Sorel, el protagonista de la novela, te identificas. - La novela no es mía. Se la dejó olvidada una persona que daba de comer a los gorriones en un parque. - ¿Una mujer? - Sí. - Me lo suponía. ¿Guapa? - Era una mujer joven, muy bella, con un encanto especial, pero con ojos tristes, melancólicos. ¡Ah, por cierto! La novela tiene unos versos en la primera página. Por el brillo de la tinta parecen escritos recientemente, aunque el libro pertenece a una edición antigua. René ojeó el libro, pasó sus hojas varias veces, siempre rápido, hasta pararse en los versos y mantenerse callado varios minutos. Mientras, aproveché para pedir café y croissant, ya que no había tomado nada desde hacía tiempo. - ¡Ya está! No son versos. Creo que pretende comunicarse contigo. Pero no tuvo valor y te ha escrito una especie de acertijo. - ¿Qué te hace pensar tal cosa? - La novela. Julián siempre estaba en el momento justo y en el lugar apropiado. - Creo que tu imaginación te está llevando muy lejos. - Sabes que nunca me he caracterizado por estar muy cuerdo. Pero la novela, el personaje, el amor, el reflejo, todo parece extraño. Pienso que intenta verte y que esta frase puede ser la que nos lleve a ella. Los razonamientos de René me hicieron pensar. Mi fantasía fabricó en mi imaginación un mundo edénico que recibiría cuando lograra vencer los peligros que acechaban a la joven del parque. Las palabras de mi amigo hicieron nacer en mí la curiosidad por resolver aquel enigma. Era evidente que aquellas palabras no eran versos, y que René no tenía un día de escepticismo negativo como nos tenía acostumbrados. Pero, aun así, tenía mis dudas, ya que mi amigo era propicio a resolver historias imaginarias. - ¿Crees que su vida corre peligro? - No lo sé. A ver…¿conoces a alguien que se ahogara por amor? - ¡No! No sé, haciendo memoria ¿algún clásico?, ¿alguna historia antigua? - ¡Síííí…! los dioses griegos hacían cosas muy raras. - ¿Conoces algún dios que se ahogara por amor? - ¡No! Pero déjame que piense… cómo era aquel monstruo con un solo ojo… - Un cíclope. - Sí, pero su nombre. - ¡No sé! ¡Me estás poniendo nervioso! - ¡Ya está! Polifemo - ¿Polifemo se ahogó por amor? - No hombre, no digas tonterías. Polifemo estaba enamorado de Galatea, pero no era correspondido, ya que ella a su vez estaba enamorada de Acis, hijo del dios Pan y una ninfa. Un día en que los dos jóvenes estaban a la orilla del mar, Polifemo los descubrió, y no le gustó la escena que contempló. Al darse cuenta, Acis intentó huir pero el gigante le arrojó una enorme piedra que lo aplastó. Así que Galatea, que por lo visto era una nereida con poderes –recuerda que en la antigua Grecia esto era frecuente– lo convertió en un río de límpidas aguas. - ¿Y qué tiene que ver esta historia con la joven? - ¡Nada! Absolutamente nada. Creo que la frase señala el lugar al cual tendrás que ir, si quieres volver a ver de nuevo a tu misteriosa nereida. Recordemos ¿Dónde existe en París algo relacionado con esta historia? - ¿Un museo? - Tal vez, pero mucha gente para un encuentro íntimo. - ¡Un monumento! - Sí; pero, no debe estar en lugares de mucho ajetreo. Debe ser un lugar más tranquilo. - Pues no sé, creo que debemos dejarlo, me está entrando dolor de cabeza. - ¡Ya está! La fuente Médicis, en los jardines de Luxemburgo. Estuve allí una vez, hace de esto mucho tiempo. - ¿Estás seguro? - ¡Seguro! Creo que debes ir allí y descubrir lo que tu hermosa joven te quiere decir. Todavía seguimos allí más rato, recordando otros tiempos, aquellos en los que todo era un proyecto. René nunca agota las conversaciones, pasa de un tema a otro, enlazándolos con un ingenio que nunca he descubierto en otra persona. Me encontraba a gusto, había vuelto de nuevo al café de la esquina, con sus veladores pequeños y recogidos, a las cervezas de presión y jarra, a las conversaciones absurdas con René. Así transcurren las mañanas, las tardes, las noches, y el tiempo queda libre para caminar a sus anchas. III Después de descansar, esa misma tarde, cogí la línea cuatro del metro hasta St. Michel. Allí crucé su plaza y recorrí su bulevar, camino de los jardines de Luxemburgo. Era la primera vez en cinco años que iba a pisar aquel lugar. Cuando llegué, comprobé que su tamaño era mayor de que lo que esperaba y que se trataba de unos jardines de gran belleza y cuidados con esmero. El centro del recinto estaba ocupado por un estaque bordeado de hermosas flores, algunos pequeños lo utilizaban para dirigir sus barcos. Bajo el frescor de un bosque de árboles centenarios, un grupo de personas practicaba el tai-chi. Familias enteras disfrutaban de la tarde en aquel jardín que acababa de descubrir. El parque estaba lleno de sillas móviles que son utilizadas para leer o, simplemente, tomar el sol. Al no conocer la zona, me dirigí a un policía para que me indicara el lugar exacto de la fuente. Ésta estaba situada muy cerca del palacio, exactamente en uno de sus extremos. Cuando llegué, los alrededores de la fuente estaban vacíos. Allí no estaba la joven, ni ninguna otra persona que me pudiera indicar si la había visto. La tarde estaba avanzada y el sol declinaba en el horizonte; por tal motivo, la luz era débil, ya que la fuente está cubierta por un túnel de árboles, cuyas hojas, a duras penas, dejan pasar la luz y hacen del lugar un paraje húmedo. Al fondo del recinto, aprecié la imagen descrita por René: Polifemo descubre a los amantes. Éste está en bronce y ellos en mármol. El bronce refleja fuerza y el mármol ternura, según me contó mi amigo, en una de esas noches en que el tiempo es tu aliado. Me senté en una silla móvil que estaba al lado de la misma fuente y durante un tiempo no pensé en nada, sino que dejé mi mente en blanco, perdida entre las copas de los árboles, y mis ojos en aquella piedra esculpida, con tanta fuerza que llegaba a reflejar los sentimientos de los amantes. Desde la roca, el agua se derramaba por los escalones en pequeñas cascadas, cuyo ruido hacía pensar en otra época. Estuve allí hasta que recobré el conocimiento y volví a la vida. A veces, ¡qué poco se necesita para estar en paz con uno mismo! La joven misteriosa no había aparecido y tenía que salir de los jardines. Antes de alejarme definitivamente, volví de nuevo la cabeza para contemplar la fuente una vez más. Al bajarla, vi cómo un papel luchaba por no hundirse en el agua. No sé si fue una intuición o simplemente un reflejo para dar un sentido a mi presencia allí, pero lo cogí. Era la mitad de un folio y estaba escrito con la misma letra del libro. Mi estado de ánimo dio un vuelco. Había estado allí, ahora no había duda, el papel que tenía entre mis manos lo certificaba. La letra estaba algo corrida por el agua, pero pude leer lo que ponía: “Si matas la sabiduría y el pensamiento, matas la libertad”. Salí precipitadamente de los jardines camino de la estación de metro más cercana, esto tenía que saberlo René lo antes posible. IV A medida que me acercaba al café, las farolas iban tomando protagonismo en las calles que bordean el canal. La noche era fresca, pero apetecía vivirla, el otoño ofrecía su cara más benevolente. Me abordaba una creciente tristeza porque estuvo allí y no llegó a producirse. Por otro lado, surgió un nuevo enigma, capaz de borrar la desconfianza que tenía sobre el razonamiento de René. Me comportaba como un adolescente inseguro que, tras un gran paso, vuelve a recuperar la ilusión, aunque sea un espejismo vaporoso, lejos de la realidad. Vi a lo lejos a René, con su expresión jovial, bien diferente a lo acostumbrado, obstina56 do ante lo que le preocupaba, aunque servicial y agradecido. Estaba sentado fuera, sólo su figura y una pareja ocupaban los veladores exteriores, no así el interior que alborotado ante el bullicio de un público joven, lanzaba por la ventana parte de la algarabía. René miró por encima de las gafas de sol, que todavía tenía puestas, y con la mirada pícara y acento pedante, aunque no molesto, mostró su extrañeza al verme. - Te creía con tu nereida, príncipe. - Mira esta nota. Es de ella. La encontré en la fuente. - Parece que la dama misteriosa tiene ganas de jugar. Le entregué a René la nota algo más sosegado, aunque inquieto ante la posibilidad de que la joven estuviera en peligro o fuera a cometer algún acto del que después se arrepintiera. Leyó el papel varias veces y se mantuvo callado largo rato, algo que me estaba alterando los nervios y me estaba dejando las manos sin uñas. - ¿Conoces algún dios griego que matara por la libertad? - ¡No! no lo conozco. La libertad concebida como tal, es un concepto más bien de los últimos siglos. Vamos a ver, pensemos… Hasta ahora has estado en dos lugares, ambos eran jardines, y tenían en común que eran lugares tranquilos y poco transitados. Si no cambia, está claro que lo que pretende es no llamar mucho la atención. Así que tenemos que buscar otro jardín que cumpla con esos requisitos, y además que esté relacionado con la frase, o tenga algo que lo relacione. La noche comenzaba a enseñarnos su parte más cruda y empezaba a tener frío. La pareja que nos acompañaba decidió seguir con sus mimos en otro lugar donde fuera más propicio el calor del ambiente. René seguía en éxtasis profundo, escarbando en sus recuerdos y conocimientos, esperando la iluminación que le llevara a la solución del misterio de la joven oculta. Una vez más, me sorprendió su rápida respuesta y su confianza en sí mismo. Su razonamiento me dejó estupefacto y, aunque como la vez anterior, mi postura fue de escepticismo, no dejaba de pensar que no era tan descabellado lo que me decía. - No estoy seguro, pero al lado del “Sacré Coeur” creo que existe un pequeño jardín muy coqueto, está camino de la pla57 za del “Tertre”, algunos turistas lo utilizan para descansar, pero no suele ser muy bullicioso. Quiero recordar que a la entrada hay una estatua dedicada a un joven, cuyo nombre ahora no recuerdo, pero cuya historia me impactó. Hace de esto muchos años, aunque todavía me acuerdo; cuando piensas que ya nada te asombra, lees historias que te hacen pensar. Este joven fue ejecutado por no inclinarse al paso de una procesión. Tenía dieciocho años. Los que lo ejecutaron no sé si mataron la sabiduría o el pensamiento, pero dieron vida a la libertad. Como podrás comprobar no puedo estar seguro, sólo es una intuición, pero yo en tu lugar lo intentaría de nuevo. ¡Ah! ya recuerdo el nombre del joven, se llamaba Chevalier de la Barre. Seguimos hasta tarde, hasta que la Luna se cansó de nosotros, con nuestras alegrías y penurias, en conversaciones inexplicables que abordábamos entre copa y copa. Para nosotros, vivir era algo más fácil de comprender, era esperar dentro de nuestro círculo, el que te hace partícipe y te otorga esa potestad que otros no tienen, la libertad de decidir. Las noches con René eran inagotables, no importaba que aquellas horas inciertas ocuparan un tiempo que, en aquellos días, se me presentó agitado. Admiraba su entereza incontenible. V Era domingo, y habían transcurrido pocas horas en la cama cuando desperté. Decidí ir temprano, aunque me dolía la cabeza. La noche anterior me acosté tarde, René me mantuvo atento a sus palabras hasta horas que no recordaba; pero René hace que el tiempo no exista, que sea sólo un reflejo imaginario de tu estado de ánimo. Para mi amigo los relojes están parados, no sirven, sólo son un instrumento que ahoga la libertad de la persona, los eliminó de su vida sin más explicaciones. Al abrir la ventana, un sol generoso deslumbró mis ojos y me hizo pensar en la joven misteriosa. Me vestí rápido con algo cómodo y fresco y me dirigí al lugar en el que René creía que podía encontrarla. Subí en el funicular hasta la parte alta del “Sacré Coeur”. La vista me impresionó. Recordé que estuve allí años atrás, la última vez con Julie, pero no deja por ello de agradar que París se te ponga a tus pies. Pronto descubrí el pequeño recinto, amurallado por árboles centenarios, al que se accede por una pequeña puerta. Al entrar, enseguida divisé la estatua del muchacho ejecutado, que está en la misma entrada y una serie de bancos en fila con vista a París. Dos grupos de turistas ocupaban algunos bancos y los más pequeños daban de comer a unas palomas, acostumbradas al constante paso de los visitantes. Algún que otro gorrión, éstos menos atrevidos, también probaba suerte con las migajas que los niños tiraban al suelo como entretenimiento, mientras sus padres descansaban de un día ajetreado. Pero la joven no estaba en aquel lugar. Una vez más, me creció la tristeza, y de mí huyeron las imágenes alegres que me acompañaron. Se apoderaron de mi ánimo los pensamientos inseguros que me llevaron a recordar que nada de lo que pensaba era cierto, todo era un cuento que se disuelve fugaz ante la realidad, algo irrecuperable que, sin apenas percibir, se escapa. Lo más probable es que todo sea fruto de una imaginación que tiende a historias sorprendentes, que nunca llegan a ninguna parte. La verdad es que, aunque sea difícil de entender, René tiene la culpa de que permanentemente me implique en sensaciones imperceptibles. Comprendí por mí mismo aquella mañana de otoño que la respuesta a mis inseguridades, a mi forma de comportarme ante los detalles más insignificantes de la vida, no depende de René, ni de la joven misteriosa que, con tanto afán, buscaba para salvarla de un mal imaginario. Era mi propia persona la que tendría que ayudarse, sin poner excusas. Pensé, que tal vez aún, pudiera compartir la amistad con un amigo, sin pedirle nada por ello y encontrar a veces ese gesto, que hace que por un momento te sientas persona. Me senté en el banco más alejado, huyendo de todo y de todos y, con la mirada perdida entre las hojas, me quedé dormido. No recuerdo el tiempo que estuve inconsciente, pero cuando desperté, el sol huía precipitadamente y nos dejaba. A mi alrededor, algunas palomas apuraban las últimas migajas que algún turista, cansado, dejó como prueba de su estancia en el jardín. Me quedé mirando cómo una picoteaba una tarjeta en la que aprecié una fotografía de la plaza del “Tertre”. Lo primero que pensé es que a alguien se le habría caído mientras descansaba, pero la curiosidad hizo que la cogiera y al darle la vuelta, comprobara con gran asombro que la joven había estado en el parque. Pero, si me vio ¿por qué no me avisó? Fue lo primero que pensé; en cambio, decidió dejar una de sus frases o enigmas que tanto gusta René de descifrar. Las aves te llevarán a la libertad. De nuevo me encontraba entre la decisión, hasta ahora fallida, de encontrar a la joven solitaria o aceptar la realidad, a pesar de que si abandonaba, me acompañaría durante tiempo, un cargo de culpa. A pesar de todo, acepté seguir adelante. A ello me ayudó René. Aunque sólo coincidíamos brevemente, en que en esta historia, la actitud de la joven nos parecía extraña. Una vez más, volví al café de la esquina, al lado del canal, caminé por su orilla observando las parejas reflejadas en el verde del agua, mientras cae la noche y algunas estrellas desorientadas aparecen. El canal no será el lugar más bonito de París, pero su frescura nos produce sentimientos naturales, ya que el espacio lo transforman las personas. VI René soltó irónico una carcajada cuando le conté lo ocurrido. Estábamos como al principio; en cambio, René todavía seguía empeñado en llegar hasta el final. Despertar del letargo en el que me había sumido aquel día no fue fácil, pero mi amigo hizo una vez más que me reconciliara de nuevo con la búsqueda aventurada de la joven, ya que existía evidencia concreta de que ella deseaba el encuentro. Reconocí que la culpa pudo ser mía, ya que pasé parte del tiempo dormido, aunque no entendí por qué se fue sin que pudiéramos vernos, acaso no percibiera mi presencia, algo poco probable por el tamaño reducido del jardín. - Julián Sorel, el protagonista de tu novela de origen misterioso, vio cortados sus sueños por un amor trágico, al final se encontró con el deseo de venganza. - ¿Por qué me cuentas eso? - Le faltó lucidez para comprender hasta dónde tenía que llegar. Si lo que haces crees que es una locura, ¿hasta dónde piensas llegar? - Por un lado, existe en mi interior el remordimiento de que, si no acudo, algo puede ocurrirle; por otra parte, creo que toda esta historia es algo confusa y temo que no nos lleve a ningún sitio. - ¿Conoces la novela “El desierto de los tártaros” de Dino Buzzati? - ¡No! Ya sabes que leo poco. - “Buzzati describe cómo el joven teniente Drogo es destinado al desierto, a una remota fortaleza asediada por los tártaros. Cuando llega al lugar, se prepara para vencerlos y plantarles cara. Pero los tártaros no atacaron. Así que se pasó toda la vida esperándolos, sediento de gloria y de batallas. Cuando los tártaros volvieron, Drogo estaba viejo y enfermo, por lo que no pudo cumplir el sueño de toda su vida. Drogo sintió que era su fin y comprendió que ésa era la verdadera batalla que había estado esperando. Así que se puso su guerrera para esperar a la muerte”. Haz lo que tu corazón te pida, pero nunca conviertas tu nereida en tártaro. Le entregué la tarjeta a René, que como antes, se aisló mientras leía. Nunca antes me había sentido amordazado por ningún asunto, pero aquella vez me aferré a la idea de no abandonar a la joven misteriosa, mientras no supiera con certeza sus pretensiones. Había algo extraño en su comportamiento que me impedía romper la tarjeta encontrada; por eso, me propuse que para la siguiente cita o aclaraba la confusión de los encuentros o, abandonaba lo que pensé por momentos que podría ser una provocación a mi persona. - ¡Fíjate bien! Si no me equivoco, esta nota es la definitiva. - ¿En qué te basas para tal afirmación? - Nuestra joven ha decidido ponernos fácil el último enigma. ¿Cómo se llama el paseo que une dos puentes por la mitad del Sena y te lleva a la estatua de la Libertad? - Creo recordar su nombre. A Julie le gustaba pasear al atardecer por él y sentarse en uno de sus bancos a ver el agua mientras el cielo se oscurecía. ¡Ya está! El “Paseo de los Cisnes”. - Correcto. Ese es el camino que te lleva a la libertad. Me despedí de René temprano. Estaba agotado. Los acontecimientos se habían desarrollado demasiado precipitados durante el día. Necesitaba descansar, aunque tardé todavía un rato en dormirme, ya que no podía borrar la imagen de la joven en el parque, ni sus ojos melancólicos. VII Me bajé en la estación de metro del “Trocadero”. Pensé que me sentaría bien un paseo hasta la estatua. Desde allí, la torre “Eiffel” se nos muestra orgullosa y su sombra se alarga por todo París. Bajé por “Avenue du President Kennedy” hasta “Port de Bir-Hakein”, donde comienza el “Paseo de los Cisnes”. El paseo finaliza en “Pont de Grenelle”, al lado de este último se encuentra la estatua de la Libertad. Una copia de la original de Nueva York. Era indudable que la joven misteriosa necesitaba contactar conmigo, aunque tuvo oportunidades y no lo hizo, algo que me desorientaba y confundía. Por eso, no entendía que usara nuestro ingenio para concertar las citas. El paseo se encontraba solitario en las primeras horas de la mañana, pero no por eso perdía su seducción; más de una vez con Julie quedé eclipsado en sus atardeceres. No puedo negar que la joven me sedujo desde la tarde en que olvidó el libro. Ella será como cualquier otra mujer, pero me atrapó su cuerpo cuando se alejaba. No conozco su nombre, ni su voz, sólo me sedujeron sus ojos verdes y melancólicos. Al final, el paseo se abre y forma una pequeña isla que culmina en la estatua. Bajo su sombra, sentí la libertad desnuda, la clandestina, la que te atrapa y te encarcela. Comprendí que la libertad está en cada uno de nosotros y, por eso, no puede ser arrebatada. Quedé plantado ante ella, con el perfil extraño de la soledad. El lugar estaba vacío, la joven no se encontraba allí como habíamos previsto, pero no sentí dolor, ni temor a perder lo no conseguido. Una vez más, miré las aguas del Sena, que dijeron adiós, y deposité el libro en el banco de piedra que rodea el monumento, el mismo libro, que hacía dos días, la joven olvidó voluntariamente. Di las gracias a la Libertad y me retiré del lugar. Subí los escalones lentamente hasta la parte superior del puente y, como en una despedida, miré atrás y allí estaba ella. Con un vestido rojo, su pelo largo y liso lo dirigía al aire libre, y sostenía el libro en la mano. Contemplé de lejos su mirada entre las nubes y el agua, en la isla solitaria que cubre el Sena, mientras unos rayos impetuosos deslumbraban su cuerpo. Esta vez fui yo el que decidí: la historia terminó con la devolución del libro. Ella no sabía que le observaba, con el libro en la mano miraba ambas orillas, estaba confundida, desorientada. Tal vez lloraban sus ojos verdes y melancólicos, pero no me reprocho el no haber ido a su encuentro. Pude destruir un paraíso, pero no creo que creara un infierno, no me arrepiento de lo que hice. Ha pasado un año desde que contemplé a la joven misteriosa, con su vestido rojo, a los pies de la estatua de la Libertad, y desde entonces, todavía su imagen sigue viva. René dice que es bonito dejar las historias inacabadas, pues los finales felices son escasos. De esta forma, nunca olvidas lo que pudo ser. La joven misteriosa es la historia de amor que vivirá siempre en ti y nunca morirá. Todos guardamos en nuestro corazón un relato inacabado, una joven misteriosa, un libro cuyo final nunca leímos. Pero la vida está llena de paréntesis. Sigo viviendo cerca del canal de San Martín, a veces me hago la promesa de ser feliz, aquí he encontrado mi reino, entre sus gentes, que enriquecen el lugar y utilizan el tiempo a su favor. Me halagan las escenas cotidianas, el saludo diario, el café de la esquina, con sus veladores pequeños y recogidos, la cerveza de presión y jarra, las conversaciones absurdas con René, me gusta que transcurran las mañanas, las tardes, las noches, y dejar el tiempo libre para que camine a sus anchas.
Cenizas de una guerra Con tres heridas yo: la de la vida, la de la muerte, la del amor. Miguel Hernández
La casa estaba frente a la iglesia, un edificio de tonos rojizos y seis décadas de antigüedad. El árbol de tronco grueso que la acompañó en el tiempo, filtraba a través de las hojas la luz del sol que hacía que el contorno se cubriera de misterio. El constructor encargado de su demolición llegó temprano acompañado de tres obreros, que recibieron las instrucciones en el silencio de la casa abandonada. Todo comenzó hace muchos años, un hombre extraño apareció por el pueblo y compró la vivienda que hoy se disponen a asolar. Nunca se supo mucho de la persona que la habitó, ya que tuvo poco trato con los vecinos, quienes lo calificaron de raro, vivió distante de las costumbres del lugar. Todos los días, como un autómata, recorría el espacio que separaba su casa del cementerio y, ante una tumba en la que se leía un nombre de mujer, martilleaba su conciencia con un corazón afligido por la memoria. Antes de volver al hogar, resbalaban por su cara lágrimas de unos ojos secos por el tiempo. Hace ahora un año, este personaje insólito fue encontrado muerto por la única persona que tuvo relación con el difunto, una viuda que ya había arrancado a la vida los mejores años, y que además de los menesteres domésticos se encargó, durante una época, de satisfacer al fallecido sus necesidades más íntimas. A la señora le dejó el dinero que tenía, que no era poco, ya que procedía de gente noble, aunque por su aspecto no lo aparentara. Se lo donó en agradecimiento por los servicios prestados y como gratitud a su prudencia, ya que nunca preguntó en la etapa que compartieron qué era lo que le atormentaba y en qué red de oscuros sucesos estaba atrapado. La sorpresa fue que la residencia que habitó durante su vida fue cedida al Ayuntamiento, en pago por la paz que halló en las calles y rincones de los que le aceptaron. Es allí donde los golpes, desde esta mañana, se suceden ininterrumpidamente, ya que el consistorio ha aprobado en el último pleno la construcción de la nueva Casa de la Cultura. Juan es joven, desde hace dos años trabaja en la construcción y, junto a su novia, poseen mil proyectos. Le han encargado que desmonte los sanitarios, antes de que las máquinas derrumben la vivienda. Un golpe partió en trozos una plaqueta, dejando al descubierto un hueco, un zulo de dimensiones pequeñas. En su interior halló una caja metálica que contenía un cuaderno escolar muy antiguo, de una sola raya. Juan, atolondrado por el hallazgo, se sentó sobre una banqueta y comenzó a leer. “Llegué a este lugar perdido una vez terminada la guerra, meses después de que me liberaran de la prisión de Villanueva. Encontré un lugar herido en el corazón, que tardaría años en sanar, pero aunque el odio moraba en sus rincones, supe encontrar en él lo que mi alma buscaba. Visité en mis primeros días el cementerio y, gracias al sepulturero, encontré la tumba de Laura. Me comentó que se acordaba bastante bien de la muchacha, aunque iba para tres años, pero la recordaba por su cara de niña y su expresión inocente. Me señaló su tumba, una sepultura anónima repleta de jaramagos. Me encargué de que, a partir de ese instante, su enterramiento estuviera limpio, y coloqué una lápida donde se leyera su nombre. Pero esta historia comenzó meses atrás, en agosto del treinta y seis. La noche del día veinte hacía guardia en una avanzadilla del batallón al que pertenecía. No tiene que ver con este relato el porqué me encontraba alistado con los milicianos de Alcoy, pertenecientes a la agrupación FAI-CNT, pero ciertos acontecimientos anteriores a lo ocurrido hicieron que aquél día me encontrara allí. El general Miajas pretendía tomar Córdoba y mi batallón era parte de la columna comandada por Pérez Sala, procedente de Espejo. La noche era clara y recorría con la mirada sombras y ruidos, luces extrañas de mi imaginación. Pero algo ocurrió que interrumpió mi vigilancia; de las ramas cercanas surgió, como cuerpo furtivo, la silueta de Laura. Al no ser conscien69 te del peligro al que estaba expuesta a mi lado, la persuadí para que volviera a la retaguardia con sus compañeros, pero insistió en que era importante lo que quería decirme y en que no podría seguir más tiempo ocultándome lo que le atormentaba. Conocí a Laura semanas antes, cuando viajábamos al sur desde Alcoy, le cedí mi asiento en la cabina del camión y me senté atrás, junto con otros compañeros. Desde aquel día, la veía tan frágil que casi sin pedírmelo me convertí en su guardián y protector: me di cuenta de que a ella no le molestaba. Cuando menos lo esperaba, una tarde en la que descansábamos junto a un árbol, nos besamos en la oscuridad de las palabras. En realidad, nunca supe si lo que sentía por ella era amor o simplemente afán de protección. Pero me buscaba en cada momento que podíamos disfrutar de la libertad que un estado de guerra nos permitía. La noche del día veinte no parecía la misma, estaba algo más distante de lo habitual, se sentó a mi lado con una sonrisa forzada e insistió en contarme su pasado reciente. - Me quedé huérfana muy pronto, así que me fui a vivir con mi tía que se pasaba la mayor parte del día acostada, bebía más de lo que su cuerpo podía soportar. Su marido trabajaba en el campo, solía llegar tarde y casi siempre me ignoraba. Un día bebió demasiado y llegó gritando incongruencias. Al comprobar mi presencia, se abalanzó sobre mí con olor a vino rancio, me dijo que no podía esperar más, que trabajaba para él y me mantenía, así que tenía que darle alguna satisfacción, que necesitaba algo de mí que su mujer se negaba a darle. Tenía sólo trece años cuando mi tío hizo que odiara al género humano. A partir de entonces, mi vida fue un infierno, con frecuencia me pegaba y el miedo era mi único aliado. Mi tía casi no existía y cada noche, cuando oía la puerta, mi cuerpo temblaba de terror. Desesperada, decidí una mañana abandonar la casa. Pero en la calle no me fueron mejor las cosas, el hambre hizo que varios hombres pasaran por mi vida, que frecuentara suburbios poco recomendados, pero llega un momento en que ya no te importa nada, la vida pierde su sentido y sólo te gustaría una mañana aparecer muerta. Cuando estalló la guerra, me alisté de las primeras al batallón y aquí encontré una familia, luego te hallé a ti, que eres tan bueno conmigo, el único hombre que después de una semana juntos, no me propone un revolcón. No sé si eres marica, o raro, pero me has hecho feliz estos días. Por eso he venido aquí hoy, para que conozcas quién soy. Qué clase de mujer ha pasado estos días contigo. En estas condiciones, no podría ser tuya. Como podrás comprobar, no quiero hacerte daño, ni ocultarte la verdad. Perdóname, debí habértelo contado antes, pero era todo tan bonito, que por un momento llegué a creérmelo. Ahora te dejo, es probable que mis compañeras me echen de menos, ya las conoces, son una familia para mí. - ¡Por favor Laura! ¡No te vayas! Quédate un rato. Seguro que duermen y no se darán cuenta de tu ausencia. No dije nada. Decidí tranquilizarla. Sólo arrullé mi cabeza contra su pecho y susurré: “Te quiero Laura” y sus ojos se posaron en los míos con sus acostumbrados destellos. Poco después se quedó dormida. Al fondo, la silueta de las colinas se recostaba en la penumbra de la noche y el ladrido de los perros se oyó como anuncio de un mal presagio. Laura se despertó y me regaló su ternura con un beso. No tardó en aparecer por el sendero un grupo de milicianos con órdenes explícitas. Íbamos a avanzar para despejar una zona de fascistas, la misión era arriesgada, pero abriría el paso al grueso de la columna. Transcurrido un instante y ante el miedo de perderla, la cogí por el brazo y le comenté que creía oportuno que no avanzara con el grupo, que era consciente de su lealtad a la causa, pero que habría muchos momentos en la vida para ser héroes. Alzando su cabeza, me miró con rabia. - ¡No soy una cobarde! Fui incapaz de detenerla. Sus creencias en la revolución eran tan fuertes que no pararía hasta el final. Como era de prever, la avanzadilla fue un fracaso. Nos estaban esperando detrás de la cima. Una ametralladora nos cortaba la retirada y casi no podíamos levantarnos. A duras penas, arrastrándonos, pudimos llegar al lugar de partida. Habían muerto cinco milicianos y tres estaban gravemente heridos. Enseguida busqué a Laura y la encontré ayudando a un compañero. Me alivió ver que no había sufrido percance alguno y me dejé caer sobre el suelo, desmoronado por el esfuerzo. De repente, alguien irrumpió en el lugar pistola en mano y en estado de máxima ofuscación. - ¡¿Dónde estás, cabrón? Fascista de mierda! Y, dirigiéndose a mí, me apuntó a la cabeza. - ¡Han muerto cinco compañeros, hijo de puta! ¡Vas a pagar por la sangre derramada por tu traición! Al sonar el disparo, la voz de Laura se interpuso entre la pólvora y mi cuerpo. - ¡Nooooooooooo! El latido de su vida salpicó mi rostro y un fuego se encendió en el clamor de mi furia ante la crueldad de la muerte que se ensañó una vez más con la inocencia. - ¡Laura ¿Qué has hecho? ¡Por Dios! ¡¿Qué has hecho?! Con patadas, intentaron separarme de ella, mientras mis manos intentaban tapar el boquete mortal que atravesaba su pecho. A medida que su aliento se alejaba entre gritos, insultos y puñetazos, sentí en mi vientre el golpe de una rodilla, que hizo que mi cuerpo se doblegara e inundara mi boca el sabor de la sangre espesa. - Confié en ti. Pero todos sois iguales. - Te juro, por Dios, que todas mis palabras no fueron mentira. - No jures ante un Dios que dudo que exista. Comprobé que estaba a punto de morir. Su rostro pecoso me miró por última vez con ternura y bondad. Poco después, yacía muerta con su pelo pelirrojo impreso sobre la yerba, dejando entrever por la camisa su cuello rosáceo. La Luna despuntó y dejó caer su manto sobre su piel blanca. Me reprimí para no gritar, aunque una irritación de dolor me embargó. A lo lejos, parte de la columna seguía el avance, portaban enseñas anarquistas y coreaban cantos de victoria: ¡a las barricadas! ¡a las barricadas! ¡por el triunfo de la confederación! ¡a las barricadas! ¡a las barricadas! Sentí el golpe frío de la culata en mi sien y perdí el conocimiento. Cuando recobré el sentido, iba camino del penal de Villanueva. Nunca supe por qué no me mataron allí mismo, ni por qué no me pusieron ante un pelotón de fusilamiento. A veces, tengo la sensación de que aquel amargo episodio nunca ocurrió; por el contrario, su imagen me ha acompañado siempre. He creído reconocerla en ocasiones, pensar que no murió, pero en la oscuridad de mi remordimiento lloro para expulsar el dolor que día tras día me quema el estómago”. Juan terminó de leer la historia y, con gesto de indiferencia, sacó del bolsillo el tabaco. Encendió un pitillo, y mientras el humo se perdía en sus pulmones, con la misma llama quemó el cuaderno que alumbró su cara desorientada. Cogió su herramienta y, con fuerza, golpeó sobre las cenizas de una guerra. El regreso
Comenzó a llover cuando los acebuches estaban tristes, minutos antes de que las nubes cubrieran el cielo de un gris melancólico. Es imposible conocer el momento exacto en el que empieza el relato. Es probable que empezara el día en que el olor a romero impregnó las siluetas del Bermeja. Fui testigo de una aventura que se fraguó ante un brindis en una taberna de los alrededores. No era la primera vez que visitaba Hornachuelos; por mi condición de periodista, cubrí en ciertas ocasiones para el periódico incidentes relacionados con el cementerio nuclear de “El Cabril”. Pero esta vez fue diferente, no habría podido narrar los acontecimientos vividos, si días antes no me hubiesen invitado. Entre copas se proyectó, según me dijeron, una experiencia que no olvidaría. Creo que, sin saberlo, acertaron. Nunca imaginé que me causaría tal impacto, no es fácil admitirlo, incluso para mí fue inesperada mi reacción. Lo más sorprendente de los hechos es que, acostumbrado a describir situaciones extremas que creo interesantes para mis lectores, mi respuesta sin embargo, fuera de pavor e indignación. Todo ocurrió en un tiempo que nos pudo parecer breve, pero que resultó una eternidad para nuestro protagonista. Después de quemar innumerables horas, he llegado a la conclusión de que no existe principio en esta historia, sólo final, y que debo escribirla para transmitir la sensación que me produjo. Pasado el tiempo, todavía hoy cuando lo pienso, me parece imposible imaginar la escena. ¿Hasta qué punto existen finales felices? La vida es un relato que acaba con la muerte y en él sólo tiene final feliz algún capítulo. Es probable que no se me entienda, y que, tras la invitación a presenciar las imágenes que pretendo describir, mi postura no haya sido la más correcta. No pretendo eludir mi responsabilidad, sino tomar la posición que considero justa, ya que todo argumento tiene una defensa. No se trata de mi conciencia del bien y del mal, sino de algo más simple: la lucha constante para conservar lo que creemos nuestro. El héroe de este relato nació rodeado por el calor de la libertad, bajo el misterio y la magia de cualquier lugar del bosque, en el que alcornoques y encinas le cobijaron bajo el rumor de las aguas de un arroyo. No importa conocer el sitio exacto donde vivió. Lo hizo durante años en un espacio natural, entre montes repletos de verdes difusos que se expanden hasta el horizonte, lugares en los que se agita un viento que aúlla ante el silencio dormido de los árboles. Ocurrió el día en que la sierra se cubrió de escalofríos al oír el zumbido del terror que paralizó a sus habitantes. De pronto, un sol agónico fue vencido por las nubes como presagio de lo que iba a ocurrir. Nunca pensó que el día iba a ser distinto a los demás. La voz del bosque fue atropellada por los ladridos de una jauría de perros procedentes de una mancha cercana. Escuchó un extraño ruido que le estalló cerca, un trueno nunca antes escuchado, cuyo relámpago describió una línea roja. En ningún momento imaginó que era el principio de un final sangriento. Los ladridos le sobresaltaron y, sin tiempo para reaccionar, empujado por su instinto, corrió a ninguna parte en busca de los suyos. Sin embargo, no pudo encontrar la vereda adecuada. Se encontró en un callejón sin salida. Refugiado al amparo de unos matorrales, los perros le hostigaron sin tregua a un palmo de distancia. Utilizó todos sus recursos, enseñó su furia a los que se le acercaron, y golpeó varias veces sin suerte a sus atacantes; pero le acorralaron mientras intentaba sin éxito una huida precipitada, ante el cerco de los animales salpicados de barro. Oyó voces que no identificó, atrincheradas tras grandes lentiscas, que hicieron que se precipitara sin rumbo fijo. Avanzaba lo más rápido que podía, cuando, un segundo estruendo, más fuerte y próximo, le atravesó el cuerpo como un rayo de fuego. Corrió hasta que sintió ceder su alma que, a tropezones, se desplomó sobre la hierba tras un alarido profundo. Quedó moribundo, clavado al suelo. Le habían acertado con un disparo que desgarró su cuerpo. La humedad atravesó su pìel, mientras la fuerza de la supervivencia le obligaba a levantarse. Pidió ayuda con la mirada de la muerte, pero no lo escucharon, y sólo vio los pájaros que, espantados ante el sonido de la pólvora, buscaban refugio con sus alas abiertas. El cielo se tiñó de gris mezclado con ráfagas rojas que acribillaron las nubes hasta hacerlas llorar. Resultó escalofriante ver en el relieve del abrupto paisaje, cómo el rey del bosque herido de muerte, yacía desangrado a la sombra de las jaras y tuvo que resignarse. Tras una pausa, se oyeron gritos que callaron a los impactos de las armas. Por fin, llegó la calma al bosque. Ante sus plegarias, la lluvia amainó, se volvió débil, mientras se precipitaba su vida hacia un tiempo desesperado y aceptaba la triste realidad. Todavía alcanzó a oír el resonar de las botas que se acercaban al pisar la hojas secas de la maleza, el chirriar apresurado de las pisadas furtivas que trepaban por los arbustos. Un humano aminoró su paso al verlo y gritó en seco: - “¡Lo he encontrado!”. Tenía los ojos cerrados y el vaho que expulsaban sus latidos entrecortados casi no se apreciaba. El aire era ahora más frío y la brisa se vistió de luto a la luz plateada del atardecer. Unos segundos bastaron para que un rostro, embriagado de euforia y alentado por el entusiasmo del encuentro, descargara sobre el animal el orgullo de los vencedores. Ardió su sangre sobre el aroma a tierra mojada, mientras la boca herida expulsaba el brutal reflejo de una agonía. Golpearon su cuerpo las manos de la sinrazón y exaltaron el triunfo logrado entre aplausos y vítores de victoria. El ardor enloquecido remató el triunfo con el corte mortal de un acero frío. Entre risas, la hierba se pintó del color injustificado de la muerte. La sangre quedó sepultada en agua y barro, y los ojos ensangrentados del animal buscaron el cielo, en el que una pareja de buitres leonados esperaba los desechos del botín. Acabé de leer mi último artículo en el dominical, justo en el momento en que las robustas ruedas chillaron al tomar contacto con el áspero suelo de la pista, los viajeros de clase turista se transforman en miradas agradables y se entrecruzan mensajes secretos envueltos en silbidos de satisfacción. Dejo la revista en la canastilla del asiento delantero, junto al periódico doblado por la página en la que se lee “Los americanos entran en Bagdad”, compartiendo portada con “Figo es duda para el domingo”. El clip de las hebillas que mantienen los cinturones abrochados de forma simbólica se libera, dando paso a un relajamiento de los nervios, en tensión desde la demostración de cómo utilizar los salvavidas, que deben estar debajo de los asientos. A mi derecha, viaja una persona gruesa que, antes del despegue, ya estaba durmiendo. Aprovecho los vuelos para poner orden en mi cabeza, para ordenar las confusiones que trastornan lo que espero de la vida; así puedo engañar a mis nervios y tenerlos entretenidos. ¡Hay tantos interrogantes que quedan en el aire! Somos cómplices de nuestras inseguridades, que solemos achacar a decisiones desordenadas que nos incumben o a la infidelidad de la amante desconocida, que nos provoca ansiedad y que ocultamos en nuestro propio refugio. Un punto y aparte largo aleja nuestra vida de rockero rebelde de la izquierda intelectual a la que pretendemos pertenecer. Aquellos años de voces anónimas que se rebelaban contra tu propia revolución, que hicieron que tus ideas aprendieran a cambiar, rompieron tu propensión a la negativa por sistema. Lejos de las noches de libertad y juventud, no espero sentirme incomprendido ni víctima. Arrancar una respuesta a las teorías incontables de la vida me supone un esfuerzo agotador. Encuentro la felicidad en sueños más sencillos: en el beso enloquecido de Sonia por las mañanas o en la mirada que alborota mi atardecer y que acepto agradecido. Me resulta aterrador el avión, me altera el carácter. Nunca llego a acostumbrarme, me molesta su aire denso de calor viciado, el pasillo estrecho, el olor del servicio a sudor y orín rancio. Creo ver en todos los pasajeros secuestradores, miro a las azafatas durante el vuelo, sus sonrisas me dan confianza y si las veo serias, me preocupo. - ¡Señorita! ¿Pasa algo? ¿Va todo bien? - Sí señor. ¿Desea beber algo? Las azafatas lo arreglan todo ofreciéndote algo de beber, será para mantenernos ocupados y evitar nuestras impertinencias. Tendré que volver a disculparme de nuevo con Sonia, como si tuviera la culpa del retraso, estos dichosos aviones no llegan nunca a su hora. Tiene genio, pero es buena compañera. A veces hace que me sienta mal, sobre todo si hablamos de mi trabajo, ¡ese empeño en que lo deje! Los amigos le dan la razón y me señalan como culpable. Supongo que algo de verdad habrá en lo que dice, pero para mí, esto es media vida, no podría vivir sólo con la otra mitad. El primer escollo en nuestra convivencia fue cuando le comuniqué que iba a Palestina. Allí se había producido una nueva Intifada y la dirección del periódico me enviaba para cubrir la noticia. Presa del pánico, no asumía que mi trabajo fuera tan peligroso, hasta el punto de que pudiera perder la vida. –Hay miles de periodistas que viven sin salir de este país, ¿por qué no puedes ser tú uno de ellos? No puedo vivir en sobresalto continuo–. Cuando llegó el momento de partir, aquella mañana no se despidió, prefirió evitar un adiós que amenazaba su imperiosa resolución de dejarme. A mi vuelta, me esperaba en el aeropuerto, dispuesta a devolverme sin explicaciones un amor, que en las devastadoras noches de fuego cruzado, había levantado mi ánimo. Ella enriquece el sentido de las cosas cotidianas con su espontaneidad y sus razonamientos. Cuando le cuento mis aventuras, me dice: –“ya te lo dije, acabarás muerto en cualquier repugnante rincón del viejo planeta, o asesinado por cualquier tribu indígena sin escrúpulos; ¿qué se te habrá perdido a ti allí, en el culo del mundo?”. Yo recibiré un telegrama de cualquier embajada donde me comunicarán tu muerte o desaparición y, claro, después querrás que te llore. No lo esperes; como mucho, te pondré una vela en la iglesia más cercana–. Me quedo siempre sentado unos minutos después de que los nervios dejan de estar en tensión y mis manos dejan de sudar. No me agradan las precipitaciones, me agobia el ansia de salir rápido. Esta vez, el señor grueso no comparte mi punto de vista, me ha hecho un gesto de clara advertencia, no espera a la última sacudida del aparato para ponerse de pie, tiene desesperación por respirar el aire de Madrid. Es la primera vez que Sonia no ha venido al aeropuerto y tampoco ha dejado nota en el piso. Había olvidado que es fin de mes, estará haciendo balance en la tienda. En el año y medio que llevamos juntos se ha pasado la mayor parte del tiempo quejándose. Piensa que mi protagonismo le perjudica, cree que mi actitud es ambigua respecto a los valores sociales y culturales que defiende, y que influye negativamente en sus relaciones personales y en su autoestima, que le inculco una serie de prejuicios que hacen que su vida sea restrictiva en sus decisiones y que le absorbo parte de su personalidad. Es probable que nuestros sentimientos en ocasiones estén encontrados. A veces, me tilda de buscar en ella una relación puramente sexual. Sé que existen algunas digresiones en mi comportamiento hacia su forma de vida, sobre todo sus inclinaciones hacia lo existencial y ecológico, pero ciertos asuntos son como poemas llenos de ripios. Mis insinuaciones hacia su forma de pensar hacen difícil a veces el desarrollo normal de la vida de pareja y afectan a nuestras relaciones más íntimas, aunque hasta ahora han sido compatibles con el amor. Mis largas ausencias ayudan a la reconciliación y, al regreso, veo emoción en sus ojos. Se está nublando. Debo llamar al periódico para que sepan que he vuelto. Ha sido todo demasiado precipitado, dejé un mensaje en el contestador explicando lo ocurrido, regresaba urgente en el primer vuelo con plaza libre, nada había salido como se esperaba. Pediré unos días de descanso e iré con Sonia a Segovia, hace tiempo que se lo tengo prometido. Sin saber por qué, recuerdo mis días en Kabul, no es grato, aquella pobre mujer temblando, asediada por su angustia, mi respuesta hacia ella de mirada incrédula. Me vi desbordado ante la figura de una criatura desamparada. Ni siquiera llegué a preguntarle su nombre cuando, estremecida, pidió un gesto de compasión. Su llanto desvalido reclamaba una respuesta, su constante obsesión de estar en peligro marcaba su desconfianza y hería los sentimientos de liberación. Siempre recordaré su mirada de horror al descubrir la presencia de Jamal, y cómo hizo borrar las palabras de su boca, cuando éste me advirtió del peligro que corría si le ayudaba. Actué con demasiado recelo y reacciones retardadas ante lo sucedido. –“No puedo soportar este bochorno, me está ahogando, abriré la ventana para que entre aire–”. Escribí su historia, que quedó olvidada, en una columna del periódico, cerca de la buena noticia de la bajada de tipos. Habrá que esperar mejor ocasión, un espacio libre, que no esté ocupado de antemano por el nuevo automóvil de cambio automático y línea aerodinámica. ¡A quién le importa la vida violada de una mujer, si hay miles en todo el mundo! Puede ser que me plantee dejarlo, tomar la decisión que tanto he demorado. Te embarcas en defender los valores por los que has luchado toda tu vida, y en un instante compruebas cómo se evaporan y se derrumban; no valen una mierda ante la miseria, son un jeroglífico cuando el fin es sobrevivir. Captas una visión penetrante de un mundo al que no crees pertenecer y te desprecias, al sentir tu dignidad atrapada por las injusticias. Más de una vez tuve que destruir el material para evitar contratiempos, y al final sólo quedan las palabras, que no pueden callar. Aquél fue un caso difícil, no sólo perdí todo lo que llevaba, sino que faltó poco para perder algo que estimo bastante: mi vida. Me aterra pensar en un mundo que vive en la leyenda de un Dios que ordena hasta las cosas más insignificantes, que no evita el sufrimiento provocado por los crímenes que la justicia ejecuta en su nombre. He comprobado cómo las peores crueldades pueden ser hechas por el hombre en nombre de Dios, cómo el ser humano puede llegar a tan alto grado de degradación. Voy a darme una ducha, lo necesito, de esta forma haré tiempo hasta que llegue Sonia. ¿Dónde habré puesto el dichoso aparato? No para de sonar. Es probable que sea ella, aunque no suele llamarme al móvil si sabe que estoy en Madrid. - Si, dígame. - ¿Eres tú, Miguel? - ¡Hola! ¿Cómo van las cosas por el periódico? - ¡Bien! No podemos quejarnos. El jefe quiere que no deshagas la maleta. Como sabrás, los americanos han entrado en Bagdad, el dictador ha caído. Me ha dicho que te llame para que salgas para allá lo antes posible. Ya sabes, algunas fotos, un tes82 timonio de algún testigo, lo de costumbre, ¡Ah! lo quiere para el próximo suplemento si es posible. - Dile que saldré en cuanto pueda, antes me gustaría ver a Sonia. Al otro lado de la ventanilla del mundo, hay un paisaje que se contempla con indiferencia, con seres despojados de su identidad, pero existe la frontera de las religiones y no lo repudiamos. En Kabul, eludí el peligro, sobrecogido por el miedo que me paralizó, profané su confianza y la comprensión que de mí esperaba. Sus convicciones eran firmes y las expuso con claridad. Nunca se me pasó por la cabeza que aquella mujer pudiera buscarme. Intenté varias veces conversar y razonar mi situación en su país, pero al final me limité sólo a escucharla. Es probable que no llegara a entender su ansiedad ante la condena a la infelicidad. Lo siento, hay que tener muchos huevos y no soy ningún héroe, me pareció demasiado cruel pedir perdón. Necesito esta noche estar con Sonia para sentir que no estoy muerto. Me he dado cuenta de lo mucho que la quiero. He pasado estos meses empeñado en complicar nuestras relaciones, pero qué agradable ha sido y qué paciencia ha demostrado tener conmigo. - ¡Sí! ¿Sonia, eres tú? Estoy en Madrid, necesito verte urgentemente. Ven pronto, te quiero. Entre los muros de Patronio
Un cielo gris de tormenta había vencido lentamente la madurez del Sol. Mis ojos, clavados en la carretera, salpicados por el reflejo de las nubes, veían cruzar soberbios los árboles, las luces trepidantes de los coches. El agua en forma de pequeña cascada irrumpía en el cristal. La aguja del velocímetro del coche rebasaba los ciento cuarenta. Había discutido de nuevo con Mario. Esta vez, sobrepasó los límites de mi paciencia y la situación era ya insostenible. Después de un furioso destello, un trueno sacudió el interior del coche e hizo crujir sus hierros. Mi corazón se precipitó en un latido descompasado. Sumida en un pánico, pisé el freno bruscamente. Dejé la nacional III, desviándome por una carretera secundaria; en el cruce, leí “Alarcón”, no pude ver los kilómetros, la visión del cristal no era clara, aunque el limpiaparabrisas insistiera en conseguirlo. La lluvia estaba amainando, cuando divisé una fortaleza bastante bien conservada. De ella y de sus rocas, emerge un castillo, de torre majestuosa que se alza al cielo en perfecta perspectiva. Crucé el puente, arquitectura de piedra suspendida en el tiempo, y me introduje por el arco de entrada anclado a su torre, franqueando las murallas que reflejaban la tenue grisura de la tarde invernal. De pronto, vi un indicador que anunciaba un Parador de Turismo. Siguiendo sus indicaciones, y después de un leve callejeo, lo encontré: resultó ser el castillo. Éste se alza sobre la hoz del río Júcar y te transporta a una época medieval. Es pequeño y coqueto, de forma triangular. En el arco de entrada te avisan de que estás en tierras del Infante D. Juan Manuel. Cuando aparqué, me di cuenta de que, en mi frenética huida, no había cogido ni un triste cepillo de dientes, sólo el bolso y las llaves del coche. Al entrar en el Parador, un pequeño patio hace de distribuidor del recinto de piedra, ornado por un albo pozo, donde se percibe el frescor de la humedad de las plantas. A la izquierda, sobre una pequeña escalera, se leía el rótulo de “recepción”. El señor que me atendió, amable y cortés, se presentó como Sr. Alarcón, detalle que no deja de ser curioso. - Buenas tardes, ¿en qué puedo servirla? - Necesito una habitación. - El Parador está completo, aunque hace unos minutos han anulado una reserva. ¿Me deja, por favor, su carnet? En esos instantes, no supe si en mi bolso llevaba la documentación. Localicé con rapidez el carnet de conducir que el recepcionista, amablemente, me aceptó. - Aquí tiene, la ciento tres. Sea usted bienvenida. Ya en mi habitación, me asomé a la ventana y respiré el olor de la tierra mojada, que el aire fresco me trajo. Un rayo de luz rasgó las nubes, en el intento de liberar al cielo de ellas. Había olvidado en este momento fatídico a mis hijos. Ellos no tenían la culpa de lo ocurrido. El carácter agrio y desagradable de su padre, el trato que nos habíamos dado ambos en los últimos años habían amargado mi existencia. Me estremezco al pensar que pudieran dudar de mi cariño. Tenía un horrendo dolor de cabeza, así que bajé a pasear un rato. Mientras caminaba despacio, entre la armonía de sus callejuelas, aspiré la humedad del invierno, impresa en sus muros inexpugnables. Más allá, en su paisaje natural, sus montes repletos de difusos colores se expanden hasta el horizonte, albergando al viento, que ruge orgulloso ante el silencio de sus piedras arrogantes. Perdida a los pocos minutos por sus callejas y rincones prácticamente desiertos, me produjo una profunda sensación de vivir y recordar otra época. Al final, está la plaza, espaciosa y de sorprendentes contrastes. El silencio desbordaba la fantasía y la imaginación. Escuchaba el compás del sonido de mi cuerpo. Sólo el ladrido de un perro lejano enturbió la paz en este inmenso espacio de leyendas. El Ayuntamiento y la iglesia estaban cerrados; la fuente, furiosa, derramaba el agua sobre ella misma, sólo el bar Patronio tenía indicios de vida. En él varios hombres jugaban en la mesa del fondo a las cartas; otros, sobre el mostrador, despachaban de un sorbo un café bastante negro con sabor a prisa. Una señora, secándose las manos, se me acercó. - ¿Qué desea? - Por favor ¿Dónde podría encontrar un cajero? - Lo siento. Aquí no hay cajero. Tendrá que ir a Motilla del Palancar, a unos quince kilómetros. - ¿Tiene prensa? - Sí, al fondo, sobre aquella mesa. - Gracias. Mientras leía el periódico, pedí algo de comer, una sopa castellana y morteruelo, un plato típico de la zona, hecho a base de hígado de cerdo rallado, liebre, perdiz, gallina, jamón, manteca de cerdo y abundantes especias. De postre, tomé pudin casero tal como me recomendó la señora. Gasté el dinero suelto que me quedaba sin tener que utilizar las tarjetas. De regreso al Parador, tras un breve paseo, comprobé el número de iglesias que el pueblo tiene. La señora del bar me comentó que no llegan a doscientos los habitantes en invierno. En el Parador, a la derecha del arco de entrada, una vez en el patio, está la cafetería. Al entrar en ella, enseguida percibes un ambiente señorial y confortable, dentro de una decoración diseñada para dar placer a los sentidos. La estancia posee un gran legado medieval de objetos castrenses: armaduras, escudos, estandartes, armas y lámparas que simulan antorchas de fuego. El salón está presidido por un gran tapiz donde se aprecian las insignias o escudos de armas de los grandes señores. El Infante y su obra pasean por los rincones del recinto, mientras que en sus muros pétreos sientes grabadas las reflexiones de Patronio. Me senté en el rincón más protegido para tomar café, huyendo de mis propias frustraciones. A nadie le interesan mi derrota y mi fracaso. Mi vida no deja de ser espejo oscuro, en el que se refleja un resquicio de esperanza. “Patronio, por un extraño azar, he llegado hasta aquí. Sin embargo, tú eres el verdadero actor de la obra, el héroe humilde dispuesto a capturar mi atención. Quizás este día no sea el adecuado, lo cierto es que necesito compasión y ayuda. Veo mi futuro desvanecerse en amargura, tengo excesivas ansias y amargos lamentos”. “Si al comienzo no muestras quién eres nunca podrás después cuando quisieres” (1) Tras el café, me quedé dormida. Al despertar, comprobé que eran más de la nueve y media. Decidí cenar algo ligero antes de retirarme a descansar. Aquella noche el comedor estaba prácticamente completo y comprobé que sólo una mesa de un rincón no tenía comensales. El “maitre” con amabilidad, me acompañó a ella. Una rosa solitaria adornaba el aún desierto mantel. En el salón, las maderas de sus vigas y las piedras de sus arcos ojivales se combinan en un estilo propio de la época. Sostenidas por cadenas que cuelgan del techo, sus lámparas de hierro forjado simulan velas encendidas; su luz rigurosa y relajante proyecta una penumbra mágica, en la que el resplandor de las gestas heroicas se difumina en el ambiente. Sus paredes se adornan con cerámicas y lámparas de hierro que cuelgan de sus laterales, completadas con algunas alusiones medievales. No me habían servido todavía. Saboreaba un aperitivo que una camarera ataviada con traje regional colocó amablemente en mi mesa, a la vez que degustaba una copa de vino fino en su cristal transparente, cuando en silencio, alguien se me acercó discretamente. - Buenas noches, perdone que le interrumpa. Como podrá comprobar, el comedor está repleto. Si fuera tan amable, podríamos compartir la mesa, siempre que usted opine que cenar a su lado no le proporcionaría ninguna molestia. Por un momento quedé atónita, desconcertada ante el imprevisto, sin embargo reaccioné señalando la silla con mi mano e invitándole a sentarse. - Permítame que me presente. Mi nombre es Michael White, profesor de historia. Me encuentro aquí en viaje cultural. La rapidez con que la camarera, de sonrisa agradable, le trajo la carta evitó que le diera mi nombre. - ¿Puedo preguntarle qué va a cenar? ¿Me recomienda algún plato en especial? - He pedido ensalada y pescado. Una dorada a la sal. - Perdone que me entrometa de nuevo, sin ánimo de ofender. Le recuerdo que está usted en tierra de carnes. La cocina española es extremadamente exquisita y de una gran variedad de sabores. Los Paradores suelen mantener en sus cartas una extensa muestra de la riqueza gastronómica de la región. Tendría unos cuarenta años, de abrumadora mirada y ojos negros repletos de expresividad, aunque a primera vista, su imagen podría engañar. De estilo elegante, pero de otra época, vestía traje de profesor inglés perteneciente a otra década. - El Sr. ¿ha decidido ya? - Sí, tomaré ensalada del chef y cordero a la caldereta. Tráigame también, por favor, media botella de tinto de la tierra. - ¿Desea una botella de agua? - De momento, no. Gracias. Mis recelos hacia él me provocaban una sensación de misterio, un sentimiento de culpa, un discreto respeto por la persona extraña que, ante mi confusión, estaba venciendo mi voluntad, secuestrando la libertad que horas antes pensé lograr. Me sorprendió con sus palabras y aquel extraño encuentro se convirtió momentáneamente en un refugio para mí. - Los Paradores han fascinado a muchos escritores británicos. En ellos se pueden leer grandes historias y bellos poemas escritos a través de los siglos en todos sus recovecos. Éste, en el que estamos, lleva el nombre del “Marqués de Villena” que lo comprara después de que Alfonso VIII lo conquistara en 1184. - ¿Es su primer viaje a España? - ¡No, por Dios! Soy acérrimo defensor de la cultura hispana y de rincones como éste tan hermosos. Alarcón, que como usted sabrá viene del árabe “Al Arkon” que significa atalaya, fue una antigua fortaleza donde ocurrieron gestas muy importantes. La cena se estaba desarrollando tranquila y placentera. La posibilidad de alternar me complacía. Mientras hablaba, tenía completa certidumbre de encontrarme en otra vida. Percibía una maduración emocional no compartida antes. Naturalmen90 te, la situación desesperada por la que me hallaba allí, dejaba al azar la casualidad de este encuentro, o quizás todo formaba parte de un extraño entramado en el que me veía envuelta, algo inconcebible horas antes, cuando mi camino era aún incierto. - Me va a permitir que pida el postre por usted. Quiero que pruebe el “Alajú”, un pastel confeccionado con nueces, migas de pan y miel de romero, muy agradable al paladar. Creo que le gustará. Mesurada por sus sutiles palabras y ensimismada, dilatábamos el tiempo, sumergidos en la intimidad del rincón. La conversación fue larga y agradable, con cierta cautela por mi parte ante mi debilidad. Su carácter albergaba misterio y ternura compartida. Al despedirse, agarró mi mano, sintiendo su piel de textura ruda, a la que mi imprudencia no puso excusa, dejándose llevar. Una exclamación interior de sorpresa recorrió mi interior y me hizo enrojecer como una adolescente. Abandonó su silla dejando sobre la mesa su tarjeta. Contuve mi impaciencia en abandonar la mía. Al levantarla, al lado de su nombre, estaba escrito el número de su habitación. “Patronio, más que el miedo al mañana, me asusta mi desánimo, la sequedad con la que vivo los momentos determinantes de mi vida. Tengo que mirar más allá de mi propio reflejo para vislumbrar un resquicio de ilusión, sin pararme a pensar sus consecuencias”. “No dejes de hacer por el dicho de la gente lo que sin ser malo creas conveniente”. (1) Recóndita la imagen que ofrezco en el espejo, ante la lucha de mi rebelión interna podría atarme a la cama como Ulises para vencer la tentación, o satisfacer la parte de mí estimulada. Mi éxodo sigue deparándome remordimiento, envilece mi resentimiento emocional; sin embargo, estoy aquí reflejada en un cristal, ante mis propias frustraciones, con mis instintos más íntimos. Apagué la luz y cerré la puerta de mi habitación cuidadosamente, sin hacer ruido. En el pasillo, la luz era escasa, lo que hizo que mi presencia pasara casi desapercibida. Subí los peldaños que separaban las dos plantas con leve lasitud, excitada ante la fascinación que da el amor clandestino, dispuesta a disipar antiguos temores, a desafiar el tabú de los prejuicios; pero, al llegar a su puerta, mi respiración se agitó con ansiedad. De pronto, me sentí tensa, violenta, cómplice de mis pretensiones. Un escalofrío envolvió de miedo el sudor. Corrí a mi habitación, reflejada en nostálgica añoranza. Cerré la puerta bruscamente tumbándome sobre la cama, intentando que la brisa que se colaba por la ventana entreabierta evaporara el sudor de mi frente, y refrescara los golpes de calor que sentía en mis sienes. Cerré los ojos mientras mi corazón volvía a sus latidos pausados. Estaba extenuada y me quedé dormida “Patronio, me resulta difícil considerar que mi postura es una declaración de rebeldía. Lamento mi prematura decisión y las consecuencias que puedan repercutir sobre mis hijos. La pérdida de ilusiones, truncadas por un destino frustrante, hace que me enfrente a un futuro incierto e impensable, en el que sólo me conforta pensar que no he olvidado nunca los compromisos que como madre he adquirido. Reconozco mi error. Mi conciencia me reivindica que debo renunciar a mis pretensiones, que como consecuencia de ellas, he perdido parte de mis sueños. He decidido volver y terminar inapelablemente con esta aventura. Sí, Patronio, no puede ser malo amar y pensar en ser feliz. Espero poder alcanzar pronto mi serenidad”. “Gana el tesoro verdadero y guárdate del perecedero”. (1) Al día siguiente, el sol lucía sobre las hojas del patio. Después de un suculento desayuno, aboné mi factura con la tarjeta, sin ningún problema. Me despedí del Sr. Alarcón, que me deseó un buen viaje. En el patio, a la sombra del pozo, en este espacio inmutable de la historia, desafiando a un tiempo de falsedad, miré hacia arriba, donde la imaginación te transporta a la fantasía que alberga estos lugares. Horas antes, mi mirada escéptica cubría mi inseguridad ante la dificultad de una vida vacua. Es92 pero haber encontrado entre estos muros, con la sencillez de sus leyendas, el destello perdurable de mi reconciliación interna. Crucé los arcos de salida, convencida de que en aquella villa había quedado para siempre una parte de mi corazón. (1) Pareados con que concluyen los cuentos que componen el libro “El Conde Lucanor” o “Libro de Patronio”. Allí comienza todo
Contemplo el rostro de un tiempo frío, la foto con la imagen de la vida, donde las arenas cuajadas de óxido esculpen el silencio encadenado. Mis lágrimas reman en atmósfera de tristeza. Despojadas la nubes de la luz que habita en la huella de los besos, espero beber de nuevo en el espejo salobre del otoño el elixir de tus vinos aromados. Miguel acabó de leer el último verso de un poema de “Ascuas de Amor”. Sonia le había regalado el poemario el día de su cumpleaños y, tomó la costumbre de leer un poema todas las noches antes de dormir. Recordó el día en que se conocieron, y el primer aniversario; para celebrarlo decidieron pasar la noche en “El Parador de Sigüenza”. Llevaban un año juntos y, su vida había cambiado; sin embargo, sus repetitivas ausencias por asuntos de trabajo provocaban algunas dificultades en su relación con Sonia. Ella no se acostumbraba al constante peligro al que estaba expuesto como reportero de guerra. Hoy, dos años después del primer encuentro, cerró el libro cuando repetía en voz alta el último verso, el que más veces escuchó en la voz de Sonia. Ella no estaba en la habitación 135. Miguel había vuelto solo al Parador y, al leer el libro, se encontró como si no hubie96 ran transcurrido los días, como si fuera ayer la última vez que estuvieron allí juntos, pero comprobó que faltaba el olor que lo acompañó tantas noches. Con este viaje intentaba poner su conciencia en paz, pretendía que lo aceptase como era, lo único que quería era encontrar la medida justa en sus relaciones desde que Sonia las definiera como precarias. Él consideraba los problemas que le presentaba como pequeños inconvenientes de pareja. Su trabajo le impedía disfrutar de todo el tiempo que desearía dedicarle, pero estas circunstancias no las consideraba graves, ya que el rato en que se encontraban juntos gozaban de la vida en cuerpo y alma. Miguel había llegado a Sigüenza a última hora de la mañana, después de dejar la nacional II y tomar la carretera comarcal que lleva al pueblo. Al llegar, se deleitó como hace un año, de la formidable vista que te muestra la carretera cuando te aproximas a la localidad. A lo lejos, se divisa el Parador, un castillo del siglo XII situado en la parte alta del pueblo. Durante el trayecto, se levantó una pequeña brisa y un sol agónico dio paso a un dibujo de nubes grises sobre el horizonte, que le hizo acelerar la marcha por temor a una tormenta repentina. Llegó todavía con hora de descansar antes de pasar al comedor. Después de recoger la llave de la habitación 135 que tenía reservada desde hace días, y dejar el maletín sobre la cama, visitó la capilla románica del siglo XIII que se encuentra en el interior del Parador y, tomó una cerveza en el bar en un ambiente confortable, dentro de una decoración sencilla que no perdía el estilo del entorno. Para llegar hasta él, cruzó por un pasillo que conserva un variado legado medieval. Pudo comprobar con antelación que la habitación no se había modificado, todos los muebles y accesorios eran los mismos y, estaban colocados como los recordaba, con su tradicional estilo castellano. Era de suponer que el recuerdo de Sonia le iba a acompañar toda su estancia en “El Parador”. Su encuentro con ella, como tantos otros, fue obra de la casualidad. Nunca olvidaría la primera vez que la vio. Aquella mañana, los árboles de Madrid empezaban a brotar y los rayos de sol ocupaban el espacio dejado por las nubes. Sonia fue al periódico a poner una denuncia sobre el aumento de anhídrido carbónico en la ciudad. Gritaba y gesticulaba entre el bosque de ordenadores; sus ojos expresaban más que sus palabras, las pronunciaba con tanta rapidez que la última se comía a la anterior. - ¿No han oído hablar de ese gas nocivo que respiran nuestros pulmones y que puede terminar de matar este planeta? - ¿Habla usted con nosotros? La subida del butano es lo que nos preocupa. - ¡No creo que sea usted tan idiota! –una salva de aplausos de sus compañeros, cortada en seco por Sonia, alentó su respuesta– no me lo digas, tú eres el gracioso del periódico. Seguro que los chistes que se publican son todos tuyos –abrumado, le agradeció su interés por él y le obsequió con una sonrisa–. Nunca aprendió el nombre del grupo ecologista al que Sonia pertenecía, pero el revuelo que organizaron los dos en la redacción fue espantoso, hasta el director tuvo que mediar con su intervención, aunque no llegó la sangre al río. Desde el primer momento, lo cautivó. Miguel acababa de romper su última relación amorosa y Sonia le pareció una mujer desenvuelta, apasionada, amable, y a la vez frágil, bastante inteligente y con un cuerpo exuberante. La invitó a café para calmarla y, como en “Casablanca”, aquel descafeinado fue el principio de una nueva amistad. En aquel instante supo con certeza, ante el entusiasmo que le provocaba su conversación, que le instaba a proponerle un encuentro más íntimo. De esta forma, al día siguiente disfrutaron del dióxido de carbono a pleno sol en la terraza de un pequeño restaurante italiano. Durante el almuerzo, Miguel percibió la mirada de complicidad de Sonia y, aunque algunas dudas persistieron durante la comida, en el café comprobó que el desorden de su intimidad iba a ser alterado. Pasaron la tarde animados ante la oportunidad que el día les brindaba y como preámbulo de la determinación que iban a tomar. Tras el interrogante de qué hacer después de terminar la cerveza, Miguel pensó en almorzar temprano, algo que no era habitual en él, pero creyó que lo tendría entretenido algún tiempo. El maitre lo acompañó a una mesa adornada con una rosa solitaria y apartada de la que hacía un año ocupó en compañía de Sonia. Estaba ocupada por una pareja que intercambiaba miradas y sonrisas. Pidió morteruelo y cabrito asado, como lo hiciera aquel fin de semana. Para beber dijo que le trajeran media botella de tinto. Mientras saboreaba el vino, se acordó de su regreso de Afganistán. Al llegar, ella le telefoneó al periódico. Quedó sorprendido cuando le comunicó que no deseaba verle más. Le contestó que parecía entender sus motivos de ruptura, aunque no se sentía culpable por realizar el trabajo que siempre le gustó. Cuando acabó de hablar, en su corazón se hizo un silencio. Miguel, acostumbrado a responder en circunstancias difíciles, tuvo un momento de debilidad que se reflejó en sus ojos. Comió lentamente, dilatando el tiempo, tenía toda la tarde libre. Durante algunos segundos, recordó los momentos vividos con anterioridad, hasta que el camarero lo interrumpió para ofrecerle café. Decidió tomarlo en el salón del trono, un salón bien conservado, con una luz relajante que proyectaba una penumbra mágica. Se sentó en un rincón recogido, donde un resplandor difuminaba el ambiente, y evocaba gestas heroicas. Pasó un largo minuto con la mirada perdida hasta que un desconocido se le acercó. - “Disculpe. Le llevo observando unos minutos. A lo mejor le apetece un rato de conversación”. Pensó que sería una grosería estúpida no aceptar la compañía que le ofrecía desinteresadamente la persona que, a su lado y en pie, se llevaba la mano al bolsillo interior de la chaqueta para ofrecerle a Miguel un habano. Aunque no estaba acostumbrado a improvisar conversaciones, creyó que le vendrían bien unos momentos de distensión. El entablar un diálogo con un desconocido hace que los temas sean abiertos y, a veces consigues encontrar respuestas insólitas y puntos de vista, que probablemente no compartan las personas que habitualmente conviven contigo. Se presentó como Carlos Atienza, profesor de historia y en visita cultural. Trabajaba en una tesis sobre el papel de Sigüenza en la Edad Media, así como la influencia que sus personajes tuvieron en el desarrollo de la historia. Se interesó bastante por la profesión de Miguel, cuando le dijo que era reportero. Le comentó que era la primera vez que tenía el placer de entablar conversación con alguien, que según él, llevaba una vida tan activa. Le habló de su trabajo, de las investigaciones que estaba desarrollando en Sigüenza. Mientras, sin quitarse el cigarro de la boca, expulsaba con calma una bocanada de humo que nublaba su rostro, mezclado con palabras que chocaban en su bigote amarillo pintado de nicotina. - Aunque el personaje histórico más popular de Sigüenza es su doncel, tengo que decirle que esta ciudad posee un gran patrimonio y una historia interesante para los que nos dedicamos a descubrir algún secreto que no sepamos todavía de nuestros antepasados. Desde que la conquistara Alfonso VIII, fue un enclave importante en aquella época y tuvo gran actividad episcopal y artesana, así como un gran desarrollo de su agricultura y ganadería. Pero, volviendo al doncel, le diré algo curioso. Si nos referimos estrictamente al significado de la palabra, diríamos que es inadecuada la denominación que se le dio a este joven, ya que fue nombrado caballero y murió guerreando en Granada. Su nombre era Vázquez de Arce. Y es bien conocido por todos, que este señor se hizo famoso no por sus méritos en vida, sino por su sepulcro en alabastro, cuyo autor no se conoce. Si le apetece, podrá visitarlo esta tarde, se encuentra aquí cerca, en la Catedral. - Tengo que confesarle que soy un profano en historia medieval. - Y yo en conflictos bélicos. Pero me gustaría preguntarle cómo influye en su vida el estar constantemente en peligro, el convivir durante tanto tiempo con las desgracias ajenas. Siempre me he preguntado si los reporteros poseen un afán constante de aventura. Si su corazón está endurecido y no responde ante una situación de catástrofe o de ayuda inmediata. No quisiera pensar que ante la posibilidad de elegir, se decidan por la foto de impacto antes que por socorrer a las víctimas. - El deseo de aventura puede terminar ocasionándote una sensación amarga. Si trabajas en contacto con el sufrimiento, llegas a acostumbrarte. No somos verdugos, sino periodistas que intentamos mostrar a las víctimas y sus rostros. Te embarcas en defender los valores por los que has luchado toda tu vida, y en un instante compruebas cómo se derrumban y se evaporan; no valen nada ante la miseria. No vendo desgracias, escribo y cuento lo que veo. El sistema está así montado, la fama es algo que no me incumbe, nunca publico mi foto en los reportajes, porque al final sólo quedarán las palabras. La muerte es dura cuando la ves de cerca. Los cadáveres anónimos también tienen un nombre. Carlos se paró, y Miguel pensó que se había cansado de la historia, en realidad tenía la boca seca, ya que estaba ensimismado con la conversación. - Es increíble lo que me cuenta ¿Hay algo que le haya impactado últimamente? - Hace unos meses visité Afganistán. Un día, decidí acompañar a un grupo de representantes internacionales al campo de refugiados de Jolozai en Paquistán. La situación en el campo es vergonzosa. El gobierno paquistaní está desbordado y la ayuda de la ONU es insuficiente –se aclaró la garganta con un sorbo de café volviendo a poner la taza sobre la mesa–. La gente vive y duerme agrupada en tiendas de plástico, con baños y letrinas comunes que no cumplen las mínimas normas de higiene. No hay comida, ni agua, ni medicinas: es impresionante tocar la miseria con las manos. Allí una vida humana no vale nada. En la entrada de una tienda vi el cadáver de un niño pequeño, que no tendría todavía dos años. Pregunté por él, y me contestaron que su madre no tenía más que una dosis de paracetamol y dos hijos enfermos. No tuvo más remedio que elegir. Carlos volvió a hacer otra pausa y quedó pensativo, acariciando el vaso con las dos manos, mientras se disculpaba por no haberle ofrecido nada de beber. La conversación siguió unos minutos más en los que se excusó por no poder contar experiencias como las de Miguel. - Mi vida es algo más rutinaria. Siempre entre libros y congresos. Saludando a las mismas personas una y otra vez, pero permítame si nos vemos más tarde que le cuente algunas anécdotas que suelen pasar en los congresos. Ambos miraron de reojo el reloj, comprendiendo que la situación no podía ser prolongada. Carlos acabó el vaso de un solo trago, como si temiera que se lo arrebataran, mientras Miguel esperaba la última palabra para retirarse. - ¡Son casi las cuatro y media! No pretendo ser pesado. Me figuro que pretenderá echar una siesta. Es una costumbre muy sana. Así que no le molesto más. Ha merecido la pena hablar con usted y conocerlo. Se despidieron con un apretón de manos e hicieron la promesa de volverse a ver en cuanto pudieran. Después de intercambiarse los teléfonos, se retiraron a sus habitaciones. Miguel se despertó con acidez en el estómago, buscó en su bolsa de viaje, pero con la precipitación de dejar Madrid lo antes posible, se olvidó del antiácido. Por la tarde, paseó por el pueblo. Visitó la Plaza del Ayuntamiento y la Catedral, como le recomendó el profesor horas antes, donde se encuentran los restos del “Doncel de Sigüenza”. Más tarde, se sentó en una terraza del parque, pero sus pensamientos estaban lejos de allí; estaba confuso e indeciso, su cabeza era más bien un desorden que un caos controlado. Meditó sobre el acierto o error de su visita al Parador, a lo mejor no había sido idea afortunada. Necesitaba decidir qué es lo que más le convenía ahora que volvía a estar solo. Para ello debería sosegarse, aunque en algunos momentos estuviesen a punto de devorarle los nervios. Aceleró su paso de vuelta al Parador. Recogió su llave pero no se dirigió a la habitación sino al patio, cubierto de un resplandor claroscuro. Durante un instante, sintió cómo el chorro de agua taladraba el silencio, mientras su cuerpo percibía el olor del entorno y sentía un escalofrío agradable. Suspiró aliviado, envuelto por el viento misterioso de las piedras del castillo. Se retiró temprano a su habitación. Se echó vestido sobre la cama e intentó olvidar el castigo injusto que creía haber recibido de la única mujer que le dio un sentido a su vida. Quería dormir, olvidar en aquel castillo los últimos acontecimientos, los recuerdos que le atormentaban y que le susurraban en los oídos. Le era imposible fingir lo contrario de lo que sentía, pero intentaba encontrar la manera de desistir de la pretensión de llamarla, ya que fue bastante concreta cuando le dijo que la paciencia se le había agotado, una respuesta seca que escuchó de sus labios. Además, le añadió que olvidara cualquier ilusión de volverla a ver y cualquier pretensión que pudiera invadir su intimidad personal, ya que cuando ella tomaba una decisión, pocas veces se arrepentía de haberlo hecho. Se reprimió al pensar que era absurdo torturarse por los últimos acontecimientos y, que desde aquel instante, se proponía como fin intentar reparar su corazón, herido por la ruptura con Sonia, con alguna actividad excitante que lo regresara al mundo de los vivos. Ojeó de nuevo su bolsa de viaje y comprobó que las pastillas que toma en ocasiones para dormir cuando está excitado también se las había dejado en Madrid, así que cogió el poemario y leyó un poema. Soltó el libro en la mesilla y, no llevaba unos minutos intentando dormir, cuando sonó la puerta. No esperaba a nadie, el profesor de historia se despidió por la tarde, ya que tenía una cena con unos compañeros. Pensó que podría ser un error. Al abrir la puerta, enmudeció ante la sorpresa de ver una figura de mujer delante de él. - ¡Sonia! - He llegado hace unos minutos. El recepcionista me ha dicho que la habitación 135 estaba ocupada. Después de insistirle durante unos segundos, he logrado que me dijera el nombre de la persona que la ocupa. - ¡Pasa! No te quedes en la puerta. Intercambiaron una mirada de complicidad, en un intento de descubrir lo ya descubierto. Sonia miró la mesilla de noche. Cogió el poemario y leyó unos versos de amor. Piel de yedra, triste cristal de lluvia, cicatriz esculpida en la desnudez de la nostalgia, de aroma a hinojo y sabor a menta. Mañana, cuando la seca espiga sea trigo, como crítico musgo en el polvo de las últimas estrofas, siempre brotarán de mis cenizas un ascua de amor. Miguel se acercó y le quitó el libro de las manos. En un silencio casi absoluto, fueron sus labios los que hablaron. Entretanto, en el exterior empezaba a llover, y se oían las gotas desprendidas de las nubes que rebotaban contra el suelo. Hicieron el amor mientras desde la ventana entreabierta entraba la fragancia penetrante de la tierra mojada. De nuevo, el Parador había hecho el milagro.
Decisión irrevocable
La tarde estaba gris y la lluvia no acababa de herir las frías piedras. El aire estaba impregnado de una pesada bruma. Fue en aquel día de guerra, cuando un soldado desconocido se escondió entre los escombros de una deflagración anterior. Un enemigo gemía de dolor cerca de él. “Aquel cuerpo que desprende sangre caliente me hace gestos con la mano: ¡cuidado! ¡puede ser una trampa! ¿Quién me dice que está solo? Su compañero puede estar esperándome detrás de aquella columna, con el dedo en el gatillo. Segaría mi vida en un suspiro, si pretendo llegar hasta él. El sudor me nubla la vista y siento que me asfixio, al tener de nuevo la boca seca. Tranquilo, debo actuar con prudencia, adaptarme al terreno, antes de tomar una determinación; es necesario salir de aquí lo antes posible, me ha visto y, si es una trampa, estoy en peligro. Voy a tranquilizarme; el silencio que se respira es de fantasmas suspendidos entre ruinas. Si los nervios me paralizan, puede ser mi final. Ese soldado no debe importarme, le dispararé, claro que no tengo nada contra él, es su vida contra la mía; me voy a hacer sangre en los labios de tanto morderme. Vuelve a hacerme señales. Parece que intenta comunicarme algo y extiende su brazo hacia mí. Puede que los susurros sean de clemencia, no lo sé; pero su voz debilitada es inaudible, o quizás intenta persuadirme de algún peligro. En este agujero, mi campo visual es limitado; no puedo alzar mi vista, sería una diana fácil y la distancia no me permite distinguir con claridad su cara. Si decido ir hacia él, desde su posición tendría un disparo certero. Tampoco me puedo acercar lo bastante para comprobar si está desarmado, podría estar esperando que salga de este abrigo para liquidarme. Descarto, de momento, cualquier acción precipitada. Vi cómo a un compañero se le rasgó la piel y, acto seguido, su rostro enmudeció. No quiero que me pase lo mismo. Tengo que estar alerta, con la atención puesta en cualquier ruido. Debo lograr que me entienda, me gustaría transmitirle confianza, o al menos, que comprendiera que lo que ocurre a nuestro alrededor no debe impedir la posibilidad de que intente ayudarle, aunque ignoro si lo desea. En estos momentos, las convicciones quedan aparcadas. Tengo la impresión de que esa mirada de horror no va a despreciar mi ayuda. Espero encontrar respuesta ¿Por qué tardo tanto en contestarme? Esta duda no me despoja de mi desconfianza. El único impedimento es la lealtad a lo establecido; pero es probable que, si me identifico con ella, traicione mi conciencia. Estoy obligado a aceptar el sistema impuesto, aunque en circunstancias especiales no sea de mi agrado. Esta incertidumbre me aterra. ¿Y ahora qué? Por otro lado, puedo tomar la postura del avestruz. No me compromete a nada, aunque estaría seguro de que ésta, con el tiempo, podría producirme ansiedad. Es lógico tener vacilaciones, no todos los días hay que salvar a alguien; pero este titubeo me paraliza y hace que me suden las manos. No quiero pensar que no soy capaz de tal cosa. Claro que la culpa de sus heridas no es mía, el que viene a una guerra sabe a lo que se expone, y suerte que no esté muerto, como otros muchos. Otra cosa bien distinta es que salga de ésta. Si, por lo menos, algún compañero encontrara mi posición. No puedo evitar que mi cabeza funcione como un autómata. Yo mismo traduzco mis pensamientos, me chillan los oídos como lenguas extrañas. Nosotros sólo somos invitados en esta cruzada, seguro que en el umbral nos tienen olvidados, nos consideran peones en este juego. No importa que rompamos uno de sus hábitos sociales, nunca nos considerarán miembros de su club. Siento asco de toda esta mierda: - ¡Sí, te lo digo a ti, al del otro lado! Pedazo de carne que gime. - ¿Qué esperabas? ¿Un puesto en la gloria? Ya te han colgado una medalla de plomo en tu vientre. - ¿Estás satisfecho, pedazo de cabrón? Hombres como tú y yo nos sometemos al dictado de la disciplina y nos esforzamos por sobrevivir en un mundo de locos. Nos dejamos arrebatar algo más que la dignidad: la propia vida. No es que me oponga, de una forma radical, a las normas de mis superiores; tampoco pienso que poseo la verdad absoluta, únicamente asumo la parte de la misión que la sociedad me ha encomendado. No pretendo ser rebelde, pero existen pequeñas complicidades en las cuales tu convicción es más fuerte que tu voluntad por aceptar las reglas del juego. Cuando el tiempo pase, y esto sea anécdota de taberna o polvo en el rincón de la memoria, sólo deberemos extraer los recuerdos agradables. - ¡Quién te iba a decir que ibas a pasar la noche conmigo! Ahora que me iban las cosas bien, apareces tú. Te estás muriendo, no hay más que verte y estamos solos. Lo malo es que pensamos que lo peor siempre nos ocurre a nosotros. Tengo la mala suerte de haberte conocido en un mal momento: - ¡No te muevas!, ¡no hagas movimientos bruscos!, ¡puede que tengas algo roto! Yo no he empezado esta guerra y, sin embargo, tengo la sensación de pedir disculpas. - ¿Tienes novia? Ya no recuerdo la última vez que acaricié una piel suave, lo he olvidado, pero es maravilloso sentir cerca el olor de una mujer. Nos conformamos sólo con una palabra de afecto. No se lo he dicho a nadie, pero mi novia me dejó; no tengo labios que me esperen. No te lo vas a creer, me dejó por un representante de ropa interior. No lo he llegado a entender nunca. - ¡Si salimos de ésta, iremos juntos a ligar! ¿Qué te parece? A veces hace uno cosas extrañas, ahora río, no es malo reír, creo que ayuda, tampoco nadie verá mis pantalones mojados. Acabo de tragarme mi última gota de saliva y se me ha hecho un nudo, tengo el cenizo esta tarde. Cualquier relación entre personas es difícil, pero lo nuestro es complicado e inverosímil; incluso si pudiera salvarte, ignoro si, por tu condición de enemigo volveríamos a vernos. Veo una de sus piernas destrozada entre gestos de angus110 tia, sus movimientos comienzan a ser torpes, es probable que su herida sea grave y se esté desangrando. Aquí todos somos desconocidos ¿Qué hago pendiente de un solo individuo? Sin duda, que él no lo haría, a lo mejor hasta acabó con la vida de algún compañero o compatriota. ¿Y si disimula? He oído hablar de auténticos actores de guerra. ¿Sabré reaccionar si decido ir a su lado y, por error, intenta liquidarme? ¿Por qué no aparece nadie por estos derroteros? ¿Se ha terminado el conflicto y no me he enterado? No sé si tendré valor para salir, tal vez lo haga; de momento, sigo sin tener respuesta. Creo que prefiero esperar, no debo actuar a la ligera porque está en juego mi vida. Nunca se me había presentado en esta guerra tal coyuntura. No es posible que esto me pase a mí, tengo la sensación de que todo lo que está ocurriendo no es verdad, justo el día en que debía terminar mi milicia, pensé seguir más bien por despecho que por convicción. No debo temer nada, estoy acostumbrado a situaciones complicadas ¡y una leche! No me he visto en mi vida en otra situación como ésta, me he pasado la guerra sin una intervención directa. Siempre fui un organizador de la retaguardia, llevo tres días en el frente y me siento cansado de ver sangre y carne destrozada; y, si esto fuera poco, tengo en frente de mí a una persona desconocida que me extiende la mano. En realidad, me parece mentira que no llegue a sorprenderme; pero mi cabeza puede en unos instantes estallar, si sigo planteándome preguntas insospechadas, que me sacuden y me producen un dolor que iría en aumento y al final sería insoportable. He visto en estas últimas horas miradas perdidas de soldados, heridas terribles y atroces en cuerpos desencajados por la muerte. Si no lo hago, pensaré que soy cruel; si lo hago, que un idiota: ¿qué gano con esto? ¿vale la pena correr el riesgo? Debería abandonar y seguir mi camino, no deja de ser mi enemigo por muy grave que esté. Estoy ante las dudas que se me amotinan y me martirizan. Haga lo que haga, todo el mundo se creerá con el derecho de opinar, pero ninguno tiene que decidir. Los que discuten y ordenan no están aquí, su discurso está lejos. El pasado queda sin sentido y no se puede explicar si no has vivido su presente. Despido las congruencias, las frases convencionales, las dudas que atormentan la verdad. Al final, no cabe otra posibilidad, ni existe otra argumentación que pasar al otro lado: es probable que no sea demasiado tarde y se pueda hacer algo. Debo repetirme sin cesar estas palabras, memorizarlas, grabarlas en mi cabeza para no olvidarlas. Tengo veintidós años; a lo mejor, hoy cambia mi vida y en el futuro pueda soslayar las escenas que estoy viviendo. Mi padre tenía un fuerte carácter. No me vendrían mal ahora sus consejos. Si me viera, estaría orgulloso de mí. En estos momentos no puedo evitar estar asustado, lo entiendo, la sola posibilidad de fallar aumenta mi congoja. Siento en mis manos el roce frío de mi fusil y el silencio del miedo hace brotar lágrimas de mis ojos secos. Oigo sus gritos, cada vez más débiles, pidiendo clemencia, parece inofensivo, no deja de ser una víctima más de esta guerra. He visto demasiadas desgracias para dejarlo desfallecer frente a mí, aunque no puedo estar seguro, no sé lo que piensa. Es lógico que tome mis precauciones, un error por mi parte puede ser irremediable. Pronto será de noche, en la oscuridad es más fácil pasar desapercibido y recorrer con precaución los diez metros que nos separan; en la penumbra, será más difícil ser visto al cruzar, a lo mejor todavía hay posibilidades de salvarle. El azar me ha puesto en su camino, para mí es un desconocido, un hijo de alguien que espera. Todo esto es increíble. Presiento la muerte en su imagen inmóvil, reflejada en la expresividad de su cara. No debo esperar que transcurra mucho tiempo. Me siento solo y me quedan pocas fuerzas, espero no desfallecer a última hora. No son ideas vagas lo que tengo dentro, puede que me equivoque, que mi decisión sea una ingenuidad, pero en absoluto debo arrepentirme sea cual sea el desenlace de esta historia. Creo que es el momento, ahora, lleno de confianza, como el que realiza la obra de su vida. Espero que sepa el granuja lo que voy a hacer por él ¿Y si sufro un desaire por su parte? No creo, lleva aguardándome bastante rato. - ¡No desfallezcas!, ¡aférrate a la vida!, ¡no te rindas chaval!, ¡puede que tu lucha termine hoy, unos días al hospital y luego a casa! ¡no permitas que te venzan, haz que tu voluntad sea más fuerte que tu fatiga! Va siendo hora de actuar, hace rato que no se mueve ni se le oye. No sé qué será de nosotros mañana, o si mi acción será justificada, pero probablemente, nunca será entendida. Ahora es cuando menos debo desesperar, aunque esté abatido. “No es momento de vacilar, ya es demasiado tarde para echarse atrás”. En ese momento miró hacia atrás y se dio cuenta de que estaba solo. Fue entonces cuando aquel soldado desconocido cruzó la calle y abrazó a su enemigo moribundo, cuya mano sostenía una bomba que colocó entre sus pechos. Ocurrió en el tiempo de un suspiro mal interpretado. Durante el impacto, todavía tuvo tiempo de sentir cómo su cuerpo, sorprendido por la detonación, se fraccionaba en mil pedazos. La libreta verde
La tormenta cesó minutos antes de que Carlos Roldán, agente de paisano de la policía, perteneciente a homicidios, parara un taxi en la puerta de su domicilio. Todavía se respiraba la humedad de la reciente lluvia, cuando los coches se dejaron ver de nuevo con intensidad por las calles en un día de verano de terrazas vacías. Carlos Roldán se levantó temprano aquella mañana, la noche la pasó casi en blanco. Su cabeza de investigador trabajó hasta que el despertador sonó a las siete de la mañana, hora a la que solía levantarse para incorporarse a sus deberes laborales en la Comisaría Central de Madrid, donde trabajaba desde hace tiempo, desde que su padre, inspector jefe y amigo íntimo de un comisario de distrito, lograra con sus influencias que le destinaran allí. Hasta la cena no surgió ninguna novedad, todo empezó en un bar, frente a su domicilio, donde solía tomar café antes de retirarse. Carlos era soltero, lo que implicaba utilizar su hogar sólo lo indispensable y realizar fuera de la casa la mayoría de las actividades y costumbres cotidianas. La noche anterior, acababa de meterse en la cama cuando sintió un golpe en su puerta. No esperaba a nadie, siempre fue un hombre solitario, era hijo único y no tenía familia. Lo más probable es que fuera un colega que venía a prevenirle, o habría ocurrido algo imprevisto de última hora y el jefe los querría ver a todos al instante, –pensó que alguna razón debería tener aquella llamada–. Cogió su pistola automática, regalo de su padre el día que se graduó, y se dirigió con sigilo a la puerta de entrada. El salón estaba oscuro; por precaución no se atrevió a encender la luz, y esto hizo que faltara poco para acabar con sus huesos en la alfombra. Pero logró, en silencio, llegar al recibidor. Una vez allí, colocó su oído en la cerradura de seguridad, puesta cuatro meses antes, cuando un delincuente le juró que no acabaría vivo el año, e intentó escuchar algún ruido que pudiera ser sospechoso. Pero sólo oyó el clip-clan sincronizado del reloj de cuco que adornaba la entrada al salón, recuerdo familiar y regalo de su madre el día que se graduó. Pero, tras no sentir nada sospechoso giró la llave lentamente, dos veces, algo nervioso y con leves temblores en las piernas, no todos los policías son héroes. Abrió la puerta, con precaución, lentamente, mientras sentía cómo su corazón se aceleraba más de lo normal y se empezó a preocupar al sentirlo fuera de su ritmo habitual. Pero detrás de la puerta no había nadie, no estaba el colega que le venía a prevenir, ni el delincuente que prometió matarlo. Sólo vio al abrir una libreta de pastas verdes, tamaño pequeño, algo sucia y deteriorada, sobre el suelo del umbral, que resultó ser la suya. Lo más seguro es que se le cayera en la cafetería, y el propietario la conociera, ya que suele revisarla a menudo mientras toma café. Se sentó en la parte trasera del taxi, después de un día en el que, angustiado, recorrió varias veces las mismas calles, los mismos jardines, anduvo sin destino fijo, se levantó mil veces del mismo banco. En varias ocasiones consultó el interior de la libreta verde y encontró un extraño apunte escrito en rojo, color que sólo utilizaba para resaltar asuntos de suma importancia, normalmente casos privados del departamento que eran conocidos por él y a veces por algún colega. Pero aquellas notas eran diferentes. No recordaba cómo, ni cuándo fueron escritas, ni con qué motivo, que supiera no tenía nada importante pendiente en la Comisaría. - Usted dirá, señor. - Siga recto, ya le diré a dónde vamos. De nuevo, sacó su libreta verde del bolsillo interior de la chaqueta y, tras pasar las hojas con suavidad, volvió a leer lo que tantas veces había hecho durante la mañana. Aunque esta vez lo leyó en voz alta, para que el taxista se enterara: - Calle “Del Mar, nº 3”. Pensó que lo que estaba ocurriendo era en realidad parte de su trabajo. Sólo era una dirección sin nombre, cualquier compañero pudo escribirla por error; pero también podía ser el hilo final de un problema sin resolver, que su mala memoria le había hecho olvidar. No podría vivir con esa incertidumbre, de ahí el propósito de visitar el lugar. - Es aquí, señor. - ¡Gracias! Quédese con la vuelta. La calle estaba oscura en una tarde avanzada, casi en penumbra. Varias farolas no lucían, y las que alumbraban lo hacían con una luz triste, casi apagadas, con poca transparencia de los viejos globos. Llegó hasta el portal y se paró delante de la puerta de entrada. Por fin se encontraba en el lugar escrito en la libreta, en color rojo, para resaltar el apunte. Aunque reconoció que todo era un despropósito, ya que no tenía argumentos para dar sentido a la idea que lo tuvo ocupado durante las últimas horas, tampoco había valorado las consecuencias que podría traerle un error. Empujó la puerta y comprobó que estaba abierta. La cerradura no existía, en su lugar había un agujero ennegrecido, sin piezas de pestillo, seguramente roto en espera de su reparación. Entró sin pedir permiso, sin una orden judicial. Era evidente que estaba dispuesto a llegar al final. El edificio era antiguo, de techos altos, y escalera de mármol sin brillo, con baranda metálica adornada con bolas de latón. En el hueco de la escalera un ascensor de cable visto, que no utilizó por precaución. Subió los peldaños lentamente, evitando ruidos que pudieran delatarle. Hubo un momento en que creyó reconocer el lugar, como en un sueño, un lugar parecido en el que estuvo antes. Con latidos entrecortados llegó a la segunda planta, volvió a sacar su libreta, calle Del Mar, nº 3, 2º B. La puerta tenía un Sagrado Corazón, debajo de la letra B. Sólo le separaba un metro de la entrada. No conocía si dentro había alguien, ni qué tipo de inquilino respondería. Comprobó que no salía ningún ruido del interior, podría ser que estuviera deshabitada, o simplemente que hubiera salido de compras; pero él no había llegado hasta allí para abandonar ahora, no podía retirarse sin conocer por qué estaba escrito en rojo en su libreta aquel lugar tan lúgu118 bre. El distribuidor estaba adornado con un macetero, con flores de plástico, descoloridas por el tiempo. Carlos Roldán tuvo una gran idea, a lo mejor las llaves están en el macetero. Es muy normal que en ciertas casas las dejen allí por si la sirvienta llega antes, pero también tuvo un mal augurio, si la vecina del “A” abre y lo ve removiendo la tierra, no tenía excusa, ni suficientes razones para explicar su presencia en el lugar. Sin embargo, recordó que era policía y siempre podría echar mano de cualquier explicación. De este modo, y sin más preámbulos, registró las cuatros esquinas del macetero. Era consciente de que, si era descubierto, se encontraría en una situación delicada. Tendría que responder a una serie de preguntas. Se sorprendió al tocar con sus manos la parte trasera del macetero y comprobar que medio enterrado, entre tierra y colillas, se hallaba un viejo llavero con dos llaves algo oxidadas. Había llegado el momento decisivo. Dentro esperaba encontrar las razones que le habían mantenido angustiado todo el día y reconoció que no estaba equivocado cuando decidió llevar el asunto hasta el final. Introdujo la llave y se hizo un silencio mientras la giraba. Abrió con un golpe seco, no pudo evitar un leve ruido que rebotó en la escalera. La puerta estaba algo agarrada. Hasta ese momento, no había surgido novedad que pudiera enturbiar la firme decisión de entrar; sin embargo, sintió un escalofrío en su conciencia cuando respiró el aire húmedo que se liberaba del viejo piso. Buscó el interruptor más cercano una vez cerrada la puerta. Pero no había luz, algunas personas por seguridad suelen cortarla, así evitan accidentes fortuitos. La leve claridad de las farolas de la calle traspasaba las cortinas medio cerradas de la ventana, de esta forma Carlos Roldán pudo ver, una vez acostumbrado a la oscuridad, el interior del recinto. Estaba claro, el piso estaba deshabitado, las manchas de humedad, el polvo en el suelo y las sábanas tapando los muebles eran suficientes señas para adivinar que allí no había vivido nadie hacía tiempo. Pero, de repente, sus piernas flaquearon. Sobre la mesilla de noche se apoyaba un marco con la foto de sus padres. Corrió hacia la puerta con la cara repleta de sudor. Su prisa por salir hizo que su rostro se diera con la percha de la entrada, en la que colgaba como un fantasma su vieja gabardina de detective. No salía de su asombró, pero intentó serenarse con la mala fortuna de que la vecina del portal “A” abrió su puerta a la misma vez que Carlos intentaba huir. - ¡Buenas noches, señorito Carlos! - ¡Buenas noches, señora Andrea! - ¡Cuánto tiempo sin verle por aquí! Creo que no le he visto desde el desagradable día de la muerte repentina de sus padres. ¿Se sabe algo nuevo? - ¡No! ¡nada!, no se sabe nada nuevo, señora Andrea. - ¿No piensa poner en venta el piso? - Algún día, señora Andrea, algún día. Una semana después sonó el despertador. Eran la siete de la mañana. Un rayo de luz entraba por la ventana medio abierta y alumbraba el desordenado cuarto de Carlos, así como su rostro demacrado, adornado por una barba sin afeitar de varios días.
Noche sin luna
En el año de mi ejecución no llegaré a cumplir treinta y tres años. No dejo nada en esta tierra por lo que sienta mi muerte, sólo mi vida, aunque dudo que en el tiempo que he vivido me haya pertenecido. Sí dejaré mis huesos, mis corruptos huesos, cansados de esperar lo que nunca llegó. Por primera vez, esta mañana, no he sentido lástima de mí, no me he despreciado, no he soportado el estruendo diario de consejos con el que se forma el polvo enrarecido que me cubre. Qué hubiera dado ahora, por cambiar lo que ya no tiene remedio, aunque siga despreciando las miradas de misericordia que lanzan los prepotentes. En efecto, soy un criminal, ya que no se han disipado las dudas de los que me han condenado. En cambio, me siento insignificante ante el rictus de tormentos y tristezas que abrazan los rostros de un mundo despreciable. Será la falta de ilusiones la que acabe con mis días, el corazón se me agotó en la busca encarnizada por encontrar algún indicio, que diera por terminada la mezcla de vanidad y miedo que me llevó a la ignorancia. A diferencia de otros, yo no soy bueno, mis intenciones nunca fueron nobles, estas reflexiones resumen los años de mi puta existencia. No pretendo el perdón, es probable que no lo merezca; sólo, si es posible, poder morir con dignidad, sin desprecio, aunque comprendo que es difícil que se desvanezca el odio de los que se sienten seguros. Reconocer en este momento de escalofríos mis errores o en mi conciencia trastornada aceptar que me equivoqué, no merece más dedicación por mi parte, ya que los motivos incomprensibles que me trajeron a la antesala de lo definitivo nunca me escandalizaron. Así que estoy seguro de que algo peor de lo que espero no puede ocurrir. Sobre mi estado mental, no tengo dudas, aunque insistió mi defensor en que personas con facultades consideradas normales son incapaces de llevar a cabo brutalidades como las que se describieron en la audiencia. Ahora que veo cómo todo se desvanece, se escapa sin remedio, y las horas se transforman en minutos volátiles, me pregunto por mi jodida existencia y sólo puedo darme una aturdida explicación por la falta de sosiego, aún soportable, que poco a poco me comprime. Pero, si hay algo de lo que me arrepiento, después de haber pasado entre la escoria de la vida sin pena ni gloria, es de no haber llorado nunca. Mis ojos se secaron a una edad temprana y no conocieron las lágrimas ni en el placer ni en la desgracia. De todos modos, no puedo entender el final cuando nunca he comprendido el principio de la historia. En esta noche de soledad, aunque parezca extraño, hubiera preferido morirme, no haber escuchado con asombro a mi corazón, y en el silencio de esta ratonera, la confesión que me ha hecho. Ahora he descubierto la ignorancia, aún virgen, dormida en la nostalgia, los escombros y reliquias de mis actos que provocaron el trastorno de mis inseguridades. Nunca reprimí la tentación de jugar con la libertad de otros, de reconocer simplemente que no me pertenecía, compré el amor tantas veces quise, y lo desprecié sin tener que dar explicaciones; nunca tuve como meta una vida larga y digna, pero reconozco que en estas horas, cerca del fin, me es imposible soportar la soledad provocada por la presencia de la muerte, la oscura muerte que te acecha, y espera impaciente mi derrota final. Entre los recuerdos confusos de mi niñez está la muerte, la siempre inoportuna muerte. Nunca comprendí el misterio que rodeaba la desaparición de mi padre; si lo que pretendieron era no dañarme, no lo consiguieron. Pensaron que era demasiado pequeño para afrontar la verdad. Moví cielo y tierra para aclarar lo que me ocultaban y repetí la misma escena durante tardes frías. Con los ojos fijos en mi madre, le preguntaba por su muerte. Tuvo que ser la calle, la despiadada y sombría calle, la que mostrara una vez más la verdad, la dura realidad de su ausencia. Desveló rudamente mis dudas, un día la sentí cerca, en forma de navajas ensangrentadas que tiñeron para siempre la vida de una familia. Pensé, como todos, que la muerte de mi padre fue una injusticia, pero años más tarde frustró la vida de mi madre con su apariencia monstruosa de negarnos la existencia. Como un verdugo, derrumbó a mi corta edad la ilusión, al presentarse de nuevo ante nosotros. Todavía tiembla mi pecho al descubrir lo injusta que puede ser la muerte y el recuerdo adolescente que tengo de ella. La enfermedad de mi madre se agravó en dos días, me imaginé lo que iba a ocurrir por la mirada que el médico cruzó conmigo en el portal, una mirada de pena e impotencia. Su rostro tísico hizo despertar en mí el miedo. La enfermedad de los pobres es una injusticia más de la que no podemos escondernos, porque es la más fiel aliada de la muerte. El preludio de sus últimos momentos desequilibró las pocas esperanzas de superar su mal. Mi madre abrió los ojos para regalarme su última sonrisa, y acarició mis manos mientras los cerraba por última vez, y al mismo tiempo que un movimiento convulso agitó su cuerpo en forma de sacudida, un gemido de resistencia a la vida se liberó de su boca, cayendo en un desmayo que la dejo inmóvil. Nunca hasta entonces vi la muerte tan de cerca. Una vecina, tras comprobar que no respiraba, se acercó a mí dándome un beso y pidiéndome que fuera fuerte, mientras otras la desnudaban para colocarle un vestido que sacaron del armario y que no recordaba haber visto jamás. Al final, se marchó en una noche en la que el cielo estaba lleno de estrellas, pero en la que la luna no quiso estar presente. Vuelvo a estar de nuevo ante ella, pero esta vez no me pillará de improviso, ni me inquietará con su despiadada presencia. La ciudad desconocida que duerme tras los muros ignora que existe y oculta su identidad para evitar caer en sus garras, pero tarde o temprano, aunque la ignore, llegará a conocerla. De repente, siento que una neblina nubla mi corazón, serán los nervios, no todos los días muere uno por la madrugada. Transcurrido el tiempo que me ha tocado vivir, no puedo decir que todos los momentos hayan sido para ahogarme los últimos minutos. Y, si tuviera que elegir alguno, sería por supues126 to mi relación con Enriqueta, una relación extraña, que valió la pena. Sus encantos estremecieron mi cuerpo como nunca lo había hecho otra mujer, sació mis instintos durante noches, no sabría definir el amor porque no lo busqué, pero es probable que, en el estado en el que me encontraba, a su lado estuviera cerca de hallarlo. Como tantas otras, no se adaptó a mí y una mañana su cama estaba fría y desapacible. Al principio de vivir juntos, mi ánimo cambió. No estaba acostumbrado a despertar y sentir el calor natural de otro cuerpo a mi lado, aquella cría me había calado hondo. Cuando mencionaba su nombre, sentía cerca sus entrecortados suspiros, encogía sus ojos de niña inocente y comenzaba un rito de dócil mirada, a cuyos latidos, mis manos moldeaban su cintura. La humedad de los labios se entremezclaba con el sudor de la piel, y la penumbra se cubría con el olor a tierra mojada, con el sabor a mar salada que ofrecen los cuerpos entregados. Cada pequeño gesto era un amanecer. Me sentía feliz cuando mis labios rozaban la suavidad de sus párpados y su desnudez empapaba la cama de sexo. Su desaparición hizo que experimentara un vacío en mi pecho tan importante, que todavía duele. Nunca sabré evocar con palabras dignas su nombre, pero en mi memoria siempre encuentro el hueco donde se hallan sus recuerdos. Quedan pocos minutos para el amanecer, pronto terminará esta espera angustiosa, como las que soportaba en el cuarto de las ratas del reformatorio. Entonces me ayudaban las ansias de huir, el deseo de venganza. Enterrado en vida en una tumba de polvo y miseria, se avivaban el odio y el rencor como un hontanar de fuego, que avanzaba como niebla espesa que te nublaba y cegaba, y no podías controlar. Levantas los ojos día tras día para comprobar que sobrevives, postrado e indefenso, ante la sombra de tu autoestima. Tras la muerte de mi madre, me ingresaron en un colegio de huérfanos, pero mi mal comportamiento hizo que me destinaran a un centro de niños difíciles. Los residentes acatábamos las normas establecidas con normalidad, todos los chicos aceptábamos la situación con resignación, no nos planteábamos la existencia de otra forma de vida, no vislumbrábamos posibilidades de cambiar nuestra suerte. Vivíamos en un mundo de disciplina y orden, la sola posibilidad de no adaptarnos a lo establecido, producía situaciones no deseables, de ahí que todos nuestros movimientos fueran encaminados a que los educadores creyeran que su labor estaba haciendo mella en nosotros. No tuve grandes amigos, supongo que no los necesitaría, pero allí conocí al que sería mi mejor compañero. Su nombre era Antonio, aunque todos lo conocíamos como “El Lata”, por su manía constante de estar tirando piedras a las latas para probar su puntería. Según él, esa práctica avivaba la destreza que más tarde podría utilizar para otras vivencias que se le podían presentar en la vida. Acababa de cumplir quince años cuando decidí escaparme. En la noche de nuestra huída, “El Lata” improvisó un corte de digestión para no asistir al comedor. Convencí al educador de que me dispensara también de la cena, con tal de acompañar al enfermo. Aceptó no muy convencido, pero ante mi insistencia cedió, ya que supuso que no me sentaría mal un poco de ayuno. Días antes, habíamos observado en la trastienda de la cocina unas bicicletas que usaban de transporte algunos empleados del centro, y que la puerta trasera se mantenía abierta algunos minutos, mientras el ayudante de cocina se ausentaba para tirar la basura de la jornada. Así, tal como lo habíamos planeado, nos escondimos debajo de un poyete mientras observábamos las maniobras rutinarias que se hacían todas las noches. Aprovechando el momento en que la puerta se encontraba entornada, hicimos uso de las bicicletas y huimos, sin que nadie se percatara de nuestras intenciones. En aquel instante, comenzó una nueva faceta en mi vida, en la que iba a aprender cómo sobrevivir en mi nueva libertad. Esta noche no he cenado, aunque me ofrecieron algo especial, lo mismo que el día que volví tarde a casa por la lluvia. Encontré a Enriqueta vestida sobre la cama y no quiso darse cuenta de mi presencia. Estaba llorando, con lágrimas que ocultaba bajo su pelo e, inclinada, tapaba su cara y sus ojos con las manos. Me dejó una nota pegada en la puerta del dormitorio en la que se podía leer “Que te jodan”. La verdad es que no fue por la lluvia, aquella jodida morena me estaba volviendo loco y no podía apartarla de mi cabeza. “El Lata” siempre me lo decía: Mira tío, tú tienes una joya en tu casa, y la vas a perder por una puta de tres al cuarto. No digo que te enclaustres, que de vez en cuando eches una canita al aire, a nadie le amarga un dulce, pero lo tuyo con la morena empieza a ser preocupante. Me di cuenta tarde, en las primeras horas que pasé en el talego, pero ya no tenía remedio. Cuando me llevaron a comisaría, mi corazón todavía golpeaba con rabia y mi sangre hacía que mis venas crujieran como cristales. La primera vez que me sentí libre, me creí el dueño del mundo. Después de pasar la noche en un arroyo, cerca de la cuneta de un camino, descubrí que nadie me tenía que decir lo que debía hacer, ni siquiera “El Lata”, ya que siempre respetamos la intimidad y decisiones de cada uno. Pero, a la vez que el día avanzaba, nos dimos cuenta de que estábamos solos, en un mundo nuevo todavía por descubrir. Un mundo que hasta ahora había estado oculto a nuestros propósitos, de repente se estaba despertando, sin poder zafarnos de las inacabables preguntas que nos presentaba. Inesperadamente, habíamos comprendido que se nos ofrecía una nueva forma de consumir el tiempo y que hasta el placer de gritar era más fascinante. Pero no tardaron mucho en comprender nuestras mentes iluminadas que todo no era tan perfecto como lo imaginábamos, ya que en nuestra huida precipitada no tuvimos la picardía de haber cogido algún sustento para los primeros instantes. Es verdad que con quince años “te comes las piedras”, pero el pueblo al que habíamos llegado no tenía ni eso. Un aguacero que de improviso visitó la plaza hizo que en ésta desapareciera todo ser viviente, lo cual ayudó a nuestras intenciones. Una señora se me acercó para preocuparse por mí, por la supuesta caída desde mi bicicleta, acción que aprovechó “El Lata” en su descuido para pegarle un tirón del bolso. Mientras la señora gritaba “ladrón, ladrón”, aproveché para desaparecer a todo pedal por la dirección contraria. Mi experiencia en la cárcel me ha servido para poner mis pensamientos en orden. En estos diez años largos he comprendido muchas cosas que antes era incapaz de asimilar. El día en que decidí aprovechar el tiempo y cogí entre mis manos mi primer libro sentí algo diferente, incluso una nueva sumisión a un mundo desconocido que no pasó con anterioridad por mi cabeza. He descubierto una nueva versión que me ha ayudado a soportar estos largos años de privación de libertad. No me considero una persona fuerte, mi estancia aquí la preví como algo que no podría soportar y que acabaría con un final prematuro y violento; en cambio, mi adaptación a las rejas me ha asombrado. Mi memoria está enredada en esa tela de araña, en la que sólo veo sangre, hilos de sangre que cubren el cuerpo de la muchacha asesinada. Los recuerdos me juegan una mala pasada, ya que sólo conservo imágenes borrosas en rojo y negro. Quizás pretendí fabricar un mundo a mi medida, exclusivo para mí, con privilegios admirables que sólo estarían a mi alcance, lejos de los que consideraban despreciable mi presencia. Pero no tuve suerte, y todo se demoró en una noche. Enriqueta me había abandonado el día anterior y su ausencia supuso que el universo insolidario se pusiera en mi contra. Toda la belleza y bondad que disfrutaba con su presencia se derrumbó. Por primera vez desde la muerte de mi madre, me sentí el hombre más desgraciado del mundo. El contenido del bolso nos pareció una fortuna, ya que no era muy frecuente que viéramos dos monedas juntas, así que nos sentimos los reyes de la tierra. Caminamos sin rumbo. Hicimos miles de proyectos y promesas que nunca se cumplieron y terminamos en un lugar cutre donde perdimos la virginidad. Era una morena entrada en carnes con una experiencia que me aturdió. Yo asentí a sus propuestas con gestos nerviosos, pues la voz era incapaz de articular sonido alguno. Me condujo a un espacio para mí desconocido. Mi cabeza ardía como la brasa y la parte de mi cuerpo urgida estaba a punto de reventar. Lo mejor de su cuerpo era su piel tostada y sus grandes pechos. Me dejé llevar cuando su mano guió a la mía hacia el vello rizado de su pubis mientras que con sus labios me excitaba. La forma con que controló sus miembros con movimientos irregulares, hicieron producir la tirantez de mis músculos hasta el punto de desfallecer. Al final, me quedó esa sensación de satisfacción y desilusión que tantas veces nos acompaña en nuestros actos. El primer día de mi liberación fue diferente a lo conocido con anterioridad, des130 cubrimos las pequeñas cosas que te brinda la vida. Atrás quedaron los años en los que tuvimos que aceptar un vasallaje que desbordaba lo comprensible. Solos en el bosque, sin nada que nos cubriera, respirábamos el aire de la noche que te incitaba a contemplar la luna, a esperar la madrugada. Lo que no nos explicó la luna, ni la nueva madrugada, era que, a partir de ahora, el mundo iba a cambiar para nosotros y, nos esperaban largos caminos de dificultades y obstáculos. Llevaba todo el día sin levantar cabeza. Al despertar, ya no estaba a mi lado, un hilo de luz iluminaba un cuarto vacío de ella. Fue al día siguiente de que me tirara el bolso y me hiciera una brecha en la frente mientras gritaba: ¡eres un capullo! Pasé las horas sentado en el rincón, con la mirada perdida, su ausencia era una realidad a la que no me acostumbraba. No había aprendido a quererla, ahora pienso si mi corazón era humano. La muerte de mi madre me desveló una forma diferente de aceptar lo que la vida te impone, juré ante su cadáver que nunca jamás sufriría por nadie, no sé si acerté, aunque ya es demasiado tarde para arrepentirse. Aquella tarde me encontraba inapetente, desganado y pasado en la dosis de alcohol y otras sustancias. Ese estado me hizo recordar los momentos más felices, aquellos en que me sorprendía con eróticas insinuaciones, aprovechaba cualquier acontecimiento diario para concederme una sonrisa agradecida que cambiaba lo insignificante por lo extraordinario. Nunca estuve a su altura y nunca le pedí perdón por ninguna de mis aberraciones y extravagancias. El día en que me pidió que me casara con ella aproveché para contestarle: para follar no necesitamos casarnos. Atormentado por su recuerdo, al cabo del rato, mi situación era lamentable. Cuando decidí incorporarme, ya era de noche. Miré por la ventana a través del patio y contemplé el cielo encendido en estrellas, pero sin luna. Estuve dormitando por la habitación en penumbras, sin conseguir siquiera encontrar la puerta del baño, así que oriné en el primer rincón disponible. Momentos más tarde, mi ropa estaba calada de sudor y orín, pero me encontraba caminando, llevaba un cuchillo en la mano y mi cuerpo era un ascua de desesperación. Los tiempos pasados son eso, tiempos pasados, intentamos revivirlos, mantenerlos vivos. Hablo ahora de esos años y, sin darme cuenta, consigo ponerme melancólico. Al principio, nos escondíamos en los bosques cercanos a los pueblos, para que no notaran nuestra presencia y conseguíamos lo necesario para sobrevivir, cualquier otra cosa era superflua y, como tal, no nos atraía. Por la noche, hablábamos de nuestras cosas, yo le comentaba que quería ser astronauta, para ver el cielo de cerca, para sentir la sensación de poseer el mundo. “El Lata” se reía y hacía el avión corriendo alrededor de mí gritando. ¡Volemos si quieres, volemos! A partir de que la noche avanzaba, llegaba el silbido del viento e imaginábamos historias encaramados a los árboles. La curiosidad por lo desconocido se elevaba hacia sus ramas con la fuerza que excitaba la fantasía; momentos después, la desbarataba el ladrido de los perros que nos volvía a la realidad. Más tarde, acabábamos en un río cercano sintiendo el tacto del agua fría en nuestra piel, y compitiendo por un premio imaginario a la masturbación más rápida. Aquellos primeros días fuera del centro fueron los mejores. Lo que creíamos imposible lo suplíamos con nuestra imaginación. Pero nada es eterno y acabas por querer encontrar lo desconocido. Empezamos a frecuentar lugares de alterne, lo que hizo aumentar nuestras necesidades, así que nos vimos obligados a realizar operaciones más fructíferas. A las tres de la tarde, la cajera del supermercado estaba sola, aprovechamos para entrar e intimidarla con una navaja que “El Lata” le puso en el cuello, mientras los dos gritábamos que nos diera el contenido de la caja. El rostro de la muchacha reflejaba miedo y sentí pena. Me quedé parado contemplándola, casi inmóvil. Fue “El Lata” el que me dijo: “¡Alelao, que es para hoy!”. Cuando huíamos, pisé un charco al cruzar ante ella que no me pareció agua. Las risas del “Lata” reflejaban la mezcla de nerviosismo y triunfo; la muy cabrona se ha meado, recuérdame que volvamos, esa tía tiene un polvo. Había algo que me inquietaba, la muerte injustificada, el adiós del compañero, la ausencia de Enriqueta. No puede decirse que viera las cosas con claridad, ni siquiera que lo que pasó fuera inevitable. Era pánico lo que mis ojos reflejaban, pánico a todos y a mí mismo. Mi desconcierto no era más que fruto de la fatalidad, de la frustración, de la ignorancia a lo desconocido, de no poder escapar a mis propios miedos. El pulso me temblaba. Fueron las horas más solas y tristes de mi vida. Tuve la rara impresión de que todo estaba llegando a su final y no se podía evitar. Llegué temprano. Casi no había clientes. La sala estaba oscura. Casi a tientas, logré evitar un golpe, esperé un rato mientras me adaptaba a la intensidad de la luz, busqué con los ojos enrojecidos el rincón en el que tantas tardes había levantado mis ánimos y había enjuagado mis desencantos. Sentada al lado de una compañera, estaba la morena, con los ojos siempre muy pintados. No sabía qué hacer ni qué decirle, tenía la cabeza baja e ignoraba mi presencia. Con actitud arrogante, me dirigí a ella, por fin se levantó con su cara rabiosa, me miró para medir mi reacción y gritó: ¡Vete al carajo, tío! Era domingo, habíamos terminado de robar en una gasolinera y todavía nuestros corazones latían recelosos de alguna sorpresa de última hora. Cada vez corríamos más riesgos, pero mi compañero los justificaba, porque empezamos a ser conocidos por la zona, y en los locales que frecuentábamos para nuestras fechorías habían doblado la vigilancia. Fue “El Lata” quien propuso entrar en la cafetería, la calle estaba demasiado revuelta y era mejor desaparecer por unos minutos que mantenerse a la vista en el pequeño revuelo. Al entrar, la casualidad quiso que conociera a Enriqueta. Estaba leyendo una revista y no se percató de nuestra presencia hasta que “El Lata” gritó: ¿¡No sirve nadie aquí!? Al vernos, se aturrulló, y al incorporarse al mostrador, rozó con tal atino el resto de un café que lo derramó sobre mi pantalón. ¡Me cago en …! Perdona, ahora te limpio. Con una servilleta, intentó eliminar los restos de café que empapaban la zona de mi rodilla. Al inclinarse para limpiar los pantalones, la miré y no pude evitar que mis manos embistieran su parte trasera ¡¿qué haces, estás loco?! En ese instante, sin que lo supiera, irrumpí en su vida. Mis poderes de seducción no dependían tanto de mi elocución como de mi físico. Quise darle más propina de lo que valía el café pero se negó; entonces, le propuse que me permitiera recogerla, así podría ofrecerle la forma de comprobar que mis modales no eran tan rudos como habría ima133 ginado a primera vista. Tuvo sus recelos, pero aceptó. Aquella noche la besé por todo el cuerpo, en cada centímetro de su piel y sentí su aliento en mi boca, sus latidos de amor en mis manos. Entonces, fui a la ventana y miré el cielo, allí estaba observándome la luna y escuché los grillos, y los perros que ladraban a la muchedumbre y volví a la cama y contemplé las nalgas desnudas más bonitas de la creación. Dicen que la vida es obra de la casualidad, por eso estaba en el burdel. Si tuviera que explicar los hechos sería incapaz. La dueña insistió varias veces en que me fuera, pero persistí en quedarme, no tenía dónde ir, estaba solo. “El Lata”y Enriqueta, ya no estaban a mi lado. Desconcertado, oculté mi debilidad en razones atormentadas que no llevaban a ninguna parte, sólo a tener entre las manos un vaso con el que te sentías aliviado. La morena seguía allí, me miraba con sorpresa, y cuchicheaba con la otra y ocultaba su rostro para reírse en mi cara. Era temprano, de ahí que hubiera pocos clientes, sólo un par de ellos intentaban llegar a un acuerdo con dos empleadas del local. Le pedí al camarero que volviera a llenar mi vaso. Me recordó que no quería líos y debería abandonar la sala por el bien de todos. Le contesté que se metiera en sus asuntos, que no necesitaba monsergas de nadie. La morena seguía allí en el mismo rincón y reía y reía y la sangre se me estaba subiendo a la cabeza. Sentía el corazón en mis sienes latir hasta el punto de creer que estallaba mi piel. Mis brazos, empapados en sudor, limpiaban mi frente y mi boca cada vez más seca se desbocó: ¡¿De qué te ríes mala puta?! El silencio que se hizo en el local no fue un buen presagio. La morena no era de las que aguantaban las impertinencias de los clientes, ya había tenido algunos encontronazos por su temperamento; por eso, el camarero llamó a la dueña cuando comprobó que el asunto tenía mala espina. Se levantó y caminó con pasos provocadores hacia mí, mientras gritaba insultos sangrantes. Al principio me hizo gracia, pero a la vez que se acercaba, sentí cómo se me retorcía el estómago hasta el punto de lanzarle el vaso que tenía en la mano que no llegó a darle. Dos camareros se lanzaron sobre mí y me empujaron a la calle mientras gritaban. ¡Vete a dormir la mona a otra parte “so hijo de puta”! Las historias de misterios vividas en el bosque habían quedado atrás, lo mismo que su protección, la realidad era muy diferente. Por sus continuos sobresaltos, no llegué a acostumbrarme a las alocadas travesuras que solía hacer “El Lata”. A su lado, siempre tenía la impresión de que algo iba a pasar. Después de años juntos, es probable que no llegara nunca a conocerlo. En los últimos días, la mayoría de las veces no contaba conmigo para los trabajos. Siempre me decía lo mismo: tranquilo tío, tú ya tienes bastante con tener satisfecha a tu “piba”. No soy persona de despedidas emocionadas, pero tampoco de rupturas bruscas que no esperas. Aún tengo mezcladas las imágenes de su adiós, aquel que no hizo, por eso fue tan duro. Ahora, después de tanto tiempo, es sorprendente comprobar cómo ha desaparecido la dureza de mi comportamiento, a consecuencia del odio que llevé tantos años en mi interior. De pequeño, hubo muchas cosas que no entendí, que no cabían en mi cabeza, pero mi madre me decía que eran así y que había que aceptarlas aunque me pareciesen injustas. Aunque no se pueda entender, es probable que para mí, la muerte de mi compañero fuera una de ellas. “El Lata” se encaprichó de una cajera en un establecimiento de veinticuatro horas que habíamos asaltado dos veces en el último mes, habíamos jurado no volver más por allí, pero no cumplió la promesa. Una noche decidió hacerle una visita, nunca supe con qué intenciones, pero lo estaban esperando. El dueño le pegó dos tiros con una escopeta de caza que le reventó el vientre. Meses después, fue puesto en libertad alegando defensa propia por allanamiento de morada y robo. Ningún familiar se hizo cargo del cadáver. Nunca supe si tenía, no me habló nunca de ellos. Cuando conocí la noticia, aguanté mi rabia dando un golpe sobre la mesa. Al mirar al cielo, comprobé que estaba raso, repleto de estrellas pero sin luna. “Hasta siempre” son palabras que para mí ya no tienen sentido. Todo lo que me queda está en estos folios, escritos en esta noche, aunque siento algo profundo e intenso en mi interior que no sé explicar. Escribo de memoria, la poca memoria que me queda pues está a punto de desplomarse. Mi tiempo se va acabando y con él mi historia, mi vida, mis decisiones, mis odios, mis sentimientos, mis sueños y experiencias, como dirían algunos, mi “puta historia”, pero aunque no sea un ejemplo a seguir, es mi historia, y no tengo otra. Nunca creí en el amor ni en la amistad, son palabras vetadas en mi vida; no quise reconocerlo, pero estuvieron conmigo, y ahora me doy cuenta de que es lo único que ha valido la pena. Admiré a mi madre, porque a su forma, me enseñó a ser un luchador incansable, al “Lata” que me enseñó a sobrevivir en un mundo de infierno. Y sobre todo a Enriqueta, a la que no supe valorar. Eran muchas las noches que había pasado en aquel asqueroso burdel para no conocer todos sus secretos, así que me dirigí a la puerta trasera, no solían cerrarla porque la utilizaban los empleados para tomar un poco el fresco o evadirse por unos instantes del bullicioso ambiente, que a ciertas horas solía haber. Estuve un rato observando los movimientos de la parte trasera, hasta que comprobé que nadie notaba mi presencia, fue entonces cuando me introduje en el local. El pasillo estaba saturado de un fuerte olor a clientes necesitados de sexo e intimidad. Conocía bastante bien el cuarto de la morena. Escondido tras la escalera, comprobé que alguien abandonaba su cuarto, momento que aproveché, para introducirme bruscamente. Cerré la puerta de un golpe que la sobresaltó, mientras hacía uso del agua para borrar de su cuerpo el último servicio. ¿Qué quieres ahora, capullo? ¿No has tenido bastante por hoy? Hice un esfuerzo sobrenatural para no partirle la cara. Por favor, no me jodas, cálmate y escucha, hoy más que nunca necesito de tu compañía para evitar que haga una barbaridad. Me miró con los ojos de desprecio y lástima que no quería ver. Anda y que te mame otra tus tormentos. Sólo unos segundos bastaron para que mi rostro crispado se cargara de veneno. Sobre una silla, al alcance de mi mano, vi un plato con restos de fruta y un cuchillo. Cerré mi puño con fuerza y con el pulso temblón dirigí sobre su vientre toda mi rabia acumulada en el transcurso del día, salpicando mi cara con su sangre. Con el golpe descargué todo mi orgullo e impotencia. Al primer corte, le siguió otro, y luego otro y otro más. Sus ojos ensangrentados me buscaban pidiendo piedad, suplicaban clemencia desesperadamente, pero mis manos seguían agitadas, dirigidas por aquel odio profundo y persistente que me acompañó siempre. Sus gritos se fueron apagando y, tras sus últimas convulsiones, me quedé plantado delante del cadáver con la sensación de haber parado el tiempo. De repente, desperté de mi letargo y ante la imagen de la morena muerta, mi cuerpo se heló y alarmado grité: ¡Puta! ¡Puta de mierda! Algo terrible me había sucedido y empezaba a ser consciente de ello. Antes de que pudiera reaccionar, me llegaron ruidos procedentes de la escalera que se acercaban a la habitación. Cuando la dueña del burdel abrió la puerta, ya había saltado por la ventana. Me sumergí en la penumbra de la calle, paseando enredado en la telaraña de mis miserias y exhibiendo en mi mano el cuchillo ensangrentado. Elevé mis ojos al cielo y contemplé un firmamento raso, repleto de estrellas, pero sin luna. ¡Maldita luna, que nunca acompaña a la muerte! Un fuerte golpe lo devolvió a la realidad, un puñetazo en la puerta, que produjo un silencio frágil. La voz seca del vigilante comenta con el oficial de guardia las últimas novedades. El ruido de la cerradura se clava en las entrañas y produce el sudor que corta la piel. Suena despiadadamente. Las sombras de unos hombres hacen acto de presencia en la celda. - Buenos días. Llegó la hora, ¿está preparado? - Sí, un minuto. ¿Le importaría quemar estos folios cuando haya muerto? - No se preocupe, lo haré. - ¿Cómo está el cielo esta madrugada? - Raso, bastante estrellado, pero sin luna. Aquel sábado caluroso de julio
Aquel sábado caluroso de julio, Antonio terminó su guardia a las ocho de la mañana y pensó en su novia, era el cumpleaños de Dolores. Los dos vivían en la misma casa de vecinos, nunca los presentó nadie, nacieron uno al lado del otro. El patio, y la vida en común, los unió. Desde las primeras horas de la madrugada hubo confusión, desbarajuste, mezcolanza, en las calles de Córdoba, en el barrio que los vio crecer. Las noticias que llegaban no eran alentadoras, no aclaraban los rumores, nadie sabía exactamente qué estaba ocurriendo aquella mañana calurosa del 18 de julio. Aunque, a primera vista, en el Alcázar Viejo todo parecía tranquilo, y las tiendas incluso abrieron sus puertas con normalidad. Antonio terminó su guardia y pensó en su novia, la de toda la vida, la que cumplía 18 años, la que pronto sería su mujer, sólo le quedaba un mes para licenciarse y en la garita todos los pensamientos eran para ella, todas sus ideas y proyectos; pero Antonio no supo hasta más tarde que no besaría a Dolores hasta que trascurrieran unos días. Dolores se levantó temprano, como era habitual, cogió sitio en el cuarto de las pilas, bañó a su hermano pequeño e hizo el café en el puchero para su padre. Antonio sintió un nudo punzante en el estómago, un latido desacompasado en su corazón, acababa de enterarse de que la tropa había sido acuartelada, el revuelo en el cuartel de Artillería, en la mañana en la que su novia cumplía 18 años, no era usual. En el patio de armas todo eran conjeturas y en el cuerpo de guardia surgió la preocupación, llegaban noticias de varios puntos, pero ningún informe aclaraba lo sucedido, o qué riesgo existía de entrar en combate, ya que parte del ejército se había levantado contra la República en África. - ¡Mi sargento!, ¡mi sargento!, hoy es el cumpleaños de mi novia. - Lo siento chaval, están anulados todos los pases, estamos a la espera de recibir órdenes concretas. Antonio no soltó el mosquetón en toda la mañana, anduvo de un lado a otro del cuartel, buscó con inquietud e insistencia a la persona que le diera el pase, era el cumpleaños de Dolores y le prometió que irían a pasear por la Ribera; pero, aquella mañana de julio, los mandos estaban ocupados, agitados ante los preparativos inminentes, ansiosos por contestarse la misma pregunta: ¿Qué estaría pasando fuera del acuartelamiento aquél sábado caluroso de verano? Cuando se percató de que sería imposible abandonar el acuartelamiento, no tardó en flaquearle el ánimo. Más tarde comprobó que a partir de aquel día todo iba a ser diferente, y que su vida se llenaría de inexplicables preguntas. El coronel Cascajo, Jefe del Cuartel de Artillería, no se movió en toda la mañana de su despacho, esperó durante horas órdenes de sus superiores. Sobre las dos de la tarde, recibió una llamada procedente de Sevilla. El general Queipo de Llano le comunicó que en la ciudad hispalense había triunfado la rebelión y que esperaba de él que tomara las medidas necesarias para que los centros de poder más importantes de la ciudad de Córdoba estuvieran en mano de los golpistas lo antes posible. Apenas había avanzado la mañana, cuando se le ordenó a la tropa que estuviera preparada, equipada con material de campaña; a Antonio, la experiencia le dijo que todo podría ser parte de una maniobra, puesto que no era la primera vez que ocurría. Mientras se producía la llamada desde Sevilla, Antonio, junto con otros compañeros, descansaba en el patio. Abrazado a su mosquetón, oyó cómo el cornetín tocaba llamada. A partir de ese momento, cada soldado hizo sus propias conjeturas; como disciplinados militares, decidieron ser fieles a sus mandos, aunque no supieron en qué lado del conflicto se encontraban. Aquella mañana de julio, en apenas unos instantes, la tropa se levantó republicana y se acostó nacionalista. En la casa de vecinos, Dolores compartía la cocina con un si141 lencio de ilusiones todavía suspendido en su imaginación, pero empezaron a surgir los nervios, la incertidumbre. Su padre regresó temprano, era sábado y había cobrado. Sus compañeros habían decidido volver a sus hogares a esperar, no se tomó ninguna iniciativa, la pasividad y la extrañeza se apoderó de la clase obrera. - ¿Qué pasa en la ciudad padre? - Todo está revuelto, nadie sabe exactamente lo que pasa, parece que unos generales se han levantado en África contra la República. - Y Antonio, ¿qué le ocurrirá a Antonio? - No lo sé hija, no lo sé, habrá que esperar, ya veremos en qué acaba todo esto. A Antonio le sudaban las manos, le sudaba todo el cuerpo, su vista se nubló frente al sol, una capa de sudor cubría su rostro, sus ojos lucharon intensamente contra la luz fuerte del día. Cansado, sentía cómo el corazón latía en sus sienes, cómo su estómago se encogía por la fatiga, cómo se movían compulsivamente sus pupilas. El patio era un infierno de nervios, el silencio cundió entre las filas, se extendió por los rincones, un silencio estremecedor, tan pesado como el calor que soportaban, un silencio en el que se sentía la respiración entrecortada de los uniformados. El coronel Cascajo llamó al Gobierno Civil para que desistieran de cualquier intento de resistencia a la rebelión. Algunos seguidores de la República se habían concentrado en el Palacio de los Marqueses del Mérito, sede del Gobierno Civil, para apoyar al gobernador y pedirle que armara al pueblo, pero Rodríguez de León no creyó conveniente tomar dicha medida. Al enterarse Cascajo de que se estaban produciendo algunos incidentes en la ciudad, tomó la iniciativa de la misión y ordenó que la tropa saliera a la calle para establecer el nuevo régimen. Dolores pasó las horas más calurosas del día a la sombra del limonero, en un repentino ataque de rabia lloró por Antonio, lloró por todo lo que no sabía que lloraba. Antonio formaba parte de la tercera batería, era un artillero de experiencia, sólo le faltaba un mes para licenciarse. A la tercera, junto a la cuarta y a la quinta se les ordenó abandonar el acuartelamiento. A Antonio le surgió la duda ante el despliegue de la tropa, en todos los meses de “mili” nunca había ocurrido nada semejante, siempre que abandonó el cuartel uniformado y en formación era avisado con tiempo, y salía temprano para ir al campo de tiro. El primer contacto con la calle fue agradable, le permitió descargar toda la ansiedad acumulada por la mañana. A su paso por la Avenida de Medina Azahara, se encontró con enorme expectación y en su interior el desafío de su propio valor hasta ahora supuesto. Algunos mandos también albergaban dudas, recelos, pero todos se dejaron llevar por las directrices de la disciplina militar. El movimiento de tropas no pasó desapercibido, se oyeron voces, gritos a favor y en contra de aquel improvisado desfile, acompañado de su artillería. Dolores corrió en busca de Antonio, desoyendo los consejos de su padre, lo buscó entre la tropa que cruzaba por la Puerta Gallegos, camino de la calle Concepción, lo vio junto a sus compañeros, custodiando su artillería. ¡Antonio! ¡Antonio! pero unos soldados le impidieron acercarse. Antonio la vio a lo lejos y cruzó con ella una mirada de ingenuidad y cariño, raptando el dolor de sus ojos, mientras sobre el rostro de Dolores corrieron lágrimas de impotencia. Antonio giró para atrás su cabeza para verla de nuevo, para recordarla entre la gente, se veía sometido cada vez más a las prolongadas presiones que le tocó vivir. Se tocó el pelo y silbó la melodía de su canción favorita, mientras la silueta de Dolores se perdía en el bullicio. Antonio pensó que su relación con Dolores y su vida podrían estar en peligro, que en su interior se enfrentaban dos sentimientos diferentes, la voluntad y el miedo, además se sintió intruso en una historia que no le pertenecía. Doblaron la esquina en San Nicolás, y tras cruzar por el Gran Capitán, Antonio y sus compañeros tomaron posiciones junto a su batería en la Avenida de Canalejas, cercando al Gobierno Civil. Varios soldados tomaron las terrazas cercanas para observar los movimientos de los atrincherados, mientras el comandante Luis Zurdo entraba en el palacio para negociar la rendición. Una vez en el puesto encomendado, los ojos de Antonio se nublaron por el cansancio, experimentó un ligero estremecimiento y se mordió los labios. Cuando se dio cuenta, tenía ensangrentado el labio inferior. No era un héroe, por eso le temblaron las piernas, tuvo que realizar un esfuerzo heroico y percibió cómo el tiempo se dilataba. Al otro lado, los republicanos permanecían en el edificio del Gobierno Civil, atrincherados y al mando del capitán Tarazona, Jefe de la Guardia de Asalto y del coronel Marín, Jefe del Tercio de la Guardia Civil. Dentro del edificio, se reunieron con varias personalidades políticas de la ciudad como el alcalde Sánchez Badajoz o Gregorio Azaña, fiscal de Córdoba. Mientras el comandante Zurdo negociaba la rendición, se oyó un disparo aislado de algún mosquetón nervioso que provocó un intercambio de fuego cruzado entre los defensores del Palacio y los soldados insurgentes. Antonio frunció el ceño de modo extraño y se arrojó al suelo detrás de su artillería. Disparó varias veces al aire, se pasó la mano por la frente y miró de reojo las ventanas cercanas con expresión atemorizada, en un intento de esquivar los disparos procedentes del otro bando. Bajo la agitación del enfrentamiento, a un compañero le brotó la risa nerviosa y se puso de pie. Antonio, con mirada de extrañeza y rostro pálido le empujó y cayó sobre él detrás de un abrigo improvisado, “lo siento, compañero, pero no hemos sido invitados al baile”, el compañero lo miró y con expresión estúpida siguió riendo. Transcurridos unos instantes, se incorporó a su puesto de observador, detrás de su artillería; cuando comprobó que el fuego había cesado, sintió la satisfacción de una brisa que cruzó alentadora por la avenida, mientras el Sol se ocultaba detrás de la Plaza de Toros. Se puso de pie con su camisa pegada a la piel y su mosquetón sudoroso en la mano derecha. Miró al compañero de la risa compulsiva y le ofreció una sonrisa de aliento, pero esta vez el rostro del soldado era de pánico. Se sentó en el suelo y por unos momentos se recreó con el recuerdo de la imagen de Dolores. Cascajo mandó al lugar al comandante Aguilar Domingo para dirigir el asalto; pero, por una rendición simulada por parte de la resistencia republicana, fue capturado y llevado al interior del edificio. Pasaban unos minutos de las ocho de la tarde, cuando el coronel Cascajo se decidió a actuar y ordenó disparar sobre el Palacio del Gobierno Civil. Al grito de “¡Atención!” Antonio se precipitó sobre su puesto de artillero, y asustado, se le tambalearon las piernas; pero al grito de “¡Fuego!”, disparó su artillería sobre el Palacio de los Marqueses del Mérito, fue el segundo de dos disparos y el último. A Antonio le pareció algo disparatado, absurdo, disparar contra su propia ciudad, contra los edificios que tantas veces vio en los paseos con Dolores; aunque no lo comprendió en aquellos momentos, contempló con nerviosismo una hazaña bélica, justificada o acertada, pero incomprensible para su mentalidad de mecánico. Tras su disparo, la resistencia se rindió. La vida puede ser un juego de azar y a él le había tocado mover ficha. En todo caso, los hechos acaecidos aquella tarde calurosa le infundieron la convicción de que había presenciado el principio de un capítulo, de una página todavía incompleta, Antonio y sus compañeros habían sido protagonistas anónimos de una parte de la historia. A partir de aquellos momentos, Antonio supo con absoluta certeza que toda su vida inmediata iba a cambiar. Comprendió que el cañonazo también ejecutó, de manera profunda, y extraña los sueños de su amor joven, y que le obligaría a demorar su matrimonio con Dolores. Había que esperar y sumergirse en la nueva realidad para ver más claras las imágenes inmediatas del futuro. De nuevo surgió el silbido melódico de su canción favorita, un sonido que se perdió en la muchedumbre, en el martilleo constante de órdenes. Todavía silbaban sus oídos por el resoplar del segundo disparo, pero sus pensamientos le guiaron de nuevo a Dolores, a la distancia de un tiempo que dejó lejos la acción de la artillería. Miró al frente y comprendió que los zumbidos que estremecían su cuerpo eran ahora los latidos de su propio corazón. Dolores volvió a su casa, a su patio, a la sombra del limonero. Se ahogó en sus lágrimas, que acariciaron en su trayecto su piel dolida. Se enroscó en su propio dolor. Ni el recuerdo del último beso, del último paseo por los Santos Mártires logró captar un pliegue de gratitud en su cara. Después de los momentos de ira, comprendió inmediatamente lo que tenía que hacer, esperar, esperar que el limonero sintiese en su savia el tiempo. Hacia la caída de la tarde, un sol triste y anaranjado dejó de filtrar sus rayos en el árbol. Su padre salió del cuarto a beber agua fresca, un botijo colgaba todo el día de la rama. - ¿Qué te pasa? ¿Estás llorando? - Por favor, te lo ruego, no se lo digas a nadie. Dolores dejó escapar un suspiro y se encogió de hombros, le dio un beso a su padre en la frente y, dándose media vuelta, se metió en su cuarto. El asalto al palacio se produjo alrededor de las nueve de la tarde y, a partir de ese momento, los soldados fueron tomando uno tras otro los puntos estratégicos de la ciudad. En el Ayuntamiento, hubo un intento de organizarse para defenderlo pero pronto se rindieron a los sublevados. La mayoría de los defensores de la República fueron capturados y ejecutados días después. En la misma noche del asalto, fueron nombrados nuevos cargos políticos para dirigir la ciudad, Salvador Muñoz, como nuevo alcalde y Eduardo Quero presidente de la Diputación. Antonio notó que empezaba a sufrir la ausencia de Dolores. Se sintió afligido, inmerso en un mundo que no le pertenecía y murmuró en su interior, apoyado en su artillería. Se encontró con que estaba allí, en el conflicto provocado por personas que ignoraban su vida, la vida sencilla de un aprendiz de mecánica al que habían prometido ascender a oficial cuando se licenciase. Con ese aumento de sueldo, pensó que podría casarse con Dolores. Sólo de pensar que su vida, sus proyectos, no iban a continuar según imaginó, le brotaron deseos de gritar, de resistirse a una lucha que no provocó. La imagen de Dolores le arrebató momentáneamente la ira y la orden de un superior para mover su artillería lo volvió a la realidad. Antonio no participó en el asalto al Palacio, ni tomó parte en el despliegue de la tropa por la ciudad para evitar revueltas, él era un artillero con experiencia y se quedó custodiando su artillería, mientras parte de sus compañeros establecían el nuevo orden. Una vez resuelta la situación en la capital, se enviaron durante toda la madrugada telegramas a todos los puestos de la Guardia Civil de la provincia para que se unieran a la rebelión y se alzasen contra el gobierno establecido, lo que ocurrió en muchos pueblos al día siguiente. En aquel caluroso día de julio, todo cambió para Antonio, no se licenció al mes siguiente, ni se casó con Dolores hasta pasados unos años, no paseó por la Ribera en los siguientes cumpleaños. Todo pudo suceder de manera diferente, sin embargo una guerra había comenzado, una guerra suicida entre hermanos. Nota: Todos los personajes del relato son históricos, excepto Antonio y Dolores, todo parecido con alguna persona real o que haya existido en la época descrita en este relato, es pura casualidad. Los datos históricos han sido recopilados del libro “La Guerra Civil en Córdoba” del historiador Francisco Moreno Gómez.
Estoy en deuda, y quiero agradecer a mi amigo y poeta Antonio Varo Baena el apoyo que me ha dado en la publicación de este libro. También a mi amiga Elena Cobos por la paciencia que ha tenido conmigo, y por su ayuda, al abrir la puerta a estos relatos. Por último, no sé como dar las gracias a mi esposa, Soledad, por leer y releer todos mis borradores y ayudarme a corregirlos. Gracias por vuestra comprensión.
ANDRÓMINA