Andromina:Homenaje a Pepe Cobos ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

Homenaje a Pepe Cobos

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO


Nadie piense que le estamos traicionando. Pero tampoco debemos engañarnos. A Pepe Cobos no le gustaban los homenajes, porque se le metían los nervios en las entrañas y pensaba en alta voz si un hombre merece un reconocimiento por haber escrito una docena de libros dedicados a su tierra. Y menos le gustaban los homenajes luctuosos. Él, como buen escritor, pensaba que estos tributos en vida conducen inexorablemente hasta la muerte. A pesar de sus sospechas infundadas, logró administrar como bien pudo dos homenajes en vida.


El primero tuvo lugar en la Caseta del Casino Montillano en 1950, con motivo del éxito obtenido en la celebración del Centenario de San Francisco Solano. El segundo tuvo que esperar todavía 33 años, se lo tributó la Casa de Montilla en Córdoba, y tuvo lugar en el Círculo de la Amistad en el año 1983. En 1994, el Ayuntamiento recogió con buena fe la iniciativa de un grupo de montillanos para concederle el homenaje póstumo que sin duda merecía. Como consecuencia, este acto de hoy, organizado por la Asociación cultural La Avenencia, se suma a esta cadena de reconocimiento público que, sin duda, Pepe Cobos merece.


No obstante, habrá que empezar por el principio. El mejor homenaje a un escritor es leerlo. Ahora tenemos la oportunidad de hacerlo en un nuevo y bello volumen que ha visto la luz: Montilla, dorada en mosto. Pero creo que los montillanos debemos afrontar la empresa de publicar sus obras completas, un empeño que puede ejecutar sin tropiezos la Diputación Provincial de Córdoba y que enriquecería nuestro patrimonio literario.


Pepe Cobos era escritor de prosa fluida y clara, pero también rotunda y armoniosa. Amaba los rincones de este pueblo y los cantó como nadie en unos cuantos libros que publicó con títulos singulares y hermosos: Al correr del tiempo, Corazón plural, Menos que nube, Montilla, verde estrella.

Aunque huía de las polémicas y de todas las panaceas públicas, era consciente del papel que el escritor debe afrontar en vida, aún sabiendo que sus compatriotas no siempre le comprenderán. A mí me lo decía como quien confía un secreto de laboratorio: “La intención del escritor es molestar”. No era un consejo ni una orden, sino una advertencia.



Huía de los homenajes como de los compromisos, porque esa sensación de estar atado a otras obligaciones no le permitía escribir con la libertad que todo creador necesita o anhela. Lo decía él, que nunca quiso molestar a nadie y que tampoco le gustaba contraer deudas innecesarias.

El segundo homenaje en vida lo aceptó porque ya no tenía nada y nada podía ofrecer. Desde ese punto de vista, consideraba que el homenaje era sincero. A mí me lo dijo tantas veces, que pienso que no sólo se trataba de una confesión sino de una convicción profunda. Con una mano agarraba el bastón y con la otra me sujetaba la muñeca para que pudiera atender a su disertación sin privaciones, y me decía: “Mi última soberbia es no haber puesto nunca la mano”. Y añadía: “Este país es un país de pedigüeños, pero de pedigüeños poderosos”.

Como nuestros padres, vivió la tristeza de la posguerra y los años también tristes de la dictadura, pero ello no fue óbice, como bien recuerda García Baena, para que la aviación, el cine o el flamenco le fueran ajenos. Como buen observador de la vida, intuyó que algo estaba cambiando en el país y recibió con beneplácito los aires nuevos que soplaban con la Transición democrática. No sólo aceptó el rumbo que tomaba el país, sino también la ciudad de Córdoba, hasta el punto que votó a Julio Anguita cuando éste alcanzó por primera vez la mayoría absoluta en las segundas elecciones municipales, convencido de que en aquel momento era la mejor opción para la ciudad de los califas. Allí en Córdoba, paladeando un tinto en Los Toneles, lo encontré tantas veces. Veía pasar los días como quien hojea las páginas de un libro, adivinando a cada párrafo nuestro indescifrable destino. Allí, enfundado en su abrigo y su bufanda, empuñando su bastón, se mostraba un conversador sin igual. Acaso hablando reconstruía todas aquellas palabras que ya nunca escribió y componía todas aquellas sensaciones que se le escapaban inevitablemente. Pepe Cobos era librepensador y erudito en distintas artes y materias, conservador desde un punto de vista político pero revolucionario cuando la vida se atasca por momentos en la garganta.

Hablaba con frases medidas y correctas, como cuando escribía, y las vestía con inevitables citas de sus profundas y variadas lecturas. Así que nunca faltaba una frase de Blas de Otero o Trasmontant, de Baudelaire o Valle-Inclán, de Gerardo de Nerval o Faulkner, de O’Neill o Azaña. Pero sobre todos ellos, apostaba por la prosa de Manuel Azaña. Pensaba que era el mejor escritor español del siglo XX. Pero acaso la controvertida imagen del político ha ensombrecido por años la sonora y soberbia prosa del escritor.


Eduardo Haro Tecglen también compartía este punto de vista, y escribió al respecto: “Y está, en fin, Azaña, llamado “un soñador sin ventura”. Sin embargo, el claro pensamiento regeneracionista de Azaña fue incluso clarividente; y su tristeza española correspondía a la realidad. Nunca fue nadie en este país tan vilipendidado, tan insultado, tan traicionado… Azaña no tiene calle, no tiene monumento, no tiene tumba para flores: sus libros son desconocidos. No quiere ni la memoria. Hubo, hay, muchos canallas en torno a este hombre honrado y decente. Queda como un gran escritor: pero, apenas, para eruditos. Y como un político que dejó perder la República que presidió.”

Pepe Cobos siempre imponía sus lecturas y sus puntos de vista, pero no con mano dura, sino con argumentos contundentes y una ironía seca y brillante que administraba con justicia. Pensaba que se estaba volviendo un viejo cascarrabias, pero sobre todo, y cada día más, no soportaba la vulgaridad que a veces nos impone la vida.

Maruja Ruiz, su viuda, decía que era un hombre que siempre traía algún proyecto entre manos. El último sueño que no alcanzó a materializar fue aquel libro que logró construir día a día en la cabeza, pero para el que necesitaba las fuerzas y el empeño que ya le faltaban.

No era un libro de memorias, sino de recuerdos dispersos. Textos más extensos que el artículo y de frases medidas hasta la perfección. Tenía un modelo-guía: el discurso de agradecimiento cuando fue homenajeado en el Salón Liceo del Círculo de la Amistad en Córdoba.

Pero no fue posible. Paul Auster ha escrito en este sentido que “las oportunidades perdidas forman parte de la vida igual que las oportunidades aprovechadas, y una historia no puede detenerse en lo que podría haber sido”.

Pero aunque vivía en Córdoba, él amaba a Montilla. En el discurso citado escribió con contundencia: “Por Montilla hay que seguir trabajando sin desmayo, con entusiasmo y con ilusión, con espíritu leal de lucha, cada uno en la trinchera de su propio destino indeclinable”.

Y escribió sobre Montilla, sobre todo de Montilla, pero también de los rincones que pasan desapercibidos al viandante, de los paisajes que no vemos aunque miremos varias veces, de las emociones que sentimos cuando las leemos en otros libros. Recuperó el recuerdo de montillanos olvidados como Miguel de Barrios o El Pulsista, de Diego de Alvear o El Sabio Andaluz, de Joaquín Núñez de Prado. Escribió de Martín de Porres y la Montilla gongorina, de Cervantes y del mendigo profesional, del Gran Capitán y los Arcos de la Puerta de Aguilar, de sus paseos vespertinos por la ciudad, de los arrumbadores y los bodegueros, del vino y las tabernas cordobesas, del vino de Montilla y el ingenio de los frailes, y del vino, siempre del vino.

En su discurso antes mencionado escribió: “Y todo, para tenerlo y para gozarlo, porque hasta el vino lo entendí así, para criarlo y también para beberlo y gozarlo…”. Y en otro texto escribió que el vino no se fabrica, sino que se cría, como “se cría un niño o una flor”. Y escribió también de la nitidez en el color, de su atractivo en la fragancia, de su suavidad en el contacto con el paladar, de la perfección en su conjunto.

Y definió para siempre sus distintas modalidades: el fino, pálido y seco, avellanado y suavemente amargoso; el amontillado, amarillo moreno o de oro viejo; el oloroso, ni dulce ni seco, o dulce y seco a la vez; el cream, de rubí que atestigua su antigüedad; el pedro ximénez, el más meloso de los vinos dulces.

Pepe Cobos fue poeta y articulista, pero también fue bodeguero, académico y ensayista, cronista de la ciudad y biógrafo de perfiles imposibles, un hombre identificado con su origen, que descubrió a sus paisanos su propio terruño, en otros años en los que escribir crónicas locales no estaba bien visto por la galería. Él esbozó nuestros apuntes históricos como si se tratara de una gran epopeya; dibujó con su pluma las calles que nadie vio y aquellas fuentes de las que nadie escuchó brotar agua alguna.

Pero no pintó nuestra vida y nuestra historia con falsa grandilocuencia, ni construyó párrafos con tono mayestático, ni anduvo buscando en los diccionarios un léxico que el lector medio ignorara. Lejos de cualquier barroquismo, quiso ser sencillo y claro, cercano y armonioso, honesto y sensato. Tan sensato que sabía qué tema le estaba vedado y qué vida se le escapaba de su propia piel.

Podía adivinar sus sospechas con sólo mirar dos veces el mismo rostro y ordenar con autoridad sin miedo a que nadie le insubordinara con una sola mueca de sus labios y su nariz, mirando fijo, quieto y sin parpadear. Era uno de sus gestos definitorios. Pudo escribir otros libros que nunca escribió, pero su sentido común le llevó a buscar en su tierra la razón de sus escritos y de su existencia que, aunque divisibles, él nunca supo ni quiso separar. Amaba esta tierra sobre todas las cosas, y adivinaba y le dolía su futuro como a quien se le escapa una fortuna de las manos. Pero intuía también que aquellos días difíciles morirían para siempre. Vivía consciente de las dimensiones y el valor de su obra, pero su sensatez una vez más no le permitió abordar las primeras páginas de un último libro.

Hablar de Pepe Cobos implica también hablar de la Casa del Inca Garcilaso de la Vega. Cuando Raúl Porras Barrenechea y Félix Álvarez Brun vinieron a Montilla rastreando las huellas del mestizo Gómez Suárez de Figueroa, ambos encontraron en Pepe Cobos a un anfitrión insustituible que enseguida se entusiasmó con aquellos investigadores peruanos que habían cruzado el Océano Atlántico buscando sus propias raíces. Pese a los muchos días que Raúl Porras vivió en Montilla, no conservamos demasiados rastros ni referencias ni documentos de su estancia en nuestra ciudad.

Mario Vargas Llosa, que fue su alumno en la Universidad de San Marcos y trabajó con él durante más de cuatro años, en sus memorias lo describe rodeado de su colección de Quijotes, de estatuillas y libros de todos los tamaños. Era un maestro a la antigua, dice Vargas Llosa, que le gustaba rodearse de discipículos a los que exigía toda la fidelidad. Solterón, compartía casa con su madre hasta que ésta murió, y después con una sirvienta negra que lo tuteaba y reñía como a un niño y que le preparaba “las deliciosas tazas de chocolate con que el historiador agasajaba a las luminarias intelectuales de paso que hacían la peregrinación a la calle Colina”.


Porras quiso ser rector de la Universidad de San Marcos, pero en las elecciones le venció su rival Aurelio Miró Quesada, que también ha visitado nuestra ciudad, uno de los dueños del diario El Comercio y considerado uno de los símbolos de la aristocracia y oligarquía de Lima. Esta derrota le llevó a aceptar una senaduría en la lista del Frente Democrático y después, con el gobierno de Prado, el ministerio de Asuntos Exteriores. Renunció como ministro después de que en la reunión de cancilleres de Costa Rica, en 1960, votara contra la condena de Cuba, y murió poco después.

Con Raúl Porras tenemos los montillanos contraída una deuda de infinita gratitud. Gracias a sus investigaciones, hoy conocemos el paso por Montilla de Miguel de Cervantes y del Inca Garcilaso. Y gracias a Porras y a Pepe Cobos conservamos el único rostro posible del Inca. La anécdota me la contó Maruja Ruiz y yo la he contado algunas veces y en distintos foros, porque no deja de ser sino el mestizaje de la amistad tan estrecha que vivieron estos dos hombres.

Con motivo de la celebración del V Centenario del Descubrimiento de América, la Casa de la Moneda y Timbre puso en circulación un sello postal con la imagen del Inca Garcilaso. Pero de dónde surgió aquel enigmático rostro. Pepe Cobos pensó que no se podía inaugurar la Casa del Inca sin contar con un retrato suyo. Lo mismo pensó Raúl Porras. Ni en Montilla ni en Lima se conocía ninguna imagen del escritor. Pepe propuso a Porras una solución de urgencia y concluyente y que, sin duda, representaría el encuentro de dos culturas. Pepe envió al Perú una reproducción de quien él consideraba el cordobés más representativo de todos los tiempos, y que serviría de base para la elaboración definitiva del rostro del Inca Garcilaso. En la Universidad de San Marcos, tenían una idea de sus rasgos más característicos. Bastaba con amoldarlos a un rostro español ya existente.

Pepe remitió al Perú una reproducción del retrato realizado por Velázquez a don Luis de Góngora y Argote a los 61 años de edad, cuyo original se conserva en Boston y una copia, prácticamente idéntica al original, en el Museo Lázaro Galdiano. El pintor peruano González Gamarra resolvió con maestría el entuerto. Exageró los rasgos más generales del hombre inca: anchos sus pómulos y estrecha la barbilla. Conservó la nariz aguileña y la frente prominente, perfiló el bigote, incorporó la perilla, revistió el cráneo desprotegido de cabello del inmortal don Luis y dotó a este rostro robot de una juventud inventada que el poeta cordobés ya vivió sin mesura, según cuenta su biógrafo José Peciller, quien asegura que los años estudiantiles de don Luis estuvieron presididos, más que por la aplicación, por la travesura, la pasión por los juegos de naipes y la vida desenfadada.

Este rostro inventado, cuyo original se conserva en la Casa del Inca Garcilaso de Montilla, es el único rostro posible del mestizo Gómez Suárez de Figueroa, es el rostro que ha ilustrado cientos de libros y ha dado la vuelta a los cinco continentes. Es, queramos o no, el rostro del Inca, pero es también el claro mestizaje a une a Montilla y a Perú.

Recuerdo que un día entré en un chat en el que entendidos en estos menesteres debatían sobre la vida y la obra del Inca, y alguno preguntaba si se conocía su rostro. Alguien le respondió que sí, pero que sólo se conocía una versión, y volvió a contar esta anécdota.

Podría contar otras anécdotas, pero también lo podrían hacer otras personas próximas al escritor. Sí las puede contar, por ejemplo, mi amigo Rafael Rodríguez, de quien era también un gran amigo. O mi amigo Lorenzo Marqués, que le hizo a medida la caricatura más certera. O mi amigo Antonio Martínez, que diseñó, junto con Rafael, el azulejo que hoy preside su calle. O cualquiera de sus hijos o algún yerno con vocación literaria. O alguna nieta que ya alumbra intenciones de gustarle aquel principio de querer molestar a los vecinos con sus propios escritos. Cualquiera de ellos podía estar ahora aquí esgrimiendo su propio perfil, fruto de su memoria y de sus afectos. Ojalá mi visión del escritor montillano no difiera demasiado de la vuestra.

Él sabía que no tendría una segunda oportunidad sobre la tierra, por eso no le gustaba los fines de fiesta sino la fiesta perpetua, y por eso se mostraba disperso en su memoria, ágil en los sueños, elegante siempre, aunque no hubiera fiesta, amigo de sus amigos, enemigo de sus enemigos, náufrago de sí mismo, emprendedor vocacional, inevitable en el temperamento, preciso en los afectos, cuerdo de corazón, sensible de razón, dotado de palabras y de silencios, de paréntesis y de arbitrariedades, pero sobre todo de convicciones, conocedor de los mendigos, vigilante de los entidades bancarias, descreído de sus hipotecas y sus créditos, arquitecto de bodegas, visitador de tabernas, pésimo cliente de boticas y farmacias, aficionado a la tertulia y dependiente sobre todo de la vida, de la que dijo que no había que reprocharle “ni su brevedad ni sus azares a veces amargos”.

Haro Tecglen ha hecho justicia recordando a todos aquellos amigos que murieron y con los que mantenía una deuda infinita porque le ayudaron a sentir de un modo particular, porque le inculcaron algunas palabras o corrigieron alguna idea o le hicieron ver otros mundos, o bien le provocaron “un daño que no se quita junto a un bien que no se olvida”. En mi relación con Pepe Cobos, después de todo, también hay algo de todo esto.

Un homenaje, además, es un retorno al tiempo pretérito. Y acaso ahora mismo quienes estamos aquí tengamos un solo pie y con el otro estemos intentando cruzar los barrizales de la memoria. Enric González ha escrito: “Dicen que cuando en Nueva York son las tres de la tarde, en Europa son las nueve de diez años antes”. Y es posible que así sea, como también es probable que este tiempo de ahora se nos esté escurriendo en ese tiempo de ayer en el que Pepe Cobos escribía sus mejores páginas.

Homenajear no sólo es recordar, atribuir cualidades y agasajar, también es un acto de justicia que nos ubica en un trozo de historia compartido y del que no podemos ni debemos abjurar, sino, muy al contrario, conocer para reconocernos en nosotros mismos. El escritor portugués José Saramago ha escrito: “Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que buscamos. Sin memoria no existimos. Sin responsabilidad, no merecemos existir”.

Que así sea.

Por la memoria de Pepe Cobos.

Muchas gracias.

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