Vorbei! (Se acabó): Rosauro Varo Cobos

VORBEI! (Se acabó)

            Con el año que recientemente ha terminado despedimos a su vez una doble celebración que ha protagonizado el panorama musical de los dos últimos años. El año 2010 será recordado por ser el del 150 aniversario del nacimiento del compositor Gustav Mahler. A su vez y sin solución de continuidad, el año 2011 conmemoró el centenario de la muerte del mismo autor. Europa y el mundo llenaron sus programas musicales de las sinfonías de un autor que por otra parte, es a día de hoy es el compositor más representado. Tras una primera etapa de ostracismo y olvido a principios del siglo XX, la figura de Mahler fue recobrándose poco a poco para ser considerado uno de los compositores más influyentes y decisivos en la historia de la música, cuyo influjo se mantiene permanentemente vivo y decisivo en la actualidad.

Pero no está en mí poner a Mahler en su sitio en la historia de la cultura universal. Porque cuando uno se acerca a Mahler olvida completamente su ascendencia en la cultura y la música. El poder de este autor, va mucho más allá de esa influencia. Lo que sorprende de Mahler, lo que atrae, lo que atrapa a quien escucha su música es su capacidad de transferir toda su personalidad en la obra que ha creado. Al escucharlo, uno se siente justamente delante de él, de su mundo, de su misma existencia. Recorrer la discografía de Mahler es recorrer su propia vida, que volcó literalmente en sus producciones, en las que  sus preguntas, sus máximas interrogantes marcan inevitablemente cada una de ellas. Adentrarse en su música es pues, adentrarse en su alma, en su misma piel. Mahler utilizó sus sinfonías para inmortalizar todo su sentir ideológico y vital, en el que arrastraba los grandes temas de la historia de la humanidad: el amor, la muerte, la belleza, el sentido de la vida… Y lo hizo en un momento muy particular desde el punto de visto histórico. En la Viena donde desarrolló lo principal de su labor, chocaban, se enfrentaban en ese momento dos modelos antagónicos de ver la vida. El siglo XIX exhalaba sus últimos suspiros mientras que las grandes corrientes intelectuales del siglo XX, se afanaban por romper con la tradición y crear un nuevo orden. En ese punto destaca la figura de Mahler que supo dotar a la música decimonónica de sus últimos destellos mientras que al mismo tiempo, sentaba las bases de una ruptura inevitable que después de él, otros se encargarían de terminar. Esa controversia, esa disyuntiva es una constante en su música y si algo encuentra uno en Mahler es contradicción y paradoja, una constante lucha entre las preguntas y respuestas que él mismo se interpela. Mahler viaja entre las posibilidades que le da la vida sin aferrarse directamente a ninguna de ellas y más aún, siendo fiel y respetuoso con todas ellas. El sufrimiento que le provoca dicho discurrir no anula los momentos de gloría efímera que la vida nos regala. Y ese es el Mahler que hipnotiza. No el que cambió la historia de la música, sino el que humano como nosotros se enfrenta a lo inescrutable de nuestra existencia. Simboliza pues el germen del hombre occidental, tal y como lo conocemos hoy y su música, es quizá un espejo en el que cada uno pueda ver reflejado parte de su propio ser, de sus misma contradicciones.

Esa contradicción que lo caracteriza se ve reflejada constantemente en su música, en la que parece que las cuerdas mantienen una lucha eterna contra los vientos, en una batalla estrechamente vigilada por una percusión que aparece constantemente inquisidora y resolutoria. Dicho espectáculo no puede cuanto menos dejar a uno exhausto, del que uno solo se recupera en aquellos momentos en los que la orquesta parece dibujar una tranquilidad premeditada, que sin embargo no es más que una calma tensa, un discurrir por una senda transitoriamente apacible. No es hasta el último movimiento de su última sinfonía, cuando uno encuentra un verdadero relajo en esa dinámica. La novena sinfonía, la última completamente terminada, fue escrita por Mahler tras como él mismo afirmó, su “diálogo con la nada”. Previas experiencias con la muerte, sobre todo la de su pequeña y amada hija, llevaron a Mahler a componer esta pieza que es un canto en sí mismo a la muerte. Aunque quizá más que a la muerte lo sea al proceso que lleva a ella. En él, Mahler afronta los premonitorios últimos instantes con la serenidad del que ha alcanzado cierto grado de madurez, en un proceso que parece más una derrota que una victoria, la aceptación y la resignación a lo insondable e inalcanzable del ser humano. El silencio calmo que generan las notas finales del violín así lo atestiguan.

Pero como decía anteriormente, toda su obra está salpicada de los momentos vitales que marcaron al autor. La primera sinfonía supone un viaje a su infancia, a los ecos de la Bohemia que lo vio nacer y crecer  y que se mezclan con las notas que muestran su origen judío o con los pasajes tan polémicos que pretendían reivindicar el papel de esa misma infancia en la vida del hombre. Y si cantó a la infancia o a la muerte, también lo hizo al amor. ¿Qué es sino el Adagietto de su quinta sinfonía sino un himno al amor? ¿Qué es, sino una profunda declaración de amor a su idolatrada y amada Alma Mahler? Durante el discurrir del movimiento uno siente su entrega sincera y absoluta, esa consagración en cuerpo y alma que tanto influyó durante su vida y que es a su vez una exaltación de la belleza en su forma más profunda. Una exaltación que proclama no sólo lo bello, sino también lo terrible y ridículo de la existencia, inseparables lo uno de lo otro y que también simbolizó magistralmente en el tercer movimiento de su cuarta sinfonía.   Y sin querer hacer un análisis exhaustivo de cada uno de sus sinfonías no debemos obviar la contribución que su segunda sinfonía supondría a toda su obra y más allá, a la cultura en la que hemos nacido. Titulada Resurrección, en ella se resumen y aúnan, pero sobre todo se superan y sobrevuelan, todas las disquisiciones que marcan la vida y obra del autor. Porque esta sinfonía supone al fin, la exaltación de la vida misma, de su triunfo sobre la muerte a la que mira con ojos orgullosos. Los últimos instantes de su quinto movimiento suponen una cumbre en la historia del arte universal. El coro, las sopranos y la orquesta en su conjunto van creando un espacio único e irrepetiblemente transcendental. Esto eleva al oyente a un punto de éxtasis sublime, inigualable, donde la fuerza de las voces y la explosión final de la orquesta, retan y salen al fin victoriosos del milagro de la vida en un punto en que ya, sólo tienen cabida la emoción y el sobrecogimiento.

Esta sinfonía fue la última composición que Mahler dirigió al frente de la Hofoper de Viena. Mahler dejaba atrás 10 años al frente de la misma para partir hacía su aventura en tierras estadounidenses. El día de su partida la Estación Central de Viena se llenó de personas que pretendían dar su último adiós al compositor que revolucionó y cambió para siempre la música de la ciudad y de todo el imperio. Entre ellos se encontraba otra figura artística de la época, Gustav Klimt. Consciente de que terminaba una etapa dorada e irrepetible en la vida músical y cultural de aquella Viena “fin de siglo”, exclamó melancólico: “Vorbei! (Se acabó)”.

Publicado en: PORTADA